Diario del apocalipsis según Santa Paciencia.
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Acabar el día viendo El Hoyo puede parecer una
broma pesada. Sin duda necesito comentarla, como buena distopía alberga un
montón de segundas y terceras lecturas, como los buenos libros, como el
Quijote.
Puedo reconocer que pasé más del 56% del día en
posición horizontal. Comí un plátano nada más levantarme, después de llevar una
hora tratando de despegarme las sábanas. Comí otro de tantos puñados inciertos
de arándanos y preparé un café, doble.
Volví al teléfono, sin noticias. Sólo una
buena voz y un poco de esperanza. Como excepción me permití el lujo de escribir
la publicación de ayer un día más tarde. Ayer, después de todo, conseguí quedarme
dormida pronto y esbozando media sonrisa. Bien.
Tuve dudas acerca de comer, no tenía mucho hambre
y sí ganas de evadirme. En fase de digestión lectora no me apetecía leer o
puede que sólo tolerara subtítulos. No conseguí jamás engancharme a las novelas
de Stephen King, creo que por pereza. Pero El Visitante (The Outsider) consiguió
llamar mi atención desde el final del primer episodio. No, no porque pueda
tener influencias de Shyamalan, pero sí porque detrás de ella está Richard
Pierce, autor The Night Of o The Deuce, grandes series en la
lista de favoritas. Sí, también por Bill Camp, David Burton en The Leftovers.
No la acabé aun, pero ¿qué pensaríais si una persona pareciera estar en dos
sitios al mismo tiempo?
Comí tarde, desganada.
Tuve momento siesta, que se acabó materializado
en algunas horas más de sueño. Desperté, esta vez, mucho más rápido y sin
sábanas, sin tentáculos.
Seguí viendo algo empezado que como ya me
habían anunciado perdía. Sigo debatiéndome. ¡Qué novedad!
Me preguntaba cómo habría pasado el día; justo
cenaba. ¡Qué francés! Era muy pronto. Me sorprendió gratamente cuán ha cambiado
la cocina hospitalaria desde mi último paso por ahí, años, muchos años atrás.
Qué raro sigue siendo todo. Una ensalada de
incertidumbre sin aceitunas.
Viernes. Casi sin ser consciente de ello han
pasado dos semanas de ese primer viernes frenético de compras imprescindibles.
Sigo teniendo papel higiénico y las cápsulas de café cada vez se acercan más al
final del tarro. Compré más, tranquilos. FOMO.
De haber sido verano hubiera comprado helado
de cheesecake, otro guilty pleasure. Pero me decidí por algo
mucho más a mano, un mug cake de chocolate, receta ya consolidada en la
cocina de microondas. Fui muy osada en el tamaño, y efectivamente se quedó a medio
comer. Demasiado dulce. Demasiado culpable.
Deseé las buenas noches en la distancia, que
dormís bé.
Volvió la Gemma noctámbula de siempre. Acabé
otro episodio y como si fuera la llamada de la selva, recordé tenía pendiente
el Hoyo. Y caí. Por si no hubiera comido bastante mal, preparé unas palomitas con
las que casi me atraganto, tampoco las acabé. De haber visto la película en el
cine creo que hubiera muerto en la butaca. Muerte por sobresalto.
Pausa.
Y con el último cigarro del día me sorprendí
mirando a la nada, como ausente. Pensando en acercarme a la orilla de ese rincón
tan mío. Sentir los pequeños guijarros colarse entre los dedos, inspirar a sal,
con ese color tan peculiar, tan de casa, tan quieta, impasible, la mar. Que todo
se lo lleva.

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