11 de marzo de 2017

Días de autobiografía.

Hay días en que te mandan trabajos. Hay días y días. De repente tienes la responsabilidad de poder hacer una autobiografía como escritor, y resulta que te lo llegas a pasar bien. 




Nací en 1987, aunque como es lógico, no aprendí a escribir hasta pasados unos años.

Me enfrenté pronto a los retos de la letra ligada, y con cinco años escribía mi nombre en todas mis pertenencias. Las libretas pautadas se hicieron mis amigas y recogían como un secreto un montón de frases sin sentido.

No recuerdo ninguna expresión agridulce de la señorita Núria, maestra que nos acompañó en los primeros cursos de primaria. Todos los lunes al llegar nos pedía la redacción, ¿qué habíamos hecho el fin de semana? En la pizarra bien grande escribía “vaig”, ir en catalán, de pronunciación extraña y error común en la mayoría. Los errores ortográficos estaban al orden del día, “vaig ana”, decíamos todos, pero no, faltaba la dichosa erre muda de los verbos en infinitivo.

En abril de 1995, y como todas las primaveras, se celebraban en el colegio los Jocs Florals, unos premios literarios de inspiración decimonónica que pretendían promocionar la escritura y la lengua catalana. Con la historia de Xanadí gané. No recuerdo muy bien el título, y pese a que el texto, escrito a lápiz pasó muchos años en el cajón de la máquina de coser de mi madre, no conseguí volverlo a leer jamás. Recuerdo era la historia de un príncipe de oriente, una mezcla extraña entre Aladín y Robin Hood, intentando luchar para que todos, ricos y pobres, consiguieran la felicidad. Y no levantando más de un metro del suelo, tuve que enfrentarme ante el reto de leer en voz alta delante de un micrófono y de todo el colegio el cuento ganador. No ocupaba más de una hoja pautada por las dos caras.

Pasaban los años, y en alguno de aquellos cumpleaños alguien me regaló un dietario rosa, con llave y cerradura, un cofre de secretos. Empecé a escribirlo unas veinte veces, creo. Desconocía la existencia del típpex y odiaba los tachones. Era mi primera aventura a boli.

El ordenador también hizo su aparición. Aquel Lotus Word Pro fue testigo de mi primer trabajo largo, 5 páginas, sin justificar, hablando de los viñedos y el vino de la zona: “La Vinya i el vi”.

El placer por escribir, por la belleza de las letras, estaba presente también en el cuaderno de matemáticas, con una manía estrepitosa por poner todos los datos en diferentes colores. Creo que la costumbre pervive. 

El salto al instituto no nos dejó indiferentes, ahí primaban los exámenes de preguntas largas y enunciados incomprensibles.

Corría 2003, tercero de la eso. David era un curioso profesor de catalán, de habla pausada y movimientos repetitivos. Hablaba, a veces, demasiado. Pero hubo una vez que consiguió captar mi atención, unos premios literarios a nivel de toda Cataluña. Un relato más largo de lo habitual, y un jurado desconocido para evaluarlo. Un reto.

Pensé mucho acerca de qué escribir. Necesitaba sentirlo cerca. Cuántas veces había empezado frases interesantes y habían acabado en papel roto. La historia de Martí salió sin más. Era un joven con síndrome de Down, incomprendido y devaluado por sus padres. Su abuelo, sin nombre, era el vínculo, la fuerza, el tesón. Acababa haciéndole una lámpara de tiffany en su taller ocupacional. Un triunfo. Algo mucho más allá de lo material.

VV.AA., (2003), Contes 2003. Premi Juvenil de Narrativa Breu Penya Joan Santamaria. LA BUSCA, Barcelona. 115 pág. ISBN: 84-89986-81-9.

Y es cierto que no quedé muy contenta del resultado. Tenía que ver conmigo, con mi apego a los mayores de casa, pero al final, desconocía de primera mano cómo vive un colectivo así, pero iba más allá, eran las mismas sensaciones que vivía yo en ese momento de adolescencia tardía.

Pocas veces enseñaba a mis padres lo que escribía, pero aquella vez, habiendo salido premiada no había vuelta atrás, sería publicado. Nos desplazaríamos a Barcelona, la capital, a un hotel de lujo donde sólo quince éramos los elegidos. Subimos al escenario y tocó ser consciente que lo escrito gustaba.



Un año más tarde el referente cambió, y la lengua. El señor Soldevilla, de lengua y literatura española, nos ponía entre las manos El guardián entre el Centeno, de J.D. Salinger. Quedé fascinada por aquella escritura, frenética, incomprendida a ratos. Desde aquel entonces, y pese a que mi lengua materna era el catalán, jamás volví a escribir en ella. Palabras como amanecer, resplandor o soledad de convirtieron en mis favoritas. Sonaban bien.

Empecé a escribir en mis ratos libres, pequeñas notas, literatura de bolsillo. La inconstancia del dietario no me cortaba la fluidez del trazo, necesitaba, siempre, tenía algo que decir.

En Cataluña, para aprobar el bachillerato, además de los exámenes, es necesario hacer un pequeño trabajo de investigación. Bueno, ahora, años más tarde se ve pequeño. Escogí hablar de los puentes que acompañan el curso del río más importante de la zona, la Muga. Veintiocho puentes a visitar, dibujar, medir, pero sobretodo un recorrido de oeste a este, que era necesario describir. Volví a refugiarme en la literatura, la descripción de paisajes, a mezclar mis dos pasiones, la técnica y la belleza, demostradas en poco más de treinta páginas. Gocé la introducción y los agradecimientos, eran la parte más parte de mí.

Y la pasión despierta pasión. La incondicional ayuda de mis padres, y la paciencia de mi tutor Federico Luque fueron recompensadas. De nuevo, el trabajo era reconocido públicamente en el salón de actos de la facultad de letras de la Universitat de Girona.

Ayats, G. (2005). Estudi dels ponts sobre la conca principal de la Muga. Institut Ramon Muntaner, Figueres.

A raíz de ello, cambié de ciudad, y pasé una de las épocas más oscuras que recuerdo. Escribía, sí, poesías cortas, sin rima. Plenas de sentimiento, Pizarnik era mi mentora.

Un año después Barcelona me acogió mejor de lo que esperaba. Una época demasiado frenética, durmiendo de día y viviendo de noche. Por aquel entonces la producción literaria quedó mermada a pequeñas notas en cuadrados amarillos y pequeños dibujos en servilletas de bar. De vez en cuando, todavía cogía papel pentagramado e intentaba que mentalmente las notas sonaran bien. Composiciones muy básicas que dentro de mi cabeza parecían sinfonías.

Aprendía lengua de signos, un nuevo idioma, fugaz, escrito en el aire.  

Aquellos años pasaron rápido, y los sueños precisaban de realidad. Llegué a Madrid en año impar, al día siguiente celebraban la Almudena. Hice ruta, probé el rabo de toro, la primera vez cerca de Las Ventas.

Las maletas iban llenas de recuerdos, pocos, a mi gusto, y de nuevo, necesitaba escudarme tras el blanco del papel. Emprendí la aventura de un blog castizo: “La Verbena de la Paloma”.  

Necesitaba compartir cómo había llegado, qué sentía, y cuán echaba de menos el mar. Fui constante las primeras semanas, hasta los primeros meses, pero apareció la desidia, las ocupaciones, el frío, y las palabras se desvanecieron en el olvido.

Una vez al año lo retomaba, haciendo resumen, y culpándome por haber tenido abandonados a mis lectores. Les era infiel con la ciudad, con la vida en pareja, con los amigos. Recuerdo que en una de esas entradas osé compararme con el gran poeta Sabina, quién afirmaba que sólo escribía cuando estaba rodeado de pena. Esa era yo.

Por aquel entonces también me aventuré con una carrera universitaria a distancia. La literatura era formativa y los textos, respuestas a trabajos. Una obligación desganada, a veces. Pero tenía mis libretas de hojas blancas. Sentía que la pauta que tanto me había guiado de pequeña era ahora una cárcel para mis letras, con manía, de color negro. Una época claroscura, parecida a las de antaño, con palabras maduradas.

Y Las Ventas, aquel primer recuerdo de la ciudad, volvieron a mí. Cambió el todo. Las paredes blancas de la casa nueva se volvieron luz y me hicieron retomar las riendas de aquella verbena de agosto. Retiré todas las publicaciones anteriores, y en noviembre de 2015 dio comienzo una nueva historia. Cómo vive una figuerense en Madrid. Cómo pedir un café, o dónde buscar el mejor pincho de tortilla. Los amigos nuevos, los compañeros de viaje, una alegoría del yo. La necesidad de compartir, de ser egoístamente leída, gozar del placer de la escritura y convertirlo en una lectura agradable para otros.

De todas maneras, y hablando de naturalidades, en Madrid son, para estas cosas, poco de convencionalismos. Las hojas son verdes casi todo el año, hasta que reaparece una tormenta, repentina, y te arrastra, ramas y hojas al barro. Por instantes, desearía poder decir que es alergia, y que no es más que una hinchazón de ojos.  
Otro otoño. "Está pasando una vez más". Y eso no solo lo digo yo.”

Mis palabras son un claro reflejo de quien soy, como persona, como estudiante, como amante, y como escritora. Entre visillos, las visiones y vivencias de un ser humano algo peculiar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario