Diario del apocalipsis según Santa Paciencia.
10/n
Ayer cené más tarde de lo previsto, los pocos
arándanos de durante el día empezaban a pasar factura. Entré de lleno en el
libro de Cole, y rápidamente entendí por qué había ganado un premio Hemingway,
su protagonista es un absoluto flanneur. Y seguramente por esto me acosté
tarde, por sus paseos que sentí míos y sus referencias constantes a Mahler.
Opté por la compañía de Ludovico Einaudi, aunque
de vez en cuando me quedara absorta en sus pasajes, que tanto me recuerdan a
Bartok y al impresionismo de Satie. ¡De cuando toqué a Satie! De cuando me
quedé a medias entre el Claire de Lune de Debussy y los estudios de Chopin.
De cuando el blanco y el negro no eran dos simples colores.
Culminé la lectura con un último sorbo de
orujo de chocolate. Y dormí.
Así conseguí levantarme de la cama.
Volví a los experimentos: zumo de naranja, fresas,
medio plátano y Actimel de piña y coco. Venga.
Preparé el café como si fuera lava del Monte
del Destino, para que estuviera listo después de media hora... Accidentes.
Contacté con el mundo exterior: Ella está
mejor y yo, creo, también. Actualicé las redes y pensé lo que no comería. Después
del contundente desayuno, esperé a merendar. Sí mama, proteïnes.
Me puse a leer con otro café, a pasear, a descubrir
rincones de Nueva York que desconocía. A recordar aquel febrero a menos veinte
grados caminando por Fulton St. O el reencuentro con Marina, cinco años después
en una gran terraza con vistas al East River.
Pasó el tiempo corriendo, volando. Preparé unas tostadas con aceite, queso y un poco de fuet.
A las siete tenía una cita con los seguidores
acérrimos de la familia Constante. Un especial para Patreons, esa gente que
desinteresadamente apoya nuestro proyecto. Polonia, Madrid, Zaragoza, Florida, Pontevedra,
Barcelona, La Rioja. Desvirtualizar a los oyentes es maravilloso y compartir
con ellos una copa, o dos, mucho más. Nombres o sobrenombres a los que habré
puesto voz millones de veces, así, tan cerca.
Entremedias me ausenté. Hable con ella, una de
las luchadoras de primera línea. De las que deben salvar una guerra con pistolas
de agua, de las que no viven de aplausos porque la realidad es mucho más jodida,
nos guste o no.
Se me durmió la pierna unas tres veces mientras
seguía, todavía en la primera conversación. No sé muy bien cómo, acabé cantando
fuerte la canción de Cayetano. Espero que mis vecinos se apiaden de mí.
Hoy leía en Twitter: A vosaltres també us passa
que bebeu més que abans? Estic a puntet de qualificar per dirigent de la URSS.
[¿A vosotros también os pasa que bebéis más que antes? Estoy a puntito de
cualificar para dirigente de la URSS]. Pues será que voy para asesora.
Comí medio plátano, el que sobró del desayuno, un puñado, siempre incierto, de arándanos y una tostada. Hubiera pedido pizza, sinceramente.
Y ahora está lloviendo e intento acompasar cada
palabra con el tintineo del agua, tratar de volver a hacer música pero parece que perdí la práctica.
Intentaré llegar despierta a lo que se ha
convertido en mi tercer vicio durante la cuarentena: Westworld. Ya lo comentaba
la semana pasada, la serie ha llegado en el mejor peor-momento. Probablemente
después me cueste dormir y acabé rebuscando información en Reddit y me acueste
muy tarde y mañana me sienta culpable. Pero llegados a este punto, pendientes
de la ampliación del confinamiento, me-la-pe-la. Es así.
Después de diez días, y si tuviera que hacer
un resumen, lo que mejor me define es la gráfica de la función del DÍA 6. Es
cierto que uno nunca puede controlar las variables externas y que los mínimos
pueden hacerse más mínimos, pero siempre podemos confiar en los puntos de inflexión.
Y puede que esté en uno de ellos, a medio camino.

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