Es
curioso como me pido disculpas después un largo periodo sin escribir. Los que
bien me conocen saben que nunca me faltan cosas que contar, sólo tiempo para
poner las ideas y las palabras en su lugar.
Saliendo
hoy de casa recordé la entrada que dediqué al tiempo de Madrid, donde las estaciones
dejaron de existir pese a nuestra testaruda resistencia. Solamente mucho frío y
terrible calor.
Realmente
creo que el clima, o el cambio climático, nos dan absolutamente igual, somos
animales de costumbres, y la toma precipitada de decisiones nos abruma. O puede
que realmente sea el miedo a algo nuevo, que año tras año, parecemos dejar en
el más absoluto olvido.
En
una ocasión también escribí acerca de los miedos y supongo que por eso el texto
jamás vio la luz. Repensé los míos, hice memoria de mis temores al tiempo que
me autocomplacía con los triunfos y decisiones tomadas. Era algo así, como un
manual de supervivencia a uno mismo.
Pero
a lo que iba, a lo nuevo, a esa corriente que nos sorprende entre calles, ese
soplo de aire frío que a veces puede hasta parecernos agradable si no prestamos
resistencia. Pero generalmente, y como decía, somos toscos y antipáticos con
nosotros mismos y nos maltratamos pensando que lo nuestro, lo viejo, es siempre
mejor, como las sandalias con calcetines.
O
los cuadros con flores, ¡cuántas veces habré pensado que era demasiado arriesgado!
Creo
que he perdido la práctica en esto de contar cosas, nunca llamé las cosas por
su nombre, y me fui por las ramas para explicar algo sencillo.
Este
verano, y digo verano para que me entendáis mejor, lo que en Madrid conocemos
como el infierno del calor, pude comprobar en mis propias carnes que ser valiente
tiene un precio, pero que vivir atascado jamás es una opción.
¿Crees
que es un buen día para llevar paraguas? Llévalo. ¿Piensas que el abrigo no te
va a sobrar? Cógelo. Recuerda que el año pasado, hiciste lo mismo, te mojaste y
pasaste frío, y a lo mejor, hasta te olvidaste de disfrutar de la corriente en
las esquinas, pero no, querido lector, ha llegado lo que el mundo conoce como
otoño, donde el crepitar de las pocas hojas hace de los paseos una
maravilla, donde un café al sol sabe tres veces mejor, donde las siestas con
manta apetecen con o sin compañía, donde los días se acortan antes, y los atardeceres
de Madrid te pueden llegar a sacar una sonrisa.
Tenía
ganas de contar esto, mucho, todo y nada, con este cripticismo que tanto me
caracteriza, y que algunos, no muchos, son capaces de descifrar.
Hoy
hace sol, me conformaré con el abrigo.
(Sin saberlo, escribí estas palabras el Día de las Escritoras. El otro día, un buen amigo apuntaba que se haría famoso a los cincuenta, como Bukowski. Creo que coincidiremos...)
