28 de marzo de 2020

Confinamiento: DÍA 15.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 333

Acabar el día viendo El Hoyo puede parecer una broma pesada. Sin duda necesito comentarla, como buena distopía alberga un montón de segundas y terceras lecturas, como los buenos libros, como el Quijote.  

Puedo reconocer que pasé más del 56% del día en posición horizontal. Comí un plátano nada más levantarme, después de llevar una hora tratando de despegarme las sábanas. Comí otro de tantos puñados inciertos de arándanos y preparé un café, doble.

Volví al teléfono, sin noticias. Sólo una buena voz y un poco de esperanza. Como excepción me permití el lujo de escribir la publicación de ayer un día más tarde. Ayer, después de todo, conseguí quedarme dormida pronto y esbozando media sonrisa. Bien.

Tuve dudas acerca de comer, no tenía mucho hambre y sí ganas de evadirme. En fase de digestión lectora no me apetecía leer o puede que sólo tolerara subtítulos. No conseguí jamás engancharme a las novelas de Stephen King, creo que por pereza. Pero El Visitante (The Outsider) consiguió llamar mi atención desde el final del primer episodio. No, no porque pueda tener influencias de Shyamalan, pero sí porque detrás de ella está Richard Pierce, autor The Night Of o The Deuce, grandes series en la lista de favoritas. Sí, también por Bill Camp, David Burton en The Leftovers. No la acabé aun, pero ¿qué pensaríais si una persona pareciera estar en dos sitios al mismo tiempo?

Comí tarde, desganada.

Tuve momento siesta, que se acabó materializado en algunas horas más de sueño. Desperté, esta vez, mucho más rápido y sin sábanas, sin tentáculos.

Seguí viendo algo empezado que como ya me habían anunciado perdía. Sigo debatiéndome. ¡Qué novedad!

Me preguntaba cómo habría pasado el día; justo cenaba. ¡Qué francés! Era muy pronto. Me sorprendió gratamente cuán ha cambiado la cocina hospitalaria desde mi último paso por ahí, años, muchos años atrás.

Qué raro sigue siendo todo. Una ensalada de incertidumbre sin aceitunas.

Viernes. Casi sin ser consciente de ello han pasado dos semanas de ese primer viernes frenético de compras imprescindibles. Sigo teniendo papel higiénico y las cápsulas de café cada vez se acercan más al final del tarro. Compré más, tranquilos. FOMO.

De haber sido verano hubiera comprado helado de cheesecake, otro guilty pleasure. Pero me decidí por algo mucho más a mano, un mug cake de chocolate, receta ya consolidada en la cocina de microondas. Fui muy osada en el tamaño, y efectivamente se quedó a medio comer. Demasiado dulce. Demasiado culpable.

Deseé las buenas noches en la distancia, que dormís bé.

Volvió la Gemma noctámbula de siempre. Acabé otro episodio y como si fuera la llamada de la selva, recordé tenía pendiente el Hoyo. Y caí. Por si no hubiera comido bastante mal, preparé unas palomitas con las que casi me atraganto, tampoco las acabé. De haber visto la película en el cine creo que hubiera muerto en la butaca. Muerte por sobresalto.

Pausa.

Y con el último cigarro del día me sorprendí mirando a la nada, como ausente. Pensando en acercarme a la orilla de ese rincón tan mío. Sentir los pequeños guijarros colarse entre los dedos, inspirar a sal, con ese color tan peculiar, tan de casa, tan quieta, impasible, la mar. Que todo se lo lleva.


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