18 de noviembre de 2015

Buscando una buena tortilla de patatas. (Parte 1)

Estaba claro que encontrar una buena tortilla no sería tarea fácil.

Los ingredientes son la clave, pero el amor también hace mucho. O no. Quiero decir, no creo que un señor que tiene que hacer un millón de tortillas diarias sienta mucho amor hacia ellas, pero bueno, supongo que con tener buena mano debe ser suficiente.

Después de mi primera mala experiencia con el primer pincho, no nos engañemos, era una mala tortilla, conseguí armarme de valor y ponerme manos a la obra para encontrar la mejor tortilla de patatas de bar. Y digo de bar porqué las tortillas de mi madre y de mi amiga Paula están en una liga aparte.

Siempre he sido un poco desastre con los horarios de las comidas, así que pasé una época en la que me dio por muy merendar, siempre claro, con café con leche. Pero como tampoco soy muy de dulce, pues pincho.

Supongo que empezar por los mejores recuerdos sería el fin de la lectura de muchos, así que empezaré por los peores. Y no sé por qué me empeño en recordarlos, dicen que las cosas malas tienden a olvidarse, pero también está el dicho de “de los errores se aprende”. En fin.

Entiendo que el turismo hospitalario no esté muy extendido en las agencias de viajes, pero cuando tu trabajo te lleva a los sitios más insospechados hay que aprovechar.

En el Hospital San Francisco de Asís (Calle Joaquín Costa, 28) tienen una cafetería que, aparte de anclada en los ochenta, no tiene mala pinta. La carta de precios era bastante seductora. Un pincho. Después de esperar más de lo debido, llegó. Y el golpe de tenedor fue como una perforación en una cantera. Quedó hecha añicos. Patata cristalina asesinada, y el huevo entre aceitoso y cementoso, no sabría muy bien como describirlo. Creo que la idea era que saliendo de la cafetería la clientela pasara por urgencias.



Quinta lección aprendida: en Madrid lo bueno, bonito y barato no existe.  

Después de la mala experiencia dentro de un hospital, probé con los alrededores. Esta vez me pilló en el desayuno. Muy cerca de la puerta principal del Hospital Gregorio Marañón, está el Mesón Santa Olaya (Calle Ibiza, 74). Lo venden como asturiano, pero llegaría a tener mis dudas. Arriesgué con un montado. Espectacular. Pan crujiente casi de pueblo, tortilla poco hecha, jugosa, sin cebolla y al punto de sal. Una combinación casi perfecta, de no ser porque el servicio era pésimo y los camareros parecían haber tomado una botella de vinagre.

En este caso, no habría que olvidar la tercera lección que aprendí: en Madrid se desayuna pronto. Y lo digo porqué el pan se acaba.

Sin pena ni gloria hubo muchos pinchos y montados intermedios. La cata a ciegas no estaba funcionando del todo bien, así que decidí ser amiga de un señor llamado TripAdvisor. Empezamos una relación bastante cordial, la verdad, y tenía esperanzas en que me ilustrara en mi búsqueda de la tortilla celestial. 

17 de noviembre de 2015

Lecciones básicas para desayunar en Madrid. (Parte 2)

No me costó acostumbrarme al nuevo cambio, aunque seguía deseando que los bares ofrecieran fuet. Desistí.

Y cuando todo parecía ir bien, y me había hecho a los desayunos de pulga, con café con leche con la leche templada en vaso, y zumo de naranja, apareció una nueva pregunta: ¿Montado o pincho?

Debían ser las doce del mediodía y, después de no haber madrugado, quería poner en práctica mis dotes pedigüeñas en los bares madrileños. Me comunicaron muy amablemente que no, que ya no quedaban pulgas pero que me ofrecían esa nueva dualidad: montado o pincho. ¿De tortilla? Por qué no.

Tercera lección aprendida: en Madrid desayunan pronto.

Estaba claro que esto de comer tortilla de patatas a las doce y media era un poco extraño. Lo más cerca que había estado de comerla a deshora era cuando iba de excursión con el cole y mi madre me preparaba la fiambrera de carne empanada y tortilla. Y tampoco sé por qué me sorprende, estuve una época comiendo bocadillos de berenjena rebozada, de la que había sobrado la noche anterior por puro placer.

Estaba haciéndome a la remolona, está claro. ¿Montado o pincho? En aquel momento todavía no tenía costumbre de sacar el móvil y preguntarle a Google, así que tuve que tirar de improvisación. Un pincho.

Y llegó el esperado momento: un plato de postre con un señor triangulo de tortilla mazacote con tres rebanadas de pan y un tenedorcito.




Evidentemente, lo comí, y empecé con las labores de observación e investigación. A los lugareños que pedían un montado les servían un trozo de pan con un trocito de tortilla encima, véase un pincho.

Cuarta lección aprendida: en Madrid un pincho es un montado.


Después de todo, empecé a encontrarle el gusto a tomar montados de tortilla de patatas a deshora, hecho que sigo practicando de vez en cuando. Y de ahí surgió un nuevo reto, encontrar una tortilla de patatas en condiciones. 

16 de noviembre de 2015

Lecciones básicas para desayunar en Madrid. (Parte 1)

El nerviosismo ante el blanco del papel o de la pantalla es una terrible realidad. Es un hecho verdaderamente aterrador, sí, pero de repente los pensamientos fluyen mucho más deprisa que las propias manos y empieza el baile.

Recuerdo la primera vez que me enfrenté al blanco del blog, años atrás y bajo este mismo dominio. No sabía muy bien de qué hablar, así que escogí uno de mis mayores vicios, y lo convertí en curiosidad y placer: el café.

Para celebrar la reapertura de La Verbena de la Paloma, he decidido hacer homenaje a mi primer desayuno en la capital.

Fue de chiste. “Un café con leche y un mini de jamón”, pedí. La cara de estupefacción del camarero me dejó perpleja. Acababa de renunciar al fuet por jamón, y encima me miraban raro. Todo esto fueron microsegundos, y finalmente el camarero me preguntó, “¿Un mini, mini?”. Pues qué iba a ser si no, ¿un mini, maxi? Muy amablemente, me aclaró que le acababa de pedir un vaso de litro de jamón, que sí, oye, no hubiera estado nada mal, pero no era el caso. Yo sólo quería un trocito de pan con aceite y un poco de jamón.

Primera lección aprendida: en Madrid desayunan pulgas.

Pasados los nervios de la primera cagada, me preguntó que cómo quería la leche. ¿Cómo? Blanca, sin duda. Pero, tampoco. Me ofreció un sinfín de posibilidades que mi cabeza era incapaz de procesar: ¿caliente, calentita, templada, del tiempo? En mi casa jamás se hubiera dado la situación, un café con leche, y ya. Opté por la opción “caliente”, y es que ya estábamos en noviembre y empezaba a refrescar. Y sí señores, caliente no, era lava suculenta recién salida del volcán.

Segunda lección aprendida: en Madrid beben magma.


Lógicamente, jamás volví a cometer el mismo error. La temperatura perfecta oscila entre el templado y el calentito, en versión de invierno. Cuando aprieta el calor, con hielo. Por suerte, y hasta ahora, no he tenido que responder a “¿Cómo quiere el hielo?”. Sin duda ninguna, recurriría a la cara de estupor del camarero que atendió a mi primer desayuno.