El Madrid naranja
nada tiene que ver con bancos holandeses o con ningún partido político. Las buenas campañas publicitarias nos hicieron
asociar el verde a la cerveza, sosa, puede que sí, pero años después seguimos
sumidos en aquel eslogan escueto.
A título personal
me permití asociar el naranja a un placer oculto, bueno, conocido por algunos, el
de las tartas de zanahoria.
En mi perfil, más
allá del número de pie, de los agujeros y las tintas, olvidé un detalle
importante, la alergia majestuosa a los frutos secos. Los cacahuetes matan, y
el resto, tampoco es que sumen puntos de vida. Y claro, la tarea de pedir una
porción de tarta, a veces no resulta tan simple.
De hecho, la última
vez, en buena compañía y no muy lejos de casa, quedó todo el gozo en un pozo, y
acabamos cambiando el naranja por una Oreo
cake. Si bien es cierto que las críticas de Juanyta me mata! (Diego de
León, 60) la dejan en muy buen lugar, tocará esperar la crónica de algún
paladar amigo para tener constancia de ello.
En Corredera Alta
de San Pablo, a media calle, cerca de la esquina de Espíritu Santo, está el
escaparate de la perdición. Así a simple vista, diría que son cuarenta
centímetros de diámetro por quince de alto, un placer a la vista. Red Velvet, tres chocolates, coco, cheese cake, un sinfín de pecados que
tampoco puedo comer. ¡Malditas nueces!
Y un poco más lejos
del Reino, entendiendo este como el Reino de Malasaña, en la cuna del Rastro,
está Martina Cocina (Plaza del Cascorro, 11). Ahí, sí. Qué delicia. Sin frutos
secos, sin mucho frosting, y creo que
con bastante amor. Me resulta especialmente agradable entrar ahí, una mezcla
entre dulce y salado que invita a pasar a leer una mañana entera. Aunque creo
que la clave, el buen café que lo acompaña.
Andar sin rumbo,
ese pequeño secreto que todos tenemos de vez en cuando. Supongo que lo mejor de
ello es perderse y descubrir una ciudad nueva a cada paso. Esto fue lo que pasó
con Il Tavolo Verde (Villalar, 6), escondido entre las callejuelas detrás de la
Puerta de Alcalá (mírala, mírala). La verdad es que no pregunté mucho acerca de
si podía o no comerla, pero el espacio inmejorable creo que actuó de buen
antihistamínico. El sabor, mucho menos dulce de lo habitual, hizo que me
olvidara realmente de donde estaba y me llevara a mi niñez, comiendo las
deliciosas cocas de piñones de madre.
Pero supongo que el
epicentro naranja es el Reino, para que engañarnos.
Tiene mucha fama el
de la Lolina Vintage Café (Espíritu Santo, 9), uno que tampoco pude ni podré
probar jamás. Los expertos aseguran que es muy repetible, tendré que pensar que
sí.
Y bueno, por qué
no, después de un brunch, siempre muy
apetece un dulce. En el Carmencita Bar (San Vicente Ferrer, 51), además de
servir unos desayunos-comida espectaculares, tienen un carrot cake digno de ser enmarcado, consistente y suave a la vez. Lo
que no entiendo muy bien por qué espolvorean nueces en el frosting, pero nada que no subsane una cuchara amiga. Espero poder
repetir pronto.
Hasta el momento,
hemos estado tratando de trozos importantes de tarta, un poco en la línea de
madalenas gordas que cuestan un ojo de la cara. Y sí, es cierto. Pero, “que no
te amargue un dulce”.
En otra liga está el
de Mamá Framboise (Fernando VI, 23). Sin duda la mejor que probé jamás. Sin
cobertura, sin los pisos habituales, similar a un brownie en forma y textura, y no lleva nueces. Medida petit four, y precio “riñón”, eso sí. Dulces
afrancesados con vajilla británica, una combinación casi perfecta. En la lista
de caprichos anuales.
Después de este dulce
recorrido intentaré resistir a la tentación de no repetir. Puede que hasta el
espíritu aventurero me lleve a descubrir nuevas naranjas accidentales, a las que
difícilmente podría decir que no, aunque está claro que no depende del todo de
mí.
Y después de tanto escribir, llegué a una clara conclusión: lo que hace ideal un carrot cake, son los ingredientes que me acompañan.
Se aceptan
propuestas indecentes.
