21 de diciembre de 2015

Buscando una buena tortilla de patatas. (Parte 2)

Después de unas cuantas jornadas de reflexión y unas elecciones generales, sería el momento de retomar, también, la elección de la buena tortilla.

Que esté poco cuajada, that’s all. Y seguro que muchos lectores discreparan ante tal sentencia, pero de ser así, que lo escriban y la busquen ellos.

A mi amigo Trip, pedirle que una tortilla esté poco hecha, todavía no se puede.

Entonces, claro: abres Google, “mejores tortillas de Madrid”, primer link, TripAdvisor, y listos. Y aunque es una buena alternativa, soy más de curiosear y correr riesgos.

Con un porcentaje escrutado del 60%, y digo esto porque seguro que me faltan muchas por probar, la tortilla de patatas con mayor número de votos, es la del Sylkar (Calle Espronceda, 17). Al entrar sólo debería de existir una dicotomía, con cebolla o sin. Las dos. Aunque yo, propondría que en su campaña añadieran otra, cuchara o tenedor. Jugosísima. Inmediata. En su punto, o en el mío, no lo sé. El espacio no es muy grande, pero un hueco en la barra es como tener un trocito de cielo. He repetido, sin duda.

En una posición no muy distante, está una de las tortillas más selectas de Madrid, y digo esto porque está dentro del Palacio de la Moncloa. No sé si debiera dar muchos detalles de su ubicación, pero teniendo en cuenta el difícil acceso, tampoco lo considero relevante. El 93,5% de la gente que hemos estado ahí hemos comido, y recomido, y vuelto a comer su maravilloso pincho de tortilla (el 6,5% restante son más de ensaladilla rusa). Jamás muy tostada, ni muy cocida, con un punto de sal justo, que invita a beberla. Y es que poder escoger el trozo que quieres, siempre es una gozada.




Durante este tiempo de reflexión, o de silencio, ha habido nuevas catas, a ciegas, y algunas de ellas muy satisfactorias. Destacaría la visita al Café Restaurante Villalobillos (Calle María Teresa, 9). Habían estado en la campaña del café, nada malo, por cierto. Recordé que los camareros llevaban chaquetilla blanca, con esos botones dorados relucientes, y que el ambiente olía a puchero de abuela. Volví. Se trataba de contrastar, expectativas vs. realidad, y no defraudó. Pincho abundante, con sus religiosas tres rebanadas de pan: tostada por fuera, deliciosa por dentro. A la hora de la comida se imponen los trajeados, como si de una sesión plenaria obligatoria se tratara, aunque sin duda, nada que ver con los precios del Congreso.

Y es que TripAdvisor es como las estadísticas de CIS, orientativo. Ayuda al indeciso, y puede que favorezca a los siempre triunfadores.

Sexta lección aprendida: en Madrid, y en la vida, hay que estar predispuesto a lo desconocido.