Ayer hablando con una buena amiga le insistía de mi incapaz de escribir. Terrible. Incapaz de sintetizar todo lo que siento en una hoja en blanco pensaba. Esta mañana, según me levanté noté aquel sabor a mañana de confinamiento, preparé un café y subí corriendo a la terraza. Escribir de cara al sol es de por sí poco amigable, pero las vistas y el café hacen de la experiencia vitamina.
Estos últimos
días he necesitado mucha playa. Solventar los pies de hipopótamo era necesario,
como también reconectar, recordar el por qué de ese primer tatuaje. Me
recetaron paz.
Pienso a menudo
en la cronología de los últimos meses, una vorágine de emociones descontroladas
que acaban siempre en sonrisa. Hay gente mágica que aparece cuando menos lo esperabas,
lista para ser cómplice de historias, de charlas interminables. Hay quien de
repente aparece y te cambia la vida; y también los que fueron y pasaron de
largo.
Café.
Empieza a sentirse
el calor, pero me resisto al resguardo. Vitamina D.
Me cuesta seguir
atenta. Desde que empecé a escribir habrán pasado unos 46 pensamientos por mi
cabeza que sin querer he desechado por poco relevantes. Quizás alguno de ellos fuera
revelador, pero este mi día a día. D de Dory.
M parece atenta a
mis pensamientos, como si la cosa no fuera con ella, o sí, como si todo esto
fuera un cuento de Roald Dahl. Fuerte y luchadora, contra cualquier adversidad,
parece.
Café. Vida.
