De aquel jueves 20 de agosto hace casi una semana; tildado como el día más caluroso del verano. Sigue haciendo calor, no sé a quién querían engañar.
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Sonó el despertador esta mañana y no me costó despegar las costillas de la sábana. Sabía que la recogida sería puntual: ocho y cincuenta y siete. Listas a la par.
Aun siendo un camino conocido, tenía la sensación de que era la primera vez que rodaba por esa carretera, como si hubiera olvidado parte de la historia. A veces también me ocurre con algunos libros.
Cierto es que, de un tiempo hasta ahora, he empezado a interiorizar las confesiones en familia como algo natural. Demasiadas veces me habré merecido la etiqueta de insensible, seguro. Hoy, antes de llegar a los primeros 50 kilómetros he dado sentido al funcionamiento de Gemma: tú me hablas mal, probablemente te hable hirientemente peor y no por cuestiones de ego, sino porque detrás de la fachada infranqueable de caparazón de tortuga habita un cuerpo algo más blando y tendiente al enfurruñamiento. Una botida[1] que necesita su tiempo, como buen acuario.
"El Maresme, lliure i tropical". Eso lo decían unos amigos a los que nunca pregunté
por su significado. Para mí, el Maresme eran donde estaban mis raíces y las
mejores fresas del mundo.
Llegamos con el
tiempo justo para poder tomar un cortado y resarcir mis ganas de fumar (no, no
eran los nervios). El café se llamaba Infinito, prometo que fue escogido al
azar, el mismo que nos había llevado a la plaza donde años atrás, con los que
todavía son mis amigos, habíamos peleado para ganar en una de las modalidades
de sardana deportiva. 2002.
Me permito el lujo de hacer un inciso.
Generalmente la gente asocia la sardana a un baile aburrido y viejuno. Cierto, puede que lo que se vea en las plazas no llame tanto la atención como las jotas: gente vestida de calle, en un círculo mal hecho cogiendo las manos de un desconocido y desplazándose de un lado para el otro. Contado así, atractivo no parece, pero nuestro caso era algo distinto: nosotros competíamos. Entrenábamos una o dos veces por semana, y seguramente los que ahora tanto defienden el “hiit”, estarían la hostia de contentos. Mantenimiento de los brazos extendidos sin relajar, a la altura de los hombros y las orejas, seguir el ritmo e interpretar musicalmente cada una de las piezas, y todo ello sin dejar que los talones tocaran al suelo. Que a nadie le sorprendan mis gemelos. La norma dejaba libertad a hacerlo con 5 o 6 parejas, de chica-chico. El objetivo, que todos fueran al unísono y que los jueces, desde fuera, pudieran ver un anillo único (como el Frodo) moviéndose al unísono y atacando los golpes fuertes de música sin errores. Ah, y todo sin olvidar las matemáticas, porque nunca sabes cuántos compases tiene la pieza y tienes que calcular a conciencia para llegar al final siempre con la izquierda. Un mundo, vaya.
Dicho todo esto, vuelvo a ese jueves.
Siguiendo con la puntualidad, a las 10:30:00 tocábamos el timbre de MIDPIT, una vez dentro, descubrí que se llamaba Miriam. La dedocracia familiar había decidido que fuera la primera en tatuarme, por eso de la experiencia y tal. El diseño era lo más, y la tranquilidad que nos ofrecía en su pequeño estudio consiguieron que me relajara hasta el punto de sentir cosquillas. Antes de que hubiera acabado, mi madre ya se había levantado y firmado el consentimiento, no había vuelta atrás.

Alba ya tenía su primer tattoo, y madre. Hasta mi tía se estaba planteando una nueva visita. Lo que ninguna de nosotras sabía es que el día sólo estaba empezando.
Con el estómago ronroneante fuimos a Canet de Mar, dónde habían nacido mis abuelos. Era la hora de comer y el pueblo estaba absolutamente desierto. Vimos las fábricas textiles modernistas abandonadas, una pena que la historia acabara con los cristales rotos y las paredes mal pintadas. Allí, alguna vez había habido vida.
Tuve la sensación de que la iaia estaba entre nosotras.
Vimos dónde mi tío iba a la guardería, y el jardín del cura donde tiraba sus zapatos, dónde madre tenía que ir con la cabeza gacha a recogerlos. El teatro dónde nuestra tía-abuela pasaba horas. La puerta dónde mi abuelo trabajaba de joven para llevar más ingresos a casa. Y finalmente llegamos al Carrer Sant Jaume, número 4. La casa dónde habían vivido mis abuelos, donde habían crecido mi madre y sus hermanos, con la puerta, ahora hecha ventana, de la barbería de mi bisabuelo. Por la derecha vimos una chica acercándose con el carrito de la compra, jamás pensamos que fuera a parar delante de nosotras. Era la casa de sus suegros. Salió Quico, el actual propietario de la casa. Antes esto era Can Ginesta, dijo. Madre mía. Sin dudarlo, nos invitó a pasar, poco antes de que recordáramos que estamos en era Covid y que no estaba del todo bien entrar en casa ajena. Pero ya estábamos dentro, delante de la puerta de la izquierda, donde había estado reposando años atrás esa silla de barbero que madre tanto recuerda. Estaba con ella, las dos, o las tres. De nuevo en su casa, 47 años después de haberla dejado por un traslado de trabajo del banco de mi abuelo.
El salir de allí, vi como le brillaban los ojos. Estábamos todas en estado de shock, y no era por menos. Esa familia nos invitó a volver cuando pase todo esto.
Subimos al Santuario de la Misericordia, arriba del todo de la cuesta, como presidiendo en pueblo. Hacía muchísimos años que no iba. Me sorprendió la mecanización del dispensador de cirios, pensé que en lugar de velas saldrían Coca-Colas.
Entramos y no había nadie. ¡Qué sensación! Habían cambiado el agua bendecida por el gel hidroalcohólico, pero visto así, la fe es lo último que se pierde, dicen. Era extraño, las iglesias siempre me dan un no-sé-qué, pero ahí, de repente estaba en paz, a gusto, y sudando a mares, también.
Sentada en la terraza,
fuera, pedí un carajillo de Baileys con hielo, brindado al cielo y fumando,
ante todo pronóstico. Madre dijo que, a lo mejor, los milagros existen. En ese
momento, pletórica de felicidad, no tuve ninguna duda.

