4 de mayo de 2016

Volvieron las lecciones: buscando la playa.

La primera vez que estuve en Madrid no tenía más de diez años. A mediados de los noventa imperaba un gris extraño, que cubría sutilmente los grandes y majestuosos edificios. Pero lo que más llamó mi atención fueron aquellas ovejotas extrañas cubiertas de guirnaldas navideñas que berreaban en tanto se acercaban los viandantes. Un terror.

No más agradable fue la sensación de comer un bocadillo de calamares. Puede que, por el entorno hostil, pero, andar por encima del crepitar de miles de gambas descabezadas acompañadas de servilletas usadas y palillos redondeados no era mi idea del goce del pan con rebozado.

Por aquel entonces tampoco me gustaba el café, y jamás pensé acabaría viviendo aquí.

Desde aquel entonces han pasado más de veinte años, y es que dicho así parece muy crónica de abuela, pero ya me gusta el café, en vaso y con la leche templada; el vino, blanco y en copa grande; los bocatas de calamares, así sin más; y la Mahou, preferiblemente Clásica (la verde, que para los que ampliamente me conocen, nada tiene que ver con el color).

Podría llegar a decir que me he encastizado, me gusta pasear por el Barrio de las Letras, tomar vermut casero por la antigua Plaza de la Alegría, ir al Rastro de vez en cuando, perderme en las callejuelas de Malasaña, pasar tardes en el Retiro y ver amanecer en buena compañía, bueno, esto último creo que ya venía de antes.

Aunque no voy a engañar a nadie, sigo echando de menos el Mar (al mar, mar…), pero la suerte de vivir en una gran ciudad es que puedes llegar a encontrar soluciones para todo.

¿Arena? El Ojalá de la Calle San Andrés 1, ofrece la mejor arena industrial jamás pensada en el centro de Madrid, que no digo que esté mal, pero no recomendaría a nadie descalzarse ahí.

¿Un chiringuito? El Chiringuito del Señor Martín, en la calle Mayor 31, que, aunque sin tener terraza, compensa con la comida marinera. Y bueno, si se trata de comer, cualquiera de los Rincones de Jaén (Barrio de Salamanca), aunque no le veo yo mucho el mar.

¿Otro chiringuito un poco más de verdad? Sin duda una terraza de mis favoritas, en el The Hat, en la calle Imperial 9, entre el Centro y La Latina. Muy para perderse y dejarse volar.

¿Tumbonas? En el Centro Cultural Conde Duque, cuando llega el buen tiempo saben lo que algunos echamos de menos. Lo intentaron con la arena, pero no les salió del todo bien, pobres.

¿Un paseo marítimo? Hasta no hace mucho hubiera apostado por el Madrid Rio, sin duda, pero hace poco alguien me enseñó donde encontrarlo en el centro. Es información clasificada, para evitar eso de las aglomeraciones, y eso.

¿Agua? Mi preferida, la del estanque del Retiro, esa que tuve el placer de probar hace ya algunos años, de hecho, en aquella primera visita de descubierta. Los detalles de la historia son también clasificados, salvando algunos aventajados.
 
Y así, así es como llega la primavera en Madrid, con alergias y alegrías.





Séptima lección aprendida: en Madrid cualquier cosa es posible, siempre con un poco de imaginación, claro. 

19 de abril de 2016

Un trozo de domingo. Madrid también tiene Sol.

Un buen amigo siempre me invita a los Domingos al Sol[1], a bailar en la Melonera. Es verdaderamente gratificante ver a montones de conocidos y no tanto, ponerse de acuerdo a intentar bailar al son de Nicolas. Tengo ganas de volver, bailar y vermutear, pero por lo que parece, cualquier domingo al sol puede llegar a ser curioso.

En algún lugar no muy lejano a alguien se le enciende la “bombilla” y decide que las tardes en el Retiro son un bien preciado. Para los que habitamos en esta gran ciudad, tan hartos de abrigos, botas y paraguas aprovechamos cualquier excusa para arremangarnos y repanchingarnos al sol, sí, o a la luna, según se tercie.

Sin poder evitarlo acabo contando las palabras que sé, de una lengua que desconozco, con alguien misterioso, con todo lo literal que puede ser la palabra, que acabo casi de conocer. Y es que, en Madrid, estas cosas pasan.

Al café se suman un montón de historias y personajes, desde vendedores de cupones a músicos prescindibles, pasando por ciclistas o políticas. Como decía aquella canción, “en la variedad está la diversión”, ¿no?

Pues a divertirse.

Puesto que La Liga se ha puesto interesante, podía ser un buen plan ver el partido con dos desconocidos algo más conocidos por aquel entonces. Las bombillas se habían apagado y el sol ya no lucía con tanta fuerza.

Encontrar un bar donde ver perder al Barça en Madrid suele ser bastante fácil, y más en los tiempos que corren. Con dos aficionados y medio en el campo de juego, la gradería cervecera ardió ante el resultado, y pasó a territorio hostil. Después de que me hubieran retransmitido las declaraciones, previas al encuentro, poco más quedaba por hacer.

Reflexionando, más allá de los resultados, me di cuenta de cuán formativo es el fútbol. A nivel geográfico, por ejemplo. ¿El Celta? De Vigo. ¿El Racing? De Santander. ¿El Barça? Creo que es obvio. Pero equipos como el Betis, el Osasuna o, por ejemplo, el Hércules, son de esos equipos que uno jamás sabe de donde son. También, demasiado a menudo, parecer ser un taller de teatro, "Curso de preparación para los Oscar", candidatos a la mejor interpretación. Y bueno, por qué no, también válido para los estudiantes de primero de derecho, valorando las subjetividades arbitrales.

Y es que, ves, yo solo salía a tomar un café, y me mat(e)ó.  






Cuando el encamado y el despierte suceden en un breve lapso de tiempo es que algo ha ocurrido, desafiando las leyes lógicas del espacio-sueño.  


[1] https://martesjueves.wordpress.com/que-hacemos/domingos-al-sol/

14 de abril de 2016

Cuando Madrid resulta estar demasiado lejos.

Llegas a casa después de una o dos, o no se sabe cuántas cervezas rojas, en el bar de siempre. Sigue inundándote la misma pregunta que antes de perder la cuenta, ¿por qué?

Volví de hacer los b(r)uñuelos con una extraña sensación, cuando sientes que tu casa ya no es tu casa. O puede que sí, es tan tuya, que rehúyes los recuerdos que se guardan en ella, como si cada vez que abres la puerta se abriera esa caja de pandora que siempre habías tenido tan escondida.

Hoy, un miércoles cualquiera, de repente, con una llamada fortuita, conoces la realidad de los hechos: uno o dos, o no se sabe cuántos extraños han estado manoseando tus cosas; tu vida, al fin y al cabo.

Las lágrimas recorrían mis mejillas como ríos de lava hirviendo, y mis piernas temblaban cual rascacielos japonés. Es mi estómago un tsunami, y mi mente una ventisca de despropósitos capaces de fundir los glaciares del Ártico.

No puedo dejar de pensar en la conciencia humana, en cómo se forja y en cómo es capaz de destruir y destruirse. No puedo imaginar la sangre fría de abrir una puerta y entrar, una casa en la que no has sido invitado, y en la que ni siquiera te esperan, seguro que esta es la gracia, pero no. No puedo entender qué siente uno abriendo cajones de otro, toqueteando calcetines, pijamas y sujetadores ajenos en busca de algo que brille, como las urracas. Soy incapaz de entender como algo tan valioso como el respeto o la empatía hayan podido volatilizarse tan vorazmente.

Y es que todas esas cosas, mías y suyas, nuestras, habían acabado en el suelo, con el más absoluto desdén.

Otras que no, con peor fortuna, pasaban por la puerta hacia algún lugar cuyo nombre no quiero saber, ni querré recordar jamás. Eslabones de una vida desaparecían por el simple hecho de nada. Las tres erres: reliquias, regalos, y recuerdos, sobretodo esos, recuerdos vendidos al mejor postor.  

Siempre defendí que la distancia ayuda a ver las cosas con más claridad, pero hoy esa misma distancia es la que me oscurece, y la que me hace pensar en aquel póster que colgaba detrás de mi puerta: “On van les il·lusions?[1]”



Una o dos, o no se sabe cuántas veces, me repetiré por qué. 



11 de abril de 2016

Pongamos que no hablo de Madrid. (Parte 1)

El camino me resulta familiar, y es que las rectas californianas, donde el asfalto se funde a contraluz son inolvidables. Aquí no son campos de maíz los que acompañan, sino vides recién podadas hasta ahí donde alcanza la vista. Al fondo, casi desdibujados, altiplanos reinados por molinos, y es que en tierra quijotesca no pueden faltar, pero nada tienen que ver con aquellos gigantes con los que pretendía luchar el hidalgo manchego. Siguen, eso sí, girando a merced del viento. 

Las nubes parecen sacadas de un decorado, con perfecta textura algodonosa. Y es que siempre imaginé esta Castilla como un secarral, tostado y falto de encanto. Supongo que sería un tópico, de los mismos creadores que la tacañería catalana.

Hasta la fecha pocos han sido mis viajes en autobús y no puede más que fascinarme la arquitectura autobusística española, más propia de la industria ganadera que del transporte de pasajeros.

Distraída con el degradado de azules ignoro como se abrupta el terreno, y cuando me quiero dar cuenta, después de una prolongada cuesta, nace a mi derecha un pantano presidido por un castillo, como si custodiara sus aguas. No tengo datos, pero lo sitúo en los 50, una época de esplendor para las construcciones hidráulicas.

Las curvas son cada vez más cerradas, y sigo sin saber por dónde voy. Sin cuasi avisar, aparece el pueblo, última parada.

Volví a recordar la geografía americana, una carretera, dos lados, dos vidas. Así describiría el pueblo de no más de 700 habitantes: 9 bares, 3 pubs, 2 panaderías y 1 estanco.

Ahora lo que no sé es a dónde voy.

Y ya sin peso, obviando el de la conciencia, me dispongo a andar. Las indicaciones de los lugareños son claras: tiras todo recto, y cuando encuentres el cementerio, a la derecha, luego recto, y en las escaleras, a la derecha. Seguramente, de haber girado a la izquierda ese señor tan amable y tan buen ilustrador, hubiera tenido constancia de mi error.

De repente, sí sé muy bien el por qué, pero no tanto el cómo, me encuentro delante de una cascada de agua. Ojiplática, y sin nadie con quien hablar, me quedo también sin palabras.

El Sol, que calienta como buena estufa, se hace gran compañero de viaje, y con él paso un rato observando el salto. El fluir del agua empieza a dar rienda suelta a mis pensares, a eso he venido, y como aquellos caminantes, también yo, hago camino al andar.

Una amplia gama de azules, aguamarina, cobalto, turquesa, claros y oscuros, contrastan con el verde de la encina o el amarillo carqués.

La sensación de tener el agua cerca es alivio, y el viento que sopla a contracorriente es capaz de simular pequeñas olas que me llevan a un mar con olor a romero, y con sabor a orégano. Un mar sin sal, un mar de dudas, un mar dentro de un vaso de ginebra. 

Cuando deshago mis pasos y desando el camino es cuando EL rincón me llama y me llama también la tinta, el papel. Y escribo porque no sé dibujar. Y escribo cartas porque no sé escribir libros. Y escribo porque no sé hablar.

Me hubiera gustado poder hacer pequeños barcos de papel para que la corriente de agua hiciera llegar las misivas a sus destinatarios, pero me acordé de la pared de hormigón que les esperaba quilómetros más abajo, y no quise tuvieran un tan duro final.

Puede que la poesía sorprenda, como también la incerteza del lugar. Y es que creo cada uno tiene que encontrar su cascada, al fondo a la derecha.

Una vez también me perdí entre gigantes, de acero, cíclopes de ojo rojo, que hubieran ahuyentado al más valiente Rocinante.






29 de marzo de 2016

B(r)uñuelos. (Parte 2)

Dejé que Quique me volviera a acompañar, esta vez no era el viento de poniente, si no el del norte, el que dibuja las nubes, ahí donde las playas ya no tienen arena, donde los días grises cambian de color.

Con esta melodía volvía a Madrid, casi volando, como siempre, sin querer. Bañada en salitre.

Y será cuestión de la cama, pero volví al iglú y fui incapaz de volver a madrugar. Esto, o que la siesta del sábado, de las de baba en almohada, había sido totalmente reparadora o con efectos proactivos.

Llegados al desayuno surgió el gran dilema, ¿b(r)uñuelos, con qué? 

Los quilos de harina habían aumentado exponencialmente en los últimos años, esta vez tocaba ponerle freno. Cinco quilos y ya. Pero no señores, será por la costumbre de la artesa moderna, que llegados a los cinco, aquella masa pedía más. Y más. Por suerte, quedó saciada con seis.

Puede que por ser suficientes manos amigas, o porque siempre tenía algo más de sueño, nunca había vivido todo el proceso así, de principio a fin. Madre, toda una profesional de la mise en place había madrugado más para dejarlo todo listo.  

Agua de canela, ralladura de limón, matalahúva lavada y escurrida, levadura de pan, de fuerza, manteca de cerdo, leche condensada, sal, vainilla, azúcar, un chorro de anís, levadura en polvo, muchos y muchos huevos, y los cinco quilos de harina.

Padre es el encargado de remover y amasar, y más tarde de freír. Y bueno, cabe decir que sus dotes directivas son presentes en todo el proceso, un poco más de harina en un mal momento, y gruñido que salta. Pero supongo que esto también es parte del folclore.

Se añade todo con sumo cuidado, ni antes ni después: todo un ritual. Y rozando lo sagrado, se reparte la masa en pequeños barreños de mimbre, que reposaran al calor de la estufa hasta que la masa se haga mayor, hasta que crezca.

Este es el momento en que la espera desespera, no puedes irte de casa, porque en el caso de que la masa creciera de repente, sonaría una alarma casi nuclear que nos confinaría a todos en la cocina en menos de diez segundos. Hasta el momento, nunca ocurrió, y nos permitió, también por tradición, comer alguna de las variantes de bacalao de madre, esta vez con piñones, y pasas aparte.

A cuatro manos, como cuando tocaba piano, nos ponemos a darles la no-forma, mientras padre ejerce de director de orquestra, con sus manías y contratiempos.

Así es, año tras año, alrededor de la mesa, ya sin mandiles, y con algunas de las viejas técnicas mejoradas. En el descanso no puede faltar el agua con anís, el hermano pequeño del Sol y Sombra.

No hay mayor secreto que dos partes de anís por dos de moscatel para que queden bien “bendecidos” y listos para ser endulzados.

Y ya con casi todo terminado, el azúcar húmedo me recuerda a la arena, aquella que cuando baja la marea queda plagada de pequeñas conchas, aquellas que recogía… y sigo recogiendo.




Como marinera en tierra, seguiré persiguiendo sueños imposibles.

24 de marzo de 2016

B(r)uñuelos. (Parte 1)

Cualquier noche antes de viajar es un poema. Me acechan un montón de nervios absurdos que me impiden poner la cabeza en la almohada, creo que por pánico a dormirme y a no poder irme.

Siendo un poco madrileña de adopción, la mayoría podrían pensar que cogí la costumbre de irme en Semana Santa, como una más. Pero no. Pese a la redundancia, e independientemente del calendario, las semanas santas, son sagradas.

Llevo un buen rato escuchando a Quique González, que me habla de Conil de la Frontera, donde no estuve jamás. Las flores que crecen en las dunas, y esas que duermen a la luz de la luna, me llevan a casa, paradójicamente tan lejos.

Sólo puedo en pensar en las olas. En los cuarenta quilómetros por hora cerca del agua. En la Tramuntana. En La ola.

Pero en Semana Santa, la visita al mar es colateral, o bueno, accidentalmente propiciada.

Allá de los años, cuando yo ni existía, se empezaron a hacer unos maravillosos dulces los beatos viernes. Y será que somos muy tradicionales, pero desde aquel entonces, y hasta hoy, jamás dejaron de hacerse. Supongo que esto es una razón de suficiente peso para no faltar. Las manos son un bien preciado y cualquier par siempre es de ayuda.

Mis primeros recuerdos son alrededor de la mesa redonda de casa de mis abuelos, dormía todo el año en el cuarto de los trastos, pero el día que salía era por un buen motivo. Con un mandil a mi medida me embadurnaban las manos en aceite, y sin dejarme acercar al cuchillo, me daban monigotillos de masa para extender y reposar. Padre, siempre cogía los otros, con los años aprendí y entendí el por qué.

Al acabar, y cuando curiosamente siempre sobraba masa, me dejaban dar rienda suelta a la imaginación y hacer muñecos grandotes que casi ni cabían en la cazuela. Y es que siempre tuve ideas un poco peculiares…

Las posiciones eran siempre las mismas, la abuela a mi izquierda, madre a mi derecha, y padre siempre cerca de los fogones. Gemma crecía, y con ella el mandil, el mismo que sigue acompañándome hoy en mi pequeña cocina.

De receta quilométrica, la cual prometo recordar y compartir algún día, ha ido aumentando de cantidades con los años, a la vez que las manos arrugadas se despedían. La mesa ya no es la misma, ni las posiciones, ni los fogones, pero sí la radio y la cazuela, incondicionales compañeras.

Los muñecos y estrellas han pasado a ser buñuelos de chocolate, que tantos amigos han ganado. Una invención postmoderna de aquellos que empezaron a hacer hace tantos años.

Y sí, tenía que hacer un apunte: no son buñuelos al uso, son Brunyols de l’Empordà, genuinos y únicos.


La hora de partir se acerca, como el salitre.  

15 de marzo de 2016

Madrugar en Madrid. (Parte 1)



Asegurar que, desde que vivo en Madrid duermo más, sería una falsa verdad como un templo. Madrugar nunca estuvo hecho para mí. Jamás. Y parece que desde que vivo en la Avenida de los Pingüinos, a veces, los despertares se hacen eternamente gustosos. Pero no, hoy quiero hablar de madrugar, madrugar un domingo en Madrid.

La mayoría de veces que ha ocurrido ha sido accidental, lo admito, pero hay que aprovechar estas pequeñas oportunidades que te brinda la vida y exponerse al sol de invierno. Café corto, ropa cómoda y a la calle. ¡Y qué gran sorpresa! Siempre hubiera imaginado que sería la única humana deambulando por el barrio a las diez de la mañana de un domingo, pero no, hay quien a esas horas ya viene de hacer la compra, algo que tampoco acabo de entender. El café ha sabido a poco, así que toca buscar un desayuno en condiciones (para nada estoy hablando de un brunch, que empiezan pasadas las once). Zumo de naranja, bagel de cereales con queso fresco, café con leche en tazón. ¡Ay!

Pero tampoco. 0530Zulu. Cuesta dar el primer paso, las calles aún no están puestas, y los pingüinos aún no han quitado el hielo. Te das un par de golpes con el marco de la puerta, otro con la silla y, oficialmente has despertado. 

Queda claro que todo esto no viene de la improvisación, madrugar así es por tener un plan, y esta vez era ir a La Pedriza. 

Eran las siete y media de la mañana y sólo me crucé con mi vecina de casi enfrente y con Bobby. La calle estaba desierta, a lo mejor porque el supermercado no había abierto todavía. 

Y el metro, ¡ese sí que es un entorno de contrastes! Algunos vamos y otros vienen, y cómo vienen… Y eso mismo pensarán de mí, otro domingo. 

Llegas a Plaza de Castilla y ahí nace un mundo nuevo, el de la alta montaña. Botas, bastones, mochilas repletas, crampones, y hasta raquetas. Curiosamente todos tenemos algo en común: hacemos cola en la cafetería y pedimos el vaso más grande, largo de café. Seguro que la velocidad del autobús vendría determinada por el nivel de cafeína… 

Una vez sentada pensé que todos optaríamos por la opción del sueño profundamente ligero, pero el miedo no echó a todos para atrás, a todos menos a los valientes que deseaban llegar a su cama y preparaban las ovejitas. 

09.05am. 0ºC en la Plaza de Manzanares el Real. Mal.
09.10am. 0ºC en la Plaza de Manzanares el Real. Mal. Pero es que soy muy de terraza.
09.30am. 1ºC. Con el café se ve todo más claro, o caliente.
09.32am. 3ºC. 

Es mejor no pensar en los grados, el día es maravilloso, de los de sol radiante. Respirar aire puro, del que cura las alas, del que invita a volar. Caminar. Y aunque haya camino, y caminantes, la sensación es la de caminar sin sentido, pero con sentimiento.

Me sorprendió como los chiringuitos son la mejor señalización del camino a Canto Cochino, como también me sorprendió la afluencia de gente, y es que hay cola hasta para subir a La Pedriza. Pero andar así es un vicio, uno de esos esporádicos. Conocer gente, ciclistas y andadores. Disfrutar de la compañía, del verde, y del vino. Y de la nieve al fondo, de la Bola del Mundo. 



Mi maldito ojo micológico no paraba de mirar a izquierda y derecha, pensando, en otoño y con lluvia esto podría ser el paraíso. Pero no, no en fin de semana. ¿Cuándo, sino? 

Pese a las colas, y al posterior dolor de piernas, estos días tienen su recompensa.

Sí, valió la pena madrugar un domingo en Madrid.