21 de febrero de 2019

La Luna me vino a buscar.


Hoy vi que en mi instituto abrían el plazo para mandar los textos a unos premios literarios. Me quedé parada, pensando, y mirando el enlace, ¿sería apto para exalumnos? Seguramente no.

Empecé a pensar en las cosas que había escrito y habían sido publicadas. No recuerdo exactamente si fue en 1995, o quizás en el noventa y seis, que gané los Jocs Florals en el colegio. Si usáis Google Translate, puede que os ponga algo así como “juegos florales”, y si buscáis el significado, poco tenían que ver con los juegos romanos dedicados a la diosa Flora.

En 1323 en Tolosa (dónde todo lo saben), fundaron una academia poética con el objetivo de conservar la lírica trovadoresca. Seguramente por la época también usaban cuervos, como en Juego de Tronos, y la tradición llegó a Catalunya. La historia es incierta, y depende del manual la contarán de una u otra forma, pero algo que tenemos todos claro es que en la revolución francesa se cortaron cabezas, alas y manos, y la poesía quedó como en suspenso, a resguardo de buenos cajones. En el siglo XIX se retomó el movimiento en ambos territorios y de ahí, sí que bebían mis Juegos Florares, un certamen literario a pequeña escala y con distintas categorías. Nunca fui buena en poesía, se me daban bien los caligramas y los cuentos, contar historias, así, a mi manera.

Y después de este paréntesis histórico, vuelvo a mediados de los noventa. Estaba en la clase de Núria, en el ala vieja, cerca de la cristalera y los baños, el mejor sitio donde poner los tiestos de las plantas que habíamos germinado. En ese entorno tan afable, y a la vez tan hostil, nació la historia de Shanadi, así se llamaba el protagonista de mi historia, algo así como un Aladdín de la vida, que a ratos bebía de Robin Hood. Escribí con letra ligada una página por las dos caras. El dibujo que puse al final, también lo copiaron en la revista del colegio, fotocopiada y grapada, con portada de color.

En éxito fue tal, que creí haber superado García Márquez, a quien, por aquel entonces, todavía no había leído. Todo quedó ahí, en el olvido, en el cajón de la máquina de coser de mi madre, me pregunto hoy como llegó ahí.

La fantasía fue perdiendo fuelle en mis historias, me consideré siempre una buena relatora de una realidad disfrazada, la mía.

Años después, sin dejar nunca de escribir gilipolleces. Porque sí, yo era de esas que estrenaba libretas a modo de diario personal cada semana, y no porque las rellenara de letras o pensamientos, sino porque o las perdía de vista en mi disciplinado desorden o porque no me parecían lo suficientemente válidas para contener mis pesados pensamientos.

Paro. Hago otro inciso. El otro día leía que alguien, algún escritor de pro, había escrito las principales características que tiene que tener un buen texto, y si mal no recuerdo, decía algo así como “nunca empezar frases con Y…”, “no abusar de adjetivos y adverbios”,… fantochadas, yo escribo como me da la gana.

Sigo. Ya en tercero de la ESO, lo que vendría siendo en antiguo primero de BUP, tuve un profesor de lengua y literatura algo peculiar. Bueno, no era “algo peculiar”, era MUY peculiar. Tenía todos los tics habidos y por haber, la clase de diptongos era como un bocadillo onomatopéico de Tintín. Encendíamos incienso en clase fingiendo un incendio y colaba, dibujábamos globos en la pizarra y al borrarlos dábamos el carpetazo. Creo que suspendí más de la mitad de los exámenes de verbos por olvidar poner el nombre en el examen. Pero ese señor, con todo lo que tenía, era un apasionado de la lectura. Nos comentó que había unos premios literarios en los que él estaba de jurado junto a otros tantos profesores y personalidades del mundillo, y nos animó a todos a escribir algo con cara y ojos.

Me costó mucho. No sabía por donde empezar, la verdad. Había perdido la inocencia, tenía miedo al blanco. Y no recuerdo si la lámpara de Tiffany de tortuga apareció antes o después, pero así se llamaba la historia: Tiffany. Era una entrañable historia entre Ernest y su abuelo, un chico discapacitado y un mayor desatendido. Qué curiosa que es la vida, defendía ahí la importancia de los mayores, y desde la distancia, creo que no miré bien a los míos.

Volviendo al concurso, en clase ganamos tres, el triunvirato de mejores amigas. También ganó un chico de la otra clase, alguien que también acabaría siendo importante. Pero realmente, todavía no habías ganado nada, nos acababan de dar el peso de la responsabilidad de defender nuestro instituto ante otros que ni conocíamos. La espera desesperaba.

Hasta que un día llegó la notificación, estábamos los cuatro invitados a un hotel en Barcelona, con nuestras familias. Ostras, que nos teníamos que vestir bien, creo que por entonces eso fue lo más dramático. Fuimos y vencimos. Contado así queda como muy heroico, pero ese día tuvimos que pelar langostinos con cubiertos y descifrar para qué servían tantas copas y cubiertos.

Tuvimos foto de familia, los cuatro con el libro, con una portado que considero horrenda, color azul instituto. Os hacéis una idea, ¿verdad?

Pues lo que os decía, fui publicada dos veces, tuve un Fotolog en el que escribía cada dos o tres días,  donde las letras de canciones y los poemas de Pizarnik eran lo más, sobre todo por ser palabras bonitas de otros. Seguí estrenando cuadernos, y lo sigo haciendo, como si fueran pensamientos inconexos, desordenados. Empecé un blog que dejé por hastío y que retomé con ilusión, y hoy, después de haber visto una luna grande, viva, como si sobresaliera de la negrura, me acordé de todas esas letras perdidas, de todos esos textos encajonados.