9 de noviembre de 2020

Madriversario 2020 - El que nunca fue y nunca será.

Poner toda una vida en cajas no fue fácil, tampoco lo está siendo recolocarla. 

Pasé meses pensando cómo celebraría mi tercio de vida en Madrid, el más importante, el más intenso, el más adulto. Me faltaron 17 días para cumplir el Madriversario más esperado, el más especial, el que nunca será. 

Once velas. Once paradas ensoñadas. Café con leche en vaso, con la leche del tiempo y tostadas con aceite (sin duda, hubieran sido perfectas de ser en el bar de Paco). Un vermú (o dos) y un pincho de tortilla de Juana la Loca. Bocata de Calamares en la Plaza Mayor. Cañas baratas en el Museo del Jamón. Otro café con leche en barreño y carrot cake de Martina. Una partida en el Estar Café y un albariño en Manuel Becerra. Cena copiosa en el Zeraín y la primera copa sería en la barra acolchada de San Bernardo. Y bailaría hasta caer rendida esperando a cerrar el Moloko.


Con vosotros: mis excusas, mis secretos, mis motivos. 



*** 

El 8 de noviembre de 2009 llegaba a Madrid para quedarme. Llegué tratando de descubrir quién era; todo por un sueño. Me perdí, y también por sus calles. Quise, y me dejé querer dejándome de querer. Me reinventé, me acompañaron, renací. Aprendí a abrigarme en invierno, y a ser abrigo. Despojada de complejos. Confié y me defraudaron, también defraudé. Me rodeé de los mejores, amigos que siempre quedarán; y los que perdí. Traté de vivir intensamente y lo conseguí.



Este año también era domingo.

El 22 de octubre de 2020 era jueves y llovía en Madrid. Me iba siendo una versión mejorada de aquella veinteañera de gafas verdes que llegó a la gran ciudad, con sueños hechos realidad y una lista interminable de deseos que cumplir. Después de muchas lunas me encontré y me volví a querer, sin peros. Reinventándome. Aprenderé a resistir las noches frías y húmedas, me dejaré abrigar. Sin complejos, sin tapujos, sincera como nunca. Confiada y defraudada. Rodeada de los mejores, amigos que siempre quedaron, los de aquí y los de allí. Sonriente, pese a los pesares. Viviendo intensamente





Hoy es lunes. 

5 de octubre de 2020

Diario de la diosa Procrastinación. Día 6 (según cómo se mire).

Día 6.

Madrugar no cuesta si la dicha es buena, o si tienes que ir al dentista.

Ayer hacía frio, cené sopa y decidí no caer en ninguna serie. Fue peor: ideas.ted.com.

Siempre me encantaron las charlas TED, por concisas, motivadoras y realistas. Abrí en el navegador unas 13 pestañas, sólo he leído 3. Una de ellas me venía como anillo al dedo: Quiz: Are you a procrastinator or a pre-crastinator? Podéis imaginaros la respuesta, ¿verdad? Resultado: You are a procrastinator.

Los procrastinadores a menudo sienten que deben ser perezosos, pero los psicólogos encuentran que el problema no es la ética del trabajo; es la regulación de las emociones. Si usted es como el 15-20 por ciento de los procrastinadores crónicos, hágalo para evitar las emociones negativas. Es posible que se sienta aburrido por la monotonía de una tarea, abrumado por la dificultad de un proyecto o ansioso por la calidad del trabajo que producirá. Así que huyes de esas emociones difíciles y te lanzas a otra cosa que es fácil y divertida, como mirar videos de gatos en YouTube ... y luego ver a tu gato mirar esos videos.

Si eres un procrastinador, uno de los mejores antídotos es cambiar tus emociones en torno a la tarea que sigues posponiendo. Reflexione sobre por qué lo está haciendo, lo que puede ayudar a reformular un proceso desagradable para que sirva a un propósito significativo. También puede ser útil recordar que muchas, muchas personas posponen las cosas, incluidos Margaret Atwood, Leonardo da Vinci, Martin Luther King Jr. y Steve Jobs. Sepa que está en buena compañía y deje de castigarse por postergar las cosas. Existe evidencia de que cuando se muestra algo de compasión, se concentrará menos en sus defectos y comenzará a progresar más.

Cierto, siempre trabajo mucho mejor bajo presión y con unos plazos ajustados. Siempre. En el colegio hacia los deberes a última hora. En bachillerato me quedaba en la penumbra estudiando hasta muy tarde; cambiaba y corregía los trabajos infinitas veces antes de imprimirlos, en el último momento. Miento, cambio y corrijo.

Seguramente también sea una procrastinadora emocional, me cuesta horrores decir las cosas, y puede que aquí sí tengan razón los Señores TED, al decir que huyo de las emociones difíciles, o incómodas, o que me causan vértigo. Pero como en cualquier tarea, en el momento en que tomo la decisión, boom, ya está, decidido, hecho y hasta puede que dicho.  

Me pregunto, ¿es la procrastinación una consecuencia de los terriblemente analíticos, que en busca del empirismo necesitan mucho más tiempo de reflexión? Porque si la pregunta no fuera mía, diría, “Señor TED ha dado usted en el clavo”.

Me quedan 10 pestañas por leer. Cuatro cajones del salón para revisar. 

El sábado me desperté con tres bolsas menos de ropa.

Sigo sin encontrar el momento de encajar los libros.

En 62 minutos tengo que estar en el dentista.

38 minutos de perdición. 

2 de octubre de 2020

Diario de la diosa Procrastinación. Día 3 (según cómo se mire).

Con el confinamiento llegaron las Escrituras de Santa Paciencia. De los mismos directores, esta vez, llega a vuestras pantallas, el Diario de la diosa Procrastinación.

Día 3.

3980 días. 568,57 semanas. 130,76 meses. 10,9 años. Este es el tiempo que llevo en Madrid. Habría que descontarle períodos vacacionales, noches fuera de casa, parte de un confinamiento y un verano entero.

Muchas fotos, libros, un Heraldo rojo, un cajón entero de calcetines, montones de ropa negra y muchos recuerdos.

Nunca vivimos pensando en encajar nuestra vida, pero ese día siempre llega y es momento de hacer limpieza, de trastos y de vida. Escribo desde un pequeño rincón del sofá, el que me concedí para momentos como este, con café.

Por si la cosa no estuviera suficientemente apretada, hoy llueve en Madrid. Hoy toca tender dentro. Hoy lavé sábanas. En cualquier otro momento describiría la situación como un puto drama, pero si levanto la vista recorriendo los 360º que me rodean, casi resulta una maravilla ver toda la ropa interior perfectamente alineada.

El viento silva entre las persianas y se nota el frío.

Anoche, antes de fumar el último cigarro a tragos de valeriana, salí a tirar la basura, un hecho totalmente prescindible, a la vez que necesario. La primera luna llena de otoño, la última luna llena en Madrid. Necesitaba de su fuerza, su magia, su paz. Pensé mucho en este verano, en la cantidad de lunas que vi reflejar en el oscuro del mar, especialmente recuerdo una, también llena, esa. Hurgué en las entrañas de internet para preguntarle si esto tenía nombre: selenofilia.

Escucho a Judith Neddermann. Luna. Una y otra vez. Últimamente vivo de canciones que me encuentran. ¿Alguna sugerencia?

Sin darme cuenta, la segunda taza de café ya está a la mitad. Música de sugestión, y a los libros. ¡Qué pena me da encajarlos y dejarlos como arrinconados, sin vida! Os prometo que la siguiente luz que veáis será la del sol de invierno.

5 cajas. 2 bultos indefinidos. 1 maleta de ropa negra. 1 bolsa de zapatos para Wallapop. 

43 minutos de perdición.

30 de septiembre de 2020

La vida es puro teatro.

Todavía siento el corazón descompasado, vibrando aun con los aplausos del final, de pie. ¡Cuánto echaba de menos el teatro!

Llegué 25 minutos antes y fumé impaciente, divisando la puerta de lejos a sabiendas de estar haciendo algo reprochable.

Entré firme y decidida, no tenía que esperar a nadie. Una consola extraña me tomó la temperatura, casi ni llegaba. Subí las escaleras que tantas veces había subido vestida de negro, una vez hasta con la etiqueta puesta en los zapatos negros; me habían pillado de improvisto.

Tercera fila, impar, como casi siempre. A ambos lados, el vacío de la cultura segura: “recuerde que la mascarilla es obligatoria durante toda la función”. No me importaba.

Lehman Trilogy estaba a punto de empezar. Balada para sexteto.

Recordaron desconectar los teléfonos móviles, y de ellos. Tres actos de cincuenta minutos con sus respectivos descansos de oasis. De recordar que todavía estaba en Madrid y disfrutaba del placer que pocas veces había gozado por falta, siempre, de tiempo.

Bajaron las luces y sonreí por debajo de la mascarilla, feliz, contenta, orgullosa.

A diferencia de las superproducciones de Hollywood, en teatro, el reparto suele ser duplicado, por lo que pueda pasar y porque la gente tiende a tener más vida. Me sorprendió ver a David Huarte, ese David de Al Salir de Clase con el que muchos crecimos: Emmanuel Lehman, uno de los tres hermanos venidos a más por el comercio del algodón. Judíos y circuncidados.

Una escenografía brutal, sencilla y reciclable, muy inspirada en el Off-Broadway. Seis tíos que se lo guisan y se lo comen: interpretan, cantan, bailan, ponen la música en directo. Capaces de embaucar al público desde el minuto uno, pidiendo aplausos y toses con tarjetas al más puro estilo del cine de los Marx. La locura y la presión en la bolsa, como en El lobo de Wall Street, porque algo así fue Bobby Lehman, quien siempre necesitaba más y más y se desvaneció con Bob Dylan.


Desconecté. Sentí. Viví. Recordé aquella vez que fuimos a ver Madre Coraje en un teatro pequeño y lo pequeña que me sentí viendo el Rey León. Olvidé por un momento por qué estaba de nuevo en Madrid. Pensé en los míos y cuánto me hubiera gustado compartir este momento con ellos. Salí corriendo. En el taxi perdí la noción del tiempo de nuevo, como tantas otras veces después de haber bebido de más.

Embriagada de vida.



25 de septiembre de 2020

El preludio de una despedida: volver a Madrid.

 Coche 3. Asiento 3A, ventana.

En contra de todos mis principios vitales, he llegado a la estación con el tiempo justo.

No he tardado en sentir esa horrible sensación de ahogo y esta vez no era por la mascarilla. He pensado en el montón de sensaciones de aquel primer viaje. Hoy, en cambio, hago el mismo trayecto, en la misma dirección, pero en otro sentido. 

Cuántas veces me habré repetido, home is where the heart is. Sí pero no, voy a despedirme de mi casa. Y si, le atribuyo el posesivo en primera persona porque esos treinta y seis metros cuadrados a la sombra supieron sacar sus mejores atributos para seducirme. Les compré un perchero de arce rojo y con él, llegaron también lo pingüinos: el primer invierno fue casi como vivir Laponia, de hecho.

No recuerdo la cantidad de veces que cambié el salón de posición, siempre buscando que pareciera más grande, nunca lo conseguí. Era la primera que vivía sola, real y físicamente -anteriormente, de espíritu, ya lo había probado-. Abrir la puerta era alivio, menos cuando las cucarachas querían gastarme alguna broma. 

Era genial cambiar de portal, del 7 al 5, en busca de una cena amiga, de un abrazo o de unas risas, siempre en pijama. Por supuesto, estos vaivenes llamaron la atención de Juli, “la dueña del perro mojado”, Toby. De no estar jubilada, le quedaría bien ser portera. El nombre de la señora lo aprendí algunos meses después. Seguro que debió alucinar el día que Paula entró en casa a las cuatro de la mañana cual Superman para llevarme a tres hospitales distintos. ¿Nos esperaría despierta? 

Quien más me perturbó fue la vecina de arriba. A los pocos días de llegar, bajó para avisarme que ella madrugaba mucho y que andaba con los talones. No entendí nada de esta explicación hasta unos días después, volviendo de fiesta: fue imposible conciliar el sueño, a las 06:12am tenía la cama hecha y daba vueltas a una taza. La maldije, seguro. Pero para estas cosas nunca fui muy rencorosa. Es una mujer muy pizpireta, debe medir algo menos que yo, y anda siempre erguida, con sujetadores picudos y a la velocidad del rayo. Hitchcock podría haberse inspirado en ella para La ventana indiscreta. Habré subido a su casa unas 5 veces en los dos últimos años y he pensado que tendría que llamar al 112 para salir de allí, pero ¡es tan agradable! Se saltó el confinamiento porque ella “no fuma en casa”. Y no pude rechazarle una clara con limón en pleno julio en el bar de la esquina, mientras ella se tomaba un café con leche de Mordor.

Hablando de bares, tendría que hacer un especial “El Paco”. Mejor no. Ese señor se llevará a la tumba muchos de mis secretos, estoy segura. Era como la vieja del visillo en versión justificada: todo lo que pasa en horario de bar, pasa. Estoy convencida que de haber entrado en casa con algún ser lo suficientemente extraño, lo hubiera impedido. Recuerdo aquella navidad cuando a primera hora de la mañana, aun oscuro, esperaba que me recogiera el taxi. Oí de fondo, desde el ventanuco que daba a la terraza: - ¡Vecina! ¿Te vas? – Sí, a casa-. Salió y me dio un abrazó: - ¡Feliz Navidad! Y, por si no nos vemos, próspero año nuevo-. ¿Qué narices acababa de pasar? El barrio.

También está el señor de enfrente, que vive anclado en la juventud de Julio Iglesias y no es consciente de que sí, lleva Just For Men, y se nota. O la señora muy muy mayor que tiene un loro/papagayo/periquito (algo que habla y repite cosas) en el balcón.

Vivo en un bajo (todavía en presente) con la nevera en el patio y el lavabo encima de la bañera. Seguro que el chico del Bajo 1 se asustó más de una vez desde su mesa de estudio, Gemma recién despierta cogiendo el cartón de leche como primera acción del día.

Sería injusto no mencionar a LA vecina, que obviamente también tiene nombre. Estibaliz llegó poco tiempo después de que me mudara; bueno, llegaron ella, Conie y los gatos, que conocí antes que a ella. Nos habríamos saludado un millón de veces, de hecho, su amiga también vivió un tiempo en el 5. Teníamos horarios parecidos, a veces llegábamos a la misma hora. Pero parece que nada nos había empujado a dar el paso, porque me consta que las dos teníamos bien de curiosidad. Pero nada, la pandemia cambió muchas cosas, y esta también. Unas patatas y unas cebollas fueron las culpables de unas cervezas que nos supieron a demasiado poco. ¿¡Por qué habíamos tardado tanto!?

3 horas y 6 minutos. Todavía tengo tiempo.

El día empezó pronto. Recibí un mensaje recomendándome lo nuevo de Pájaro Sunrise: Madrid. ¡Qué oportuno!

Dice que se cansa de jaulas de cristal,

que por más alto que sube no alcanza a ver el mar.

Desespera porque el invierno es largo y frío,

dice que si alguna vez me voy se irá conmigo.

Se me rompe el corazón, Madrid, si no estás bien.

¿Por qué nuestras canciones siempre son todas tan tristes?

Mi cuerpo sigue aquí, pero yo estoy ya lejos,

sólo espero que esta vez el salto duela un poco menos.

El mundo gira y gira, el Sol nunca se apaga.

Madrid es una isla en medio de la nada.

Madrid es una mala Santa y buena hermana.

Madrid es el árbol que tapa el bosque.

Madrid es casa.

Siempre estás dónde quieres estar.

Siempre estás dónde quieres.  

 

Antes del primer minuto tenía los ojos demasiado rojos para seguir haciendo nada. Fui de las que subió buscando el mar; de inviernos acurrucados; de atardeceres infinitos. También he llorado Madrid.

Madrid será siempre casa.




21 de septiembre de 2020

Redécouvrir.

Recién pasé por la puerta de casa. Me quité los zapatos sigilosamente y me aseguré de que la puerta de la habitación estuviera bien cerrada. Entre las sombras me quité el vestido con todo el cuidado que se merecía, total, para dejarlo hecho un burruño en el suelo.  

Tenía una sonrisa perenne un tanto estrafalaria que ante el espejo quería decirme muchas cosas. En cualquier caso, era fruto de la última cena de amigos como visitante, convencida que dentro de unas semanas me ostentaría como local. No deja de ser extraño, hace diez años, por las mismas fechas, volvía a Madrid con una maleta llena de historias y con muchos buenos días: bon jour, good morning, bon día o los cojones te aprieten. Siempre tuve una simpatía peculiar.

Dormí menos de lo deseado. Hacía días que no recordaba lo soñado, es más, tuve la sensación de estar conectada con otro hipocampo, creando un sueño compartido. Onironauta por un día, como Dalí, ensoñador de referencia.

Hacía sol y tomé el café en la terraza, disfrutando de las vistas y de la piel de gallina en los muslos. Aproveché para revisar de nuevo aquellos pequeños tesoros literarios que había encontrado días atrás.

En 2008 ya tenía pasión por las citas ajenas: “Conviértete en lo que eres”, copié de Nietzsche. De Goethe, me quedé con un clásico: “En donde acaba la palabra, empieza la música”, cuanta razón.

De 2005 rescaté Clar de Lluna, mi tributo particular a Debussy, quien siempre rechazó ser impresionista.

Flairava a silenci. Pacient, la nit, suportava el pes de la lluna. De fons, tants gats bressolant la ciutat adormida. El jove compositor no podia aclucar l’ull, amb el llapis a la mà… Debussy. Clar de lluna. Verlaine. Claire de Lune. L’havia imaginat aquell moment màgic; la sortida del sol.

Flairava a cafè. Somiava desperta. El cafeter tenia el local atapeït ple d’onírics amb ulls de gat, bressolats per la lluna.

-Bon dia! – em va desitjar el flautista. Arribava amb un ram de lliris frescos, blancs, tan i tan primaverals. M’esperava la feina, seria un dia atrafegat. La nit de somnis m’havia deixat exhausta, només calia esperar, esperar per dormir de nou i sense voler-ho, tornar a somiar.

Flairava a silenci. L’inconscient em tornava a somniar. Nit. Gats. Sol. Lluna. Debussy.  

https://open.spotify.com/track/6kf7ZCJjEbjZXikivKOsvJ?si=6cifUl5rTHK8Xh2Z7a6KjQ

Por aquella misma época también hice un retrato de París y la bohemia, bueno, de lo bohemia que creía haberme vuelto al pisar por primera vez la ciudad de las luces. Recuerdo deambular por los pasillos del Louvre, como indecisa, saturada, harta de no sé muy bien qué, hasta que paré delante de Arcimboldo, siempre capaz de sacarme una sonrisa. Con 8 años había replicado uno de sus cuadros con ceras, el de la alcachofa en el pecho, ¡qué tío!

Del 99 encontré las que serían mis primeras memorias en el cuaderno de lengua castellana:

1er año. Yo nací el 31 de enero de 1987 a las 06:05AM. Mi madre, cuando estaba de 8 o 9 meses, vio nevar como nunca. Ya ves a una embarazada de 9 meses mientras va a trabajar en coche.

Mi nacimiento fue de maravilla a pesar de que era muy llorona; todo eso me venía por una hernia en la ingle derecha. A los dos meses y un día me operaron y me la quitaron. Odiaba el puré de frutas y hasta los 12 o 15 meses no me lo comí.

Inciso: no, mi nacimiento no fue de maravilla, pero entiendo que, con casi 12 años, todavía no era el momento de saberlo.

2º año. Mi segundo cumpleaños lo celebré con toda la familia. Mi prima más o menos me enseñó a gatear. Con dos años ya sabía decir “papa”, “mama” y “dada”, que significaba abuelo – abuela. Empecé a ir a la guardería, pero solo iba por la mañana porque por la tarde me echaba una siesta.

3r año. Yo en mi tercer año cogí una pulmonía y me quedé en casa más de un mes. Aquel mismo año empecé el colegio donde me lo pasé muy bien. Aquel colegio era de monjas. Mi profesora se llamaba Sor Neus.

[…]

6º año. Aquel año fue genial para mí. A los Reyes de España Don Juan Carlos y Doña Sofía les tuve que entregar un ramo de flores por la inauguración de las nuevas salas del Museo Dalí. Yo y mi compañero salimos en los diarios El País, L’Empordà, El Periódico y también en revistas como Lecturas, Hola y Semana.

[…]

Vale, sí, todos tenemos un pasado más o menos discutible. También Dalí.

Hoy reseguí los pasos que García Lorca hizo al llegar a Figueres, desde la estación, hasta la casa de su amigo, la misma que pisó Buñuel después. En esa misma calle también nacieron otros ilustres, como el inventor del submarino, que no, no fue Isaac Peral.

Reaprendí a que las ciudades hay que verlas, y vivirlas, mirando hacia arriba, donde se esconden los secretos, donde furtivamente, por la noche, sale la luna. Para Balzac, la flânerie era la “gastronomía para los ojos”, siendo así, me atrevería a decir que Dalí era un flâneur de lo onírico.

A veces, los sueños se hacen realidad.

33º año. Celebré mi cumpleaños al sol de invierno, rodeada de los más cercanos. Viví algo parecido al apocalipsis y tuve que reinventarme en soledad. Escribí a diario, como hacía tiempo que no hacía y convertí a los arándanos en buenos compañeros de viaje. Volví a casa, temporal y circunstancialmente. Disfruté del mar y de las estrellas. Redescubrí amistades y reinventé mi vida. Como tantas cosas que he dejado a medias también debo hacerlo con este resumen, que no ha hecho más que empezar.

26 de agosto de 2020

Días con D mayúscula: la herencia del confinamiento.

 

De aquel jueves 20 de agosto hace casi una semana; tildado como el día más caluroso del verano. Sigue haciendo calor, no sé a quién querían engañar.

***

Sonó el despertador esta mañana y no me costó despegar las costillas de la sábana. Sabía que la recogida sería puntual: ocho y cincuenta y siete. Listas a la par.

Aun siendo un camino conocido, tenía la sensación de que era la primera vez que rodaba por esa carretera, como si hubiera olvidado parte de la historia. A veces también me ocurre con algunos libros.

Cierto es que, de un tiempo hasta ahora, he empezado a interiorizar las confesiones en familia como algo natural. Demasiadas veces me habré merecido la etiqueta de insensible, seguro. Hoy, antes de llegar a los primeros 50 kilómetros he dado sentido al funcionamiento de Gemma: tú me hablas mal, probablemente te hable hirientemente peor y no por cuestiones de ego, sino porque detrás de la fachada infranqueable de caparazón de tortuga habita un cuerpo algo más blando y tendiente al enfurruñamiento. Una botida[1] que necesita su tiempo, como buen acuario.

En el primer encuentro post-confinamiento, cuando las escrituras de Santa Paciencia habían pasado a un segundo plano, conseguimos juntarnos toda la familia materna alrededor de una mesa. Lo último no es lo extraño, pese a las circunstancias del momento, lo raro es por el “todos”: yo nunca estaba. Alba, de mis primas pequeñas, la mayor, con quién me llevo exactamente 10 años y un santo, compartió uno de sus deseos de confinamiento: tatuarse una rama de Ginesta, nuestro apellido. En la RAE aparece como retama. No dudé ni un segundo, SÍ.

Compartimos el plan con el resto de las primas y familia, que nos miraron desde lejos como si aterrizáramos de otro planeta. Madre fue la única que levantó la ceja y fiel a su prudencia no descartó la opción. Comimos compartiendo imágenes que nos gustaban y la sobremesa se alargó por varias semanas hasta que tomamos una decisión.

La propuesta venía de lejos, curiosamente, cerca del origen de nuestra familia. Fiel a los pálpitos, no había lugar para las dudas.

"El Maresme, lliure i tropical". Eso lo decían unos amigos a los que nunca pregunté por su significado. Para mí, el Maresme eran donde estaban mis raíces y las mejores fresas del mundo.

Llegamos con el tiempo justo para poder tomar un cortado y resarcir mis ganas de fumar (no, no eran los nervios). El café se llamaba Infinito, prometo que fue escogido al azar, el mismo que nos había llevado a la plaza donde años atrás, con los que todavía son mis amigos, habíamos peleado para ganar en una de las modalidades de sardana deportiva. 2002.

Me permito el lujo de hacer un inciso.

Generalmente la gente asocia la sardana a un baile aburrido y viejuno. Cierto, puede que lo que se vea en las plazas no llame tanto la atención como las jotas: gente vestida de calle, en un círculo mal hecho cogiendo las manos de un desconocido y desplazándose de un lado para el otro. Contado así, atractivo no parece, pero nuestro caso era algo distinto: nosotros competíamos. Entrenábamos una o dos veces por semana, y seguramente los que ahora tanto defienden el “hiit”, estarían la hostia de contentos. Mantenimiento de los brazos extendidos sin relajar, a la altura de los hombros y las orejas, seguir el ritmo e interpretar musicalmente cada una de las piezas, y todo ello sin dejar que los talones tocaran al suelo. Que a nadie le sorprendan mis gemelos. La norma dejaba libertad a hacerlo con 5 o 6 parejas, de chica-chico. El objetivo, que todos fueran al unísono y que los jueces, desde fuera, pudieran ver un anillo único (como el Frodo) moviéndose al unísono y atacando los golpes fuertes de música sin errores. Ah, y todo sin olvidar las matemáticas, porque nunca sabes cuántos compases tiene la pieza y tienes que calcular a conciencia para llegar al final siempre con la izquierda. Un mundo, vaya.

Dicho todo esto, vuelvo a ese jueves.

Siguiendo con la puntualidad, a las 10:30:00 tocábamos el timbre de MIDPIT, una vez dentro, descubrí que se llamaba Miriam. La dedocracia familiar había decidido que fuera la primera en tatuarme, por eso de la experiencia y tal. El diseño era lo más, y la tranquilidad que nos ofrecía en su pequeño estudio consiguieron que me relajara hasta el punto de sentir cosquillas. Antes de que hubiera acabado, mi madre ya se había levantado y firmado el consentimiento, no había vuelta atrás.



Alba ya tenía su primer tattoo, y madre. Hasta mi tía se estaba planteando una nueva visita.  Lo que ninguna de nosotras sabía es que el día sólo estaba empezando.

Con el estómago ronroneante fuimos a Canet de Mar, dónde habían nacido mis abuelos. Era la hora de comer y el pueblo estaba absolutamente desierto. Vimos las fábricas textiles modernistas abandonadas, una pena que la historia acabara con los cristales rotos y las paredes mal pintadas. Allí, alguna vez había habido vida.

Tuve la sensación de que la iaia estaba entre nosotras.

Vimos dónde mi tío iba a la guardería, y el jardín del cura donde tiraba sus zapatos, dónde madre tenía que ir con la cabeza gacha a recogerlos. El teatro dónde nuestra tía-abuela pasaba horas. La puerta dónde mi abuelo trabajaba de joven para llevar más ingresos a casa. Y finalmente llegamos al Carrer Sant Jaume, número 4. La casa dónde habían vivido mis abuelos, donde habían crecido mi madre y sus hermanos, con la puerta, ahora hecha ventana, de la barbería de mi bisabuelo. Por la derecha vimos una chica acercándose con el carrito de la compra, jamás pensamos que fuera a parar delante de nosotras. Era la casa de sus suegros. Salió Quico, el actual propietario de la casa. Antes esto era Can Ginesta, dijo. Madre mía. Sin dudarlo, nos invitó a pasar, poco antes de que recordáramos que estamos en era Covid y que no estaba del todo bien entrar en casa ajena. Pero ya estábamos dentro, delante de la puerta de la izquierda, donde había estado reposando años atrás esa silla de barbero que madre tanto recuerda. Estaba con ella, las dos, o las tres. De nuevo en su casa, 47 años después de haberla dejado por un traslado de trabajo del banco de mi abuelo.

El salir de allí, vi como le brillaban los ojos. Estábamos todas en estado de shock, y no era por menos. Esa familia nos invitó a volver cuando pase todo esto.

Subimos al Santuario de la Misericordia, arriba del todo de la cuesta, como presidiendo en pueblo. Hacía muchísimos años que no iba. Me sorprendió la mecanización del dispensador de cirios, pensé que en lugar de velas saldrían Coca-Colas.

Entramos y no había nadie. ¡Qué sensación! Habían cambiado el agua bendecida por el gel hidroalcohólico, pero visto así, la fe es lo último que se pierde, dicen. Era extraño, las iglesias siempre me dan un no-sé-qué, pero ahí, de repente estaba en paz, a gusto, y sudando a mares, también.


Sentada en la terraza, fuera, pedí un carajillo de Baileys con hielo, brindado al cielo y fumando, ante todo pronóstico. Madre dijo que, a lo mejor, los milagros existen. En ese momento, pletórica de felicidad, no tuve ninguna duda.




 



[1] Enojada.

20 de agosto de 2020

Las noches de insomnio (lejos de Madrid).

 Hacía tiempo que no me despertaba en mitad de la noche con el deseo de escribir. Bueno, a ver, la secuencia es distinta: Gemma da vueltas en la cama; Gemma se despierta; Gemma valora si el despertar es salvable fácilmente o tiene que empezar a pensar en recursos dormidísticos (nunca me gustaron la ovejitas). 


En la L, de libélula, me paro a pensar en el zumbido del dinosaurio que me abordó hace algunos días por la noche. Más bien, debía ser el helicóptero que dejaba a los curiosos en el parque, ¡o qué sé yo! Pero el caso es que no, no era una libélula porque resulta que aletean "tan" lento que no les da tiempo a hacer ruido. Hm. 


Evidentemente, ninguna de las técnicas empleadas para volver al sueño ha funcionado. 


Asun, ávida lectora e incondicional de las escrituras de Santa Paciencia manifestó su deseo de seguir sabiendo de mis pasos post apocalípticos. Sería demasiado pretensioso decir que me debo a "mi" público, pero cierto es que hacía días que la olla de analógicos estaba a punto de estallar. 


No hace tanto fue la Verbena de la Paloma. Bauticé este blog mucho antes de que se convirtiera en mi fiesta favorita pero, seguramente había algo retorcido en el destino que así lo había provisto. 


Haciendo un paréntesis temporal, el pasado fin de año, al acabar de engullir las uvas y mirando a mi alrededor, solo deseé que fuera 2020 un año mejor que el anterior. Poco después de mi cumpleaños pensé, "oye, pues ni tan mal". You know nothing, Jon Snow. 


Recordemos que el 11 de marzo, martes, salía por la puerta de un instituto que no volvería a pisar hasta cuatro meses y medio después. El 14 de abril salía de mis 36 metros cuadrados a la sombra sin haber fallado, creo, ningún día al café con leche y los arándanos. El 17 de junio se acababa el gas de una botella mal cerrada. El día 22 sentí algo parecido al momento en que tienes que elegir la combinación de números del Euromillones, la suerte estaba echada. Tuve tiempo de ir y volver de Madrid y disfrutar de su gente (o debería de decir mi...). Volví un sábado sintiendo que había hecho lo correcto y que todo lo que tenía en la maleta me sería útil (ilusa de mi). 


Por un momento olvidé el por qué de toda esta enumeración cronológica absurda, pero me resultó fácil volver: 2020. ¿Mejor que el año anterior? Sorprendente, seguro. A mi sin duda, me pilló con la guardia bajada, pero pasados más de cuatro meses (con sus respectivos paréntesis) volviendo a vivir cerca del mar, sólo puedo pensar en cuánto me alegro. 


De poder hacer un abecedario de atribuciones propio, ahora mismo, significaría: 1. Gemma no recuperará el sueño jamás. 2. Necesito una palabra/expresión que empiece por Ñ. 

Amanecer. B. Constelaciones. Despojo. E. F. Guantes. H.


Pensé que Gel Hidroalcohólico te salva dos, y seguidas, pero...


Podría seguir, Inevitablemente. Porque adoro los Juegos de palabras y los crucigramas con café. La Luna nueva entra en Leo, dicen. Nunca entendí demasiado bien esto, ni los ascendentes, ni cuando Bea me habla de Mercurio en retrógrado, que si mal no recuerdo ocurrió a principios de año (y que cuando tú, persona al otro lado, estés leyendo esto, ya habré buscado qué significa y me habré vuelto loca pensando en cuántos de estos momentos "raros" han influenciado mi vida sin ser yo muy consciente de ello; y que también estarán los escépticos que pensarán que el déficit de sueño ha tenido en mi un efecto negativo bastante considerable). 


Pido disculpas de antemano por haber publicado valientemente sin pasar el corrector y haber abusado, mal, de las comas, como siempre. 

20 de julio de 2020

Decepciones en Madrid.


El buen vino hay que dejarlo reposar, dicen.

Seguramente, pareciendo una paradoja de lo más absurda, el confinamiento ha sido un buen vino, porque reposado sabe distinto; mis días han dejado de saber a arándano.

Las noches con sabor a sal siempre fueron mi debilidad, después de unos cuantos estragos pensé en rendir tributo a Santa Paciencia volviendo cerca del mar. Una decisión, como tantas otras. ¿Por qué no sucumbir a las noches calurosas de Madrid? Trato de pensarlas, las lunas y quién estaba en ellas. Se me escapa esa sonrisa, parecida a la que tantas veces escondí detrás de la mascarilla.

Estos días, sin querer, entré en algo parecido a un desván tecnológico y encontré lo que tendría que haber sido una publicación de septiembre de 2019: Decepciones en Madrid. Me reconforta pensar que llegué a ello por el camino del "algo bueno". 

“En Madrid debe haber un 93,37% de decepcionados; esto no lo dice ningún estudio.

Lo de basado en hechos reales siempre me ha hecho especial gracia, sobre todo por el sesgo. Nadie vive nada de la misma manera: el vaso puede estar medio lleno o medio vacío.

El mío, hasta no hace mucho, rebosaba de ilusión. El trabajo que me gustaba, en lugares que me gustaban, con gente que me sigue gustando. Pero en ese tipo de historias, ya sabéis, siempre hay un capullo que tiene a vaciar el vaso porque tiene sed.

Decepcionados hemos sido todos, y fuente de decepción, también. Nunca me caractericé por vivir en el drama, aunque llegar a casa, todos los días airada, puede llegar a ser un engorro para los cercanos. No lo dudo.”

Era día 5 y era jueves, y seguía disertando acerca de la ruina que era no tener horarios o vivir bajo el paraguas de unos padres pasada la treintena.

¡Me parece tan lejana esa sensación!

Aunque sigo pensando que en Madrid debe haber, hoy, un 94% de decepcionados, infieles a sus instintos más primarios. Miedo, incertidumbre, complacencia, conformismo, arrogancia, cobardía, inseguridad. ¡Benditos fantasmas! Siempre aparecen. ¿Por qué tengo la sensación de que siempre llegamos tarde? Me pasa lo mismo cuando pienso en mis treinta y seis metros cuadrados a la sombra, con la nevera al exterior, sin horno y con cinco minutos de sol en verano: una ruina para un confinamiento. Y lo pienso ahora cuando parece que la tierra sigue girando y pretenden que en mi ciudad natal y de acogida circunstancial, volvamos al calor de nuestros hogares.

Y me vuelvo a enfadar cuando lo pienso, no en el encierro, sino en las excusas que me pongo para no aceptarlo: siempre fui una malota de palo. Un poco gilipollas. Porque sí, Gemma, el universo sigue vivo, y mientras tú te regocijas en una-mierda-no-tan-mierda, hay quien tiene que enfrentarse a una-mierda-absolutamente-indestructible-y-eterna. La vida.


Podría hacer el símil al millón de veces que he dicho “me fumo encima” con mis dedos: se escribían encima. Hoy, curiosamente, un domingo poco común de atardecer sublime y copa en mano. 




17 de junio de 2020

CONFINAMIENTO: DÍA 91. La des-pe(r)dida.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 7·13

Casi he perdido la práctica en esto de escribir, por lo menos en lo que a tecla se refiere.

Era viernes por la tarde cuando me vi haciendo cola para comprar tabaco y haciendo acopio de víveres, catalogados de primera necesidad. La cerveza y el papel higiénico estaban en el mismo orden de prioridad. Me encerré en 36 metros cuadrados a la sombra, con todo lo que eso suponía, más allá de repeler un virus letalmente desconocido. Quedaban fuera de aquella nueva normalidad todas las relaciones personales tal y como las conocíamos. Dejamos de dar abrazos y a añorar los besos a traición, lo empeñamos todo para vivir en relaciones de 16:9.

Parecía que iban a ser algunos días, luego fueron semanas, los datos no eran nunca demasiado alentadores, y de aquello hace ya tres meses.

Me costó pensarlo: me voy, o no me voy. Decisiones complicadas que te ofrece la vida.
Era el 14 de abril y en lugar de pasear con una bandera tricolor, me escondía detrás de la bufanda y el abrigo para irme a casa. ¿Qué casa? Dice la canción que home is where the heart is, pues en aquel momento lo tenía bien dividido.

Había pasado mucho tiempo sola, comiendo arándanos y bebiendo café. Pensando en qué sería lo primero que haría cuando pudiera salir de casa. De repente, la lista se iba al traste y me encontraba compartiendo techo, de nuevo, con mis padres. Creo que no fue fácil para ninguno de nosotros.

No hay día que no haya pensado en todo lo que dejé en Madrid, como quien sale a la compra y deja el fuego encendido con los garbanzos cociendo. Pensé que habría dejado agua suficiente.

***

Recuerdo amablemente la cantidad de llamadas de los primeros días, como una puesta a punto para todo lo que nos venía encima. La música también me ayudó, casi más que los libros. Mi atención se debilitó y nunca acabé de encontrar mi lugar en la lectura; ni en las series, quién me lo iba a decir.

Mi punto de fuga era, es y será la cocina. Descubrí la pasión por los dulces, no por comerlos. Desde la primera cheesecake que hice en enero hasta la última, reversionada al limón y la menta, ha habido muchos intentos, nunca fallidos. Recuerdo el desastre mayúsculo de querer hacer madalenas o muffins, o como les queráis llamar, en el microondas. Eso sí fue un intento ejecutado desastrosamente. Luego de mi desplazamiento, la etapa dC, con un horno, todo cambió. También me estrené con las empanadas, las croquetas… ¡Sí! Mis primeras croquetas de cocido, y le siguieron otras de bacalao y espero que la lista no acabe aquí.

También, y a raíz de las croquetas, tuve un bonito reencuentro con el pasado. Ese pasado, siempre presente, en el que Gemma atendía a la gente detrás de un front desk en todos los idiomas que sabía. Aprendí mucho del trabajo en equipo, de la confianza en uno mismo, de comida y de vinos. Me encantaba pasearme uniformada en busca de unos hielos para enfriar el café. Mi jefe siempre dijo que tenía un aire a los clics, por la forma de la mano. Diez años después soy incapaz de olvidarles, a ellos, a sus historias y a las croquetas de marisco de clientes. Y aquí iba, a las comidas de “nueva normalidad”, a los encuentros familiares de Fase 2. Me encargué de la comida: nido de escalivada con brandada y buñuelos de bacalao con croquetas del Motel. Risotto de boletus y gambas con Parmesano. Cheesecake o mousse de limón a la menta. A poner los nombres bonitos, también aprendí esos veranos.

***

Qué curiosa publicación, qué desordenada y qué sincera.

La no-rutina de escribir quedó mermada después del aislamiento por muerte endémica de disco duro. Los garabatos analógicos son, muchos de ellos, inteligibles, llenos de pensamientos abstractos, ahí no se vale borrar el párrafo entero una vez escrito. Aproveché positivamente la desconexión, pero de alguna manera, me pasó factura, como si hubiera olvidado las llaves y no pudiera volver a entrar en casa.

Recuperé el ordenador a la vez que flexibilizaban las salidas. Empecé a ver y a abrazar el mar. A andar con la cabeza alta, y a madrugar para poder respirar sin filtros de por medio.

En todo este ir y venir, nació Marcel, algo parecido a un no-sobrino. Y también escribí acerca de los entresijos de la maternidad, lo que nunca te cuentan. Mi instinto maternal ha decrecido, debe estar en menos mil tres cientos. Siempre pensé que sería muy interesante escribirle aun recién nacido como está el mundo cuando nace, para que de mayor pueda entender algo más de su vida, pero creo que no será necesario. “Cuando tu naciste, la gente se saludaba con el codo e iba con mascarilla”, definitivamente no.

***

He pensado bastante en las relaciones a distancia. Pareja, amigos, familia. A todos nos ha pillado en unas circunstancias concretas, tanto geográficas como personales. Creo que al principio hicimos todos un alarde de madurez: todo fluye, todo cambia, nada permanece. ¡Uf! Rebatir cualquiera de las tres afirmaciones es un riesgo, dado su empirismo. O si queremos que permanezcan, necesitamos poner de nuestra parte. Está claro que todas las relaciones se sustentan por una dinámica que aceptamos, como en los juegos de mesa. Cada relación tiene sus normas, aunque a veces, dado que el parchís y la oca comparten tablero, pueden llegar a confundirse. Pero hemos venido a jugar, ¿no?

Y luego están los amigos de azúcar (como en el pilla-pilla, que jugaban sin que les pudieran pillar, menudo rollo, por cierto), añadiría aquellos que dan señales de vida cuando parece que el mundo se acaba, y como amistades, también acaban derretidos, como los azucarillos del café. Aunque bueno, aquí entrarían en juego la química y la selección natural.

***

Escribiendo entre asteriscos siento que estos son los distintos epílogos de las escrituras de Santa Paciencia, que tanto me ayudaron a evadirme y a recordarme en qué día vivía. Una extraña sensación que echaré de menos, como el pensar que al otro lado había alguien que desde su casa estaba leyendo mis no-rutinas y mis quebraderos de cabeza del primer mundo. Tengo cierta esperanza en que alguien añadiera nueva música a su lista de reproducción, o tuviera curiosidad para saber del Body Balance 73. Por vuestra tranquilidad, reduje la cantidad de cerveza en sangre y convertí el deporte en un hábito, sí, ahora que no se puede ir al gimnasio. Las incongruencias siempre fueron marca de la casa, como los suspiros al saber que son las últimas palabras de una publicación.

Si alguna vez os sentís un poco perdidos en esta nueva normalidad que nos espera, recordad que detrás del café y los arándanos hay una historia. La nuestra. 



27 de mayo de 2020

Confinamiento: DÍA 74 - El des-fase

Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 10 días de Fase 1.  

¡Bendita la he tenido! La Paciencia, digo: 18 días sin poder compartir sus escrituras.  

 Con la desescalada llegaron una serie de catastróficas desdichas que limitaron mis comunicaciones con el mundo exterior, con consecuencias graves también en el interior.
  
Pasé de no tener tiempo para escribir a echarlo mucho de menos y sucumbí de nuevo al analógico cuadriculado, en la página siguiente del día 49.  

Durante este tiempo, haciendo las cosas bien hechas, pude ver el mar, olerlo, tocarlo, sentirlo. Por fin, un deseo que se hacía realidad. Pensé en ti y en cómo me hubiera gustado que estuvieras allí, sentado en la orilla, fumando, apacible. 

Están los locos de los gatos, y luego estamos los locos de mar. No lo podemos evitar. A veces pensé que era un problema sólo mío, pero descubrí que somos una especie categorizable con rasgos comunes. Una sonrisa inevitable, nerviosa, poniendo los pies en remojo y jugando con las olas cristalinas. Ella y él, y yo. ¡Qué vida te espera, pequeño! 

He aprovechado para los reencuentros, los que están ahí siempre; para los cafés sin fin que acaban de noche; para andar sin rumbo arreglando el mundo bajo el sol; para aprender a coser; para mejorar mis aptitudes culinarias; pelear con la jardinería y matar a un cactus en dos semanas; para querer más en la distancia; pero, sobre todo, para mirar con otros ojos.  


También pasé unos días ofuscada con la vida en general. Anecdóticos, siendo testigo del viraje de tendencias políticas, del renacimiento de insolidarios, de los que creen tener un sistema inmunológico mejor que el resto y que se la pela todo, o puede que no, que sólo fuera un alarde de transgresión. No pasa nada, puedes hacer lo que te salga de los cojones. Eso decía el libre albedrío, ¿no? Tener fe nunca fue conmigo, y menos en la especie humana.  

De todo se sale.  

De todo salen cosas maravillosas. Tengo muchísimas ganas de ver las manos de Iván, alguien que aprendió a dar significado a movimientos al aire.  

Sigo deambulando por los pasillos, parando en la nevera a recoger el puñado de arándanos de rigor. Llegó el calor y la sandía. Dejé de ir a la compra. Dejé de beber tanto vino. Y siguieron los cafés en la terraza y las cervezas furtivas.  






8 de mayo de 2020

Confinamiento: DÍA 56 - La desescalada.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 4 días de Fase 0. 

La desescalada. Tengo que empezar a hacer caso de las señales, las que empiezan a pedir un cambio de periodicidad en la escritura. Curiosamente, empecé este diario para hacerme más llevadero el confinamiento. Ahora son las salidas por la mañana las que me dan la vida, las que pese a haber más gente de la deseada siguen rigiéndose por el cantar desacomplejado de los pájaros y el despertar del sol cada vez más estival.

Me levanto, innovo zumos siempre a base de naranja, con arándanos, frambuesas, plátano, manzana. Sigo y seguiré fiel al café, que ya era importante mucho antes de todo esto. Madrugaba, casi con gusto, por el placer de llegar al instituto con un termo caliente que me mantuviera en vida las tres primeras horas. Mis horarios de comida han mejorado en la etapa dC (después de Casa), mis padres lo perdonan todo, menos la comida.

Adoro que salgan proyectos de confinamiento, y también reconozco que echaba de menos trabajar. Pasar horas maquetando presentaciones, pelear con los márgenes y desear que se hayan guardado los cambios cuando todo se va a la mierda.

***

Ayer era jueves. En Figueres los jueves son importantes: está el mercado de la ropa, de la fruta y la verdura al completo, y antes, cuando la gente se podía reunir, los ganaderos aprovechaban para hacer sus negocios en la parte alta de La Rambla, después de un buen desayuno. Me levanté pronto, otra vez, sin vacilar en el cambio de vestuario y el café rápido. Bajé las escaleras sin un destino claro, al salir tenía que decidir, izquierda o derecha. Izquierda, al campo. En línea recta hubiera sido sencillo, pero la vía del tren siempre fue un abismo. Recuerdo haberla mal cruzado por la estación en aquellos paseos largos de verano con mi abuelo, pero entonces no tenía yo muy adquirido el concepto de peligro. Usé los mecanismos seguros, de buena ciudadana para llegar al otro lado y giré a la derecha, donde los chopos.

Advirtiendo la posibilidad de fuerte alergia, salí de casa totalmente dopada, y con todo lo necesario para sobrevivir en la mochila.

Como ya me había pasado el lunes, creo que la otra mitad de conciudadanos que no estaban en el castillo estaban ahí, unos metros delante y detrás de mí. Saqué unas cuantas conclusiones precipitadas, a la vez que acertadas:
  •         Necesitamos monte y andar sobre tierra.
  •         En Figueres lo que no está construido es campo sin camino.
  •      Los caminos no tienen cartel de fin de municipio, puedes andar hasta que te canses.

Después de un rato resiguiendo la vía volvía a tocar decidir hacia donde continuar la aventura, seguramente deduzcáis la elección. Seguí a la izquierda, bordeando el rec del Mal Pas, la acequia que desemboca en el río Manol(o), siempre ha habido el gracioso que añadía la “o” en los carteles, y me encanta. Naino naino ná.



Me tuve que detener, maravillada por las vistas, la simpleza de las cosas, la ilusión por las amapolas. Anduve unos kilómetros más, sentía la rozadura de las zapatillas después de tanto tiempo sin andar en condiciones. Tenía pensado aprovechar la salida y pasar por el mercado antes de volver a casa, pero fiel a la improvisación, hice escala en casa para una ducha reconfortante y un cambio de vestuario. Olvidé que vivimos en humedad constante.


A las once y media había llegado a los 10.000 pasos, con dos cactus y una planta y con unas ganas de terribles de otro café en la terraza. Sí, tuvimos que hacer pedido de cápsulas porque las reservas están empezando a escaseas, quedan todavía 50 capsulas, que para una despensa de madre son demasiado pocas.

Después de comer todos caímos rendidos al horizontal. No conseguí dormirme, pero estuve en vegetación por más de dos horas. Estaba realmente cansada. Trabajé un poco, y volví a la cama-sofá (siempre pensé que el orden depende del uso principal) a esperar la hora de la cena. Una tarde perra, sin duda.

En casa de padres se come mucho pescado, probablemente el que no haya comido yo en todo lo que llevamos de año, salvo excepciones, claro. Ayer tocó caballa, recién llegada de la lonja de Roses. ¿Cómo era eso de la montaña que iba a Mahoma? Pues eso.

Hay días y días.

Hoy, por ejemplo, viernes, me desperté con ganas de cocinar lentejas. Comerlas me gusta normal, tampoco es que sea plato favorito, pero de vez en cuando… El sol parece lucir tímido y tengo ampollas en los talones. Mal. Saldré a la terraza.


6 de mayo de 2020

Confinamiento: DÍA 54.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 03x08

La siesta de ayer no me impidió caer rendida.

Zumo de cosas: naranjas, frambuesas y arándonos, una buena dosis de energía. Salí a tomar el café, se estaba levantando el día y todavía era hora de paseo. Me puse ropa de calle, adecenté mi cara de sueño y decidí acercarme al mercado. Siempre eché de menos poder comprar en los puestos sin perder el factor humano y poniendo cara a las judías verdes o a las berenjenas.

Mascarilla, gafas de sol, alcohol, guantes a mano, auriculares y una banda sonora acorde.
Probé suerte por si había podido volver el señor de las flores, pero aun no. Necesito una planta, o dos.
Volví con buen acopio de verduras para seguir comiendo escalivada; quinta generación.

De nuevo en casa tenía que ponerme pronto con la preparación del podcast. Una llamada inesperada me dejó fuera de servicio casi dos horas. Estaba decidida a ducharme con agua un poco más fría, pero debe ser que mis extremidades no estaban aún preparadas.

Comí deprisa y me senté en una silla de la que sólo me levanté para ir al baño y a por más café.
Eran más de la una de la madrugada cuando traté de llegar a la cocina con absoluto sigilo y cenar casi a hurtadillas.

Ocho episodios, ocho semanas de confinamiento, cinco y tres. Una de la pocas rutinas placenteras de rutina acaba, como todo lo bueno.



El libre albedrío es una ilusión. 


Confinamiento: DÍA 53.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. Tardío. 

Sonó pronto del despertador. Nunca me dio pereza madrugar por un buen fin. Bueno, un poco sí, por eso me quedé diez minutos inmóvil mirando al techo tratando de no volverme a dormir.

Exprimí las dos naranjas aun con los ojos entrecerrados y con la inercia de todos los días preparé también el café.

Me cambié de ropa, directamente para salir. Algún día llegaría el momento de aprovechar que madre y yo tenemos un número de pie parecido y me puse sus zapatillas, que son como las mías. Aun no se había levantado el día y salí de casa sin mascarilla y con sudadera.

Cuando llevaba dos minutos fuera de casa insulté por primera vez, pero quedó en una anécdota. Me sorprendió el movimiento, eran las ocho y cuarto de la mañana. Sería una anomalía, llegué al centro en pocos minutos y como en la canción, nadie por las calles. Me crucé con un pareja en la plaza del ayuntamiento, y quise subir hasta el museo. El recuerdo de las largas colas al sol también había quedado en nada, apareció un solo señor, un figurante despistado. Me detuve frente a la Torre Galatea, con sus huevos y sus panes. 



Volví a bajar la mirada hasta llegar a la cuesta que lleva al castillo y entendí el por qué de una ciudad casi desierta, estaban todos allí, como yo. Un arcoíris de fibras sintéticas. Yo aposté por el negro y por la camiseta que tan bien define algunos momentos aquí: “moderna de pueblo”. Llegué al mirador y no pude más que sonreír, sin tener que disimular detrás de la mascarilla. La calitja de buena mañana todavía no había escampado y era imposible ver el azul. 



Al norte y a mis pies, los últimos edificios de la ciudad y la llanura de la plana de l’Empordà. Estuve recordando las muchas veces que había dado la vuelta al Castell de Sant Ferran, la fortaleza abaluartada más grande de Europa. Con mi abuelo, en las clases de educación física del instituto, con amigos. Hoy la haría sola, sí. Seguí con el buen ritmo, y pese a ser un camino estrecho, irregular y terroso, a veces goza de llanuras que me permitieron volver al hábito de correr. 



El esfuerzo valió la pena cuando a lo lejos se veía aun la nieve del Canigó. La magia de casa, nieve, verde y la mar. Me crucé con más gente de la deseada y no entendí el motivo, siempre la había hecho en sentido antihorario, hacia la izquierda. También es conocida como la ruta del Colesterol, por motivos, obvios, claro. Era la primera vez que veía una media de edad tan baja. El sol empezaba a picar, y las cigarras cantaban desubicadas. Pasé por unos matorrales de retama y quise empaparme del olor. Estaba empezando a ir mal de tiempo, y me tocó acelerar un poco más el paso.

Cuando quedaba poco para llegar a casa pensé en pasar por el supermercado, todavía no acabo de ver claro el abuso de salidas. Volví con más arándanos, moras, barritas de cereales y coco, algunos por-si-acasos más y un par de tónicas rosas, porque las noches de primavera huelen a gin tonic.

Al llegar no dudé en pasar por la ducha y en ponerme ropa de verano. Preparé un par de tostadas con mermelada de nectarina y canela y otro café. Lista para romperme la cabeza con el último episodio de la serie de confinamiento con la que tanto os he estado fastidiando: Westworld.

Ojiplática me hallo, aun, después, mientras, todavía.

Después de comer preparé un tercer café, los casi ocho kilómetros y las casi siete de la mañana empezaban a pasar factura. Busqué una buena serie de dormir, como dice Joseba, Ley y Orden. Acabó siendo una de esas siestas largas, sin despertador. Me quedé como nueva y merendé un puñado de arándanos.
Volví al ordenador y casi llego tarde a la cena.


***

La posibilidad de poder empezar a salir altera mis horarios, mis malas costumbre y mis no-rutinas. Trataré de ponerme al día. Debería de ir pensando en cambiar el título de la saga, cada-vez-un-poco-menos-confinados. 

4 de mayo de 2020

Confinamiento: DÍA 52.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia, hoy, Santa Creu.

La ciudad seguiría vestida de fiesta y anoche hubiera rellenado el vaso muchas veces. Hace algunos años, con el team Barcelona, cerraba las Barraques y nos íbamos directamente, con las zapatillas polvorientas y acabando el último vaso, a desayunar contundentemente y a comprar los primeros libros de la feria, superando la resaca en vida. Luego venían las cervezas de la victoria y luego el largo camino a casa, cuan zombie, andando a contracorriente.

De niña, me pirraba por ir a la feria, pasé por todas las épocas, pescar patos, las carreteras de coches, el tren de la bruja, el tiovivo, el dragón, el saltamontes, el pulpo, la montaña rusa, el tiro, el barco pirata, el tronco, la olla… Visto desde la distancia, los nombres no eran muy atractivos, que dijéramos.

Segundo día de “puertas abiertas”. Curioso ver como las franjas se solapan y coinciden los impacientes con los rezagados.

El vermut de los domingos, después de una fase de prueba, vino para quedarse. Seguí con las mandarinas y con una aceituna Espinaler. Estaba el sol radiante y soplaba la marinada del mediodía, la que estando en la playa tanto se agradece.

Después de comer caí rendida.

Me acabé el café más tarde de lo debido y sufrí por las horas de sueño. Luego recordé que era el último domingo de Westworld y que podía valer la pena seguir despierta. Aproveché para hacer inventario seriéfilo. La crisis de las primeras semanas avanzó bastante bien, pero me reafirmo en el cambio de hábitos.

Rebuscando entre todos los catálogos disponibles, descubrí que habían adaptado un libro de Jojo Moyes al cine, una de esas novelas romanticonas; recuerdo el día que le puse cara, junto a Ken Follet, Kate Mosse y Lee Child. Lo gracioso de la película, que comparten créditos Emilia Clarke y Charles Dance, Daenerys Targaryen y Tywin Lannister. Gracioso. No la veré.

Cuando todavía no era demasiado tarde, decidí que mañana quería madrugar y aprovechar la barra libre de paseos.

3 de mayo de 2020

Confinamiento: DÍA 51.

Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 28,96

2 de mayo. Día de la Comunidad de Madrid. Me desperté pensando en la de veces que me había tocado medio madrugar para arreglarme e ir presentable al acto de la Casa del Reloj. Siempre iba con zapatillas en el metro para poder caminar deprisa y llevaba los tacones en el bolso que me cambiada con disimulo en alguna esquina cercana custodiada por la policía. Era aburrido esperar de pie entre autoridades y pasillos extraños, pero siempre interesante vivirlo desde dentro. Sólo deseaba que acabara par poderme sumar al aperitivo si iba acompañada, o acompañarme fuera con un vermut, un pincho de tortilla y unas alcachofas de La Ardosa.

Pero esta vez estaba en Figueres, en el primer día de desescalada y puesta en marcha de una pre-fase 0. Los adultos, los deportistas y los mayores podíamos salir a la calle, o madrugando mucho o yendo a dormir tarde.

Madre me propuso ir andando hasta el mercado y hasta ahí la aventura podía parecer interesante. Salimos de casa, el primer cigarro que me fumaba en la calle manteniendo una distancia prudencial con un cohabitante. En manga corta y mascarilla nos juntamos algo más y disfruté de las aberraciones de las normas mal entendidas. Parejas vestidas de runners. Un momento, ¿no era que se debía hacer deporte en soledad y caminar acompañado? Me resigné. Era curioso poder andar por el asfalto que miles de veces había evitado o pisado con el coche.

Llegamos a la plaça del Gra, la plaza del mercado antiguo, totalmente ballada y con controles de acceso como si fuera un festival. Increíble tener que hacer cola para comprar. Al pedir la vez caímos en que no podíamos comprar juntas, porque no paseábamos, así que nos dividimos la tarea y mientras yo hacía cola, ella se acercó al mercado nuevo a por las frutas y verduras de rigor. Somos en casa muy fieles a las costumbres y a los puestos. Le cedí el puesto en la cola, y fui yo a por otro par de cosas, nísperos, nectarinas y una granada. Antojos, supongo. Repartimos la compra y fuimos a hacer cola a la farmacia. Esto de salir a la calle me estaba resultando desalentador. Luego cola en la panadería. Y camino a casa divisamos otras tantas colas.

No había estado mal como experiencia, me resultó extremadamente curioso jugar a adivinar caras conocidas con mascarilla. Mis piernas, que tampoco habían estado quietas durante todo el confinamiento, me pedían más. Todo llegaría.

Me senté al sol con un buen café y pensé en toda aquella gente que lo estaba haciendo mal. De verdad que después de 50 días, ¿no puedes esperar un poco más y hacerlo bien? No me jodas. De haberlo querido hacer mal, haberlo hecho el primer día y te ahorrabas todo este sufrimiento. Reconozco que más de una vez pensé en saltarme las normas, porque como siempre he defendido, las normas están hechas para saltártelas, o por lo menos pensadas para que puedas hacer alguna excepción, pero cuando algo te toca de cerca y lo sufres en silencio, como dicen de las almorranas, entiendo que cambias de parecer. Supongo que luego aplaudirán más fuerte y más rato, como cuando en las películas te castigan con no-sé-cuántos padrenuestros.

Comimos fideuá, una nueva costumbre de los sábados que estoy valorando añadir a la vida “normal”.
Por la tarde traté de caer en una siesta que se pudiera ir de las manos. Hubiera sido así de no ser un vecino, hijo de la gran puta que puso música bakala en modo “retumbe-de-cristales”. Consiguió todo mi odio, por supuesto, como los climbers y las planks de luego.


Cuando salí a la terraza había llovido. Madre se estaba preparando para una tarde de plantaciones en la que quise buenamente contribuir: dos perejiles, una menta y quitar hierbas asquerosas. Espero que mis antecedentes, por asesinato en grado de tentativa de cactus, no influyan en su crecimiento.

Los sábados, independientemente que en Madrid sea fiesta o no, las normas de alimentación no cuentan, y cenamos pizza. Me infusioné el postre y me fui a la cama, que reacondicioné a su vez como sofá y me puse a ver Secretos de Estado, por Matt Smith, claro. La conexión a internet, a ratos inestable no me dejó acabar de verla. Lo seguiré intentando.





2 de mayo de 2020

Confinamiento: DÍA 50.


Diario del apocalipsis según Santa Gemma-no-dejes-para-mañana-lo-que-debas-hacer-hoy.

Después de 50 días sigo fiel a mis convicciones: el zumo de naranja, el café y los arándanos. He cambiado de vistas, de cama y de clima; he pasado un Sant Jordi en casa, literalmente; he mudado la piel como las serpientes; he soñado unas 43 veces con el mar; he fumado más de lo debido.


El día 49 quedará para siempre en la lista de analógicos no publicados. Puede que algún día, dentro de 15 años, quede inmortalizado en la nube. Quizás.

1 de mayo y en Figueres, debería de haberme despertado tarde y con un resaca terrible, pero no. Me acosté más pronto de lo habitual después de haber pasado un día extraño de lucha histamínica, creo que puedo añadir alguna alergia más al historial. No podía dormir de ninguna manera y tratando de no hacer ruido, con la luz tenue empecé a pensar en los fantasmas del pasado. Estaba durmiendo en una habituación que fue mía, que había dejado de serlo, de alguna manera y que poco tenía que ver con la Gemma de ahora. Contenta de haber sido capaz de pensar con lucidez, dadas las horas, pude volver a conciliar el sueño.


Esta era canción era mítcia de barraques, de dejarnos la voz aun siendo muy del norte.

*** 

Sin despertador. Subí la persiana, abrí la ventana y me encaminé a la cocina. Bebí el zumo de un trago y dejé el café, como si fuera música de fondo, mientras me ponía a hacer otro cheesecake. En casa no lo habían probado nunca. El día 1 es día fira, de artesanía, de alimentación, de pintura. Un día de vestidos de estreno y joyas nuevas, de no poder caminar tres pases de seguido. Al llegar a casa, ya de noche, hacíamos recuento de botín: boletus, trompetas, anchoas, quesos, panes, churros y mató[1], mató de Montserrat. El pastel de queso de hoy sería una nueva recompensa que añadir a la lista de las extrañas circunstancias.

Tenía que reposar antes de la nevera y encajó a la perfección con el plan de no salir de la habitación hasta que fuera otra. Saqué todos los libros y aproveché para quitar el polvo a fondo, manías de una alérgica. Algunos de los juguetes que se habían quedado de anteriores selecciones, puede que hace 10 años por nostalgia, también merecían un sitio mejor, como la caja de Andy. Necesitaba verlo todo vacío para reconstruirlo de nuevo. Sólo[2] salí de la habitación para comer, y me llevé el café otra vez dentro para las pausas necesarias. Aproveché para ver algunos álbumes abandonados y llegué a París, 2005, viaje de fin de curso de segundo de bachillerato. ¡Qué juventud, qué colorido y qué resaca!

Me siento en la obligación de hacer un inciso en la narración de los hechos, si es que todavía había algún hilo conductor, para tratar de buscar una explicación a mi manía de añadir resacas a los eventos importantes. ¿No sería más rentable, emocionalmente hablando, recordar el momento álgido de pasarlo bien? Parece que no. Si alguno de vosotros comparte esta sensación, que no dude en expresarlo abiertamente en los comentarios.

Sigo. Ordené los libros con ese TOC tan característico. Castellano, historia, mujeres, ficción internacional, novela negra, nacional. Por otro lado, literatura del siglo de oro, antologías, teatro, picaresca. Luego catalán: historia con poesía y teatro y ficción internacional blandengue de bolsillo. Arriba del todo, en la cúspide, Paul Auster, entre otros, y el libro de relatos cortos, publicado en 2002, en el que me encuentro como finalista y publicada entre los VV.AA. La filosofía la ubiqué con el ajedrez, y los recuerdos y regalos de viajes ganaron importancia tras el despeje.

Se me había hecho tarde, me duchaba a la hora de cenar y cenaba a la hora del postre. Pudimos mantener el factor sorpresa del cheesecake hasta por la noche. Nos hubiera gustado comer pan de espirulina con embutidos caseros de la montaña, pero nos conformamos con unos bikinis[3] de pan de espelta.

Estaba muy cansada física y emocionalmente, por hacer hecho las paces, supongo. Caí rendida en la cama, aunque creo que la emoción me pudo y me volvió a costar dormir.

Pronto llegaría el sábado, día de rienda suelta. De madrugar y hacer deporte, de madrugar y pasear, de no madrugar y esperar a la noche, pero en cualquiera de las opciones, salir consentidamente.


[2] Esta semana la RAE volvía a ser noticia. ¿Sólo o solo? No entra en mis planes morirme pronto, pero en cualquier caso, hasta ese día, lo seguiré escribiendo diacríticamente.
[3] Aquí lo explican muy bien. Reconozco que me costó cambiar cuando llegué a Madrid, pero después de unos cuantos malentendidos y unas cuantas miradas de desprecio, lo incorporé excepcionalmente y a  contracor en mi vocabulario. https://www.lavanguardia.com/comer/tendencias/20170411/421605515959/historia-nombre-bikini-sandwich-jamon-y-queso.html