Me estoy haciendo demasiado lechuza últimamente.
Trasnochar es un verbo que debería empezar a borrar de la lista del ahora. Y lo
escribo despierta, en pijama, tratando de esperar, como todos los domingos, mi
dosis seriéfila. Siempre tan incongruente.
Tomé café a la hora de comer y comí a la hora
de merendar. Pasta fresca con tomate, champiñones y Pecorino.
Domingo de música. Domingo de pensar sin pensar.
Domingo de hacer mías las palabras ajenas.
Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 42
Cada vez me resulta más difícil poner en orden los días y los hechos aunque siga leyéndome. Tercer sábado.
Zumo, no de naranja y café. El lunes trataré de hacer buen acopio de naranjas, fresas, arándanos; sí, los acabé. Siguen vivos tres plátanos de segunda generación y dos limones. Las berenjenas tuve que cocinarlas y los dos tomates para la secretoñesa siguen vivos, todo un triunfo de la poca naturalidad.
Vivas también siguen mis ganas de convertir el salón en un gimnasio. Si un médico te recomienda Body Combat, vas y cumples: dos tercios de clase y un último tercio de Body Balance. ¡Maravilla de Les Mills! Me premié con un copa de vino, una ducha y una comida rápida.
Estuve hablando con un muy buen amigo con menos ventaja en esto del confinamiento. También escribe aun sin ser leído. Como esas notas analógicas furtivas que nunca verán la luz. De hecho, recuperé el placer por escribir en público poco después de conocerle, en otoño de 2015, casi en invierno. Buscaba una buena tortilla de patatas en Madrid y desde aquellos entonces encontré algunas más. Juana la Loca ostenta el top, seguida del Sylkar, La Ardosa y hasta la de El Pez Tortilla. Con él descubrí las mejores bravas, que sigo teniendo muy cerca de casa y las pasé por alto. Descubrí rincones en España que desconocía, y por cosas del destino, tuve el placer de tomarme una copa en el balcón de Carlos V tiempo después.
Oí algunos aplausos vecinos al tiempo que descubría los beneficios y usos de la hidroxicloriquina. Creo que después de todo, va a relegar a esternocleidomastoideo en el ahorcado.
Ya tarde, esperando una hora menos de vida, me puse a hacer una lista de cosas que querré hacer mucho cuando pase todo esto, y no pude no pensar en el bonito libro de Möuk.
En mi historia, abrazar a madre ocupa la primera página. Hay verbos tan dispares como comer, besar, morder, nochear, andar, vivir y beber, asir, mirar, marear, jugar, procrastinar. Sólo estaré con mis amigos. Contigo, conmigo, nunca me alejaré de ti. Neuman.
Sin más, he sido testigo de como el tiempo nos robaba o nos regalaba una hora. Bona nit.
Acabar el día viendo El Hoyo puede parecer una
broma pesada. Sin duda necesito comentarla, como buena distopía alberga un
montón de segundas y terceras lecturas, como los buenos libros, como el
Quijote.
Puedo reconocer que pasé más del 56% del día en
posición horizontal. Comí un plátano nada más levantarme, después de llevar una
hora tratando de despegarme las sábanas. Comí otro de tantos puñados inciertos
de arándanos y preparé un café, doble.
Volví al teléfono, sin noticias. Sólo una
buena voz y un poco de esperanza. Como excepción me permití el lujo de escribir
la publicación de ayer un día más tarde. Ayer, después de todo, conseguí quedarme
dormida pronto y esbozando media sonrisa. Bien.
Tuve dudas acerca de comer, no tenía mucho hambre
y sí ganas de evadirme. En fase de digestión lectora no me apetecía leer o
puede que sólo tolerara subtítulos. No conseguí jamás engancharme a las novelas
de Stephen King, creo que por pereza. Pero El Visitante (The Outsider) consiguió
llamar mi atención desde el final del primer episodio. No, no porque pueda
tener influencias de Shyamalan, pero sí porque detrás de ella está Richard
Pierce, autor The Night Of o The Deuce, grandes series en la
lista de favoritas. Sí, también por Bill Camp, David Burton en The Leftovers.
No la acabé aun, pero ¿qué pensaríais si una persona pareciera estar en dos
sitios al mismo tiempo?
Comí tarde, desganada.
Tuve momento siesta, que se acabó materializado
en algunas horas más de sueño. Desperté, esta vez, mucho más rápido y sin
sábanas, sin tentáculos.
Seguí viendo algo empezado que como ya me
habían anunciado perdía. Sigo debatiéndome. ¡Qué novedad!
Me preguntaba cómo habría pasado el día; justo
cenaba. ¡Qué francés! Era muy pronto. Me sorprendió gratamente cuán ha cambiado
la cocina hospitalaria desde mi último paso por ahí, años, muchos años atrás.
Qué raro sigue siendo todo. Una ensalada de
incertidumbre sin aceitunas.
Viernes. Casi sin ser consciente de ello han
pasado dos semanas de ese primer viernes frenético de compras imprescindibles.
Sigo teniendo papel higiénico y las cápsulas de café cada vez se acercan más al
final del tarro. Compré más, tranquilos. FOMO.
De haber sido verano hubiera comprado helado
de cheesecake, otro guilty pleasure. Pero me decidí por algo
mucho más a mano, un mug cake de chocolate, receta ya consolidada en la
cocina de microondas. Fui muy osada en el tamaño, y efectivamente se quedó a medio
comer. Demasiado dulce. Demasiado culpable.
Deseé las buenas noches en la distancia, que
dormís bé.
Volvió la Gemma noctámbula de siempre. Acabé
otro episodio y como si fuera la llamada de la selva, recordé tenía pendiente
el Hoyo. Y caí. Por si no hubiera comido bastante mal, preparé unas palomitas con
las que casi me atraganto, tampoco las acabé. De haber visto la película en el
cine creo que hubiera muerto en la butaca. Muerte por sobresalto.
Pausa.
Y con el último cigarro del día me sorprendí
mirando a la nada, como ausente. Pensando en acercarme a la orilla de ese rincón
tan mío. Sentir los pequeños guijarros colarse entre los dedos, inspirar a sal,
con ese color tan peculiar, tan de casa, tan quieta, impasible, la mar. Que todo
se lo lleva.
Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 14.1
Por primera vez, el ayer lo escribo hoy.
Me levanté pronto y sin haber dormido
demasiado. Bebí otro zumo de piña, echando de menos la naranja. Comí dos
galletas Príncipe, que es como si fueran cuatro y café, mucho.
Si hubiera tenido un pasillo largo lo hubiera
andado y desandado unas cuantas veces, pero me quedé haciendo círculos ansiosos
en el salón, y de allí a la cocina, y al patio, y de nuevo al salón. Y hasta en el plato con el tenedor.
Volví a las series que tanto me ayudan a viajar, lejos. Y pese a que la concentración no estaba siendo muy buena, los mecanismos de defensa, a veces, son terriblemente sabios: esta vez fue fácil.
Entendí perfectamente como se sentían las chicas
del cable, y no precisamente las famosas. Llamada, mensaje, llamada, llamada en espera, otro mensaje, llamada. Me resigné al
sentado.
Está en buenas manos, está bien. Quise creer y
quiero seguir haciéndolo. No, Gemma, no creas, sé fiel a tus convicciones y estate convencida. De ella, además de algún pelo mal puesto y las manos
mullidas, también heredé, entre otras muchas cosas, el estoicismo.
Low mood again.
Busqué desesperadamente la salida, que me abocó
a un sinfín de llamadas de gente bonita. Viendo a un primo segundo de un pájaro
carpintero; llamando a un teléfono fijo: 111B; mezclando sanidad, experimentos científicos
y dudas existenciales; unos tíos seriéfilos y estupendos; un padre especialmente preocupado; unos amigos terribles, capaces de celebrarlo todo a distancia; un mediterráneo
que se acuesta muy tarde.
Seguramente nunca sepa como darles las gracias
por estas pequeñas cosas.
Y mientras escribo, recibo esto:
Me lo manda ella, fuerte y valiente. Deseosa de abrazos.
T’abraçaré
molt i molt, mamut.
Los abrazos de Carmen 113 me los mandó Clara por primera vez, cuando me hacían falta. Después me los hice míos. Tuve el placer de conocerlos y cantarles aquí, en Madrid, sentirme cerca de casa. Y ahora, con una sensación parecida, los mando yo.
Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 13. El trece es impar, natural y primo. Nunca me asustó para la supersitición. Creo bastante en karma, en su significado más puro: acción. Acción - reacción.
El futuro ha llegado sin avisar. No es verdad que las cosas vayan tan mal. Todo va a cambiar. Las cuatro paredes multiplican las
distancias por millones, nublan la vista y distorsionan la objetividad.
Madrugar para desayunar. Si es con amigos, sin
duda, mi respuesta es sí. El café hasta parecía saber mejor. Como
siempre nos acabamos liando un montón, pero para bien. Conocí su casa, por fin.
¡Bienvenida al lobby de los treintametristas!
A la hora del vermut opté por algo mucho mejor:
salir a la compra. Me preparé para salir al apocalipsis, guantes en el bolso,
pañuelo, la cara medio tapada, pelo recogido: un cuadro. Y una paranoia, porque
hay gente que sigue trabajando y no creo que madruguen más para acicalarse así,
pero The Walking Dead y las noticias han hecho mucho daño.
Aproveché para tirar la basura, porque no,
tampoco es una excusa para salir. Según abrí la puerta de casa… ¡Sol! Reculé a
por las gafas. Al pisar la calle sentí reactivarse la adrenalina. Me puse
música.
Me crucé con mi vecina de arriba, que venía
también de la compra. Eso dijo, pero vamos, que no llevaba ninguna bolsa y teniendo
en cuenta su hiperactividad creo que había, simplemente, cambiado de horario su
vuelta mañanera. Mal.
El plan era sencillo: estanco, Mercadona y casa.
No sabía si andar rápido o lento. “Esto es una
excepción, corre”, pensaba. Pero el otro yo me decía “aprovecha el momento que
no se sabe cuándo volverás a salir”, y así todo el rato. Hasta que vi venir un hombre
de frente, la misma acera. Piensa rápido, piensa. Crucé la calle sin mirar como
cuando tenía pánico a los perros. No tuve tiempo de evaluar los daños.
Absorta en mi música, dejándome acariciar por
el viento, solo me faltaba una callejuela más para que fuera todo recto. En el sprint
final y en la casi felicidad de haber llegado al primer objetivo, paré en seco.
Era un señor redondo con la chaqueta de un chándal feo y gafas de sol al más
puro estilo Castefa. Hacía espavientos con el móvil en alto, como quien busca
cobertura en el monte. Crucé. Para con él, la recomendación de dos metros
quedaba escasa.
Llegué por fin al estanco, siguen sin tener
Golden Virginia a-ma-ri-llo. “Verde, si quieres”. No, ya tengo uno verde y
estoy esperando el momento de no abrirlo. Me quedé con un primo segundo, Amber
Leaf. La experiencia del American Spirit fue bonita, pero fumar tabaco seco en
Madrid es como masticar paja en medio del desierto.
Todavía no había usado los guantes, ni me hizo
falta. En el mostrador, un paquete de guantes de frutería para coger tus cosas
y pagar. Pensé en el procedimiento: guante en mano derecha, coger las cosas,
sacar la tarjeta, pagar. Mal. No, así no. Manos limpias, coger tarjeta,
sujetarla con los dedos de la mano contraria haciendo malabarismos. Poner
guante ancho, coger mis pertenecías, guardarlas en bolsa de la compra, acercar
tarjeta al contactless y… mierda, no puedo guardar la tarjeta. Izquierda,
siempre izquierda. Me quito guante sin dejar de sujetar la tarjeta. Manos
limpias otra vez, y ahora sí, al bolso. ¡Wow! Entendí perfectamente que el
perro de Pavlov acabara cansándose.
Tardé más en comprar tabaco que en preparar un
huevo frito.
De camino a la segunda parada, otra
divergencia en el sistema: ¿qué hacer cuando por detrás viene un ciego con
bastón y no tienes posibilidad de alejarte? Bueno, la distancia de seguridad ya
la mantiene él. A la mierda.
Me sorprendió gratamente que no hubiera cola en
el Mercadona, fuente de tanto revuelo los primeros días de apocalipsis. Saludé al
guardia de seguridad. ¡Clinc! Tercer humano contactado.
Antes de bajar las escaleras mecánicas, que
abajo había cola, me puse este maravilloso vídeo.
Imaginé… No, jamás podría hacer algo así.
Con mis guantes puestos volví a mi particular
hilo musical. Me dieron otros guantes de frutería y un papel para desinfectar
la cesta. Jamás habrán estado tan limpias.
Y ahora sí que empezaba el verdadero juego. Un
Pac-man en vivo, como los juegos de Rol. ¿Quieres coger estos cereales? No. Hay
dos fantasmas, corre, pasa por el siguiente pasillo, tres briks de leche
sin lactosa, bien, se acerca el reponedor, otro fantasma, mierda, vuelve para
atrás, sigue a por los cereales. Conseguidos. Y así con todas y cada una de las
cosas que iba metiendo en el cesto. Me sorprendió gratamente que tuvieran bien de
cerveza y papel de culo.
El drama personal llegó en la frutería. Plátanos.
Check. Fresas. Check. Calabacín. Check. Pero ¿y naranjas? ¡En el Mercadona no
quedaban naranjas! Imposible, increíble, descorazonador. Solo puedo tomar tres
días más de zumo natural recién exprimido fuente de vitaminas y de vida. Muy mal.
Luego al salir sufrí un poco. Cascos puestos e
interactuar con gente con mascarilla es de lo más jodido, sobre todo porque es
imposible leer los labios. Y no sé si me mandaron a la mierda después de darles
los buenos días y las gracias.
De camino a casa, ni una alma.
Había quedado con MiguelOnTheRoad, podcaster y
mejor persona, para ponernos al día de Westworld. Un puente aéreo que quedó
corto y que probablemente ya repitamos en las ondas.
Me preparé el podcast a conciencia. Estos días
estamos haciendo los vídeos en abierto, en directo y para todos para contribuir
a una mejor cuarentena. Es interesante conocer gente nueva. Se nos fue de las
manos, desgarro neuronal. Libre albedrio, creencias, realidad. Magia.
Tocó cenar tarde, algo muy madrileño y a lo
que, muy a mi pesar, me acabé acostumbrando.
Después de todo, no me desperté tan tarde. Seguí
el protocolo matutino hasta llegar a la cafetera y empezó a preocuparme la
escasez de recursos. Tengo cierta aversión al café soluble.
En tazón grande mientras disfrutaba de los chicos de Homas.
Decidí no perder más tiempo. Entré en mi
expediente universitario y pensé en como ejecutar el plan. En primer lugar,
supongo, aprobar Política de la Educación, dos veces suspendida, y acabar con la agonía. Por
más que sea un mero trámite, hay cosas que me cuesta escribir. Y más me vale
correr antes no saquen una nueva ley. El temario, más allá de la LOMCE, no ha
cambiado. Una lástima que los plazos de matricula cerraran el 10 de marzo. Nchst.
Tendré que empezar a partir de la base que el saber no ocupa lugar.
Acercándose la hora de comer, conté los días
que hacía que no comía legumbres, y perdí la cuenta después del diecisiete. Así
que comí judías con pato. Así, ligerito. Para no caer en el letargo de la
siesta me obligué a otro café y entré en Reddit, como voy a hacer a partir de
ahora todos los lunes y en las siguientes seis semanas. He leído cosas muy
locas. Y también me planteé cuál sería el recurso que usaría yo para testear la
realidad de alguien. Sin duda, no optaría por preguntar la raíz cuadrada de
menos uno. Jamás entendí los número complejos y sobrescribí esa parte. Puede
que sí, que el saber tenga volumen.
Después de que me explotara definitivamente la
cabeza, volví a la ropa ajustada y a las clases virtuales. Eso sí que es placer.
15 minutos de cardio y la clase de Body Balance que guardé en favoritos, por
buena y por el buen gusto musical.
Volví a acabar el termo; las ventanas
abiertas, la relajación, la lluvia, el granizo…
Sin vestirme de persona normal me tumbé en el
sofá a seguir con la lectura. Auguro un par de tardes más antes de cambiar al
siguiente, aunque siempre necesité un par de días para la digestión.
Traté de ver cuántas veces he escuchado la lista
de reproducción de la cuarentena, pero Spotify se lo guarda muy mucho para luego
no parar de recomendarme música similar. Un bucle con el que cené. Y de postre,
un Skype de series.
Creo que volver a pensar en la semana con
cierto aire de rutina ayudó, es pronto y tengo sueño.
Diario del apocalipsis según Santa Paciencia.
10/n
Ayer cené más tarde de lo previsto, los pocos
arándanos de durante el día empezaban a pasar factura. Entré de lleno en el
libro de Cole, y rápidamente entendí por qué había ganado un premio Hemingway,
su protagonista es un absoluto flanneur. Y seguramente por esto me acosté
tarde, por sus paseos que sentí míos y sus referencias constantes a Mahler.
Opté por la compañía de Ludovico Einaudi, aunque
de vez en cuando me quedara absorta en sus pasajes, que tanto me recuerdan a
Bartok y al impresionismo de Satie. ¡De cuando toqué a Satie! De cuando me
quedé a medias entre el Claire de Lune de Debussy y los estudios de Chopin.
De cuando el blanco y el negro no eran dos simples colores.
Culminé la lectura con un último sorbo de
orujo de chocolate. Y dormí.
Así conseguí levantarme de la cama.
Volví a los experimentos: zumo de naranja, fresas,
medio plátano y Actimel de piña y coco. Venga.
Preparé el café como si fuera lava del Monte
del Destino, para que estuviera listo después de media hora... Accidentes.
Contacté con el mundo exterior: Ella está
mejor y yo, creo, también. Actualicé las redes y pensé lo que no comería. Después
del contundente desayuno, esperé a merendar. Sí mama, proteïnes.
Me puse a leer con otro café, a pasear, a descubrir
rincones de Nueva York que desconocía. A recordar aquel febrero a menos veinte
grados caminando por Fulton St. O el reencuentro con Marina, cinco años después
en una gran terraza con vistas al East River.
Pasó el tiempo corriendo, volando. Preparé unas tostadas con aceite, queso y un poco de fuet.
A las siete tenía una cita con los seguidores
acérrimos de la familia Constante. Un especial para Patreons, esa gente que
desinteresadamente apoya nuestro proyecto. Polonia, Madrid, Zaragoza, Florida, Pontevedra,
Barcelona, La Rioja. Desvirtualizar a los oyentes es maravilloso y compartir
con ellos una copa, o dos, mucho más. Nombres o sobrenombres a los que habré
puesto voz millones de veces, así, tan cerca.
Entremedias me ausenté. Hable con ella, una de
las luchadoras de primera línea. De las que deben salvar una guerra con pistolas
de agua, de las que no viven de aplausos porque la realidad es mucho más jodida,
nos guste o no.
Se me durmió la pierna unas tres veces mientras
seguía, todavía en la primera conversación. No sé muy bien cómo, acabé cantando
fuerte la canción de Cayetano. Espero que mis vecinos se apiaden de mí.
Hoy leía en Twitter: A vosaltres també us passa
que bebeu més que abans? Estic a puntet de qualificar per dirigent de la URSS.
[¿A vosotros también os pasa que bebéis más que antes? Estoy a puntito de
cualificar para dirigente de la URSS]. Pues será que voy para asesora.
Comí medio plátano, el que sobró del desayuno, un puñado, siempre incierto, de arándanos y una tostada. Hubiera pedido pizza, sinceramente.
Y ahora está lloviendo e intento acompasar cada
palabra con el tintineo del agua, tratar de volver a hacer música pero parece que perdí la práctica.
Intentaré llegar despierta a lo que se ha
convertido en mi tercer vicio durante la cuarentena: Westworld. Ya lo comentaba
la semana pasada, la serie ha llegado en el mejor peor-momento. Probablemente
después me cueste dormir y acabé rebuscando información en Reddit y me acueste
muy tarde y mañana me sienta culpable. Pero llegados a este punto, pendientes
de la ampliación del confinamiento, me-la-pe-la. Es así.
Después de diez días, y si tuviera que hacer
un resumen, lo que mejor me define es la gráfica de la función del DÍA 6. Es
cierto que uno nunca puede controlar las variables externas y que los mínimos
pueden hacerse más mínimos, pero siempre podemos confiar en los puntos de inflexión.
Y puede que esté en uno de ellos, a medio camino.
Diario del apocalipsis según Santa Paciencia.Like cats, nine lives.
Despertarse tarde. El calendario dice que es
sábado. Inspirar fuerte y quitarse el nórdico de encima.
Llamar a casa y tratar de tomarme las cosas un
poco menos mal.
Silencio. He dormido más de 11 horas.
Change your Mind[1]también es un temazo. Dejo que me acompañe hasta la cocina. Café.
No soy muy de retos, pero busco en el sobre de
los tesoros dos fotos de cuando era pequeña.
Una, en la piscina de la terraza de casa, con
padre. Recuerdo que me acercaba hasta la jardinera a coger pequeñas fresas. La
adicción empezó muy pronto, aunque las hormigas trataran de impedirlo. Las odio.
Dos, con madre, en casa de los abuelos con la mona.
Me fascina la moda de principios de los noventa. Volvieron los pantalones
altos, pero espero que jamás vuelvan esos cuellos horribles, siento picores sólo
con mirarlos.
A medio café decidí levantarme e ir a seleccionar
las próximas lecturas. Puede que algunos piensen que cuatro sean demasiados,
pero nunca hay un “demasiados” para los libros. Ciudad Abierta de Teju
Cole. La relectura de El retrato de Dorian Grey de Oscar Wilde. Operación
Caballo de Troya de John A. Keel, que me recuerda al pendiente Caballo
de Troya de JJ Benítez. Y El curioso incidente del perro a medianoche de Mark Haddon, otra relectura. A Christopher, su protagonista, le encantan las
listas y los cálculos de cosas, a priori, absurdas. Como a mí.
Les he dado un sitio privilegiado en el mueble
del salón, para no tener excusas de demora. Y ya estoy pensando en cuáles serán
los cuatro siguientes. Luego me levanté y dejé pasar la hora de la siesta
vecinal para pasar el aspirador.
Brrrrrr. ¿Sería correcta como onomatopeya
aspiradorística?
¿Y os acordáis de las dos lavadoras tendidas? Muy
mal. Esta situación excepcional me ha hecho olvidar que existe una previsión meteorológica
que generalmente se cumple. Lluvia. Ropa mojada, Gemma enojada. Esperando la
primera segunda vez de la lavadora empecé, por fin a leer.
Recibí una llamada de socorro de las que no se
piden. Estoy aburrida de empezar y acabar tanto en tan poco tiempo; jamás pensé
que pronunciaría tal cosa.
Poco antes de ducharme decidí hacer recuento
de papel higiénico, muy importante: 2 rollos y medio en 9 días. Vamos bien.
Me tocó resignarme al tendido interior, como si tuviera una casa grande.
Después de los aplausos sanitarios empecé a
ver The Day of the Doctor, el puto mejor episodio-película que se haya hecho jamás.
Me sentí orgullosa de llevar la Tardis siempre conmigo. What was the promise? Never cruel or cowardly. Never give
up, never give in.
Traté de seguir leyendo, pero Doctor Who tiene
ese mágico don, nunca deja indiferente. Es una relación que se cuece a fuego
lento, como en el Quijote. Muchas veces no hay más mensaje que la fantasía, gozar
del momento y vivir las aventuras como propias. Como ahora, este momento excepcional en el que todos tratamos de enfrentarnos al monstruo a nuestra manera. Mis
mayores miedos: el tiempo y la incertidumbre; no la soledad que a menudo anda
cotizada.
Pero para ello te tengo a ti, querido lector
en el anonimato, te agradezco que estés al otro lado, dando sentido a estas palabras
que, de estar escritas a mano, estarían escritas con mala letra. Sólo espero
que nos volvamos a ver.
Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. Kahdeksan.
Me quedé dormida en el sofá y desperté en él.
Esto viene en la carga genética por parte de padre, seguro. Olvidé cerrar la
persiana, pero donde vivo no tengo la suerte de que ningún rayo de sol cegador
me grite los buenos días.
Tomé el primer café de obligado cumplimiento y
pasé por la ducha. Desmond, Gemma, piensa en Desmond.
Ante la tristeza lumínica, sucumbí al enriquecimiento de las eléctricas para seguir haciendo cosas. Recibí una
llamada de lo más inesperada, pero de lo más feliz: Laura. Nos conocimos en
Barcelona cuando trataba de poner sentido a lo que decían mis manos. Tengo
lagunas de qué fue lo que más nos unió, ¿el café? ¿Quizás los pitis de liar? ¿Tratar
de ordenar nuestras vidas? Siendo unas profesionales de las pellas, nos
brindamos el compromiso de ir juntas a clase todos los días, no sin antes pasar
media mañana en la Fourmi, nuestro bar. Bailén con Tordera; seguir hasta
encontrar Mallorca, y girar en Villarroel. De subida, Milá i Fontanals, frente
al nepalí. Qué grande la JJ[1].
Acabé mis últimos meses en Barcelona viviendo con ellos, con Laura y Tiano, y
con Lucas, el único gato peludo al que conseguí no tener alergia.
Después del update procedí con otro
café con media cabeza en casa. Hoy sí volví a las ciudades: Detroit. De cómo la
industria fordiana la llevó a lo más alto y acabó siendo una ciudad casi fantasma.
Cierto, la tecnología tuvo bastante que ver, pero también la segregación. De
nuevo los malditos blancos parecieron no entender de su propio sueño americano.
Se aislaron en ghettos a las afueras, dejando el centro abandonado a su
suerte, y con un gobierno tecnócrata que declaraba la quiebra de la ciudad en
2013.
A diferencia de Luther King mi sueño estos
días, y hoy especialmente, es totalmente egoísta, aunque no menos global: estar
en casa y poder preocuparme en primera persona de los que nunca me dejaron caer.
Mamut, no és la cama, ni et dius Maria,
però pensar en aquella nit de Rodoreda et fará riure.
Traté de pensarlo un poco menos. Calenté agua
para unos noodles que no me acabé. Me llegó a pasar por la cabeza tomar otro café,
respaldado por el cálculo de 3,26 al día, pero luego pensé en lo largas que se
pueden hacer las noches.
Y me dejé sugestionar por la música, como
todos estos días. Ja surt el sol. Y no sale, saldrá.
Pasé de nuevo por la ducha, para cambiar de decorado,
aunque fuera.
Es curioso cómo cambia el punto de pista encuadrados
en escasas pulgadas, pero las sonrisas, y hasta las miradas con lag siguen
siendo reconfortantes. Dejar de pensar, aunque sea por un rato, en los días que
llevamos y la incertidumbre de los que quedan.
Malcené y hubiera seguido bebiendo cerveza. Mitja
merda i dormir, como dice madre.
Seguramente mañana sea un día mejor.
[1] Una Scoopy marcada por la gracia de Janis Joplin.
Me costó dormir, y tomé el día de hoy como un domingo:
sin despertador.
Hubo varios intentos de empezar el día, pero
llegué a la hora de comer con poca ropa y entre sábanas, aún.
Obvié el café y después de unos cuantos
arándanos de aperitivo, me puse con la comida. De postre, un desayuno de café y
galleta.
Me cuesta concentrarme hasta en las cosas más
sencillas. Ayer olvidé tender la segunda lavadora, que hoy tuvo el privilegio
de ser la primera, relavada y tendida.
Pese a ir bien de horas de sueño tuve un amago
de siesta que combatí buscando alguna comedia fácil y curiosa, la encontré. High
Maintenance. Un dealer neoyorquino a domicilio, con todo lo que ello
conlleva. ¡Qué Glovo! Después de un par de episodios me volví a cansar. Creo
que trataré de saldar mis deudas con a Rick and Morty.
Me refugié de nuevo en la música.
Estuve en ese concierto y recuerdo los
lagrimones que me cayeron al ver a Oriol, a Natxo y a Juanjo en el escenario,
valientes, solos, como Crosby, Stills and Nash. Qué canción tan mágica, que
dice tanto sin decir nada, una simple locura jugando con las palabras y su sonoridad. No puedo evitarlo.
Después de este respiro, cuerpo y mente se
alinearon y acabé en medio del salón haciendo posturas de lo más curiosas con
nombres impronunciables. Al acabar necesitaba una ducha de borrón y cuenta nueva.
Y corriendo a preparar la cena, que hoy lo
hacía acompañada. Secreto a la plancha y patatas pochadas con berenjena al vino
blanco. Bien de especias y sal gorda para rematar. Puede que sí que este retiro
venga bien para recuperar la cocina por placer.
Como siempre, fiel al postre; una onza de chocolate
del muy negro y un Puerto de Indias con arándanos.
Y así fue el séptimo día, sin resurrección entre
medias. Esperando el silencio de la negrura para escribir, escribirme, escribirte,
escribirnos.
Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. f(x)=x4-24x2+4x+104
Creo que borré gran parte de mi conocimiento matemático
del pasado, pero no tengo ninguna duda de que hoy fui una función polinómica de
grado 4.
Me costó dormir, seguramente fuera culpa de
demasiado azúcar, demasiada cafeína y demasiado limón.
Pero no quería perder el día, qué paradoja. Me
sentí especialmente concienciada de ser Desmond. Le pedí a Alexa las noticias,
subí las persianas y busqué las gafas. Puse a calentar la cafetera y volví a
por dos naranjas. Decidí hacer un nuevo experimento, smoothie de naranja,
fresas y arándanos: un zumo de cosas.
El café en tazón y una galleta. Una lavadora. Abrir
ventanas y 15 minutos de yoga mañanero. Sí,
en pijama. Otro día hablaré de los inconvenientes de hacer ejercicio sin la
ropa adecuada.
Me senté en la mesa, como si tuviera mucho
trabajo que hacer. Simplemente revisé el correo, abrí las redes sociales, releí
la publicación de ayer para no vivir en el día de la marmota y hablé por
teléfono. Entré en la ducha corriendo y me preparé para el siguiente contacto
exterior: ellas. Nos pusimos rápido al día, si nos lo proponemos, sabemos.
Aunque supo a demasiado poco, a la siguiente, cervezas.
Hoy sí me acordé de comer, y de tender.
Me puse pronto a preparar el siguiente podcast,
rever el episodio y tomar notas. Últimamente me dan la vida.
Segunda lavadora.
No había tiempo para siesta, tenía un objetivo
claro: muffins, o derivados, o lo que surgiera. Poder hacer dulces en el
microondas más allá del bollo-taza.
Lo tenía todo a punto: leche, azúcar, harina,
huevos, canela, esencia de vainilla, chocolate, levadura… ¡Qué tema, la levadura!
Estando en plena mezcla de secos caí en la cuenta de que existen varias levaduras
en función de cuál sea el fin… Gemma, piensa. Mitad con levadura fresca pero
seca, y mitad con Royal (el de toda la vida). Bizcochitos y magdalenas. Genial,
nada podía fallar. Mezclar bien, homogeneizar. Música. Empapelar moldes. Todo
listo. Algunos decían 90 segundos a 700W, revisar y repetir a demanda, otros
que 3 minutos a media potencia. Lo bueno de que fueran piezas individuales es
que pude hacer la prueba de una en una mientras el señor de Iberdrola acariciaba
un gato. Y así fue, y fue mal. Al máximo de potencia, un minuto y medio es
insuficiente, pero al pasar de dos, carboniza por dentro: la magia de las microondas.
Con un poco más de acierto, los brioches quedaron bien, recién hechos estaban
esponjosos y sabrosos, pero el reposo les sentó regular y tendieron a la petrificación.
Contadas todas mis miserias culinarias, de las
cuales no se conserva ninguna prueba física ni gráfica, podría estar hablando
largo y tendido de la autoexigencia, de la búsqueda de la perfección. Pero me quedaré
con la parte divertida del proceso y no únicamente con el resultado.
Y con toda la cacharrería aun por lavar, casi
grabo el primer podcast en mandil.
Fue entre caminantes cuando llegué al mínimo
de la función. Suspensión por fuerza mayor.
Tuve que levantarme. Era la crónica de una
muerte anunciada con toda la agonía que conlleva la incertidumbre entre cuatro
paredes. Sin ser una gran sorpresa, me pudieron la rabia y el desconcierto.
Como desconcertada me dejó el descubrimiento
de un nuevo concepto-palabra: jujaneo. Wikipedia no tiene respuesta. Mal. La
RAE sorprendentemente, tampoco (y mira que aceptaron cruasán y güisqui). Pero Forocoches,
¡sí! Gracias. Jin555 dice: “Meter fichas básicamente, a un tio que habla con
muchas tias se le llama jujas”. Entonces, deduzco que el verbo será jujanear. Y
si a esta ecuación le añadimos la música… Creo que sigo sin saber a qué se refieren.
En fin.
Y para que la función acabara extendida hacia arriba
del plano cartesiano me tocaba hacer una última cosa, volver a sentarme en la
silla, ponerme los auriculares y hablar de ficciones que tienen lugar en
espacios pequeños o donde los protagonistas no tienen libertad para salir. Sin
prepararlo mucho, sería realmente fácil. Y cuando tienes una cita quincenal con
siete constantes, como lo fue Penny, nada puede acabar mal.
Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 2.39 segundos de arco
Un día más en la vida.
El despertador sonó relativamente pronto, pero
decidí que ni era el momento ni el día. Preferí dormir hasta tarde, ¿pasar
menos tiempo despierta?
Desayuné. Zumo, café y tres galletas. Llamé a
madre, hoy estaba en casa y a ella la mañana le cundió.
Decidí ir más tarde al supermercado, aproveché
para husmear un poco en política. Otra vez, otro mal.
Volví a desayunar, otro café y tres galletas. Estuve
leyendo sobre las polis romanas. Interesante y melancólico, ¡quién pudiera volver
a Empúries!
Sin embargo, encontré el "clic" necesario para empezar el día: un maravilloso vídeo de una comunidad de vecinos gozando de dance noventero. ¡Qué recuerdos! Since 1992 there's a club which is making history. 7 years later in 1999 it's still kicking... Pont Aeri. Madre mía, y pensar que aprobé la secundaria estudiando de noche con Flaix FM.
Y no puedo no acordarme de ese primer día de trabajo en el instituto, Edgar me alegró la vida: Maestro en el Teatro Real. Avicii, Moby, Rmb (The wind, the birds, the love, the air, the breeze, the June, the Spring with me), Daft Punk, Faithless, Sweddish House of Mafia, y no podían faltar ni Kate Ryan ni Flying Free, qué felicidad poder saltar entre las butacas de la idiosincrasia.
Una vez digerido el subidón, empecé a buscar información para grabar el
podcast. Parce Domine. Muy interesante la posibilidad de teorizar hasta el infinito
en esta serie que dio un vuelco genialísimo hacia el futuro muy futuro.
Se me hizo tarde sin querer, otra vez. Tocaba
por fin ducharse e ir a la compra. Llamadme paranoica, pero me enfundé unos
guantes de látex y usé la chaqueta más larga e impermeable que tenía. Por
precauciones que no sea. Me pareció interesante cómo los pocos que estábamos intentábamos
esquivarnos para no coincidir en los pasillos. Como estaba previsto, entre
muchas otras cosas: harina y levadura. Mañana, muffins.
¿Qué diferencia hay con los cupcakes? Gracias
Alexa por la no-respuesta. Lo muffins son los más parecidos a un bollo,
llevan poco azúcar. Luego están la magdalenas, que no llevan mantequilla sino aceite
vegetal. Y los cupcakes, como
decía un buen conocido, magdalenas gordas con cosas encima, y a seis euros.
Mientras tecleo caigo en la cuenta de que
olvidé cenar. Pero supongo que celebrar San Patricio delante de un micro,
computó como ingesta.
¡Adoro las llamadas que respiran a vino! Supongo
porque los días en casa se van haciendo más largos y voy echando más de menos
las cosas que pensaba menos importantes.
Y sí, parece que conseguí evadirme de un día
largo.
Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 3:01
Queda un minuto para la media noche. Hoy voy
tarde. Y mira que odio ser impuntual… pero creo que me da igual.
Hablando hoy con mi madre, me comentaba que
había leído por ahí que los tres primeros días eran divertidos, del cuarto al séptimo
un poco más amargos y a partir del octavo, mucho peor. Lo siento mama, discrepo,
el infierno ya está aquí y es esto.
Ayer me quedé despierta para ver el estreno de
la tercera temporada de Westworld, la serie de la que os hablé el sábado (todavía puedo saber en qué día vivo). Le tenía unas ganas terribles, y no sé si porque eran las tres de la
madrugada o… meh. Me fui a dormir más tarde de lo previsto, de hecho, pensé en
qué pasaría si no dormía, pero me acabó pareciendo una mala idea. Bien, Gemma,
de cordura todavía andas bien.
Dormí menos de ocho horas, malditos madrugones.
Y lo primero que hice al levantarme fue imaginar que caminaba dos millas terrestres
hasta la cafetera. Luego escribí a alguien con tos.
Zumo de naranja sí. Desde que sé que los
supermercados están abiertos, como que lo vivo todo de otra manera. Tres galletas
y tres fresas; los arándanos ya los doy por implícitos en la dieta. Y para dejarlo
claro, en el caso de que existan dudas subyacentes, todo mi afán por comer
arándanos viene motivado por una reciente infección de orina y por el miedo a
tener otro cólico estando las urgencias como están, así que… a tope.
Me empapé bien de noticias, ninguna
esperanzadora. Ducha y disfraz de persona.
Entré en el maravilloso, y viejo conocido,
mundo de los moocs. Encontré uno muy interesante de la evolución de las
ciudades, enfocado a la transformación que han sufrido hasta llegar a las smart cities
que conocemos hoy. Siempre me ha parecido interesante esta vinculación. ¿Si conocemos
mejor nuestras ciudades podemos vivir mejor en ellas? Creo que es necesario un
paso previo, conocernos, primero como personas y luego como ciudadanos. Después
conocer la tecnología que nos rodea y saber usarla en pro de un proyecto común.
Me parece interesante tratar de entender el entorno para llegar a otro concepto importante: la ciudadanía responsable, que tiene que ir precedida de una
política acorde. De ello podría opinar mucho, pero creo que no es lugar para la
demagogia. Os podré contar más en los próximos días, que van siendo cada vez
más.
Sin darme cuenta, entré en un buble
cibernético que gracias a la llamada de padres se interrumpió: hora de comer.
Otra vez el drama diario, cuándo y el qué. Pero el cuerpo es sabio, si no consumo,
¿por qué repostar? Malcomí. Pero las influencias culinarias de ayer seguían
estando en mi cabeza… necesitaba un plan.
Lo urdí con madre. Asé una berenjena en el microondas,
mientras. Empezamos a pensar qué hacer con el secreto que tengo en la nevera.
Plancha siempre, pero ¿y probar de hacer una “secretoñesa” con berenjena, por
ejemplo? Mañana me tocará ir al súper. Oh, espera. ¡Gemma, saldrás de casa!
Rebuscando en los armarios, algo que no había
tenido tiempo de hacer hasta ahora, también encontré los moldes de silicona de hacer
cupcakes. Así que mañana la lista de la compra tendrá también harina y levadura.
Y tengo pendiente una receta sin horno de una buena amiga repostera. Una pena
no poderlo compartir. Si son repetibles, y salimos de esta, los probaréis.
Pasé el resto de la tarde sin más. Tenía agujetas
y dejé pasar la clase de las seis.
Quería que llegara el momento de poner cara a
los que importan, los incondicionales, los de siempre. Figueres, Amsterdam, Lisboa,
Barcelona y Madrid. Como es habitual se nos fue de las manos, bebimos más de lo
esperado, como cuando hacíamos los “ven a beber solo”, pero esta vez acompañados. Y como siempre, fuimos capaces de sacar rédito a los malos momentos: el jueves
tenemos competición de cenas.
Con la cabeza algo nublada cené una tostada de
pan de verdad con berenjena asada, gratinada con crema de trufa. Tengo que
volver a activar el ingenio culinario, ya no hay vuelta atrás.
Me puse al día con los de casa; hablé de series;
retomé conversaciones a medias; aposté rollos de papel higiénico.
I can't believe the news today
Oh, I can't close my eyes
And make it go away
How long?
How long must we sing this song?
How long, how long?
Amanecí así: bah.
Y mira que ayer me acosté bien tarde viendo lo
último de TWD y podría decir que hasta me medio gustó. Pero no lo voy
a pregonar muy en alto, que sigo siendo la presidenta del “Equipo H”[1].
Me hice buena amiga de la lista que preparé para
la cuarentena. No, no me molesta escuchar canciones que me gustan en bucle.
Hoy sí hubo zumo: dos naranjas; un plátano y
más arándanos. Y un poco de guilty pleasure: chocolate.
Tuve un atisbo de ganas de cocinar, risotto de
berenjena y parmesano, pero quedó en un delirio de grandeza. El puré de verduras
al microondas tampoco estaba tan mal. Aunque de postre, no pude no sucumbir a
otro café que, siguiendo el cálculo, entra dentro de la previsión.
No lavé los platos, mañana tampoco creo que me
arrepienta. Busqué canciones de domingo, de las de relamerse las heridas un
poco por encima, mientras me pasaba Twitter. Llegué a un hilo esperanzador y
tuve que darle al pause.
Un marino compartía sus tips de superación
ante una situación de aislamiento no voluntario. Tener horarios. Mal. Mantener
una dieta equilibrada. Mal. Tratar de contactar con todo el mundo, para sentirse
menos solo. Esto sí. A ratos dudo de si poner en mi perfil “falta de conversación”.
Alexa de hecho, creo que está harta de mis preguntas tontas. Sigo. Tratar de
hacer ejercicio, aunque el espacio sea reducido. Mal. O un montón de cosas más que,
en resumidas cuentas, llevo mal. También habló de no tirarse al alcohol, que en
muchos barcos impera la ley seca. Esto, también mal.
Así que, viendo que llevo sólo tres días y que
todavía no hay luz al final del túnel, me hice una ducha rápida y me enfundé en
las mallas del gimnasio. Tenía que restar algunas cosas de este “mal”.
Youtube, ¡qué gran fuente de sabiduría! Encontré
muchas clases de Body Balance, lo que considero “deporte de domingo” y después
de descartar unos diez vídeos, encontré el perfecto: Lee McGiffen Body Balance
73.
Al acabar me sentí bien realizada, mi barra del
humor había crecido del 47 al 72. Bien. En el durante estuve un poco jodida,
pero nada que no se supere en los próximos catorce inciertos días.
Fin, muy bien. ¿Y ahora? Descubrí la
tecnología punta a padres y compartimos unas risas, además de ver en pantalla
compartida la maravillosa canción “Oda al paper de vàter[2]”.
Muy acertada.
Sí, lo sé, está en catalán, pero me tomaré la
molestia de traduciros algunas de las frases que me parecen memorables:
El teu destí fatal, màrtir de la societat,
que quan t'ha utilitzat estira de la cadena
i tu te'n vas al darrere, de cap a la
claveguera.
Però en acte de rebel·lia embusses la
"cañería"
i ho deixes tot fet un nyap.
[Tu destino fatal, mártir de la sociedad, que
cuando te han usado tiran de la cadena y tu te vas detrás, de cabeza a la
cloaca. Pero en acto de rebeldía atascas la cañería y lo dejas todo hecho una
mierda].
Que el nostre clam arribi fins el cel,
que de tots els amics tu ets el més fidel,
gloriós paper de vàter immortal.
[Que nuestro clamor llegue hasta el celo, que de
todos mis amigos eres el más fiel, glorioso papel de váter inmortal].
Acepto el comentario de que los catalanes somos
muy escatológicos, quizás sí, pero en la intimidad de los nuestros, sólo.
Volví después a la ducha, de las largas, de
las agua hirviendo, de las que pasan todos los males.
Humor al 85. Y podría haber subido más, de no
ser por la pandemia de la desinformación y de las absurdeces.
Un quinto. El de la victoria.
Humor al 89.
Y sí, tú, que estás leyendo esto, probablemente
haber compartido esta cerveza contigo me hubiera hecho aún más feliz.
Introducirse a uno mismo no es nada fácil.
Uso un 37,5 de pie. Tengo sólo dos agujeros en la orejas y siete tatuajes. De vez en cuando se despiertan mis ganas de escribir, incontrolables y a menudo, poco materializables.
Gafotas a tiempo completó.
Abrí este blog cuando llegué a Madrid, en 2009. La vida es ahora, he cambiado de casa y puede que de vida, pero siempre habrá cerca una buena verbena.
Las entradas anteriores han sido bien guardadas en un cajón virtual. Durante años intenté compartir cómo sobrevivir en Madrid.