18 de agosto de 2017

Barcelona.

¡Qué curioso! Aquel día también era jueves. Recuerdo estábamos en el bar de siempre, con las amigas de siempre, en el recreo de siempre, con el café con leche de siempre. Nos dimos la vuelta y vimos aquella barbarie. Había ocurrido hacía algunas horas, pero nuestra inmadurez tecnológica no nos había permitido llegar a ello antes. La cafetera parecía calentar la leche más bajito, y los bocadillos eran mordidos con temor. Anonadados.

Decidimos llegar algo más tarde a clase, pese a todo, la ocasión lo merecía. La información parecía llegar en cuenta gotas, y tanto medios como políticos se apresaban en sacar conclusiones poco meditadas.

Creo que todavía no éramos conscientes como ciudadanos del mundo de lo que estaba por llegar, aquel martes de principios de milenio nos había parecido una superproducción hollywoodiense que lejos quedaba de casa.

Muchos, al llegar a este punto me tildarán de hipócrita. A diario mueren miles de personas, de hambre, de miedo.

Vine a Madrid sin pretensiones de futuro y me quedé. La vida me llevó a tener que pasar la mañana del once de marzo de 2010 en Atocha, motivos personales, los llaman. Fue curioso, cabizbajos todos los viajeros pensábamos en ese mismo día sin osar levantar la voz. Teníamos la mirada fija en el andén, y yo, me sentía demasiado lejos de casa.

Ayer volvía a ser jueves. Recuerdo estaba en mi casa, no la de siempre, sin las amigas de siempre, tomando, otra vez sí, el café con leche de siempre.



Es sabida mi adicción a las redes, y en ese momento, hasta los pájaros parecían haber dejado de piar.

Veía las Ramblas, colapsadas. Unas primeras imágenes aterradoras. En aquella boca de metro había quedado con uno de mis primeros amores de adolescencia. En el Cafè de l’Òpera quedaba a tomar carajillos con un buen amigo, de cuando Barcelona era mi casa. De vez en cuando me evadía en los jardines de la Massana. Portaferrissa era parada obligatoria para comprar pantalones en El Camello. Y las excursiones al teatro habían acabado con cenas en La Poma. Y no puedo dejar de pensar en las visitas a la Boqueria, donde planteaba a mis padres la perversa idea de querer el melocotón de más abajo, de esa pila perfecta de las fruterías. Odio y odié las multitudes, pero me encantaba, como por tradición, pasear por Les Rambles, llenas de gente variopinta tan distinta a la que veíamos los de ciudad pequeña.


Hace pocos días, pasábamos por el puente de Westminster en Londres, y hace algunos más, por la calle ancha que alojaba en mercado de Navidad en Berlín. Parecía algo lejano, como si no hubiera ido conmigo, pero esta vez sí. Conmigo y con todos ellos. 


Recibí mensajes de gente querida que, aun sabiendo que vivo lejos, pensaron que como lo suya, mi cabeza también estaría ahí, en la ciudad que me vio crecer. Intensamente viva. 

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