Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. VII
Me costó dormir, y tomé el día de hoy como un domingo:
sin despertador.
Hubo varios intentos de empezar el día, pero
llegué a la hora de comer con poca ropa y entre sábanas, aún.
Obvié el café y después de unos cuantos
arándanos de aperitivo, me puse con la comida. De postre, un desayuno de café y
galleta.
Me cuesta concentrarme hasta en las cosas más
sencillas. Ayer olvidé tender la segunda lavadora, que hoy tuvo el privilegio
de ser la primera, relavada y tendida.
Pese a ir bien de horas de sueño tuve un amago
de siesta que combatí buscando alguna comedia fácil y curiosa, la encontré. High
Maintenance. Un dealer neoyorquino a domicilio, con todo lo que ello
conlleva. ¡Qué Glovo! Después de un par de episodios me volví a cansar. Creo
que trataré de saldar mis deudas con a Rick and Morty.
Me refugié de nuevo en la música.
Estuve en ese concierto y recuerdo los
lagrimones que me cayeron al ver a Oriol, a Natxo y a Juanjo en el escenario,
valientes, solos, como Crosby, Stills and Nash. Qué canción tan mágica, que
dice tanto sin decir nada, una simple locura jugando con las palabras y su sonoridad. No puedo evitarlo.
Después de este respiro, cuerpo y mente se
alinearon y acabé en medio del salón haciendo posturas de lo más curiosas con
nombres impronunciables. Al acabar necesitaba una ducha de borrón y cuenta nueva.
Y corriendo a preparar la cena, que hoy lo
hacía acompañada. Secreto a la plancha y patatas pochadas con berenjena al vino
blanco. Bien de especias y sal gorda para rematar. Puede que sí que este retiro
venga bien para recuperar la cocina por placer.
Como siempre, fiel al postre; una onza de chocolate
del muy negro y un Puerto de Indias con arándanos.
Y así fue el séptimo día, sin resurrección entre
medias. Esperando el silencio de la negrura para escribir, escribirme, escribirte,
escribirnos.


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