14 de enero de 2016

Una de cal, una de arena y otra de QUESO.

De todos es sabido que el queso es un buen vicio, y entre otros, es uno de los míos.

Trabajaba por aquel entonces en la universidad, y día tras día me llamaba la atención aquella nueva fachada de madera. Ningún cartel anunciaba qué podía haber en su interior. Cambiaba de camino, de rutina, pero la curiosidad me impedía dejar de pasar por delante de vez en cuando.

Y de repente, no recuerdo muy bien cuando, se desveló el misterio: Poncelet Cheese Bar.

¿Una quesería? Como buena ratona tenía que adentrarme en lo que parecía ser la Tierra Prometida.

Hubo una primera vez, y una segunda, y unas tantas que he perdido la cuenta.

Al fondo se esconde la joya de la corona, y es que como si fuera una lujosa vitrina de Tiffany’s, los quesos reposan en una cava acristalada a la vista de todo aquél..., ¿podría decirse quesántropo?

La elección jamás es fácil: nacionales, internacionales, suaves, dulces, fuertes, picantes, olorosos, secos, cremosos, afrutados, a la sal, con anís, lavados, especiados, jóvenes, viejos, con ceniza, con cerveza, reposados, rotos o cortados.

Todos ellos tratados con un mimo inexplicable. Hecha la elección te sirven los quesos, colocados en una pizarra como si de una obra de arte se tratara y, con ella, una breve guía de qué vas a probar. Y supongo que es el souvenir, más allá del recuerdo, poder coleccionar todas y cada una de las decisiones que has tenido que tomar.

Y de todas ellas he aprendido varias cosas.

Revlochon Fermier. Francés, de Savoia, con doble fermentación.  Leche cruda, corteza lavada. De intensidad pronunciada. Tiene una textura cremosa, fina y especial, nada comparable al cremoso que uno puede tener en mente pensando en un brie o un camembert. Efectivamente el sabor es intenso, y se acentúa con la corteza, dándole un toque ácido nada molesto. Un clásico de todas las navidades, y es que creo que en mi casa somos lo peor, en lo que a queso se refiere.

Stinking Bishop. Inglés, de Dymock, Gloucestershire. Muy oloroso, lavado con pera Perry. Leche pasteurizada, corteza lavada. De intensidad fuerte. ¿Cómo no va a ser fuerte si se llama “obispo apestoso”? Realmente huele a culo. Haciendo una cata de cervezas y quesos, los señores del CheeseBar me dijeron que no hay que decir estas palabrotas, que queda mucho más fino decir que huele a Establo Limpio. Pues si hay que decirlo, lo digo. Pero insisto, es capaz de hacer que los limones de la nevera sepan a queso. También cremoso, más normal. Su olor se traduce a la boca en picor, que colapsa hasta la nariz. Una vez saboreado reduce de intensidad y se notan los matices dulces de la pera, cosa que se agradece. Uno de mis más favoritos.

Comte. Francés. Leche cruda y corteza natural. Dicen que se necesitan 500 litros de leche para elaborar cada pieza. De intensidad fuerte. Como en todo, depende de la edad, cambia sustancialmente el sabor. Siendo joven es más lechoso, con un toque picantón, salado, y con mucha textura en boca que, dicho de otra manera, si te pones mucho en la boca cuesta de masticar. Lo mismo pasa con el viejo, más curado y con un sabor que me recuerda a los orejones secos (de cuando los comía, claro). Considero muy recomendable tomarlo con una botella de Venta Las Vacas, más allá de lo que digan las encuestas.

Verdaderamente todas las experiencias han sido ilustradoras. Podría pasarme muchas más horas hablando de quesos, la mayoría de ellos están en la lista de gustar. Pero lo más importante que aprendí es a no tener prisa, a saber distinguir los sabores, recordarlos y asociarlos a algún momento especial.

También ahí, me dieron un gran consejo, y es que más allá de las guías y equilibrios, un buen maridaje depende de los gustos y placeres de cada uno. Lección aprendida.