19 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 6.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. f(x)=x4-24x2+4x+104

Creo que borré gran parte de mi conocimiento matemático del pasado, pero no tengo ninguna duda de que hoy fui una función polinómica de grado 4.

Me costó dormir, seguramente fuera culpa de demasiado azúcar, demasiada cafeína y demasiado limón.

Pero no quería perder el día, qué paradoja. Me sentí especialmente concienciada de ser Desmond. Le pedí a Alexa las noticias, subí las persianas y busqué las gafas. Puse a calentar la cafetera y volví a por dos naranjas. Decidí hacer un nuevo experimento, smoothie de naranja, fresas y arándanos: un zumo de cosas.

El café en tazón y una galleta. Una lavadora. Abrir ventanas y 15 minutos de yoga mañanero.  Sí, en pijama. Otro día hablaré de los inconvenientes de hacer ejercicio sin la ropa adecuada.



Me senté en la mesa, como si tuviera mucho trabajo que hacer. Simplemente revisé el correo, abrí las redes sociales, releí la publicación de ayer para no vivir en el día de la marmota y hablé por teléfono. Entré en la ducha corriendo y me preparé para el siguiente contacto exterior: ellas. Nos pusimos rápido al día, si nos lo proponemos, sabemos. Aunque supo a demasiado poco, a la siguiente, cervezas.

Hoy sí me acordé de comer, y de tender.

Me puse pronto a preparar el siguiente podcast, rever el episodio y tomar notas. Últimamente me dan la vida.

Segunda lavadora.

No había tiempo para siesta, tenía un objetivo claro: muffins, o derivados, o lo que surgiera. Poder hacer dulces en el microondas más allá del bollo-taza.

Lo tenía todo a punto: leche, azúcar, harina, huevos, canela, esencia de vainilla, chocolate, levadura… ¡Qué tema, la levadura! Estando en plena mezcla de secos caí en la cuenta de que existen varias levaduras en función de cuál sea el fin… Gemma, piensa. Mitad con levadura fresca pero seca, y mitad con Royal (el de toda la vida). Bizcochitos y magdalenas. Genial, nada podía fallar. Mezclar bien, homogeneizar. Música. Empapelar moldes. Todo listo. Algunos decían 90 segundos a 700W, revisar y repetir a demanda, otros que 3 minutos a media potencia. Lo bueno de que fueran piezas individuales es que pude hacer la prueba de una en una mientras el señor de Iberdrola acariciaba un gato. Y así fue, y fue mal. Al máximo de potencia, un minuto y medio es insuficiente, pero al pasar de dos, carboniza por dentro: la magia de las microondas. Con un poco más de acierto, los brioches quedaron bien, recién hechos estaban esponjosos y sabrosos, pero el reposo les sentó regular y tendieron a la petrificación.

Contadas todas mis miserias culinarias, de las cuales no se conserva ninguna prueba física ni gráfica, podría estar hablando largo y tendido de la autoexigencia, de la búsqueda de la perfección. Pero me quedaré con la parte divertida del proceso y no únicamente con el resultado.

Y con toda la cacharrería aun por lavar, casi grabo el primer podcast en mandil.

Fue entre caminantes cuando llegué al mínimo de la función. Suspensión por fuerza mayor.  

Tuve que levantarme. Era la crónica de una muerte anunciada con toda la agonía que conlleva la incertidumbre entre cuatro paredes. Sin ser una gran sorpresa, me pudieron la rabia y el desconcierto.

Como desconcertada me dejó el descubrimiento de un nuevo concepto-palabra: jujaneo. Wikipedia no tiene respuesta. Mal. La RAE sorprendentemente, tampoco (y mira que aceptaron cruasán y güisqui). Pero Forocoches, ¡sí! Gracias. Jin555 dice: “Meter fichas básicamente, a un tio que habla con muchas tias se le llama jujas”. Entonces, deduzco que el verbo será jujanear. Y si a esta ecuación le añadimos la música… Creo que sigo sin saber a qué se refieren. En fin.

Y para que la función acabara extendida hacia arriba del plano cartesiano me tocaba hacer una última cosa, volver a sentarme en la silla, ponerme los auriculares y hablar de ficciones que tienen lugar en espacios pequeños o donde los protagonistas no tienen libertad para salir. Sin prepararlo mucho, sería realmente fácil. Y cuando tienes una cita quincenal con siete constantes, como lo fue Penny, nada puede acabar mal.


Valió la pena. 




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