30 de septiembre de 2020

La vida es puro teatro.

Todavía siento el corazón descompasado, vibrando aun con los aplausos del final, de pie. ¡Cuánto echaba de menos el teatro!

Llegué 25 minutos antes y fumé impaciente, divisando la puerta de lejos a sabiendas de estar haciendo algo reprochable.

Entré firme y decidida, no tenía que esperar a nadie. Una consola extraña me tomó la temperatura, casi ni llegaba. Subí las escaleras que tantas veces había subido vestida de negro, una vez hasta con la etiqueta puesta en los zapatos negros; me habían pillado de improvisto.

Tercera fila, impar, como casi siempre. A ambos lados, el vacío de la cultura segura: “recuerde que la mascarilla es obligatoria durante toda la función”. No me importaba.

Lehman Trilogy estaba a punto de empezar. Balada para sexteto.

Recordaron desconectar los teléfonos móviles, y de ellos. Tres actos de cincuenta minutos con sus respectivos descansos de oasis. De recordar que todavía estaba en Madrid y disfrutaba del placer que pocas veces había gozado por falta, siempre, de tiempo.

Bajaron las luces y sonreí por debajo de la mascarilla, feliz, contenta, orgullosa.

A diferencia de las superproducciones de Hollywood, en teatro, el reparto suele ser duplicado, por lo que pueda pasar y porque la gente tiende a tener más vida. Me sorprendió ver a David Huarte, ese David de Al Salir de Clase con el que muchos crecimos: Emmanuel Lehman, uno de los tres hermanos venidos a más por el comercio del algodón. Judíos y circuncidados.

Una escenografía brutal, sencilla y reciclable, muy inspirada en el Off-Broadway. Seis tíos que se lo guisan y se lo comen: interpretan, cantan, bailan, ponen la música en directo. Capaces de embaucar al público desde el minuto uno, pidiendo aplausos y toses con tarjetas al más puro estilo del cine de los Marx. La locura y la presión en la bolsa, como en El lobo de Wall Street, porque algo así fue Bobby Lehman, quien siempre necesitaba más y más y se desvaneció con Bob Dylan.


Desconecté. Sentí. Viví. Recordé aquella vez que fuimos a ver Madre Coraje en un teatro pequeño y lo pequeña que me sentí viendo el Rey León. Olvidé por un momento por qué estaba de nuevo en Madrid. Pensé en los míos y cuánto me hubiera gustado compartir este momento con ellos. Salí corriendo. En el taxi perdí la noción del tiempo de nuevo, como tantas otras veces después de haber bebido de más.

Embriagada de vida.



25 de septiembre de 2020

El preludio de una despedida: volver a Madrid.

 Coche 3. Asiento 3A, ventana.

En contra de todos mis principios vitales, he llegado a la estación con el tiempo justo.

No he tardado en sentir esa horrible sensación de ahogo y esta vez no era por la mascarilla. He pensado en el montón de sensaciones de aquel primer viaje. Hoy, en cambio, hago el mismo trayecto, en la misma dirección, pero en otro sentido. 

Cuántas veces me habré repetido, home is where the heart is. Sí pero no, voy a despedirme de mi casa. Y si, le atribuyo el posesivo en primera persona porque esos treinta y seis metros cuadrados a la sombra supieron sacar sus mejores atributos para seducirme. Les compré un perchero de arce rojo y con él, llegaron también lo pingüinos: el primer invierno fue casi como vivir Laponia, de hecho.

No recuerdo la cantidad de veces que cambié el salón de posición, siempre buscando que pareciera más grande, nunca lo conseguí. Era la primera que vivía sola, real y físicamente -anteriormente, de espíritu, ya lo había probado-. Abrir la puerta era alivio, menos cuando las cucarachas querían gastarme alguna broma. 

Era genial cambiar de portal, del 7 al 5, en busca de una cena amiga, de un abrazo o de unas risas, siempre en pijama. Por supuesto, estos vaivenes llamaron la atención de Juli, “la dueña del perro mojado”, Toby. De no estar jubilada, le quedaría bien ser portera. El nombre de la señora lo aprendí algunos meses después. Seguro que debió alucinar el día que Paula entró en casa a las cuatro de la mañana cual Superman para llevarme a tres hospitales distintos. ¿Nos esperaría despierta? 

Quien más me perturbó fue la vecina de arriba. A los pocos días de llegar, bajó para avisarme que ella madrugaba mucho y que andaba con los talones. No entendí nada de esta explicación hasta unos días después, volviendo de fiesta: fue imposible conciliar el sueño, a las 06:12am tenía la cama hecha y daba vueltas a una taza. La maldije, seguro. Pero para estas cosas nunca fui muy rencorosa. Es una mujer muy pizpireta, debe medir algo menos que yo, y anda siempre erguida, con sujetadores picudos y a la velocidad del rayo. Hitchcock podría haberse inspirado en ella para La ventana indiscreta. Habré subido a su casa unas 5 veces en los dos últimos años y he pensado que tendría que llamar al 112 para salir de allí, pero ¡es tan agradable! Se saltó el confinamiento porque ella “no fuma en casa”. Y no pude rechazarle una clara con limón en pleno julio en el bar de la esquina, mientras ella se tomaba un café con leche de Mordor.

Hablando de bares, tendría que hacer un especial “El Paco”. Mejor no. Ese señor se llevará a la tumba muchos de mis secretos, estoy segura. Era como la vieja del visillo en versión justificada: todo lo que pasa en horario de bar, pasa. Estoy convencida que de haber entrado en casa con algún ser lo suficientemente extraño, lo hubiera impedido. Recuerdo aquella navidad cuando a primera hora de la mañana, aun oscuro, esperaba que me recogiera el taxi. Oí de fondo, desde el ventanuco que daba a la terraza: - ¡Vecina! ¿Te vas? – Sí, a casa-. Salió y me dio un abrazó: - ¡Feliz Navidad! Y, por si no nos vemos, próspero año nuevo-. ¿Qué narices acababa de pasar? El barrio.

También está el señor de enfrente, que vive anclado en la juventud de Julio Iglesias y no es consciente de que sí, lleva Just For Men, y se nota. O la señora muy muy mayor que tiene un loro/papagayo/periquito (algo que habla y repite cosas) en el balcón.

Vivo en un bajo (todavía en presente) con la nevera en el patio y el lavabo encima de la bañera. Seguro que el chico del Bajo 1 se asustó más de una vez desde su mesa de estudio, Gemma recién despierta cogiendo el cartón de leche como primera acción del día.

Sería injusto no mencionar a LA vecina, que obviamente también tiene nombre. Estibaliz llegó poco tiempo después de que me mudara; bueno, llegaron ella, Conie y los gatos, que conocí antes que a ella. Nos habríamos saludado un millón de veces, de hecho, su amiga también vivió un tiempo en el 5. Teníamos horarios parecidos, a veces llegábamos a la misma hora. Pero parece que nada nos había empujado a dar el paso, porque me consta que las dos teníamos bien de curiosidad. Pero nada, la pandemia cambió muchas cosas, y esta también. Unas patatas y unas cebollas fueron las culpables de unas cervezas que nos supieron a demasiado poco. ¿¡Por qué habíamos tardado tanto!?

3 horas y 6 minutos. Todavía tengo tiempo.

El día empezó pronto. Recibí un mensaje recomendándome lo nuevo de Pájaro Sunrise: Madrid. ¡Qué oportuno!

Dice que se cansa de jaulas de cristal,

que por más alto que sube no alcanza a ver el mar.

Desespera porque el invierno es largo y frío,

dice que si alguna vez me voy se irá conmigo.

Se me rompe el corazón, Madrid, si no estás bien.

¿Por qué nuestras canciones siempre son todas tan tristes?

Mi cuerpo sigue aquí, pero yo estoy ya lejos,

sólo espero que esta vez el salto duela un poco menos.

El mundo gira y gira, el Sol nunca se apaga.

Madrid es una isla en medio de la nada.

Madrid es una mala Santa y buena hermana.

Madrid es el árbol que tapa el bosque.

Madrid es casa.

Siempre estás dónde quieres estar.

Siempre estás dónde quieres.  

 

Antes del primer minuto tenía los ojos demasiado rojos para seguir haciendo nada. Fui de las que subió buscando el mar; de inviernos acurrucados; de atardeceres infinitos. También he llorado Madrid.

Madrid será siempre casa.




21 de septiembre de 2020

Redécouvrir.

Recién pasé por la puerta de casa. Me quité los zapatos sigilosamente y me aseguré de que la puerta de la habitación estuviera bien cerrada. Entre las sombras me quité el vestido con todo el cuidado que se merecía, total, para dejarlo hecho un burruño en el suelo.  

Tenía una sonrisa perenne un tanto estrafalaria que ante el espejo quería decirme muchas cosas. En cualquier caso, era fruto de la última cena de amigos como visitante, convencida que dentro de unas semanas me ostentaría como local. No deja de ser extraño, hace diez años, por las mismas fechas, volvía a Madrid con una maleta llena de historias y con muchos buenos días: bon jour, good morning, bon día o los cojones te aprieten. Siempre tuve una simpatía peculiar.

Dormí menos de lo deseado. Hacía días que no recordaba lo soñado, es más, tuve la sensación de estar conectada con otro hipocampo, creando un sueño compartido. Onironauta por un día, como Dalí, ensoñador de referencia.

Hacía sol y tomé el café en la terraza, disfrutando de las vistas y de la piel de gallina en los muslos. Aproveché para revisar de nuevo aquellos pequeños tesoros literarios que había encontrado días atrás.

En 2008 ya tenía pasión por las citas ajenas: “Conviértete en lo que eres”, copié de Nietzsche. De Goethe, me quedé con un clásico: “En donde acaba la palabra, empieza la música”, cuanta razón.

De 2005 rescaté Clar de Lluna, mi tributo particular a Debussy, quien siempre rechazó ser impresionista.

Flairava a silenci. Pacient, la nit, suportava el pes de la lluna. De fons, tants gats bressolant la ciutat adormida. El jove compositor no podia aclucar l’ull, amb el llapis a la mà… Debussy. Clar de lluna. Verlaine. Claire de Lune. L’havia imaginat aquell moment màgic; la sortida del sol.

Flairava a cafè. Somiava desperta. El cafeter tenia el local atapeït ple d’onírics amb ulls de gat, bressolats per la lluna.

-Bon dia! – em va desitjar el flautista. Arribava amb un ram de lliris frescos, blancs, tan i tan primaverals. M’esperava la feina, seria un dia atrafegat. La nit de somnis m’havia deixat exhausta, només calia esperar, esperar per dormir de nou i sense voler-ho, tornar a somiar.

Flairava a silenci. L’inconscient em tornava a somniar. Nit. Gats. Sol. Lluna. Debussy.  

https://open.spotify.com/track/6kf7ZCJjEbjZXikivKOsvJ?si=6cifUl5rTHK8Xh2Z7a6KjQ

Por aquella misma época también hice un retrato de París y la bohemia, bueno, de lo bohemia que creía haberme vuelto al pisar por primera vez la ciudad de las luces. Recuerdo deambular por los pasillos del Louvre, como indecisa, saturada, harta de no sé muy bien qué, hasta que paré delante de Arcimboldo, siempre capaz de sacarme una sonrisa. Con 8 años había replicado uno de sus cuadros con ceras, el de la alcachofa en el pecho, ¡qué tío!

Del 99 encontré las que serían mis primeras memorias en el cuaderno de lengua castellana:

1er año. Yo nací el 31 de enero de 1987 a las 06:05AM. Mi madre, cuando estaba de 8 o 9 meses, vio nevar como nunca. Ya ves a una embarazada de 9 meses mientras va a trabajar en coche.

Mi nacimiento fue de maravilla a pesar de que era muy llorona; todo eso me venía por una hernia en la ingle derecha. A los dos meses y un día me operaron y me la quitaron. Odiaba el puré de frutas y hasta los 12 o 15 meses no me lo comí.

Inciso: no, mi nacimiento no fue de maravilla, pero entiendo que, con casi 12 años, todavía no era el momento de saberlo.

2º año. Mi segundo cumpleaños lo celebré con toda la familia. Mi prima más o menos me enseñó a gatear. Con dos años ya sabía decir “papa”, “mama” y “dada”, que significaba abuelo – abuela. Empecé a ir a la guardería, pero solo iba por la mañana porque por la tarde me echaba una siesta.

3r año. Yo en mi tercer año cogí una pulmonía y me quedé en casa más de un mes. Aquel mismo año empecé el colegio donde me lo pasé muy bien. Aquel colegio era de monjas. Mi profesora se llamaba Sor Neus.

[…]

6º año. Aquel año fue genial para mí. A los Reyes de España Don Juan Carlos y Doña Sofía les tuve que entregar un ramo de flores por la inauguración de las nuevas salas del Museo Dalí. Yo y mi compañero salimos en los diarios El País, L’Empordà, El Periódico y también en revistas como Lecturas, Hola y Semana.

[…]

Vale, sí, todos tenemos un pasado más o menos discutible. También Dalí.

Hoy reseguí los pasos que García Lorca hizo al llegar a Figueres, desde la estación, hasta la casa de su amigo, la misma que pisó Buñuel después. En esa misma calle también nacieron otros ilustres, como el inventor del submarino, que no, no fue Isaac Peral.

Reaprendí a que las ciudades hay que verlas, y vivirlas, mirando hacia arriba, donde se esconden los secretos, donde furtivamente, por la noche, sale la luna. Para Balzac, la flânerie era la “gastronomía para los ojos”, siendo así, me atrevería a decir que Dalí era un flâneur de lo onírico.

A veces, los sueños se hacen realidad.

33º año. Celebré mi cumpleaños al sol de invierno, rodeada de los más cercanos. Viví algo parecido al apocalipsis y tuve que reinventarme en soledad. Escribí a diario, como hacía tiempo que no hacía y convertí a los arándanos en buenos compañeros de viaje. Volví a casa, temporal y circunstancialmente. Disfruté del mar y de las estrellas. Redescubrí amistades y reinventé mi vida. Como tantas cosas que he dejado a medias también debo hacerlo con este resumen, que no ha hecho más que empezar.