16 de noviembre de 2015

Lecciones básicas para desayunar en Madrid. (Parte 1)

El nerviosismo ante el blanco del papel o de la pantalla es una terrible realidad. Es un hecho verdaderamente aterrador, sí, pero de repente los pensamientos fluyen mucho más deprisa que las propias manos y empieza el baile.

Recuerdo la primera vez que me enfrenté al blanco del blog, años atrás y bajo este mismo dominio. No sabía muy bien de qué hablar, así que escogí uno de mis mayores vicios, y lo convertí en curiosidad y placer: el café.

Para celebrar la reapertura de La Verbena de la Paloma, he decidido hacer homenaje a mi primer desayuno en la capital.

Fue de chiste. “Un café con leche y un mini de jamón”, pedí. La cara de estupefacción del camarero me dejó perpleja. Acababa de renunciar al fuet por jamón, y encima me miraban raro. Todo esto fueron microsegundos, y finalmente el camarero me preguntó, “¿Un mini, mini?”. Pues qué iba a ser si no, ¿un mini, maxi? Muy amablemente, me aclaró que le acababa de pedir un vaso de litro de jamón, que sí, oye, no hubiera estado nada mal, pero no era el caso. Yo sólo quería un trocito de pan con aceite y un poco de jamón.

Primera lección aprendida: en Madrid desayunan pulgas.

Pasados los nervios de la primera cagada, me preguntó que cómo quería la leche. ¿Cómo? Blanca, sin duda. Pero, tampoco. Me ofreció un sinfín de posibilidades que mi cabeza era incapaz de procesar: ¿caliente, calentita, templada, del tiempo? En mi casa jamás se hubiera dado la situación, un café con leche, y ya. Opté por la opción “caliente”, y es que ya estábamos en noviembre y empezaba a refrescar. Y sí señores, caliente no, era lava suculenta recién salida del volcán.

Segunda lección aprendida: en Madrid beben magma.


Lógicamente, jamás volví a cometer el mismo error. La temperatura perfecta oscila entre el templado y el calentito, en versión de invierno. Cuando aprieta el calor, con hielo. Por suerte, y hasta ahora, no he tenido que responder a “¿Cómo quiere el hielo?”. Sin duda ninguna, recurriría a la cara de estupor del camarero que atendió a mi primer desayuno. 

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