3 de marzo de 2019

Quinientos veinticinco mil seiscientos momentos.


Era el 7 de mayo del 2000, pronto hará diecinueve años de ese día de teatro. Hundida en esas butacas de terciopelo rojo, junto a mis padres, conocí el que sin duda sería y es EL musical: RENT.

Unos andamios simulaban ser edificios, balcones, escenarios. No hacía falta mucho, Daniel Anglès era el primer Mark que conocía. Ya con ello estaba todo.

Sin saber muy bien por qué, aquella melodía quedó impregnada en mi cerebro y años más tarde resurgiría de la memoria para convertirse en un leitmotiv. No day but today.

Gracias a RENT sé cuantos minutos tiene un año y descubrí que strife era un sinónimo de lucha. Entendí que pase lo que pase, los tuyos siempre van a estar ahí.

Sin saber muy bien cómo, llegué a la película de 2005, de Chris Columbus, sí, el padre de los Gremlins o los Goonies, quien nos había enseñado a Macaulay Culkin sólo en Nueva York y nos había dirigido hacia La Señora Doubtfire. Curioso pensar en la magia de Jonathan Larson y Harry Potter como algo tan imposiblemente cercano.  

Asalté un par de videoclubes para tener una versión de la película en cada casa, era como parte de mí, necesitaba tenerla cerca, a mano, para cuando hiciera falta. Hasta en una ocasión se la puse a mi prima de pocos años cuando le hacía de canguro, sí, una película donde aparecen homosexuales, transexuales y donde el principal problema del Nueva York de los noventa eran las drogas y el SIDA. No sufráis, ella salió bien y todavía se acuerda.

Hasta en una de las visitas a la ciudad que nunca duerme, paseando por las calles de Broadway, no pude resistirme a comprar el libro de partituras adaptadas a piano, por si algún día…

I’m not alone, dice ese número de Mark y Roger en la azotea. Es uno de mis puntos débiles, o ese Life Support o el Will I?, que si todavía no conocéis deberíais estar dejando de leer y poneros a buscarlo. Porque pese a que todo parezca una mierda, de todo se sale.

Esta semana, hablando con alguien especial, comentábamos el por qué de las preocupaciones absurdas, la gilipollez de “los problemas del primer mundo”, cuando hay cosas por las que verdaderamente vale la pena parar. All your perfect imperfections.

No puedo mentir, con RENT lloro, mucho. Es algo así como una sinfonía de emociones, desde el mezzopiano en melancolía al fortissimo canto a la vida, porque así es como empieza el primer acto de la Bohème[1] de Puccini, con doble efe, allegro vivace.  

Hoy volví al rojo, bermejo, como el de aquellas butacas de hace tanto tiempo.
'Cause everything is RENT.









[1] Basada en la novela Scènes de la vie de bohème, de Henri Murger. Historias de jóvenes bohémios en el Barrio Latino de París en 1840.

Jonathan Larson, en 1996, inspiró su historia y sus personajes en los de la ópera, compartiendo nombres y algunas profesiones. Hace un buen tributo a ella con La vie bohème, uno de los números corales más reconocidos del musical.  


21 de febrero de 2019

La Luna me vino a buscar.


Hoy vi que en mi instituto abrían el plazo para mandar los textos a unos premios literarios. Me quedé parada, pensando, y mirando el enlace, ¿sería apto para exalumnos? Seguramente no.

Empecé a pensar en las cosas que había escrito y habían sido publicadas. No recuerdo exactamente si fue en 1995, o quizás en el noventa y seis, que gané los Jocs Florals en el colegio. Si usáis Google Translate, puede que os ponga algo así como “juegos florales”, y si buscáis el significado, poco tenían que ver con los juegos romanos dedicados a la diosa Flora.

En 1323 en Tolosa (dónde todo lo saben), fundaron una academia poética con el objetivo de conservar la lírica trovadoresca. Seguramente por la época también usaban cuervos, como en Juego de Tronos, y la tradición llegó a Catalunya. La historia es incierta, y depende del manual la contarán de una u otra forma, pero algo que tenemos todos claro es que en la revolución francesa se cortaron cabezas, alas y manos, y la poesía quedó como en suspenso, a resguardo de buenos cajones. En el siglo XIX se retomó el movimiento en ambos territorios y de ahí, sí que bebían mis Juegos Florares, un certamen literario a pequeña escala y con distintas categorías. Nunca fui buena en poesía, se me daban bien los caligramas y los cuentos, contar historias, así, a mi manera.

Y después de este paréntesis histórico, vuelvo a mediados de los noventa. Estaba en la clase de Núria, en el ala vieja, cerca de la cristalera y los baños, el mejor sitio donde poner los tiestos de las plantas que habíamos germinado. En ese entorno tan afable, y a la vez tan hostil, nació la historia de Shanadi, así se llamaba el protagonista de mi historia, algo así como un Aladdín de la vida, que a ratos bebía de Robin Hood. Escribí con letra ligada una página por las dos caras. El dibujo que puse al final, también lo copiaron en la revista del colegio, fotocopiada y grapada, con portada de color.

En éxito fue tal, que creí haber superado García Márquez, a quien, por aquel entonces, todavía no había leído. Todo quedó ahí, en el olvido, en el cajón de la máquina de coser de mi madre, me pregunto hoy como llegó ahí.

La fantasía fue perdiendo fuelle en mis historias, me consideré siempre una buena relatora de una realidad disfrazada, la mía.

Años después, sin dejar nunca de escribir gilipolleces. Porque sí, yo era de esas que estrenaba libretas a modo de diario personal cada semana, y no porque las rellenara de letras o pensamientos, sino porque o las perdía de vista en mi disciplinado desorden o porque no me parecían lo suficientemente válidas para contener mis pesados pensamientos.

Paro. Hago otro inciso. El otro día leía que alguien, algún escritor de pro, había escrito las principales características que tiene que tener un buen texto, y si mal no recuerdo, decía algo así como “nunca empezar frases con Y…”, “no abusar de adjetivos y adverbios”,… fantochadas, yo escribo como me da la gana.

Sigo. Ya en tercero de la ESO, lo que vendría siendo en antiguo primero de BUP, tuve un profesor de lengua y literatura algo peculiar. Bueno, no era “algo peculiar”, era MUY peculiar. Tenía todos los tics habidos y por haber, la clase de diptongos era como un bocadillo onomatopéico de Tintín. Encendíamos incienso en clase fingiendo un incendio y colaba, dibujábamos globos en la pizarra y al borrarlos dábamos el carpetazo. Creo que suspendí más de la mitad de los exámenes de verbos por olvidar poner el nombre en el examen. Pero ese señor, con todo lo que tenía, era un apasionado de la lectura. Nos comentó que había unos premios literarios en los que él estaba de jurado junto a otros tantos profesores y personalidades del mundillo, y nos animó a todos a escribir algo con cara y ojos.

Me costó mucho. No sabía por donde empezar, la verdad. Había perdido la inocencia, tenía miedo al blanco. Y no recuerdo si la lámpara de Tiffany de tortuga apareció antes o después, pero así se llamaba la historia: Tiffany. Era una entrañable historia entre Ernest y su abuelo, un chico discapacitado y un mayor desatendido. Qué curiosa que es la vida, defendía ahí la importancia de los mayores, y desde la distancia, creo que no miré bien a los míos.

Volviendo al concurso, en clase ganamos tres, el triunvirato de mejores amigas. También ganó un chico de la otra clase, alguien que también acabaría siendo importante. Pero realmente, todavía no habías ganado nada, nos acababan de dar el peso de la responsabilidad de defender nuestro instituto ante otros que ni conocíamos. La espera desesperaba.

Hasta que un día llegó la notificación, estábamos los cuatro invitados a un hotel en Barcelona, con nuestras familias. Ostras, que nos teníamos que vestir bien, creo que por entonces eso fue lo más dramático. Fuimos y vencimos. Contado así queda como muy heroico, pero ese día tuvimos que pelar langostinos con cubiertos y descifrar para qué servían tantas copas y cubiertos.

Tuvimos foto de familia, los cuatro con el libro, con una portado que considero horrenda, color azul instituto. Os hacéis una idea, ¿verdad?

Pues lo que os decía, fui publicada dos veces, tuve un Fotolog en el que escribía cada dos o tres días,  donde las letras de canciones y los poemas de Pizarnik eran lo más, sobre todo por ser palabras bonitas de otros. Seguí estrenando cuadernos, y lo sigo haciendo, como si fueran pensamientos inconexos, desordenados. Empecé un blog que dejé por hastío y que retomé con ilusión, y hoy, después de haber visto una luna grande, viva, como si sobresaliera de la negrura, me acordé de todas esas letras perdidas, de todos esos textos encajonados.