23 de agosto de 2017

Madrid: nadie por las calles.

Los veranos en Madrid generalmente son más largos, y no por fechas, porque las estaciones vienen dictadas, sino por el calor, terrible y abrasador, que hace los días eternos. Los semáforos dejan de cumplir su función, como si también estuvieran de vacaciones. Podría ser por ello que no queda nadie por las calles.

Y con esta realidad, no puedo no pensar en una canción de alguien conocido, que podría convertirse en banda sonora de los caminos a casa.

De día, de noche, Madrid siempre gusta, pero quedarse aquí, más que un castigo puede ser un premio. Respirar más limpio, poder andar mirando azoteas, volver a sucumbir a la curiosidad, como viendo una ciudad desconocida. Y también el desconocimiento nace de los caminos alternativos al volante, esquivando sagazmente los miles de calles cortadas por obras.

¡Atención, suelo recién pintado! Si por algún casual cayera en el error del blanco nuevo, dejaría huella ahí donde fuera, como las migas de Hansel y Gretel, que los acompañaron hasta la famosa casita de chocolate, donde había una manzana envenenada. Ah, no, esto era de otro cuento.

Los metros tardan más en pasar y en los andenes parecemos aguardar en silencio, como si no quisiéramos interrumpir el sueño de una noche de verano. ¡Qué distinguidos!

Pero demasiadas veces olvidamos lo que tenemos, nos quejamos por vicio, y necesitamos alguien que nos dé la razón. ¡Qué malos son los veranos en Madrid! Seguramente, por ello, todos huyan, sin pensar lo que dejan en casa, lo que queda, los que quedan.




“Señores pasajeros, por motivos ajenos a Metro de Madrid, les informamos que esta ciudad tiene más luz”. ¿No la veis? Las lunas, como los sueños, van y vienen, y siempre vuelven. Como volverán todos los que pensaron que los veranos en Madrid eran demasiado terribles.

Hoy siento que volví. Hoy sentí las calles más vacías. Hoy volví a pisar el suelo. Hoy me di cuenta de lo ciega que fui. Hoy me doy cuenta de que Madrid es para mí. Hoy me doy cuenta de que soy nadie.


Nadie por las calles. 

18 de agosto de 2017

Barcelona.

¡Qué curioso! Aquel día también era jueves. Recuerdo estábamos en el bar de siempre, con las amigas de siempre, en el recreo de siempre, con el café con leche de siempre. Nos dimos la vuelta y vimos aquella barbarie. Había ocurrido hacía algunas horas, pero nuestra inmadurez tecnológica no nos había permitido llegar a ello antes. La cafetera parecía calentar la leche más bajito, y los bocadillos eran mordidos con temor. Anonadados.

Decidimos llegar algo más tarde a clase, pese a todo, la ocasión lo merecía. La información parecía llegar en cuenta gotas, y tanto medios como políticos se apresaban en sacar conclusiones poco meditadas.

Creo que todavía no éramos conscientes como ciudadanos del mundo de lo que estaba por llegar, aquel martes de principios de milenio nos había parecido una superproducción hollywoodiense que lejos quedaba de casa.

Muchos, al llegar a este punto me tildarán de hipócrita. A diario mueren miles de personas, de hambre, de miedo.

Vine a Madrid sin pretensiones de futuro y me quedé. La vida me llevó a tener que pasar la mañana del once de marzo de 2010 en Atocha, motivos personales, los llaman. Fue curioso, cabizbajos todos los viajeros pensábamos en ese mismo día sin osar levantar la voz. Teníamos la mirada fija en el andén, y yo, me sentía demasiado lejos de casa.

Ayer volvía a ser jueves. Recuerdo estaba en mi casa, no la de siempre, sin las amigas de siempre, tomando, otra vez sí, el café con leche de siempre.



Es sabida mi adicción a las redes, y en ese momento, hasta los pájaros parecían haber dejado de piar.

Veía las Ramblas, colapsadas. Unas primeras imágenes aterradoras. En aquella boca de metro había quedado con uno de mis primeros amores de adolescencia. En el Cafè de l’Òpera quedaba a tomar carajillos con un buen amigo, de cuando Barcelona era mi casa. De vez en cuando me evadía en los jardines de la Massana. Portaferrissa era parada obligatoria para comprar pantalones en El Camello. Y las excursiones al teatro habían acabado con cenas en La Poma. Y no puedo dejar de pensar en las visitas a la Boqueria, donde planteaba a mis padres la perversa idea de querer el melocotón de más abajo, de esa pila perfecta de las fruterías. Odio y odié las multitudes, pero me encantaba, como por tradición, pasear por Les Rambles, llenas de gente variopinta tan distinta a la que veíamos los de ciudad pequeña.


Hace pocos días, pasábamos por el puente de Westminster en Londres, y hace algunos más, por la calle ancha que alojaba en mercado de Navidad en Berlín. Parecía algo lejano, como si no hubiera ido conmigo, pero esta vez sí. Conmigo y con todos ellos. 


Recibí mensajes de gente querida que, aun sabiendo que vivo lejos, pensaron que como lo suya, mi cabeza también estaría ahí, en la ciudad que me vio crecer. Intensamente viva.