11 de marzo de 2020

11M


Diez años de mi 11M. ¡Qué pretensiosa atribuyendo un posesivo a un día así!

No he borrado ni un ápice la secuencia de los hechos. El miércoles por la tarde los vuelos eran demasiado caros, pero empezaba a ser tarde. En ese momento, los quilómetros parecían insalvables y Madrid parecía estar demasiado lejos, como siempre.

Me costó conciliar el sueño en una cama que me había hecho mía, a veces demasiado pequeña.
Tenía muy claro hacer aquel viaje sola, pero el cónclave de mujeres lo impidió, y ella, nunca demasiado mayor, me hizo de bastón.

Reconozco que pocas veces me sonrojo, pero ante los nervios, hablo mucho, demasiado. Aparece en mí una verborrea incontrolable que se puede girar en contra de los no tan habladores y puedo resultar una invasora, como las tortugas de Florida. Pero ese jueves amanecía en silencio.

Él llegó tarde, muy tarde, y fui incapaz de darle un beso, apenas le dirigí la palabra. Cogíamos el primer tren, pero sentía que para mí era el último.

Llegar a Atocha la mañana de un 11M tampoco fue agradable. Los ladrillos parecían más fríos, y los silencios más silencios; nadie levantó la mirada. Impasible, aguardé todo el trayecto, intentado ser una buena compañera de viaje. No sé si lo conseguí y jamás volví a preguntar.

Hacía pocos meses de mi llegada a Madrid, todavía no había catenaria hasta casa. Sentía las piernas entumecidas en Sants, no quería perder el siguiente tren. Ella me obligó a comer, con su pasión por el dulce me engañó y me dejé ganar. El café empezaba a ser necesario. Nos quedaba media distancia por recorrer, con un vaivén que me había salvado muchas resacas de sábado por la mañana.

No paré de llamar.

Al llegar, teníamos ya planeado coger un taxi. ¿Un taxi en Figueres? Creo que sólo una vez, años atrás, con mi madre habíamos cogido uno. No recuerdo ni el cómo ni el por qué. En fin.

No me agradó el quién, pero sí el cómo, tenía coche, y tardaríamos poco. Todavía llegaba a tiempo, o eso me dijeron.

Agradeceré siempre a la Tieta esa compañía incondicional.

Borré todo recuerdo del camino, información innecesaria, como el historial del navegador. Pero al pasar por el marco de esa puerta estaban todos ahí, de pie, y reconocí a los hombres de gris, como si releyera Momo. En mi casa no somos muy cariñosos, siempre lo atribuyo a eso de ser del norte, con nuestras peculiaridades para querer, pero el abrazo que me dio mi padre ese día nunca no olvidaré. Llegaba tarde, como todas y cada una de las tres veces anteriores.

Sin tener casi tiempo de pensar, me encontré con un catálogo feo de pedacitos de cartón con colores pastel y frases impersonales. Pero ya con la lección aprendida, me negué a sucumbir a los convencionalismos: esta vez lo escribiría yo; no me haría falta inspirarme en Puccini.

Torn, mall i enclusa.

Recuerdo aquellos discos de arar y cómo me contaba por dónde soldarlos. O cuando estaba en la forja, cerca del fuego con las gafas bien picoteadas. O cuando nos dejaba el 124 cuando el Orion estaba en el taller. O cuando andábamos quilómetros incalculables entre los campos de alfalfa[1] en verano, para coger moras, después de la vuelta al castillo. O cuando me venía a buscar al colegio y negociábamos el punto de recogida para sentirme cada vez más mayor. O cuando dormía mirando la tele a todo volumen, roncando, afirmando que él lo escuchaba todo y que no le cambiara de canal; esto parece pasar de generación en generación. O cuando miraba Ben-Hur mientras hacíamos brunyols, hacinados en la cocina con ella canturreando. O cuando llegaba del bosque con el bajo de los pantalones bien húmedo y un cesto enorme d’escarlots, camagrocs o rovellons. O cuando íbamos juntos al mercado y conocía a todo el mundo, me decía: la fruta, cógela siempre grande, que habrá madurado más en el árbol y estará más rica. Todavía no tenía alergia a los melocotones, aunque ya me gustaban blancos. O cuando trataron de venderle fresas del Maresme siendo fresones y al probarlos le dije que le habían engañado; al día siguiente con todo el rubor le dijeron que era cierto. O la caracolera que tenía en el sótano, a oscuras y con humedad, para que aguantaran más. O cuando le acompañaba al dentista en su nuevo coche post-jubilación que acabaría siendo mi compañero de aventuras: GI-AW. O tantos cuando. 

Y el tiempo pasa, y todo duele menos, hasta cuando te encuentras sus viejas gafas bifocales en la guantera del coche. Las guardé, por si algún día me atrevo con ellas. Y el tiempo pasa, y lo recuerdas con simpatía, menos rato y en la distancia, la de aquellos cuarenta y un escalones.




[1] Tuve que buscar como se dice en castellano. En mi mente, sigue siendo userda.

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