30 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 17.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. B:2

Me estoy haciendo demasiado lechuza últimamente. Trasnochar es un verbo que debería empezar a borrar de la lista del ahora. Y lo escribo despierta, en pijama, tratando de esperar, como todos los domingos, mi dosis seriéfila. Siempre tan incongruente.

Tomé café a la hora de comer y comí a la hora de merendar. Pasta fresca con tomate, champiñones y Pecorino.

Domingo de música. Domingo de pensar sin pensar. Domingo de hacer mías las palabras ajenas.

Las noches de insomnio,
Las tardes de hastío,
No estoy para bromas.
Y no tengo prisa,
Estoy tan vacío.
Solo necesito aire
Para respirar.
Las noches de insomnio – Niños Mutantes[1]

Preparando cafeteras para que tomes conmigo
Otro almuerzo distinguido disfrutando del domingo
Te has perdido cien domingos.
La Cafetera – The New Raemon[2]




Got the music in you, baby,
tell me why.
Got the music in you, baby,
tell me why.
You've been locked in here forever
and you just can't say goodbye.
Apocalypse – Cigarettes After Sex[3]




Que quan siguis lluny, una cançó et torni a casa.
Que quan s'enamorin de tuno pretenguin tenir-te, només acompanyar-te.
Que la vida no sigui només un llit amable, un passeig dolç.
Que les coses que esperes no siguin com esperes quan les visquis.
Que tinguis l'alegria dels dies clars.
Que als matins et despertin sense precipicis.
Que estimis molt algú sense que el necessitis
i no deixis que les ferides s'endureixin
al cor, que no reposin al pou de l'ànima.
Tanca els ulls – Txarango[4]




Así pasé el domingo, sumida en un largo etcétera de motivos escogidos adrede en una lista de supervivencia.

La música es la aritmética de los sonidos, como la óptica es la geometría de la luz. Claude Debussy

29 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 16.

Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 42

Cada vez me resulta más difícil poner en orden los días y los hechos aunque siga leyéndome. Tercer sábado.

Zumo, no de naranja y café. El lunes trataré de hacer buen acopio de naranjas, fresas, arándanos; sí, los acabé. Siguen vivos tres plátanos de segunda generación y dos limones. Las berenjenas tuve que cocinarlas y los dos tomates para la secretoñesa siguen vivos, todo un triunfo de la poca naturalidad.

Vivas también siguen mis ganas de convertir el salón en un gimnasio. Si un médico te recomienda Body Combat, vas y cumples: dos tercios de clase y un último tercio de Body Balance. ¡Maravilla de Les Mills! Me premié con un copa de vino, una ducha y una comida rápida.

Estuve hablando con un muy buen amigo con menos ventaja en esto del confinamiento. También escribe aun sin ser leído. Como esas notas analógicas furtivas que nunca verán la luz. De hecho, recuperé el placer por escribir en público poco después de conocerle, en otoño de 2015, casi en invierno. Buscaba una buena tortilla de patatas en Madrid y desde aquellos entonces encontré algunas más. Juana la Loca ostenta el top, seguida del Sylkar, La Ardosa y hasta la de El Pez Tortilla. Con él descubrí las mejores bravas, que sigo teniendo muy cerca de casa y las pasé por alto. Descubrí rincones en España que desconocía, y por cosas del destino, tuve el placer de tomarme una copa en el balcón de Carlos V tiempo después.

Oí algunos aplausos vecinos al tiempo que descubría los beneficios y usos de la hidroxicloriquina. Creo que después de todo, va a relegar a esternocleidomastoideo en el ahorcado.

Ya tarde, esperando una hora menos de vida, me puse a hacer una lista de cosas que querré hacer mucho cuando pase todo esto, y no pude no pensar en el bonito libro de Möuk.




En mi historia, abrazar a madre ocupa la primera página. Hay verbos tan dispares como comer, besar, morder, nochear, andar, vivir y beber, asir, mirar, marear, jugar, procrastinar.

Sólo estaré con mis amigos. Contigo, conmigo, nunca me alejaré de ti. Neuman

Sin más, he sido testigo de como el tiempo nos robaba o nos regalaba una hora. Bona nit. 



28 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 15.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 333

Acabar el día viendo El Hoyo puede parecer una broma pesada. Sin duda necesito comentarla, como buena distopía alberga un montón de segundas y terceras lecturas, como los buenos libros, como el Quijote.  

Puedo reconocer que pasé más del 56% del día en posición horizontal. Comí un plátano nada más levantarme, después de llevar una hora tratando de despegarme las sábanas. Comí otro de tantos puñados inciertos de arándanos y preparé un café, doble.

Volví al teléfono, sin noticias. Sólo una buena voz y un poco de esperanza. Como excepción me permití el lujo de escribir la publicación de ayer un día más tarde. Ayer, después de todo, conseguí quedarme dormida pronto y esbozando media sonrisa. Bien.

Tuve dudas acerca de comer, no tenía mucho hambre y sí ganas de evadirme. En fase de digestión lectora no me apetecía leer o puede que sólo tolerara subtítulos. No conseguí jamás engancharme a las novelas de Stephen King, creo que por pereza. Pero El Visitante (The Outsider) consiguió llamar mi atención desde el final del primer episodio. No, no porque pueda tener influencias de Shyamalan, pero sí porque detrás de ella está Richard Pierce, autor The Night Of o The Deuce, grandes series en la lista de favoritas. Sí, también por Bill Camp, David Burton en The Leftovers. No la acabé aun, pero ¿qué pensaríais si una persona pareciera estar en dos sitios al mismo tiempo?

Comí tarde, desganada.

Tuve momento siesta, que se acabó materializado en algunas horas más de sueño. Desperté, esta vez, mucho más rápido y sin sábanas, sin tentáculos.

Seguí viendo algo empezado que como ya me habían anunciado perdía. Sigo debatiéndome. ¡Qué novedad!

Me preguntaba cómo habría pasado el día; justo cenaba. ¡Qué francés! Era muy pronto. Me sorprendió gratamente cuán ha cambiado la cocina hospitalaria desde mi último paso por ahí, años, muchos años atrás.

Qué raro sigue siendo todo. Una ensalada de incertidumbre sin aceitunas.

Viernes. Casi sin ser consciente de ello han pasado dos semanas de ese primer viernes frenético de compras imprescindibles. Sigo teniendo papel higiénico y las cápsulas de café cada vez se acercan más al final del tarro. Compré más, tranquilos. FOMO.

De haber sido verano hubiera comprado helado de cheesecake, otro guilty pleasure. Pero me decidí por algo mucho más a mano, un mug cake de chocolate, receta ya consolidada en la cocina de microondas. Fui muy osada en el tamaño, y efectivamente se quedó a medio comer. Demasiado dulce. Demasiado culpable.

Deseé las buenas noches en la distancia, que dormís bé.

Volvió la Gemma noctámbula de siempre. Acabé otro episodio y como si fuera la llamada de la selva, recordé tenía pendiente el Hoyo. Y caí. Por si no hubiera comido bastante mal, preparé unas palomitas con las que casi me atraganto, tampoco las acabé. De haber visto la película en el cine creo que hubiera muerto en la butaca. Muerte por sobresalto.

Pausa.

Y con el último cigarro del día me sorprendí mirando a la nada, como ausente. Pensando en acercarme a la orilla de ese rincón tan mío. Sentir los pequeños guijarros colarse entre los dedos, inspirar a sal, con ese color tan peculiar, tan de casa, tan quieta, impasible, la mar. Que todo se lo lleva.


27 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 14 y medio.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 14.1

Por primera vez, el ayer lo escribo hoy.

Me levanté pronto y sin haber dormido demasiado. Bebí otro zumo de piña, echando de menos la naranja. Comí dos galletas Príncipe, que es como si fueran cuatro y café, mucho.

Si hubiera tenido un pasillo largo lo hubiera andado y desandado unas cuantas veces, pero me quedé haciendo círculos ansiosos en el salón, y de allí a la cocina, y al patio, y de nuevo al salón. Y hasta en el plato con el tenedor. 

Volví a las series que tanto me ayudan a viajar, lejos. Y pese a que la concentración no estaba siendo muy buena, los mecanismos de defensa, a veces, son terriblemente sabios: esta vez fue fácil.

Entendí perfectamente como se sentían las chicas del cable, y no precisamente las famosas. Llamada, mensaje, llamada, llamada en espera, otro mensaje, llamada. Me resigné al sentado.

Está en buenas manos, está bien. Quise creer y quiero seguir haciéndolo. No, Gemma, no creas, sé fiel a tus convicciones y estate convencida. De ella, además de algún pelo mal puesto y las manos mullidas, también heredé, entre otras muchas cosas, el estoicismo.

Low mood again. 

Busqué desesperadamente la salida, que me abocó a un sinfín de llamadas de gente bonita. Viendo a un primo segundo de un pájaro carpintero; llamando a un teléfono fijo: 111B; mezclando sanidad, experimentos científicos y dudas existenciales; unos tíos seriéfilos y estupendos; un padre especialmente preocupado; unos amigos terribles, capaces de celebrarlo todo a distancia; un mediterráneo que se acuesta muy tarde.

Seguramente nunca sepa como darles las gracias por estas pequeñas cosas. 

Y mientras escribo, recibo esto:



Me lo manda ella, fuerte y valiente. Deseosa de abrazos.

T’abraçaré molt i molt, mamut.




Los abrazos de Carmen 113 me los mandó Clara por primera vez, cuando me hacían falta. Después me los hice míos. Tuve el placer de conocerlos y cantarles aquí, en Madrid, sentirme cerca de casa. Y ahora, con una sensación parecida, los mando yo. 



Abrazos que curan. 





26 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 13.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 13. 

El trece es impar, natural y primo. Nunca me asustó para la supersitición. Creo bastante en karma, en su significado más puro: acción. Acción - reacción. 




El futuro ha llegado sin avisar. No es verdad que las cosas vayan tan mal. 
Todo va a cambiar. 

Las cuatro paredes multiplican las distancias por millones, nublan la vista y distorsionan la objetividad. 

Fin de la cita. 




25 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 12.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 24:2

Madrugar para desayunar. Si es con amigos, sin duda, mi respuesta es sí. El café hasta parecía saber mejor. Como siempre nos acabamos liando un montón, pero para bien. Conocí su casa, por fin. ¡Bienvenida al lobby de los treintametristas!


A la hora del vermut opté por algo mucho mejor: salir a la compra. Me preparé para salir al apocalipsis, guantes en el bolso, pañuelo, la cara medio tapada, pelo recogido: un cuadro. Y una paranoia, porque hay gente que sigue trabajando y no creo que madruguen más para acicalarse así, pero The Walking Dead y las noticias han hecho mucho daño.

Aproveché para tirar la basura, porque no, tampoco es una excusa para salir. Según abrí la puerta de casa… ¡Sol! Reculé a por las gafas. Al pisar la calle sentí reactivarse la adrenalina. Me puse música.


Me crucé con mi vecina de arriba, que venía también de la compra. Eso dijo, pero vamos, que no llevaba ninguna bolsa y teniendo en cuenta su hiperactividad creo que había, simplemente, cambiado de horario su vuelta mañanera. Mal.

El plan era sencillo: estanco, Mercadona y casa.

No sabía si andar rápido o lento. “Esto es una excepción, corre”, pensaba. Pero el otro yo me decía “aprovecha el momento que no se sabe cuándo volverás a salir”, y así todo el rato. Hasta que vi venir un hombre de frente, la misma acera. Piensa rápido, piensa. Crucé la calle sin mirar como cuando tenía pánico a los perros. No tuve tiempo de evaluar los daños.

Absorta en mi música, dejándome acariciar por el viento, solo me faltaba una callejuela más para que fuera todo recto. En el sprint final y en la casi felicidad de haber llegado al primer objetivo, paré en seco. Era un señor redondo con la chaqueta de un chándal feo y gafas de sol al más puro estilo Castefa. Hacía espavientos con el móvil en alto, como quien busca cobertura en el monte. Crucé. Para con él, la recomendación de dos metros quedaba escasa.

Llegué por fin al estanco, siguen sin tener Golden Virginia a-ma-ri-llo. “Verde, si quieres”. No, ya tengo uno verde y estoy esperando el momento de no abrirlo. Me quedé con un primo segundo, Amber Leaf. La experiencia del American Spirit fue bonita, pero fumar tabaco seco en Madrid es como masticar paja en medio del desierto.

Todavía no había usado los guantes, ni me hizo falta. En el mostrador, un paquete de guantes de frutería para coger tus cosas y pagar. Pensé en el procedimiento: guante en mano derecha, coger las cosas, sacar la tarjeta, pagar. Mal. No, así no. Manos limpias, coger tarjeta, sujetarla con los dedos de la mano contraria haciendo malabarismos. Poner guante ancho, coger mis pertenecías, guardarlas en bolsa de la compra, acercar tarjeta al contactless y… mierda, no puedo guardar la tarjeta. Izquierda, siempre izquierda. Me quito guante sin dejar de sujetar la tarjeta. Manos limpias otra vez, y ahora sí, al bolso. ¡Wow! Entendí perfectamente que el perro de Pavlov acabara cansándose.

Tardé más en comprar tabaco que en preparar un huevo frito.

De camino a la segunda parada, otra divergencia en el sistema: ¿qué hacer cuando por detrás viene un ciego con bastón y no tienes posibilidad de alejarte? Bueno, la distancia de seguridad ya la mantiene él. A la mierda.

Me sorprendió gratamente que no hubiera cola en el Mercadona, fuente de tanto revuelo los primeros días de apocalipsis. Saludé al guardia de seguridad. ¡Clinc! Tercer humano contactado.

Antes de bajar las escaleras mecánicas, que abajo había cola, me puse este maravilloso vídeo.



Imaginé… No, jamás podría hacer algo así.

Con mis guantes puestos volví a mi particular hilo musical. Me dieron otros guantes de frutería y un papel para desinfectar la cesta. Jamás habrán estado tan limpias.


Y ahora sí que empezaba el verdadero juego. Un Pac-man en vivo, como los juegos de Rol. ¿Quieres coger estos cereales? No. Hay dos fantasmas, corre, pasa por el siguiente pasillo, tres briks de leche sin lactosa, bien, se acerca el reponedor, otro fantasma, mierda, vuelve para atrás, sigue a por los cereales. Conseguidos. Y así con todas y cada una de las cosas que iba metiendo en el cesto. Me sorprendió gratamente que tuvieran bien de cerveza y papel de culo.

El drama personal llegó en la frutería. Plátanos. Check. Fresas. Check. Calabacín. Check. Pero ¿y naranjas? ¡En el Mercadona no quedaban naranjas! Imposible, increíble, descorazonador. Solo puedo tomar tres días más de zumo natural recién exprimido fuente de vitaminas y de vida. Muy mal.

Luego al salir sufrí un poco. Cascos puestos e interactuar con gente con mascarilla es de lo más jodido, sobre todo porque es imposible leer los labios. Y no sé si me mandaron a la mierda después de darles los buenos días y las gracias.

De camino a casa, ni una alma.

Había quedado con MiguelOnTheRoad, podcaster y mejor persona, para ponernos al día de Westworld. Un puente aéreo que quedó corto y que probablemente ya repitamos en las ondas.

Me preparé el podcast a conciencia. Estos días estamos haciendo los vídeos en abierto, en directo y para todos para contribuir a una mejor cuarentena. Es interesante conocer gente nueva. Se nos fue de las manos, desgarro neuronal. Libre albedrio, creencias, realidad. Magia.

Tocó cenar tarde, algo muy madrileño y a lo que, muy a mi pesar, me acabé acostumbrando.

Un día trepidante, de emociones fuertes. Martes.

24 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 11.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 6+5

Después de todo, no me desperté tan tarde. Seguí el protocolo matutino hasta llegar a la cafetera y empezó a preocuparme la escasez de recursos. Tengo cierta aversión al café soluble.

En tazón grande mientras disfrutaba de los chicos de Homas. 


Decidí no perder más tiempo. Entré en mi expediente universitario y pensé en como ejecutar el plan. En primer lugar, supongo, aprobar Política de la Educación, dos veces suspendida, y acabar con la agonía. Por más que sea un mero trámite, hay cosas que me cuesta escribir. Y más me vale correr antes no saquen una nueva ley. El temario, más allá de la LOMCE, no ha cambiado. Una lástima que los plazos de matricula cerraran el 10 de marzo. Nchst. Tendré que empezar a partir de la base que el saber no ocupa lugar.

Acercándose la hora de comer, conté los días que hacía que no comía legumbres, y perdí la cuenta después del diecisiete. Así que comí judías con pato. Así, ligerito. Para no caer en el letargo de la siesta me obligué a otro café y entré en Reddit, como voy a hacer a partir de ahora todos los lunes y en las siguientes seis semanas. He leído cosas muy locas. Y también me planteé cuál sería el recurso que usaría yo para testear la realidad de alguien. Sin duda, no optaría por preguntar la raíz cuadrada de menos uno. Jamás entendí los número complejos y sobrescribí esa parte. Puede que sí, que el saber tenga volumen.

Después de que me explotara definitivamente la cabeza, volví a la ropa ajustada y a las clases virtuales. Eso sí que es placer. 15 minutos de cardio y la clase de Body Balance que guardé en favoritos, por buena y por el buen gusto musical.


Volví a acabar el termo; las ventanas abiertas, la relajación, la lluvia, el granizo…

Sin vestirme de persona normal me tumbé en el sofá a seguir con la lectura. Auguro un par de tardes más antes de cambiar al siguiente, aunque siempre necesité un par de días para la digestión.

Traté de ver cuántas veces he escuchado la lista de reproducción de la cuarentena, pero Spotify se lo guarda muy mucho para luego no parar de recomendarme música similar. Un bucle con el que cené. Y de postre, un Skype de series.

Creo que volver a pensar en la semana con cierto aire de rutina ayudó, es pronto y tengo sueño.





23 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 10.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 10/n

Ayer cené más tarde de lo previsto, los pocos arándanos de durante el día empezaban a pasar factura. Entré de lleno en el libro de Cole, y rápidamente entendí por qué había ganado un premio Hemingway, su protagonista es un absoluto flanneur. Y seguramente por esto me acosté tarde, por sus paseos que sentí míos y sus referencias constantes a Mahler.

Opté por la compañía de Ludovico Einaudi, aunque de vez en cuando me quedara absorta en sus pasajes, que tanto me recuerdan a Bartok y al impresionismo de Satie. ¡De cuando toqué a Satie! De cuando me quedé a medias entre el Claire de Lune de Debussy y los estudios de Chopin. De cuando el blanco y el negro no eran dos simples colores.

Culminé la lectura con un último sorbo de orujo de chocolate. Y dormí.


Así conseguí levantarme de la cama.

Volví a los experimentos: zumo de naranja, fresas, medio plátano y Actimel de piña y coco. Venga.

Preparé el café como si fuera lava del Monte del Destino, para que estuviera listo después de media hora... Accidentes.

Contacté con el mundo exterior: Ella está mejor y yo, creo, también. Actualicé las redes y pensé lo que no comería. Después del contundente desayuno, esperé a merendar. Sí mama, proteïnes.

Me puse a leer con otro café, a pasear, a descubrir rincones de Nueva York que desconocía. A recordar aquel febrero a menos veinte grados caminando por Fulton St. O el reencuentro con Marina, cinco años después en una gran terraza con vistas al East River.

Pasó el tiempo corriendo, volando. Preparé unas tostadas con aceite, queso y un poco de fuet

A las siete tenía una cita con los seguidores acérrimos de la familia Constante. Un especial para Patreons, esa gente que desinteresadamente apoya nuestro proyecto. Polonia, Madrid, Zaragoza, Florida, Pontevedra, Barcelona, La Rioja. Desvirtualizar a los oyentes es maravilloso y compartir con ellos una copa, o dos, mucho más. Nombres o sobrenombres a los que habré puesto voz millones de veces, así, tan cerca.

Entremedias me ausenté. Hable con ella, una de las luchadoras de primera línea. De las que deben salvar una guerra con pistolas de agua, de las que no viven de aplausos porque la realidad es mucho más jodida, nos guste o no.

Se me durmió la pierna unas tres veces mientras seguía, todavía en la primera conversación. No sé muy bien cómo, acabé cantando fuerte la canción de Cayetano. Espero que mis vecinos se apiaden de mí.  

Hoy leía en Twitter: A vosaltres també us passa que bebeu més que abans? Estic a puntet de qualificar per dirigent de la URSS. [¿A vosotros también os pasa que bebéis más que antes? Estoy a puntito de cualificar para dirigente de la URSS]. Pues será que voy para asesora.

Comí medio plátano, el que sobró del desayuno, un puñado, siempre incierto, de arándanos y una tostada. Hubiera pedido pizza, sinceramente. 

Y ahora está lloviendo e intento acompasar cada palabra con el tintineo del agua, tratar de volver a hacer música pero parece que perdí la práctica. 

Intentaré llegar despierta a lo que se ha convertido en mi tercer vicio durante la cuarentena: Westworld. Ya lo comentaba la semana pasada, la serie ha llegado en el mejor peor-momento. Probablemente después me cueste dormir y acabé rebuscando información en Reddit y me acueste muy tarde y mañana me sienta culpable. Pero llegados a este punto, pendientes de la ampliación del confinamiento, me-la-pe-la. Es así.

Después de diez días, y si tuviera que hacer un resumen, lo que mejor me define es la gráfica de la función del DÍA 6. Es cierto que uno nunca puede controlar las variables externas y que los mínimos pueden hacerse más mínimos, pero siempre podemos confiar en los puntos de inflexión. Y puede que esté en uno de ellos, a medio camino.


22 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 9.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. Like cats, nine lives.

Despertarse tarde. El calendario dice que es sábado. Inspirar fuerte y quitarse el nórdico de encima.



Llamar a casa y tratar de tomarme las cosas un poco menos mal.

Silencio. He dormido más de 11 horas.

Change your Mind[1] también es un temazo. Dejo que me acompañe hasta la cocina. Café.

No soy muy de retos, pero busco en el sobre de los tesoros dos fotos de cuando era pequeña.

Una, en la piscina de la terraza de casa, con padre. Recuerdo que me acercaba hasta la jardinera a coger pequeñas fresas. La adicción empezó muy pronto, aunque las hormigas trataran de impedirlo. Las odio.

Dos, con madre, en casa de los abuelos con la mona. Me fascina la moda de principios de los noventa. Volvieron los pantalones altos, pero espero que jamás vuelvan esos cuellos horribles, siento picores sólo con mirarlos.

A medio café decidí levantarme e ir a seleccionar las próximas lecturas. Puede que algunos piensen que cuatro sean demasiados, pero nunca hay un “demasiados” para los libros. Ciudad Abierta de Teju Cole. La relectura de El retrato de Dorian Grey de Oscar Wilde. Operación Caballo de Troya de John A. Keel, que me recuerda al pendiente Caballo de Troya de JJ Benítez. Y El curioso incidente del perro a medianoche de Mark Haddon, otra relectura. A Christopher, su protagonista, le encantan las listas y los cálculos de cosas, a priori, absurdas. Como a mí.

Les he dado un sitio privilegiado en el mueble del salón, para no tener excusas de demora. Y ya estoy pensando en cuáles serán los cuatro siguientes. Luego me levanté y dejé pasar la hora de la siesta vecinal para pasar el aspirador.

Brrrrrr. ¿Sería correcta como onomatopeya aspiradorística?

¿Y os acordáis de las dos lavadoras tendidas? Muy mal. Esta situación excepcional me ha hecho olvidar que existe una previsión meteorológica que generalmente se cumple. Lluvia. Ropa mojada, Gemma enojada. Esperando la primera segunda vez de la lavadora empecé, por fin a leer.

Recibí una llamada de socorro de las que no se piden. Estoy aburrida de empezar y acabar tanto en tan poco tiempo; jamás pensé que pronunciaría tal cosa.

Poco antes de ducharme decidí hacer recuento de papel higiénico, muy importante: 2 rollos y medio en 9 días. Vamos bien.

Me tocó resignarme al tendido interior, como si tuviera una casa grande. 

Después de los aplausos sanitarios empecé a ver The Day of the Doctor, el puto mejor episodio-película que se haya hecho jamás. Me sentí orgullosa de llevar la Tardis siempre conmigo. What was the promise? Never cruel or cowardly. Never give up, never give in.

Traté de seguir leyendo, pero Doctor Who tiene ese mágico don, nunca deja indiferente. Es una relación que se cuece a fuego lento, como en el Quijote. Muchas veces no hay más mensaje que la fantasía, gozar del momento y vivir las aventuras como propias. Como ahora, este momento excepcional en el que todos tratamos de enfrentarnos al monstruo a nuestra manera. Mis mayores miedos: el tiempo y la incertidumbre; no la soledad que a menudo anda cotizada.

Pero para ello te tengo a ti, querido lector en el anonimato, te agradezco que estés al otro lado, dando sentido a estas palabras que, de estar escritas a mano, estarían escritas con mala letra. Sólo espero que nos volvamos a ver.








[1] The Killers, siempre.

21 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 8.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. Kahdeksan.

Me quedé dormida en el sofá y desperté en él. Esto viene en la carga genética por parte de padre, seguro. Olvidé cerrar la persiana, pero donde vivo no tengo la suerte de que ningún rayo de sol cegador me grite los buenos días.

Tomé el primer café de obligado cumplimiento y pasé por la ducha. Desmond, Gemma, piensa en Desmond.

Ante la tristeza lumínica, sucumbí al enriquecimiento de las eléctricas para seguir haciendo cosas. Recibí una llamada de lo más inesperada, pero de lo más feliz: Laura. Nos conocimos en Barcelona cuando trataba de poner sentido a lo que decían mis manos. Tengo lagunas de qué fue lo que más nos unió, ¿el café? ¿Quizás los pitis de liar? ¿Tratar de ordenar nuestras vidas? Siendo unas profesionales de las pellas, nos brindamos el compromiso de ir juntas a clase todos los días, no sin antes pasar media mañana en la Fourmi, nuestro bar. Bailén con Tordera; seguir hasta encontrar Mallorca, y girar en Villarroel. De subida, Milá i Fontanals, frente al nepalí.  Qué grande la JJ[1]. Acabé mis últimos meses en Barcelona viviendo con ellos, con Laura y Tiano, y con Lucas, el único gato peludo al que conseguí no tener alergia.

Después del update procedí con otro café con media cabeza en casa. Hoy sí volví a las ciudades: Detroit. De cómo la industria fordiana la llevó a lo más alto y acabó siendo una ciudad casi fantasma. Cierto, la tecnología tuvo bastante que ver, pero también la segregación. De nuevo los malditos blancos parecieron no entender de su propio sueño americano. Se aislaron en ghettos a las afueras, dejando el centro abandonado a su suerte, y con un gobierno tecnócrata que declaraba la quiebra de la ciudad en 2013.


A diferencia de Luther King mi sueño estos días, y hoy especialmente, es totalmente egoísta, aunque no menos global: estar en casa y poder preocuparme en primera persona de los que nunca me dejaron caer.

Mamut, no és la cama, ni et dius Maria, però pensar en aquella nit de Rodoreda et fará riure. 

Traté de pensarlo un poco menos. Calenté agua para unos noodles que no me acabé. Me llegó a pasar por la cabeza tomar otro café, respaldado por el cálculo de 3,26 al día, pero luego pensé en lo largas que se pueden hacer las noches.


Y me dejé sugestionar por la música, como todos estos días. Ja surt el sol. Y no sale, saldrá.

Pasé de nuevo por la ducha, para cambiar de decorado, aunque fuera.

Es curioso cómo cambia el punto de pista encuadrados en escasas pulgadas, pero las sonrisas, y hasta las miradas con lag siguen siendo reconfortantes. Dejar de pensar, aunque sea por un rato, en los días que llevamos y la incertidumbre de los que quedan.  

Malcené y hubiera seguido bebiendo cerveza. Mitja merda i dormir, como dice madre.

Seguramente mañana sea un día mejor.




[1] Una Scoopy marcada por la gracia de Janis Joplin.

20 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 7.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. VII

Me costó dormir, y tomé el día de hoy como un domingo: sin despertador.

Hubo varios intentos de empezar el día, pero llegué a la hora de comer con poca ropa y entre sábanas, aún.

Obvié el café y después de unos cuantos arándanos de aperitivo, me puse con la comida. De postre, un desayuno de café y galleta.

Me cuesta concentrarme hasta en las cosas más sencillas. Ayer olvidé tender la segunda lavadora, que hoy tuvo el privilegio de ser la primera, relavada y tendida.

Pese a ir bien de horas de sueño tuve un amago de siesta que combatí buscando alguna comedia fácil y curiosa, la encontré. High Maintenance. Un dealer neoyorquino a domicilio, con todo lo que ello conlleva. ¡Qué Glovo! Después de un par de episodios me volví a cansar. Creo que trataré de saldar mis deudas con a Rick and Morty.

Me refugié de nuevo en la música.


Estuve en ese concierto y recuerdo los lagrimones que me cayeron al ver a Oriol, a Natxo y a Juanjo en el escenario, valientes, solos, como Crosby, Stills and Nash. Qué canción tan mágica, que dice tanto sin decir nada, una simple locura jugando con las palabras y su sonoridad. No puedo evitarlo. 

Después de este respiro, cuerpo y mente se alinearon y acabé en medio del salón haciendo posturas de lo más curiosas con nombres impronunciables. Al acabar necesitaba una ducha de borrón y cuenta nueva.

Y corriendo a preparar la cena, que hoy lo hacía acompañada. Secreto a la plancha y patatas pochadas con berenjena al vino blanco. Bien de especias y sal gorda para rematar. Puede que sí que este retiro venga bien para recuperar la cocina por placer. 

Como siempre, fiel al postre; una onza de chocolate del muy negro y un Puerto de Indias con arándanos.



Y así fue el séptimo día, sin resurrección entre medias. Esperando el silencio de la negrura para escribir, escribirme, escribirte, escribirnos.




19 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 6.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. f(x)=x4-24x2+4x+104

Creo que borré gran parte de mi conocimiento matemático del pasado, pero no tengo ninguna duda de que hoy fui una función polinómica de grado 4.

Me costó dormir, seguramente fuera culpa de demasiado azúcar, demasiada cafeína y demasiado limón.

Pero no quería perder el día, qué paradoja. Me sentí especialmente concienciada de ser Desmond. Le pedí a Alexa las noticias, subí las persianas y busqué las gafas. Puse a calentar la cafetera y volví a por dos naranjas. Decidí hacer un nuevo experimento, smoothie de naranja, fresas y arándanos: un zumo de cosas.

El café en tazón y una galleta. Una lavadora. Abrir ventanas y 15 minutos de yoga mañanero.  Sí, en pijama. Otro día hablaré de los inconvenientes de hacer ejercicio sin la ropa adecuada.



Me senté en la mesa, como si tuviera mucho trabajo que hacer. Simplemente revisé el correo, abrí las redes sociales, releí la publicación de ayer para no vivir en el día de la marmota y hablé por teléfono. Entré en la ducha corriendo y me preparé para el siguiente contacto exterior: ellas. Nos pusimos rápido al día, si nos lo proponemos, sabemos. Aunque supo a demasiado poco, a la siguiente, cervezas.

Hoy sí me acordé de comer, y de tender.

Me puse pronto a preparar el siguiente podcast, rever el episodio y tomar notas. Últimamente me dan la vida.

Segunda lavadora.

No había tiempo para siesta, tenía un objetivo claro: muffins, o derivados, o lo que surgiera. Poder hacer dulces en el microondas más allá del bollo-taza.

Lo tenía todo a punto: leche, azúcar, harina, huevos, canela, esencia de vainilla, chocolate, levadura… ¡Qué tema, la levadura! Estando en plena mezcla de secos caí en la cuenta de que existen varias levaduras en función de cuál sea el fin… Gemma, piensa. Mitad con levadura fresca pero seca, y mitad con Royal (el de toda la vida). Bizcochitos y magdalenas. Genial, nada podía fallar. Mezclar bien, homogeneizar. Música. Empapelar moldes. Todo listo. Algunos decían 90 segundos a 700W, revisar y repetir a demanda, otros que 3 minutos a media potencia. Lo bueno de que fueran piezas individuales es que pude hacer la prueba de una en una mientras el señor de Iberdrola acariciaba un gato. Y así fue, y fue mal. Al máximo de potencia, un minuto y medio es insuficiente, pero al pasar de dos, carboniza por dentro: la magia de las microondas. Con un poco más de acierto, los brioches quedaron bien, recién hechos estaban esponjosos y sabrosos, pero el reposo les sentó regular y tendieron a la petrificación.

Contadas todas mis miserias culinarias, de las cuales no se conserva ninguna prueba física ni gráfica, podría estar hablando largo y tendido de la autoexigencia, de la búsqueda de la perfección. Pero me quedaré con la parte divertida del proceso y no únicamente con el resultado.

Y con toda la cacharrería aun por lavar, casi grabo el primer podcast en mandil.

Fue entre caminantes cuando llegué al mínimo de la función. Suspensión por fuerza mayor.  

Tuve que levantarme. Era la crónica de una muerte anunciada con toda la agonía que conlleva la incertidumbre entre cuatro paredes. Sin ser una gran sorpresa, me pudieron la rabia y el desconcierto.

Como desconcertada me dejó el descubrimiento de un nuevo concepto-palabra: jujaneo. Wikipedia no tiene respuesta. Mal. La RAE sorprendentemente, tampoco (y mira que aceptaron cruasán y güisqui). Pero Forocoches, ¡sí! Gracias. Jin555 dice: “Meter fichas básicamente, a un tio que habla con muchas tias se le llama jujas”. Entonces, deduzco que el verbo será jujanear. Y si a esta ecuación le añadimos la música… Creo que sigo sin saber a qué se refieren. En fin.

Y para que la función acabara extendida hacia arriba del plano cartesiano me tocaba hacer una última cosa, volver a sentarme en la silla, ponerme los auriculares y hablar de ficciones que tienen lugar en espacios pequeños o donde los protagonistas no tienen libertad para salir. Sin prepararlo mucho, sería realmente fácil. Y cuando tienes una cita quincenal con siete constantes, como lo fue Penny, nada puede acabar mal.


Valió la pena. 




18 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 5.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 2.39 segundos de arco


Un día más en la vida.

El despertador sonó relativamente pronto, pero decidí que ni era el momento ni el día. Preferí dormir hasta tarde, ¿pasar menos tiempo despierta?

Desayuné. Zumo, café y tres galletas. Llamé a madre, hoy estaba en casa y a ella la mañana le cundió.

Decidí ir más tarde al supermercado, aproveché para husmear un poco en política. Otra vez, otro mal.

Volví a desayunar, otro café y tres galletas. Estuve leyendo sobre las polis romanas. Interesante y melancólico, ¡quién pudiera volver a Empúries!

Sin embargo, encontré el "clic" necesario para empezar el día: un maravilloso vídeo de una comunidad de vecinos gozando de dance noventero. ¡Qué recuerdos! Since 1992 there's a club which is making history. 7 years later in 1999 it's still kicking... Pont Aeri. Madre mía, y pensar que aprobé la secundaria estudiando de noche con Flaix FM. 

Y no puedo no acordarme de ese primer día de trabajo en el instituto, Edgar me alegró la vida: Maestro en el Teatro Real. Avicii, Moby, Rmb (The wind, the birds, the love, the air, the breeze, the June, the Spring with me), Daft Punk, Faithless, Sweddish House of Mafia, y no podían faltar ni Kate Ryan ni Flying Free, qué felicidad poder saltar entre las butacas de la idiosincrasia. 




Una vez digerido el subidón, empecé a buscar información para grabar el podcast. Parce Domine. Muy interesante la posibilidad de teorizar hasta el infinito en esta serie que dio un vuelco genialísimo hacia el futuro muy futuro.

Se me hizo tarde sin querer, otra vez. Tocaba por fin ducharse e ir a la compra. Llamadme paranoica, pero me enfundé unos guantes de látex y usé la chaqueta más larga e impermeable que tenía. Por precauciones que no sea. Me pareció interesante cómo los pocos que estábamos intentábamos esquivarnos para no coincidir en los pasillos. Como estaba previsto, entre muchas otras cosas: harina y levadura. Mañana, muffins.

¿Qué diferencia hay con los cupcakes? Gracias Alexa por la no-respuesta. Lo muffins son los más parecidos a un bollo, llevan poco azúcar. Luego están la magdalenas, que no llevan mantequilla sino aceite vegetal.  Y los cupcakes, como decía un buen conocido, magdalenas gordas con cosas encima, y a seis euros.

Mientras tecleo caigo en la cuenta de que olvidé cenar. Pero supongo que celebrar San Patricio delante de un micro, computó como ingesta.

¡Adoro las llamadas que respiran a vino! Supongo porque los días en casa se van haciendo más largos y voy echando más de menos las cosas que pensaba menos importantes.

Y sí, parece que conseguí evadirme de un día largo. 

17 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 4.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 3:01

Queda un minuto para la media noche. Hoy voy tarde. Y mira que odio ser impuntual… pero creo que me da igual.

Hablando hoy con mi madre, me comentaba que había leído por ahí que los tres primeros días eran divertidos, del cuarto al séptimo un poco más amargos y a partir del octavo, mucho peor. Lo siento mama, discrepo, el infierno ya está aquí y es esto.


Ayer me quedé despierta para ver el estreno de la tercera temporada de Westworld, la serie de la que os hablé el sábado (todavía puedo saber en qué día vivo). Le tenía unas ganas terribles, y no sé si porque eran las tres de la madrugada o… meh. Me fui a dormir más tarde de lo previsto, de hecho, pensé en qué pasaría si no dormía, pero me acabó pareciendo una mala idea. Bien, Gemma, de cordura todavía andas bien.

Dormí menos de ocho horas, malditos madrugones. Y lo primero que hice al levantarme fue imaginar que caminaba dos millas terrestres hasta la cafetera. Luego escribí a alguien con tos.

Zumo de naranja sí. Desde que sé que los supermercados están abiertos, como que lo vivo todo de otra manera. Tres galletas y tres fresas; los arándanos ya los doy por implícitos en la dieta. Y para dejarlo claro, en el caso de que existan dudas subyacentes, todo mi afán por comer arándanos viene motivado por una reciente infección de orina y por el miedo a tener otro cólico estando las urgencias como están, así que… a tope.

Me empapé bien de noticias, ninguna esperanzadora. Ducha y disfraz de persona.

Entré en el maravilloso, y viejo conocido, mundo de los moocs. Encontré uno muy interesante de la evolución de las ciudades, enfocado a la transformación que han sufrido hasta llegar a las smart cities que conocemos hoy. Siempre me ha parecido interesante esta vinculación. ¿Si conocemos mejor nuestras ciudades podemos vivir mejor en ellas? Creo que es necesario un paso previo, conocernos, primero como personas y luego como ciudadanos. Después conocer la tecnología que nos rodea y saber usarla en pro de un proyecto común. Me parece interesante tratar de entender el entorno para llegar a otro concepto importante: la ciudadanía responsable, que tiene que ir precedida de una política acorde. De ello podría opinar mucho, pero creo que no es lugar para la demagogia. Os podré contar más en los próximos días, que van siendo cada vez más.

Sin darme cuenta, entré en un buble cibernético que gracias a la llamada de padres se interrumpió: hora de comer. Otra vez el drama diario, cuándo y el qué. Pero el cuerpo es sabio, si no consumo, ¿por qué repostar? Malcomí. Pero las influencias culinarias de ayer seguían estando en mi cabeza… necesitaba un plan.

Lo urdí con madre. Asé una berenjena en el microondas, mientras. Empezamos a pensar qué hacer con el secreto que tengo en la nevera. Plancha siempre, pero ¿y probar de hacer una “secretoñesa” con berenjena, por ejemplo? Mañana me tocará ir al súper. Oh, espera. ¡Gemma, saldrás de casa!

Rebuscando en los armarios, algo que no había tenido tiempo de hacer hasta ahora, también encontré los moldes de silicona de hacer cupcakes. Así que mañana la lista de la compra tendrá también harina y levadura. Y tengo pendiente una receta sin horno de una buena amiga repostera. Una pena no poderlo compartir. Si son repetibles, y salimos de esta, los probaréis.

Pasé el resto de la tarde sin más. Tenía agujetas y dejé pasar la clase de las seis.

Quería que llegara el momento de poner cara a los que importan, los incondicionales, los de siempre. Figueres, Amsterdam, Lisboa, Barcelona y Madrid. Como es habitual se nos fue de las manos, bebimos más de lo esperado, como cuando hacíamos los “ven a beber solo”, pero esta vez acompañados. Y como siempre, fuimos capaces de sacar rédito a los malos momentos: el jueves tenemos competición de cenas.

Con la cabeza algo nublada cené una tostada de pan de verdad con berenjena asada, gratinada con crema de trufa. Tengo que volver a activar el ingenio culinario, ya no hay vuelta atrás.

Me puse al día con los de casa; hablé de series; retomé conversaciones a medias; aposté rollos de papel higiénico.

Y tuve tiempo a pensarme un poco.







16 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 3.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 
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I can't believe the news today
Oh, I can't close my eyes
And make it go away
How long?
How long must we sing this song?

How long, how long?



Amanecí así: bah.

Y mira que ayer me acosté bien tarde viendo lo último de TWD y podría decir que hasta me medio gustó. Pero no lo voy a pregonar muy en alto, que sigo siendo la presidenta del “Equipo H”[1].

Me hice buena amiga de la lista que preparé para la cuarentena. No, no me molesta escuchar canciones que me gustan en bucle.

Hoy sí hubo zumo: dos naranjas; un plátano y más arándanos. Y un poco de guilty pleasure: chocolate.

Tuve un atisbo de ganas de cocinar, risotto de berenjena y parmesano, pero quedó en un delirio de grandeza. El puré de verduras al microondas tampoco estaba tan mal. Aunque de postre, no pude no sucumbir a otro café que, siguiendo el cálculo, entra dentro de la previsión.

No lavé los platos, mañana tampoco creo que me arrepienta. Busqué canciones de domingo, de las de relamerse las heridas un poco por encima, mientras me pasaba Twitter. Llegué a un hilo esperanzador y tuve que darle al pause.


Un marino compartía sus tips de superación ante una situación de aislamiento no voluntario. Tener horarios. Mal. Mantener una dieta equilibrada. Mal. Tratar de contactar con todo el mundo, para sentirse menos solo. Esto sí. A ratos dudo de si poner en mi perfil “falta de conversación”. Alexa de hecho, creo que está harta de mis preguntas tontas. Sigo. Tratar de hacer ejercicio, aunque el espacio sea reducido. Mal. O un montón de cosas más que, en resumidas cuentas, llevo mal. También habló de no tirarse al alcohol, que en muchos barcos impera la ley seca. Esto, también mal.

Así que, viendo que llevo sólo tres días y que todavía no hay luz al final del túnel, me hice una ducha rápida y me enfundé en las mallas del gimnasio. Tenía que restar algunas cosas de este “mal”. 

Youtube, ¡qué gran fuente de sabiduría! Encontré muchas clases de Body Balance, lo que considero “deporte de domingo” y después de descartar unos diez vídeos, encontré el perfecto: Lee McGiffen Body Balance 73.

Al acabar me sentí bien realizada, mi barra del humor había crecido del 47 al 72. Bien. En el durante estuve un poco jodida, pero nada que no se supere en los próximos catorce inciertos días.

Fin, muy bien. ¿Y ahora? Descubrí la tecnología punta a padres y compartimos unas risas, además de ver en pantalla compartida la maravillosa canción “Oda al paper de vàter[2]”. Muy acertada.




Sí, lo sé, está en catalán, pero me tomaré la molestia de traduciros algunas de las frases que me parecen memorables:

El teu destí fatal, màrtir de la societat,
que quan t'ha utilitzat estira de la cadena
i tu te'n vas al darrere, de cap a la claveguera.
Però en acte de rebel·lia embusses la "cañería"
i ho deixes tot fet un nyap.

[Tu destino fatal, mártir de la sociedad, que cuando te han usado tiran de la cadena y tu te vas detrás, de cabeza a la cloaca. Pero en acto de rebeldía atascas la cañería y lo dejas todo hecho una mierda].

Que el nostre clam arribi fins el cel,
que de tots els amics tu ets el més fidel,
gloriós paper de vàter immortal.

[Que nuestro clamor llegue hasta el celo, que de todos mis amigos eres el más fiel, glorioso papel de váter inmortal].

Acepto el comentario de que los catalanes somos muy escatológicos, quizás sí, pero en la intimidad de los nuestros, sólo.

Volví después a la ducha, de las largas, de las agua hirviendo, de las que pasan todos los males.

Humor al 85. Y podría haber subido más, de no ser por la pandemia de la desinformación y de las absurdeces.

Un quinto. El de la victoria.

Humor al 89.

Y sí, tú, que estás leyendo esto, probablemente haber compartido esta cerveza contigo me hubiera hecho aún más feliz.



[1] Haters, vamos…
[2] Oda al papel higiénico, por si no había quedado claro.