Recuerdo aquella noche sin casi
dormir. El recuerdo de aquellos bosques que había visto crecer, encinas y
pinares, robles, jaras. Donde crecía el musgo del pesebre, y las setas que tan
cuidadosamente sabía recoger mi abuelo. Quedaba reducido a cenizas, aquel
paisaje maravilloso y funesto que años atrás había acogido a tanta gente que
huía de su casa, para llegar a tierra prometida.
Las llamas tenían una virulencia
espectacular, parecían bailar un vals, ¿el Danubio Rojo? Parecían parejas
desordenadas, sin orden ni consenso, con un único fin, tintar mis pupilas
pardas del rojo sangre. Grabar aquellas imágenes a fuego.
El número de besanas quemadas
crecía exponencialmente, al tiempo que el verde mediterráneo perdía sus
componentes y quedaba reducido al más oscuro de los negros.
Días después, cuando los
lugareños ya habían empezado a avistar algunos brotes, me acercaba a aquel
maravilloso lugar, casa. Mis padres me recogieron cuando pasaban diez minutos
de las once de la mañana de un sábado soleado, de los de cielo azul y viento
cero.
Después de unos cuantos
quilómetros comentando la semana, aquel olor a tierra quemada se posó en mis
pituitarias para quedarse, todo aquel fin de semana, y creo que el resto de mi
vida.
Aquella recta, antes de subir a
las curvas del pantano era desoladora, ni pastos, ni pinos, ni absolutamente
nada. Troncos marchitos, y alguna que otra máquina agrícola varada. Nada más.
Negro. Azabache. Marrón oscuro.
Atisbo de verde. Negro.
Sin recordar precisamente el
punto, sí sentí como una gota salada se adueñaba de mis labios. Después de
aquella, vinieron otras muchas.
Y justo hoy, esta mañana, al
despertar los noticiarios parecían haberse puesto de acuerdo para repetir las
imágenes de aquel día, una tras otra. En silencio, me di cuenta que hoy la que
ardía era la casa de otros. Un trozo de casa muy grande y muy verde.
Imágenes candentes. Coches
calcinados. Caminos cortados. Cadenas de cubos. Pueblos devastados. Y sueños truncados.
El fuego es así, vil y
traicionero.
