Hoy
vi que en mi instituto abrían el plazo para mandar los textos a unos premios
literarios. Me quedé parada, pensando, y mirando el enlace, ¿sería apto para
exalumnos? Seguramente no.
Empecé
a pensar en las cosas que había escrito y habían sido publicadas. No recuerdo
exactamente si fue en 1995, o quizás en el noventa y seis, que gané los Jocs Florals
en el colegio. Si usáis Google Translate, puede que os ponga algo así como “juegos
florales”, y si buscáis el significado, poco tenían que ver con los juegos
romanos dedicados a la diosa Flora.
En
1323 en Tolosa (dónde todo lo saben), fundaron una academia poética con el
objetivo de conservar la lírica trovadoresca. Seguramente por la época también
usaban cuervos, como en Juego de Tronos, y la tradición llegó a Catalunya. La
historia es incierta, y depende del manual la contarán de una u otra forma, pero
algo que tenemos todos claro es que en la revolución francesa se cortaron
cabezas, alas y manos, y la poesía quedó como en suspenso, a resguardo de
buenos cajones. En el siglo XIX se retomó el movimiento en ambos territorios y
de ahí, sí que bebían mis Juegos Florares, un certamen literario a pequeña
escala y con distintas categorías. Nunca fui buena en poesía, se me daban bien
los caligramas y los cuentos, contar historias, así, a mi manera.
Y
después de este paréntesis histórico, vuelvo a mediados de los noventa. Estaba
en la clase de Núria, en el ala vieja, cerca de la cristalera y los baños, el
mejor sitio donde poner los tiestos de las plantas que habíamos germinado. En
ese entorno tan afable, y a la vez tan hostil, nació la historia de Shanadi,
así se llamaba el protagonista de mi historia, algo así como un Aladdín de la
vida, que a ratos bebía de Robin Hood. Escribí con letra ligada una página por
las dos caras. El dibujo que puse al final, también lo copiaron en la revista del
colegio, fotocopiada y grapada, con portada de color.
En
éxito fue tal, que creí haber superado García Márquez, a quien, por aquel entonces,
todavía no había leído. Todo quedó ahí, en el olvido, en el cajón de la máquina
de coser de mi madre, me pregunto hoy como llegó ahí.
La
fantasía fue perdiendo fuelle en mis historias, me consideré siempre una buena
relatora de una realidad disfrazada, la mía.
Años
después, sin dejar nunca de escribir gilipolleces. Porque sí, yo era de esas
que estrenaba libretas a modo de diario personal cada semana, y no porque las
rellenara de letras o pensamientos, sino porque o las perdía de vista en mi disciplinado
desorden o porque no me parecían lo suficientemente válidas para contener mis
pesados pensamientos.
Paro.
Hago otro inciso. El otro día leía que alguien, algún escritor de pro, había
escrito las principales características que tiene que tener un buen texto, y si
mal no recuerdo, decía algo así como “nunca empezar frases con Y…”, “no abusar
de adjetivos y adverbios”,… fantochadas, yo escribo como me da la gana.
Sigo.
Ya en tercero de la ESO, lo que vendría siendo en antiguo primero de BUP, tuve
un profesor de lengua y literatura algo peculiar. Bueno, no era “algo peculiar”,
era MUY peculiar. Tenía todos los tics habidos y por haber, la clase de diptongos
era como un bocadillo onomatopéico de
Tintín. Encendíamos incienso en clase fingiendo un incendio y colaba, dibujábamos
globos en la pizarra y al borrarlos dábamos el carpetazo. Creo que suspendí más
de la mitad de los exámenes de verbos por olvidar poner el nombre en el examen.
Pero ese señor, con todo lo que tenía, era un apasionado de la lectura. Nos
comentó que había unos premios literarios en los que él estaba de jurado junto
a otros tantos profesores y personalidades del mundillo, y nos animó a todos a
escribir algo con cara y ojos.
Me
costó mucho. No sabía por donde empezar, la verdad. Había perdido la inocencia,
tenía miedo al blanco. Y no recuerdo si la lámpara de Tiffany de tortuga apareció
antes o después, pero así se llamaba la historia: Tiffany. Era una entrañable
historia entre Ernest y su abuelo, un chico discapacitado y un mayor desatendido.
Qué curiosa que es la vida, defendía ahí la importancia de los mayores, y desde
la distancia, creo que no miré bien a los míos.
Volviendo
al concurso, en clase ganamos tres, el triunvirato de mejores amigas. También
ganó un chico de la otra clase, alguien que también acabaría siendo importante.
Pero realmente, todavía no habías ganado nada, nos acababan de dar el peso de
la responsabilidad de defender nuestro instituto ante otros que ni conocíamos. La
espera desesperaba.
Hasta
que un día llegó la notificación, estábamos los cuatro invitados a un hotel en
Barcelona, con nuestras familias. Ostras, que nos teníamos que vestir bien, creo
que por entonces eso fue lo más dramático. Fuimos y vencimos. Contado así queda
como muy heroico, pero ese día tuvimos que pelar langostinos con cubiertos y descifrar
para qué servían tantas copas y cubiertos.
Tuvimos
foto de familia, los cuatro con el libro, con una portado que considero horrenda,
color azul instituto. Os hacéis una idea, ¿verdad?
Pues
lo que os decía, fui publicada dos veces, tuve un Fotolog en el que escribía cada
dos o tres días, donde las letras de canciones y los poemas de Pizarnik eran lo
más, sobre todo por ser palabras bonitas de otros. Seguí estrenando cuadernos,
y lo sigo haciendo, como si fueran pensamientos inconexos, desordenados. Empecé
un blog que dejé por hastío y que retomé con ilusión, y hoy, después de haber
visto una luna grande, viva, como si sobresaliera de la negrura, me acordé de
todas esas letras perdidas, de todos esos textos encajonados.
