Asegurar que, desde
que vivo en Madrid duermo más, sería una falsa verdad como un templo. Madrugar
nunca estuvo hecho para mí. Jamás. Y parece que desde que vivo en la Avenida de
los Pingüinos, a veces, los despertares se hacen eternamente gustosos. Pero no,
hoy quiero hablar de madrugar, madrugar un domingo en Madrid.
La mayoría de veces
que ha ocurrido ha sido accidental, lo admito, pero hay que aprovechar estas
pequeñas oportunidades que te brinda la vida y exponerse al sol de invierno.
Café corto, ropa cómoda y a la calle. ¡Y qué gran sorpresa! Siempre hubiera
imaginado que sería la única humana deambulando por el barrio a las diez de la
mañana de un domingo, pero no, hay quien a esas horas ya viene de hacer la
compra, algo que tampoco acabo de entender. El café ha sabido a poco, así que
toca buscar un desayuno en condiciones (para nada estoy hablando de un brunch, que empiezan pasadas las once). Zumo de naranja, bagel de cereales con queso fresco, café
con leche en tazón. ¡Ay!
Pero tampoco. 0530Zulu.
Cuesta dar el primer paso, las calles aún no están puestas, y los pingüinos aún
no han quitado el hielo. Te das un par de golpes con el marco de la puerta,
otro con la silla y, oficialmente has despertado.
Queda claro que
todo esto no viene de la improvisación, madrugar así es por tener un plan, y
esta vez era ir a La Pedriza.
Eran las siete y media de la mañana y sólo me crucé con mi vecina de casi enfrente y con Bobby. La calle estaba desierta, a lo mejor porque el supermercado no había abierto todavía.
Y el metro, ¡ese sí
que es un entorno de contrastes! Algunos vamos y otros vienen, y cómo vienen… Y
eso mismo pensarán de mí, otro domingo.
Llegas a Plaza de
Castilla y ahí nace un mundo nuevo, el de la alta montaña. Botas, bastones,
mochilas repletas, crampones, y hasta raquetas. Curiosamente todos tenemos algo
en común: hacemos cola en la cafetería y pedimos el vaso más grande, largo de
café. Seguro que la velocidad del autobús vendría determinada por el nivel de
cafeína…
Una vez sentada
pensé que todos optaríamos por la opción del sueño profundamente ligero, pero
el miedo no echó a todos para atrás, a todos menos a los valientes que deseaban
llegar a su cama y preparaban las ovejitas.
09.05am. 0ºC en la
Plaza de Manzanares el Real. Mal.
09.10am. 0ºC en la
Plaza de Manzanares el Real. Mal. Pero es que soy muy de terraza.
09.30am. 1ºC. Con
el café se ve todo más claro, o caliente.
09.32am. 3ºC.
Es mejor no pensar
en los grados, el día es maravilloso, de los de sol radiante. Respirar aire
puro, del que cura las alas, del que invita a volar. Caminar. Y aunque haya
camino, y caminantes, la sensación es la de caminar sin sentido, pero con
sentimiento.
Me sorprendió como
los chiringuitos son la mejor señalización del camino a Canto Cochino, como
también me sorprendió la afluencia de gente, y es que hay cola hasta para subir
a La Pedriza. Pero andar así es un vicio, uno de esos esporádicos. Conocer
gente, ciclistas y andadores. Disfrutar de la compañía, del verde, y del vino.
Y de la nieve al fondo, de la Bola del Mundo.
Mi maldito ojo
micológico no paraba de mirar a izquierda y derecha, pensando, en otoño y con
lluvia esto podría ser el paraíso. Pero no, no en fin de semana. ¿Cuándo,
sino?
Pese a las colas, y
al posterior dolor de piernas, estos días tienen su recompensa.
Sí, valió la pena
madrugar un domingo en Madrid.

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