17 de agosto de 2016

Re-conociendo lugares fuera de Madrid. (Parte 2)

Y continuó.

Hasta el momento tenía buenas referencias de la noche alicantina y hasta puede que, de los alicantinos, aunque según dice el dicho, se les conoce como “borrachos y finos”.

Me habían hablado de unas setas un tanto curiosas, y como buena micóloga tuve que ir a cazarlas. La curiosidad mató al gato, y a mi nariz, el interior de aquellas casitas pitufas se había convertido en un excusado demasiado público. Después de ver el video casposo que las defendía, necesitaba música, de la verdad.

Música, deliciosa, que evocó un pasado incierto y un presente maravilloso. Sin parar de saltar reconocía signos de la noche madrileña que tan lejos quedaba. Quise que las luces no se encendieran nunca, seguir siendo colores en la sombra.


Andar se hacía cuesta arriba hasta en llano, pero escuchar otra de las canciones de Alta Fidelidad resultó ser el empujón necesario para cruzar aquella puerta.

In the name of hope, give it your all, give me a call, now you, so long.

Un sin parar de momentos, de cantar a pulmón y de ir saltando cada vez menos. Quedaba poco por ver amanecer: resultó ser un banco imantado.

Y con eso de comer, los lugareños son muy exquisitos. La Paella. ¡Qué tema tan controvertido! Por lo visto a los valencianos les encanta mezclar el arroz con verduras, algo que los alicantinos consideran un sacrilegio. Tengo que reconocer que me ha llevado un tiempo, y unas cuántas búsquedas en internet, pero el secreto de la Paella alicantina se llama Salmorreta, una picada de ñora, tomate y ajo. Y nunca, jamás, cebolla. El arroz tampoco hay que tocarlo una vez empiece a hervir, de hacerlo, el Maestro Paellero (también conocido como “macho alfa”) saca el demonio que lleva dentro, y te cruje las manos. Como en todos, el ritual de la paella tiene unos roles muy bien definidos, y jamás regentados por mujeres, que se quedan dándole al palique mientras tanto. El mejor papel, el desempeñado por el “aspirante a macho alfa”, al que definiría como mosca cojonera, puesto a que ni pincha ni corta tiene un sinfín de ideas y propuestas que jamás verán la luz.

Segunda lección aprendida: una paella con guisantes y cebolla no es paella.

Como dice mi padre, muy de dichos, él, “l’arròs fa venir el ventre gros[1]”, así que la sobremesa pasa de ser necesaria a obligatoria.

Los atardeceres siempre me han gustado, por los colores, por el silencio que poco a poco va reinando la orilla, el aire que se respira, una alenada[2]  de vida. Pero en esta ocasión me quedo con la noche, con la luna y su destello en la mar calma. Estaba deseosa de playa de noche, como cuando haces una larga lista a los reyes magos, pero solo deseas una sola cosa. Era esta.

La muchedumbre se había fundido en la noche, y solo quedábamos nosotros, nómadas en la arena. Bajo un paralunas, escuché las olas, los sabrosos mosquitos de verano, el tintineo del hielo en la copa, y el mundo cambiar. No había posibilidad de parar el tiempo, que empujaba las manillas como en acto de rebeldía. Y de entre la penumbra apareció aquella sombra, aquel ser único que se convirtió en compañero de viaje, de penas y alegrías. Que me enseñó a conocer el norte verdadero, a saber de dónde vengo.

“Cuando has perdido el rumbo, da una vuelta entera a la barca y busca la Osa Mayor, tira una línea recta y encontrarás la Estrella Polar, una vez la tengas, noventa grados a la izquierda, y tierra”.

Aun estando en contra, el tiempo daba para mucho. Reconocí por primera vez un satélite, y es que, si alguna vez le había prestado atención, siempre optaba por el avión como opción posible. Y pedí un deseo. Y puede que hasta se cumpliera, porque aquel momento pareció no tener fin.

Hubiera deseado pelearme con aquel tic tac. De nuevo, no quería dormir, por si se acababa.

Solo faltaba esperar el letargo de la vuelta, una eterna despedida. Un camino rojo sin fin. Un sinfín de saberes aprendidos. Y es que las curvas se acaban sólo, cuando empieza de nuevo la recta.   





[1] El arroz te hincha como un globo.
[2] Soplo

14 de agosto de 2016

Re-conociendo lugares fuera de Madrid. (Parte 1)

A lo mejor debería de cambiar el título de este blog, a la Verbena de la Gaviota.

Describir, sentir y soñar el mar está siendo todo un clásico. Es cierto que no soy muy devota de la playa en verano, pero curiosamente es cuando más la echo de menos. Y por ello cualquier excusa es buena para plantar los pies en la arena y dejar que la sal deje su brillo en la piel.

La costa levantina siempre resultó ser una gran desconocida. Visité el Mediterráneo medio a los doce, quizá trece años, y conservo un recuerdo vano, sólo la sensación de playas caldosas escondidas tras los quilométricos arenales a la sombra de altos edificios. Supongo que jamás lo dejé en la lista de experiencias repetibles.

Y la vida te acaba poniendo siempre en tu lugar, en la incómoda posición de, a veces, tenerte que retractar de tus palabras. Creo, que hace unas semanas, así fue.




El olor a mar se incrustó en mis pituitarias, y la humedad penetró por cada uno de los poros. Tan lejos, y a la vez tan cerca. Sólo podía pensar en que millas arriba, en ese mismo charco estaba casa, pero esta vez estábamos en la suya. Sin perder mucho el tiempo corrimos a ver si el agua seguía en su sitio, y no pude evitar descalzarme. Cumplíamos el sueño, estar por fin, en un paseo marítimo, de los de verdad. Era momento de sostener un vaso, brindarle a la vida, y poder agradecer aquel momento tan esperado.

La música no me gustaba, pero mi capacidad de abstracción trabajó en pro del momento, y empecé a escuchar muy de fondo aquella canción que solía hacerme las puestas de sol más mágicas.

Somebody that I used to know.

Así, oficialmente, estaba por segunda vez en la costa de Levante, en la Costa Blanca, en la playa de Madrid, una costa tan masivamente conocida y de la que tanto me faltaba por saber.

Alicante es capital, de esto no existe ninguna duda, tienen Corte Inglés, metro y aeropuerto. Y pese a que tienen buena frecuencia de paso, de querer tener horas libres para trabajar, necesitas coche.

Pensé que la presencia de mar en sus vidas les haría tener vidas bastante relajadas, pero no, son unos atacados al volante, de esto no tengo duda. Tienen intermitentes, eso sí, pero de las dos manos, una va pegada siempre al cambio de marchas, en quinta, y la otra a la bocina. El volumen y el sintonizador de la radio lo vendían como extra, así que Onda 15[1] viene por defecto en todos los coches. Es un hecho.  

Primera lección aprendida: En Alicante, si tardas más de dos segundos en arrancar en un semáforo en verde, eres castigado por un ser superior y un bocinazo alicantino.

Pero no solo eso, algo tan de domingo como el aperitivo, ahí lo hacen el sábado. Los lugareños comparten espacio con turistas como yo, y a la sombra del Mercado Central se juntan como discutiendo el precio del ganado, eso sí, con cervezas en la mano. Los puestos han sabido muy bien cómo adaptarse a los tiempos modernos y hasta preparan bonitas bandejas de cartón con jamón recién cortado, ¡ellos sí que fueron visionarios!

Al debate post nocturnal se suman encantadoras chicas con atuendo playero publicitando algo a lo que llaman “tardeo”[2]. Si ir de cañas es cañeo, ir de tardes será el tardeo, ¿no? Reparten unas graciosas pulseras de colores con un gran VIP, creo que por ello tienen tanto éxito.

Pero lo que más llamó mi atención fue el código de vestimenta del evento. Había una extraña mayoría de varones de mediana edad con chinos cortos, polos de caballos y zapatillas de yate. Me tranquilizó saber que no siempre es así. Tuve también un momento para la nostalgia: en Alicante siguen existiendo chonis, de pelo rubio planchado y rizos artificiales, vestidos pequeños, tanto de largo como de talla, uñas purpurinosas y colores que creía exterminados de la tabla de Pantone. También me hicieron girar la cabeza los “hiptser de manual”, salidos de un editorial de Cosmopolitan. Mismos calcetines de estampados divertidos, mismos pantalones altos cortos desgastados, mismas camisas hawaianas, y mismos bolsos de mimbre tamaño raquítico.

No pude evitar pensar en un Ataque de los Clones, tan idiosincráticamente modernos.

Más que una huida de Madrid parece la crónica de la pasarela Cibeles, y es que no puedo evitar fijarme en los pequeños detalles de una gran ciudad, como también me pasó con el Castillo de Santa Bárbara, una almena en sí mismo, tan desapercibido de cerca y tan majestuoso de lejos. O con el vecino barrio de Santa Cruz, de calles estrechas y suelos desnivelados. Macetas sin dueño y puertas abiertas. O las antiguas viviendas de pescadores, completamente abandonadas y sin pesqueros.

Había llegado el momento de salir a probar la fiesta alicantina, de la que tan bien me habían hablado, y tenía que probar que la información y las fuentes fueran de calidad.

Placeres exquisitos.  




Continuará…