Recién pasé por la puerta de casa. Me quité los zapatos
sigilosamente y me aseguré de que la puerta de la habitación estuviera bien
cerrada. Entre las sombras me quité el vestido con todo el cuidado que se
merecía, total, para dejarlo hecho un burruño en el suelo.
Tenía una sonrisa perenne un tanto estrafalaria que ante el
espejo quería decirme muchas cosas. En cualquier caso, era fruto de la última
cena de amigos como visitante, convencida que dentro de unas semanas me
ostentaría como local. No deja de ser extraño, hace diez años, por las mismas
fechas, volvía a Madrid con una maleta llena de historias y con muchos buenos
días: bon jour, good morning, bon día o los cojones te aprieten. Siempre
tuve una simpatía peculiar.
Dormí menos de lo deseado. Hacía días que no recordaba lo
soñado, es más, tuve la sensación de estar conectada con otro hipocampo, creando
un sueño compartido. Onironauta por un día, como Dalí, ensoñador de referencia.
Hacía sol y tomé el café en la terraza, disfrutando de las
vistas y de la piel de gallina en los muslos. Aproveché para revisar de nuevo
aquellos pequeños tesoros literarios que había encontrado días atrás.
En 2008 ya tenía pasión por las citas ajenas: “Conviértete
en lo que eres”, copié de Nietzsche. De Goethe, me quedé con un clásico: “En
donde acaba la palabra, empieza la música”, cuanta razón.
De 2005 rescaté Clar de Lluna, mi tributo particular a
Debussy, quien siempre rechazó ser impresionista.
Flairava a silenci. Pacient, la nit, suportava el
pes de la lluna. De fons, tants gats bressolant la ciutat adormida. El jove
compositor no podia aclucar l’ull, amb el llapis a la mà… Debussy. Clar de
lluna. Verlaine. Claire de Lune. L’havia imaginat aquell moment màgic; la
sortida del sol.
Flairava a cafè. Somiava desperta. El cafeter
tenia el local atapeït ple d’onírics amb ulls de gat, bressolats per la lluna.
-Bon dia! – em va desitjar el flautista. Arribava
amb un ram de lliris frescos, blancs, tan i tan primaverals. M’esperava la
feina, seria un dia atrafegat. La nit de somnis m’havia deixat exhausta, només
calia esperar, esperar per dormir de nou i sense voler-ho, tornar a somiar.
Flairava a silenci. L’inconscient em tornava a somniar. Nit. Gats. Sol. Lluna. Debussy.
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Por aquella misma época también hice un retrato de París y la bohemia, bueno, de lo bohemia que creía haberme vuelto al pisar por primera vez la ciudad de las luces. Recuerdo deambular por los pasillos del Louvre, como indecisa, saturada, harta de no sé muy bien qué, hasta que paré delante de Arcimboldo, siempre capaz de sacarme una sonrisa. Con 8 años había replicado uno de sus cuadros con ceras, el de la alcachofa en el pecho, ¡qué tío!
Del 99 encontré las que serían mis primeras memorias en el
cuaderno de lengua castellana:
1er año. Yo nací el 31 de enero de
1987 a las 06:05AM. Mi madre, cuando estaba de 8 o 9 meses, vio nevar como nunca.
Ya ves a una embarazada de 9 meses mientras va a trabajar en coche.
Mi nacimiento fue de maravilla a
pesar de que era muy llorona; todo eso me venía por una hernia en la ingle derecha.
A los dos meses y un día me operaron y me la quitaron. Odiaba el puré de frutas
y hasta los 12 o 15 meses no me lo comí.
Inciso: no, mi nacimiento no fue de maravilla, pero entiendo
que, con casi 12 años, todavía no era el momento de saberlo.
2º año. Mi segundo cumpleaños lo
celebré con toda la familia. Mi prima más o menos me enseñó a gatear. Con dos
años ya sabía decir “papa”, “mama” y “dada”, que significaba abuelo – abuela.
Empecé a ir a la guardería, pero solo iba por la mañana porque por la tarde me
echaba una siesta.
3r año. Yo en mi tercer año cogí
una pulmonía y me quedé en casa más de un mes. Aquel mismo año empecé el
colegio donde me lo pasé muy bien. Aquel colegio era de monjas. Mi profesora se
llamaba Sor Neus.
[…]
6º año. Aquel año fue genial
para mí. A los Reyes de España Don Juan Carlos y Doña Sofía les tuve que entregar
un ramo de flores por la inauguración de las nuevas salas del Museo Dalí. Yo y
mi compañero salimos en los diarios El País, L’Empordà, El Periódico y también
en revistas como Lecturas, Hola y Semana.
[…]
Vale, sí, todos tenemos un pasado más o menos discutible. También
Dalí.
Hoy reseguí los pasos que García Lorca hizo al llegar a
Figueres, desde la estación, hasta la casa de su amigo, la misma que pisó Buñuel
después. En esa misma calle también nacieron otros ilustres, como el inventor
del submarino, que no, no fue Isaac Peral.
Reaprendí a que las ciudades hay que verlas, y vivirlas,
mirando hacia arriba, donde se esconden los secretos, donde furtivamente, por
la noche, sale la luna. Para Balzac, la flânerie era la “gastronomía para
los ojos”, siendo así, me atrevería a decir que Dalí era un flâneur de
lo onírico.
A veces, los sueños se hacen realidad.
33º año. Celebré mi cumpleaños al sol de invierno, rodeada de
los más cercanos. Viví algo parecido al apocalipsis y tuve que reinventarme en
soledad. Escribí a diario, como hacía tiempo que no hacía y convertí a los
arándanos en buenos compañeros de viaje. Volví a casa, temporal y circunstancialmente.
Disfruté del mar y de las estrellas. Redescubrí amistades y reinventé mi vida.
Como tantas cosas que he dejado a medias también debo hacerlo con este resumen,
que no ha hecho más que empezar.