19 de abril de 2017

Que te llegue otra buena tortilla de patatas.

Una canción ya dijo una vez que parece que todas las canciones hablan de ti. Y hasta cierto punto es cierto, siempre que quieras que esa canción sea para ti. A veces, pero, las canciones te llegan tarde, y creo que es un poco lo que pasa con las ciudades, te llegan.

Pasé unas horas en una ciudad que creía maldita, a la que sólo tenía estima por las fotos, pero no. Girona, ciudad entre ríos es un nido de recuperación, un respiro a la madurez, recordar un poco quién era entonces y qué quiero hoy. Casas de colores alrededor del río, humedad por doquier. Muchas escaleras, subidas y bajadas, como una montaña rusa. Por aquel entonces era de cafés infinitos y crucigramas, donde era imposible no sucumbir a los dos azucarillos y a la taza.

Enfrente de la primera casa que me acogió en Barcelona, también recordé aquellos años convulsos, viviendo cinco en el que ahora es un piso de dos. Cruzando por Aragó con Passeig de Gràcia vi el 24, el autobús que después del tren me acercaba a aquella segunda casa que sentí como hogar. Un nido de experiencias, de luces y sombras, de colores extremos. En el barrio vivíamos al día y de noche. Los cafés también eran muchos.

Y tomando un café, ahora, en vaso, recuerdo cuando Madrid, a mí, me llegó. Aterricé en noviembre y en un par de semanas que había cautivado. Me dejé seducir por ese no sé qué castizo que tiene. Por la gente. Por la comida. Por los rincones. El café, pero, era otra historia, siempre estaba entre la incertidumbre y el terror, pero esto ya lo conté una vez.

A día de hoy los cafés se redujeron a una simple bebida energética. Un sorbo rápido para recuperar la vida perdida en el deseo de seguir durmiendo, porque esta ciudad, a veces, también tiene sombras, de los árboles, en los parques, en primavera, en días nublados, o en noches largas. Sombras que también llegan.

Perdí muchas cosas en todo este tránsito entre ciudades, y me recordé que era buena haciendo recomendaciones culinarias. Un turismo que dejé de hacer, como tantas cosas. De vez en cuando, accidentalmente, aparecen algunos pinchos o tapas memorables que merecen ser apuntadas y degustadas a conciencia, como ocurrió en la Taberna Bar Antonio (Calle Quiñones, 11), a la que llegué con ilusión y de casualidad. Mi estómago estaba camino a los topes, pensaba más en un digestivo, pero aquél aperitivo cumplió con las expectativas. Tortilla otra vez. Jugosa, poco cuajada y de patata firme. Siempre fui más del clan “sincebolla”.

 “No sé si realmente pasó, sólo sé que todo cambió”. Eso decía una de las canciones, me llegó.  Cambiaron los cafés. Las sombras. El sol, hasta se acercó más pronto. La ilusión se convirtió en eso, una quimera inalcanzable, en la búsqueda de la verdad.

“Dejarse llevar, suena demasiado bien”, decía otra.

Al final, todo radica en eso, en ver cómo llega. El fin.


Fin. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario