29 de marzo de 2016

B(r)uñuelos. (Parte 2)

Dejé que Quique me volviera a acompañar, esta vez no era el viento de poniente, si no el del norte, el que dibuja las nubes, ahí donde las playas ya no tienen arena, donde los días grises cambian de color.

Con esta melodía volvía a Madrid, casi volando, como siempre, sin querer. Bañada en salitre.

Y será cuestión de la cama, pero volví al iglú y fui incapaz de volver a madrugar. Esto, o que la siesta del sábado, de las de baba en almohada, había sido totalmente reparadora o con efectos proactivos.

Llegados al desayuno surgió el gran dilema, ¿b(r)uñuelos, con qué? 

Los quilos de harina habían aumentado exponencialmente en los últimos años, esta vez tocaba ponerle freno. Cinco quilos y ya. Pero no señores, será por la costumbre de la artesa moderna, que llegados a los cinco, aquella masa pedía más. Y más. Por suerte, quedó saciada con seis.

Puede que por ser suficientes manos amigas, o porque siempre tenía algo más de sueño, nunca había vivido todo el proceso así, de principio a fin. Madre, toda una profesional de la mise en place había madrugado más para dejarlo todo listo.  

Agua de canela, ralladura de limón, matalahúva lavada y escurrida, levadura de pan, de fuerza, manteca de cerdo, leche condensada, sal, vainilla, azúcar, un chorro de anís, levadura en polvo, muchos y muchos huevos, y los cinco quilos de harina.

Padre es el encargado de remover y amasar, y más tarde de freír. Y bueno, cabe decir que sus dotes directivas son presentes en todo el proceso, un poco más de harina en un mal momento, y gruñido que salta. Pero supongo que esto también es parte del folclore.

Se añade todo con sumo cuidado, ni antes ni después: todo un ritual. Y rozando lo sagrado, se reparte la masa en pequeños barreños de mimbre, que reposaran al calor de la estufa hasta que la masa se haga mayor, hasta que crezca.

Este es el momento en que la espera desespera, no puedes irte de casa, porque en el caso de que la masa creciera de repente, sonaría una alarma casi nuclear que nos confinaría a todos en la cocina en menos de diez segundos. Hasta el momento, nunca ocurrió, y nos permitió, también por tradición, comer alguna de las variantes de bacalao de madre, esta vez con piñones, y pasas aparte.

A cuatro manos, como cuando tocaba piano, nos ponemos a darles la no-forma, mientras padre ejerce de director de orquestra, con sus manías y contratiempos.

Así es, año tras año, alrededor de la mesa, ya sin mandiles, y con algunas de las viejas técnicas mejoradas. En el descanso no puede faltar el agua con anís, el hermano pequeño del Sol y Sombra.

No hay mayor secreto que dos partes de anís por dos de moscatel para que queden bien “bendecidos” y listos para ser endulzados.

Y ya con casi todo terminado, el azúcar húmedo me recuerda a la arena, aquella que cuando baja la marea queda plagada de pequeñas conchas, aquellas que recogía… y sigo recogiendo.




Como marinera en tierra, seguiré persiguiendo sueños imposibles.

24 de marzo de 2016

B(r)uñuelos. (Parte 1)

Cualquier noche antes de viajar es un poema. Me acechan un montón de nervios absurdos que me impiden poner la cabeza en la almohada, creo que por pánico a dormirme y a no poder irme.

Siendo un poco madrileña de adopción, la mayoría podrían pensar que cogí la costumbre de irme en Semana Santa, como una más. Pero no. Pese a la redundancia, e independientemente del calendario, las semanas santas, son sagradas.

Llevo un buen rato escuchando a Quique González, que me habla de Conil de la Frontera, donde no estuve jamás. Las flores que crecen en las dunas, y esas que duermen a la luz de la luna, me llevan a casa, paradójicamente tan lejos.

Sólo puedo en pensar en las olas. En los cuarenta quilómetros por hora cerca del agua. En la Tramuntana. En La ola.

Pero en Semana Santa, la visita al mar es colateral, o bueno, accidentalmente propiciada.

Allá de los años, cuando yo ni existía, se empezaron a hacer unos maravillosos dulces los beatos viernes. Y será que somos muy tradicionales, pero desde aquel entonces, y hasta hoy, jamás dejaron de hacerse. Supongo que esto es una razón de suficiente peso para no faltar. Las manos son un bien preciado y cualquier par siempre es de ayuda.

Mis primeros recuerdos son alrededor de la mesa redonda de casa de mis abuelos, dormía todo el año en el cuarto de los trastos, pero el día que salía era por un buen motivo. Con un mandil a mi medida me embadurnaban las manos en aceite, y sin dejarme acercar al cuchillo, me daban monigotillos de masa para extender y reposar. Padre, siempre cogía los otros, con los años aprendí y entendí el por qué.

Al acabar, y cuando curiosamente siempre sobraba masa, me dejaban dar rienda suelta a la imaginación y hacer muñecos grandotes que casi ni cabían en la cazuela. Y es que siempre tuve ideas un poco peculiares…

Las posiciones eran siempre las mismas, la abuela a mi izquierda, madre a mi derecha, y padre siempre cerca de los fogones. Gemma crecía, y con ella el mandil, el mismo que sigue acompañándome hoy en mi pequeña cocina.

De receta quilométrica, la cual prometo recordar y compartir algún día, ha ido aumentando de cantidades con los años, a la vez que las manos arrugadas se despedían. La mesa ya no es la misma, ni las posiciones, ni los fogones, pero sí la radio y la cazuela, incondicionales compañeras.

Los muñecos y estrellas han pasado a ser buñuelos de chocolate, que tantos amigos han ganado. Una invención postmoderna de aquellos que empezaron a hacer hace tantos años.

Y sí, tenía que hacer un apunte: no son buñuelos al uso, son Brunyols de l’Empordà, genuinos y únicos.


La hora de partir se acerca, como el salitre.  

15 de marzo de 2016

Madrugar en Madrid. (Parte 1)



Asegurar que, desde que vivo en Madrid duermo más, sería una falsa verdad como un templo. Madrugar nunca estuvo hecho para mí. Jamás. Y parece que desde que vivo en la Avenida de los Pingüinos, a veces, los despertares se hacen eternamente gustosos. Pero no, hoy quiero hablar de madrugar, madrugar un domingo en Madrid.

La mayoría de veces que ha ocurrido ha sido accidental, lo admito, pero hay que aprovechar estas pequeñas oportunidades que te brinda la vida y exponerse al sol de invierno. Café corto, ropa cómoda y a la calle. ¡Y qué gran sorpresa! Siempre hubiera imaginado que sería la única humana deambulando por el barrio a las diez de la mañana de un domingo, pero no, hay quien a esas horas ya viene de hacer la compra, algo que tampoco acabo de entender. El café ha sabido a poco, así que toca buscar un desayuno en condiciones (para nada estoy hablando de un brunch, que empiezan pasadas las once). Zumo de naranja, bagel de cereales con queso fresco, café con leche en tazón. ¡Ay!

Pero tampoco. 0530Zulu. Cuesta dar el primer paso, las calles aún no están puestas, y los pingüinos aún no han quitado el hielo. Te das un par de golpes con el marco de la puerta, otro con la silla y, oficialmente has despertado. 

Queda claro que todo esto no viene de la improvisación, madrugar así es por tener un plan, y esta vez era ir a La Pedriza. 

Eran las siete y media de la mañana y sólo me crucé con mi vecina de casi enfrente y con Bobby. La calle estaba desierta, a lo mejor porque el supermercado no había abierto todavía. 

Y el metro, ¡ese sí que es un entorno de contrastes! Algunos vamos y otros vienen, y cómo vienen… Y eso mismo pensarán de mí, otro domingo. 

Llegas a Plaza de Castilla y ahí nace un mundo nuevo, el de la alta montaña. Botas, bastones, mochilas repletas, crampones, y hasta raquetas. Curiosamente todos tenemos algo en común: hacemos cola en la cafetería y pedimos el vaso más grande, largo de café. Seguro que la velocidad del autobús vendría determinada por el nivel de cafeína… 

Una vez sentada pensé que todos optaríamos por la opción del sueño profundamente ligero, pero el miedo no echó a todos para atrás, a todos menos a los valientes que deseaban llegar a su cama y preparaban las ovejitas. 

09.05am. 0ºC en la Plaza de Manzanares el Real. Mal.
09.10am. 0ºC en la Plaza de Manzanares el Real. Mal. Pero es que soy muy de terraza.
09.30am. 1ºC. Con el café se ve todo más claro, o caliente.
09.32am. 3ºC. 

Es mejor no pensar en los grados, el día es maravilloso, de los de sol radiante. Respirar aire puro, del que cura las alas, del que invita a volar. Caminar. Y aunque haya camino, y caminantes, la sensación es la de caminar sin sentido, pero con sentimiento.

Me sorprendió como los chiringuitos son la mejor señalización del camino a Canto Cochino, como también me sorprendió la afluencia de gente, y es que hay cola hasta para subir a La Pedriza. Pero andar así es un vicio, uno de esos esporádicos. Conocer gente, ciclistas y andadores. Disfrutar de la compañía, del verde, y del vino. Y de la nieve al fondo, de la Bola del Mundo. 



Mi maldito ojo micológico no paraba de mirar a izquierda y derecha, pensando, en otoño y con lluvia esto podría ser el paraíso. Pero no, no en fin de semana. ¿Cuándo, sino? 

Pese a las colas, y al posterior dolor de piernas, estos días tienen su recompensa.

Sí, valió la pena madrugar un domingo en Madrid.