24 de mayo de 2016

Dulce y anaranjado: en busca del carrot cake ideal.

El Madrid naranja nada tiene que ver con bancos holandeses o con ningún partido político.  Las buenas campañas publicitarias nos hicieron asociar el verde a la cerveza, sosa, puede que sí, pero años después seguimos sumidos en aquel eslogan escueto.

A título personal me permití asociar el naranja a un placer oculto, bueno, conocido por algunos, el de las tartas de zanahoria.

En mi perfil, más allá del número de pie, de los agujeros y las tintas, olvidé un detalle importante, la alergia majestuosa a los frutos secos. Los cacahuetes matan, y el resto, tampoco es que sumen puntos de vida. Y claro, la tarea de pedir una porción de tarta, a veces no resulta tan simple.

De hecho, la última vez, en buena compañía y no muy lejos de casa, quedó todo el gozo en un pozo, y acabamos cambiando el naranja por una Oreo cake. Si bien es cierto que las críticas de Juanyta me mata! (Diego de León, 60) la dejan en muy buen lugar, tocará esperar la crónica de algún paladar amigo para tener constancia de ello.

En Corredera Alta de San Pablo, a media calle, cerca de la esquina de Espíritu Santo, está el escaparate de la perdición. Así a simple vista, diría que son cuarenta centímetros de diámetro por quince de alto, un placer a la vista. Red Velvet, tres chocolates, coco, cheese cake, un sinfín de pecados que tampoco puedo comer. ¡Malditas nueces!

Y un poco más lejos del Reino, entendiendo este como el Reino de Malasaña, en la cuna del Rastro, está Martina Cocina (Plaza del Cascorro, 11). Ahí, sí. Qué delicia. Sin frutos secos, sin mucho frosting, y creo que con bastante amor. Me resulta especialmente agradable entrar ahí, una mezcla entre dulce y salado que invita a pasar a leer una mañana entera. Aunque creo que la clave, el buen café que lo acompaña.

Andar sin rumbo, ese pequeño secreto que todos tenemos de vez en cuando. Supongo que lo mejor de ello es perderse y descubrir una ciudad nueva a cada paso. Esto fue lo que pasó con Il Tavolo Verde (Villalar, 6), escondido entre las callejuelas detrás de la Puerta de Alcalá (mírala, mírala). La verdad es que no pregunté mucho acerca de si podía o no comerla, pero el espacio inmejorable creo que actuó de buen antihistamínico. El sabor, mucho menos dulce de lo habitual, hizo que me olvidara realmente de donde estaba y me llevara a mi niñez, comiendo las deliciosas cocas de piñones de madre.

Pero supongo que el epicentro naranja es el Reino, para que engañarnos.

Tiene mucha fama el de la Lolina Vintage Café (Espíritu Santo, 9), uno que tampoco pude ni podré probar jamás. Los expertos aseguran que es muy repetible, tendré que pensar que sí.

Y bueno, por qué no, después de un brunch, siempre muy apetece un dulce. En el Carmencita Bar (San Vicente Ferrer, 51), además de servir unos desayunos-comida espectaculares, tienen un carrot cake digno de ser enmarcado, consistente y suave a la vez. Lo que no entiendo muy bien por qué espolvorean nueces en el frosting, pero nada que no subsane una cuchara amiga. Espero poder repetir pronto.

Hasta el momento, hemos estado tratando de trozos importantes de tarta, un poco en la línea de madalenas gordas que cuestan un ojo de la cara. Y sí, es cierto. Pero, “que no te amargue un dulce”.

En otra liga está el de Mamá Framboise (Fernando VI, 23). Sin duda la mejor que probé jamás. Sin cobertura, sin los pisos habituales, similar a un brownie en forma y textura, y no lleva nueces. Medida petit four, y precio “riñón”, eso sí. Dulces afrancesados con vajilla británica, una combinación casi perfecta. En la lista de caprichos anuales.

Después de este dulce recorrido intentaré resistir a la tentación de no repetir. Puede que hasta el espíritu aventurero me lleve a descubrir nuevas naranjas accidentales, a las que difícilmente podría decir que no, aunque está claro que no depende del todo de mí. 

Y después de tanto escribir, llegué a una clara conclusión: lo que hace ideal un carrot cake, son los ingredientes que me acompañan. 






Se aceptan propuestas indecentes. 

4 de mayo de 2016

Volvieron las lecciones: buscando la playa.

La primera vez que estuve en Madrid no tenía más de diez años. A mediados de los noventa imperaba un gris extraño, que cubría sutilmente los grandes y majestuosos edificios. Pero lo que más llamó mi atención fueron aquellas ovejotas extrañas cubiertas de guirnaldas navideñas que berreaban en tanto se acercaban los viandantes. Un terror.

No más agradable fue la sensación de comer un bocadillo de calamares. Puede que, por el entorno hostil, pero, andar por encima del crepitar de miles de gambas descabezadas acompañadas de servilletas usadas y palillos redondeados no era mi idea del goce del pan con rebozado.

Por aquel entonces tampoco me gustaba el café, y jamás pensé acabaría viviendo aquí.

Desde aquel entonces han pasado más de veinte años, y es que dicho así parece muy crónica de abuela, pero ya me gusta el café, en vaso y con la leche templada; el vino, blanco y en copa grande; los bocatas de calamares, así sin más; y la Mahou, preferiblemente Clásica (la verde, que para los que ampliamente me conocen, nada tiene que ver con el color).

Podría llegar a decir que me he encastizado, me gusta pasear por el Barrio de las Letras, tomar vermut casero por la antigua Plaza de la Alegría, ir al Rastro de vez en cuando, perderme en las callejuelas de Malasaña, pasar tardes en el Retiro y ver amanecer en buena compañía, bueno, esto último creo que ya venía de antes.

Aunque no voy a engañar a nadie, sigo echando de menos el Mar (al mar, mar…), pero la suerte de vivir en una gran ciudad es que puedes llegar a encontrar soluciones para todo.

¿Arena? El Ojalá de la Calle San Andrés 1, ofrece la mejor arena industrial jamás pensada en el centro de Madrid, que no digo que esté mal, pero no recomendaría a nadie descalzarse ahí.

¿Un chiringuito? El Chiringuito del Señor Martín, en la calle Mayor 31, que, aunque sin tener terraza, compensa con la comida marinera. Y bueno, si se trata de comer, cualquiera de los Rincones de Jaén (Barrio de Salamanca), aunque no le veo yo mucho el mar.

¿Otro chiringuito un poco más de verdad? Sin duda una terraza de mis favoritas, en el The Hat, en la calle Imperial 9, entre el Centro y La Latina. Muy para perderse y dejarse volar.

¿Tumbonas? En el Centro Cultural Conde Duque, cuando llega el buen tiempo saben lo que algunos echamos de menos. Lo intentaron con la arena, pero no les salió del todo bien, pobres.

¿Un paseo marítimo? Hasta no hace mucho hubiera apostado por el Madrid Rio, sin duda, pero hace poco alguien me enseñó donde encontrarlo en el centro. Es información clasificada, para evitar eso de las aglomeraciones, y eso.

¿Agua? Mi preferida, la del estanque del Retiro, esa que tuve el placer de probar hace ya algunos años, de hecho, en aquella primera visita de descubierta. Los detalles de la historia son también clasificados, salvando algunos aventajados.
 
Y así, así es como llega la primavera en Madrid, con alergias y alegrías.





Séptima lección aprendida: en Madrid cualquier cosa es posible, siempre con un poco de imaginación, claro.