¡Qué curioso! Aquel
día también era jueves. Recuerdo estábamos en el bar de siempre, con las amigas
de siempre, en el recreo de siempre, con el café con leche de siempre. Nos
dimos la vuelta y vimos aquella barbarie. Había ocurrido hacía algunas horas,
pero nuestra inmadurez tecnológica no nos había permitido llegar a ello antes.
La cafetera parecía calentar la leche más bajito, y los bocadillos eran
mordidos con temor. Anonadados.
Decidimos llegar
algo más tarde a clase, pese a todo, la ocasión lo merecía. La información
parecía llegar en cuenta gotas, y tanto medios como políticos se apresaban en
sacar conclusiones poco meditadas.
Creo que todavía no
éramos conscientes como ciudadanos del mundo de lo que estaba por llegar, aquel
martes de principios de milenio nos había parecido una superproducción
hollywoodiense que lejos quedaba de casa.
Muchos, al llegar a
este punto me tildarán de hipócrita. A diario mueren miles de personas, de
hambre, de miedo.
Vine a Madrid sin pretensiones de futuro y me quedé. La vida me llevó a
tener que pasar la mañana del once de marzo de 2010 en Atocha, motivos
personales, los llaman. Fue curioso, cabizbajos todos los viajeros pensábamos
en ese mismo día sin osar levantar la voz. Teníamos la mirada fija en el andén,
y yo, me sentía demasiado lejos de casa.
Ayer volvía a ser
jueves. Recuerdo estaba en mi casa, no la de siempre, sin las amigas de
siempre, tomando, otra vez sí, el café con leche de siempre.
Es sabida mi
adicción a las redes, y en ese momento, hasta los pájaros parecían haber dejado
de piar.
Veía las Ramblas, colapsadas. Unas primeras imágenes aterradoras. En
aquella boca de metro había quedado con uno de mis primeros amores de
adolescencia. En el Cafè de l’Òpera quedaba a tomar carajillos con un buen
amigo, de cuando Barcelona era mi casa. De vez en cuando me evadía en los jardines
de la Massana. Portaferrissa era parada obligatoria para comprar pantalones en
El Camello. Y las excursiones al teatro habían acabado con cenas en La Poma. Y
no puedo dejar de pensar en las visitas a la Boqueria, donde planteaba a mis
padres la perversa idea de querer el melocotón de más abajo, de esa pila
perfecta de las fruterías. Odio y odié las multitudes, pero me encantaba, como
por tradición, pasear por Les Rambles, llenas de gente variopinta tan distinta
a la que veíamos los de ciudad pequeña.
Hace pocos días, pasábamos
por el puente de Westminster en Londres, y hace algunos más, por la calle ancha
que alojaba en mercado de Navidad en Berlín. Parecía algo lejano, como si no
hubiera ido conmigo, pero esta vez sí. Conmigo y con todos ellos.
Recibí mensajes de
gente querida que, aun sabiendo que vivo lejos, pensaron que como lo suya, mi
cabeza también estaría ahí, en la ciudad que me vio crecer. Intensamente viva.


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