Una canción ya dijo
una vez que parece que todas las canciones hablan de ti. Y hasta cierto punto
es cierto, siempre que quieras que esa canción sea para ti. A veces, pero, las
canciones te llegan tarde, y creo que es un poco lo que pasa con las ciudades,
te llegan.
Pasé unas horas en
una ciudad que creía maldita, a la que sólo tenía estima por las fotos, pero
no. Girona, ciudad entre ríos es un nido de recuperación, un respiro a la
madurez, recordar un poco quién era entonces y qué quiero hoy. Casas de colores
alrededor del río, humedad por doquier. Muchas escaleras, subidas y bajadas,
como una montaña rusa. Por aquel entonces era de cafés infinitos y crucigramas,
donde era imposible no sucumbir a los dos azucarillos y a la taza.
Enfrente de la
primera casa que me acogió en Barcelona, también recordé aquellos años
convulsos, viviendo cinco en el que ahora es un piso de dos. Cruzando por Aragó
con Passeig de Gràcia vi el 24, el autobús que después del tren me acercaba a
aquella segunda casa que sentí como hogar. Un nido de experiencias, de luces y
sombras, de colores extremos. En el barrio vivíamos al día y de noche. Los
cafés también eran muchos.
Y tomando un café,
ahora, en vaso, recuerdo cuando Madrid, a mí, me llegó. Aterricé en noviembre y
en un par de semanas que había cautivado. Me dejé seducir por ese no sé qué
castizo que tiene. Por la gente. Por la comida. Por los rincones. El café,
pero, era otra historia, siempre estaba entre la incertidumbre y el terror,
pero esto ya lo conté una vez.
A día de hoy los
cafés se redujeron a una simple bebida energética. Un sorbo rápido para
recuperar la vida perdida en el deseo de seguir durmiendo, porque esta ciudad, a
veces, también tiene sombras, de los árboles, en los parques, en primavera, en días
nublados, o en noches largas. Sombras que también llegan.
Perdí muchas cosas
en todo este tránsito entre ciudades, y me recordé que era buena haciendo
recomendaciones culinarias. Un turismo que dejé de hacer, como tantas cosas. De
vez en cuando, accidentalmente, aparecen algunos pinchos o tapas memorables que
merecen ser apuntadas y degustadas a conciencia, como ocurrió en la Taberna Bar
Antonio (Calle Quiñones, 11), a la que llegué con ilusión y de casualidad. Mi estómago estaba camino a los topes, pensaba
más en un digestivo, pero aquél aperitivo cumplió con las expectativas. Tortilla
otra vez. Jugosa, poco cuajada y de patata firme. Siempre fui más del clan “sincebolla”.
“No sé si realmente pasó, sólo sé que todo
cambió”. Eso decía una de las canciones, me llegó. Cambiaron los cafés. Las sombras. El sol,
hasta se acercó más pronto. La ilusión se convirtió en eso, una quimera
inalcanzable, en la búsqueda de la verdad.
“Dejarse llevar,
suena demasiado bien”, decía otra.
Al final, todo radica
en eso, en ver cómo llega. El fin.
Fin.
