30 de septiembre de 2017

Metro de Madrid: un trayecto largo.

El tatuaje del chico de enfrente no ocupa más de media pierna, pero es largo, más que un día sin pan, diría, he intentado leerlo ya un par de veces, pero la tipografía o la caligrafía no fueron demasiado bien elegidas. Está intentado adivinar lo que escribo, pero como su pierna, mi cuaderno es indescifrable.

Dos estaciones.

Ella está leyendo, adoro las señoras que cubren sus libros con papel de regalo intentando ocultar las portadas de Christina Dodd, o las historias de Grey. O puede que no, que sólo quisiera proteger las tapas blandas de las profundas magulladuras de bolso.

Tres estaciones.

¡Él sí que es un dandy! Anonadada. Camisa entre abierta, azul celeste. Pantalones tweed gris claro, con los detalles en azul y negro. Sin calcetines. Pantone 14-4110 TCX de charol en los pies. De estar en un espacio más amplio me arrodillaría ante él, resulta cierto el dicho de “a la vejez, viruelas”.

El metro pierde velocidad y se detiene en un oscuro túnel, negro, con un silencio vacío parecido al de las películas del espacio.

Llegamos. Una estación.

Y los vigilantes de seguridad, siempre me pregunté qué condiciones hay que cumplir para ello. ¿Tener mucha tripa para que el chaleco naranja sea más reflectante? ¿Ser lo que llamaríamos, potencialmente feo para no distraer a maquinistas y pasajeros? ¿Seguir usando un Nokia 3210 para que la batería aguante toda una jornada laboral bajo tierra?

Cinco estaciones.

Descubrí hace tiempo que los maquinistas no son como los presentadores de noticias, debajo de la camisa horrible de rallas verticales no llevan pantalones cortos o zapatillas de running. Fue un chasco.

Dos más.

Esta vez, por suerte, no coincidí con los llamados músicos impertinentes que, sin pedir permiso, te deleitan con sus mejores gallos encima de músicas enlatadas. ¡Menudo placer!


Una parada.

Y así no es como me imaginaba, con pocos años, los hambrientos gusanos de velocidad, ni aquí ni en la China.

Túnel.

Los trayectos largos te permiten hacer un sinfín de cosas, escuchar música placentera con los auriculares puestos, leer libros sin vergüenza, escribir, mirar, pensar, crear, soñar, y a algunos hasta dormir.

Túnel.

Y yo, sin querer, demasiadas veces, opto por mirar, por escudriñar, por crear historias detrás de cada abrigo, de cada teléfono. Seres, gente, personas, en ocasiones perros, todos con una larga vida por delante, que seguramente, al mirarme hacen eso mismo, inventarme. Y sí, cada día es un buen momento para reinventarse, para salir del túnel y ver el Sol, como pasa en la estación de Lago.

Perdí la cuenta de estaciones.

Señores pasajeros, Metro de Madrid informa que por motivos ajenos al servicio esta historia no ha hecho más que empezar.


¿Vamos?