Ahora con eso de la Navidad, la gente
enloquece. Las comidas acaban por no tener fin, como las colas. Pudiendo
comprar con tiempo, esperamos al último momento, creo que también por
tradición. Como lo de Doña Manolita:
cuna de la superstición. Jamás lo entendí.
También se acerca eso de los balances que, queramos o no, hacemos todos, hasta las empresas. Y es algo
que me gusta y disgusta a partes iguales, porque siempre acabo en números y
hechos rojos.
Este año ha sido par. Y no sé por qué, pero
jamás tuve simpatía por los divisibles. Una manía, supongo.
Empecé cerca del mar, y con los
primeros rayos de sol y el viento de cara, hice lista de deseos, que deseché,
tocaba dejarse sorprender. Volvía a ser la primera vez para muchas cosas.
Ella me acercó de nuevo al mar, para siempre, y él, sin
saberlo, me enseñó a volar en sueños. Desde entonces ya no tengo miedo a las
agujas.
Recuperé el placer por andar, por
perderme, por pasar desapercibida. Ser nadie. Dormir sola sin pesadillas. Y cuando
en el hemisferio norte empezaba la primavera, inesperadamente, llegaron ellos.
Volvieron las noches sin dormir.
Absurdeces sin parar reír. Una curiosidad, que mató al gato.
La playa me esperaba de nuevo.
Parajes recónditos y baños eternos, rutas absurdas, noches de estrellas. Estrelladas.
Música. El Sardinero. Y tú, y tú, y tú. La Cate. Las cenas. Ellos. El
Mediterráneo caliente. Las noches largas. Más música. Amanecer bailando. Sonrisas. Algún
llanto. Ellos. El desorden. Los sueños. Volver al mar. Un largo etcétera de
momentos que construyeron el verano del dieciséis.
Como un castillo de naipes tras
un estornudo, el verano desapareció y volvió poco a poco el frío. Volví a pasar
más horas en casa, volví a los libros, y sin saber muy bien cómo, acabé
enganchada a un proyecto que meses antes ni conocía.
Una pérdida inesperada.
Se me ocurrieron mil excusas para
no ir a cazar setas, porque sí, los catalanes, aun en Madrid, las cazamos. Pero
bajo aquel manto de estrellas me di cuenta de lo estúpidos que somos, no por
cazar, sino yo, por demasiado pensar.
Todos los ellos, ella, él, tú, y
puede que yo, fuimos capaces de llegar al final de este año. Con muchos
objetivos todavía por cumplir, muchas cosas que cambiar, y mucha gente por
conocer, espero ansiosa la llegada del primo 306.
La cola de la caja no da para
pensar mucho más, tendría que haber ido a Doña Manolita. A dieciséis días de
acabar el dieciséis sólo puedo decir, muy bajito, y con la cabeza gacha,
gracias.

