Y continuó.
Hasta el momento
tenía buenas referencias de la noche alicantina y hasta puede que, de los
alicantinos, aunque según dice el dicho, se les conoce como “borrachos y finos”.
Me habían hablado
de unas setas un tanto curiosas, y como buena micóloga tuve que ir a cazarlas. La
curiosidad mató al gato, y a mi nariz, el interior de aquellas casitas pitufas
se había convertido en un excusado demasiado público. Después de ver el video
casposo que las defendía, necesitaba música, de la verdad.
Música, deliciosa,
que evocó un pasado incierto y un presente maravilloso. Sin parar de saltar
reconocía signos de la noche madrileña que tan lejos quedaba. Quise que las
luces no se encendieran nunca, seguir siendo colores en la sombra.
Andar se hacía
cuesta arriba hasta en llano, pero escuchar otra de las canciones de Alta
Fidelidad resultó ser el empujón necesario para cruzar aquella puerta.
In the name of hope, give it your
all, give me a call, now you, so long.
Un sin parar de momentos, de cantar a
pulmón y de ir saltando cada vez menos. Quedaba poco por ver amanecer: resultó
ser un banco imantado.
Y con eso de comer, los lugareños son
muy exquisitos. La Paella. ¡Qué tema tan controvertido! Por lo visto a los
valencianos les encanta mezclar el arroz con verduras, algo que los alicantinos
consideran un sacrilegio. Tengo que reconocer que me ha llevado un tiempo, y
unas cuántas búsquedas en internet, pero el secreto de la Paella alicantina se
llama Salmorreta, una picada de ñora, tomate y ajo. Y nunca, jamás, cebolla. El
arroz tampoco hay que tocarlo una vez empiece a hervir, de hacerlo, el Maestro Paellero
(también conocido como “macho alfa”) saca el demonio que lleva dentro, y te
cruje las manos. Como en todos, el ritual de la paella tiene unos roles muy
bien definidos, y jamás regentados por mujeres, que se quedan dándole al
palique mientras tanto. El mejor papel, el desempeñado por el “aspirante a
macho alfa”, al que definiría como mosca cojonera, puesto a que ni pincha ni
corta tiene un sinfín de ideas y propuestas que jamás verán la luz.
Segunda lección aprendida: una paella
con guisantes y cebolla no es paella.
Como dice mi padre, muy de dichos,
él, “l’arròs fa venir el ventre gros[1]”,
así que la sobremesa pasa de ser necesaria a obligatoria.
Los atardeceres siempre me han
gustado, por los colores, por el silencio que poco a poco va reinando la orilla,
el aire que se respira, una alenada[2] de vida. Pero en esta ocasión me quedo con la
noche, con la luna y su destello en la mar calma. Estaba deseosa de playa de
noche, como cuando haces una larga lista a los reyes magos, pero solo deseas
una sola cosa. Era esta.
La muchedumbre se había fundido en la
noche, y solo quedábamos nosotros, nómadas en la arena. Bajo un paralunas, escuché
las olas, los sabrosos mosquitos de verano, el tintineo del hielo en la copa, y
el mundo cambiar. No había posibilidad de parar el tiempo, que empujaba las
manillas como en acto de rebeldía. Y de entre la penumbra apareció aquella
sombra, aquel ser único que se convirtió en compañero de viaje, de penas y
alegrías. Que me enseñó a conocer el norte verdadero, a saber de dónde vengo.
“Cuando has perdido el rumbo, da una
vuelta entera a la barca y busca la Osa Mayor, tira una línea recta y
encontrarás la Estrella Polar, una vez la tengas, noventa grados a la
izquierda, y tierra”.
Aun estando en contra, el tiempo daba
para mucho. Reconocí por primera vez un satélite, y es que, si alguna vez le
había prestado atención, siempre optaba por el avión como opción posible. Y
pedí un deseo. Y puede que hasta se cumpliera, porque aquel momento pareció no
tener fin.
Hubiera deseado pelearme con aquel
tic tac. De nuevo, no quería dormir, por si se acababa.
Solo faltaba esperar el letargo de la
vuelta, una eterna despedida. Un camino rojo sin fin. Un sinfín de saberes
aprendidos. Y es que las curvas se acaban sólo, cuando empieza de nuevo la
recta.

