El tatuaje del chico de enfrente no
ocupa más de media pierna, pero es largo, más que un día sin pan, diría, he
intentado leerlo ya un par de veces, pero la tipografía o la caligrafía no
fueron demasiado bien elegidas. Está intentado adivinar lo que escribo, pero
como su pierna, mi cuaderno es indescifrable.
Dos estaciones.
Ella está leyendo, adoro las señoras
que cubren sus libros con papel de regalo intentando ocultar las portadas de
Christina Dodd, o las historias de Grey. O puede que no, que sólo quisiera
proteger las tapas blandas de las profundas magulladuras de bolso.
Tres estaciones.
¡Él sí que es un dandy! Anonadada. Camisa entre abierta, azul celeste. Pantalones tweed gris claro, con los detalles en azul
y negro. Sin calcetines. Pantone 14-4110 TCX de charol en los pies. De estar en
un espacio más amplio me arrodillaría ante él, resulta cierto el dicho de “a la
vejez, viruelas”.
El metro pierde velocidad y se
detiene en un oscuro túnel, negro, con un silencio vacío parecido al de las
películas del espacio.
Llegamos. Una estación.
Y los vigilantes de seguridad,
siempre me pregunté qué condiciones hay que cumplir para ello. ¿Tener mucha
tripa para que el chaleco naranja sea más reflectante? ¿Ser lo que llamaríamos,
potencialmente feo para no distraer a maquinistas y pasajeros? ¿Seguir usando
un Nokia 3210 para que la batería aguante toda una jornada laboral bajo tierra?
Cinco estaciones.
Descubrí hace tiempo que los
maquinistas no son como los presentadores de noticias, debajo de la camisa
horrible de rallas verticales no llevan pantalones cortos o zapatillas de running. Fue un chasco.
Dos más.
Esta vez, por suerte, no coincidí con
los llamados músicos impertinentes que, sin pedir permiso, te deleitan con sus
mejores gallos encima de músicas enlatadas. ¡Menudo placer!
Una parada.
Y así no es como me imaginaba, con
pocos años, los hambrientos gusanos de velocidad, ni aquí ni en la China.
Túnel.
Los trayectos largos te permiten
hacer un sinfín de cosas, escuchar música placentera con los auriculares
puestos, leer libros sin vergüenza, escribir, mirar, pensar, crear, soñar, y a
algunos hasta dormir.
Túnel.
Y yo, sin querer, demasiadas veces,
opto por mirar, por escudriñar, por crear historias detrás de cada abrigo, de
cada teléfono. Seres, gente, personas, en ocasiones perros, todos con una larga
vida por delante, que seguramente, al mirarme hacen eso mismo, inventarme. Y
sí, cada día es un buen momento para reinventarse, para salir del túnel y ver
el Sol, como pasa en la estación de Lago.
Perdí la cuenta de estaciones.
Señores pasajeros, Metro de Madrid
informa que por motivos ajenos al servicio esta historia no ha hecho más que
empezar.
¿Vamos?

