30 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 48.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 

Volví a la normalidad. Me permití el lujo de dedicar la mañana a saldar mis deudas con el teclado. Había planeado el miércoles de otra manera, en mi cabeza sonaba diferente pero fiel a la no-rutina dejé fluir la improvisación.

Después de comer, y de comer la primera sandía del año, procedí al segundo café que no hizo demasiado efecto y me dejé caer en la cama con la intención frustrada de siestear.

Por la mañana tuve tiempo de dedicar algo de tiempo a los brazos y a reflexionar por qué tantas veces nuestros mayores no nos hacen ni puto caso. A veces parece que tenemos que seguir siendo pequeños de por vida y que nuestra voz debe sonar aflautada hasta el fin de los días. Es, como la desinformación que comentaba al principio de todo esto, un mal endémico. Mal de muchos, consuelo de tontos.

También tuve tiempo de echar de menos. 


Fui pronto a preparar la cena: milhojas de hojaldre, calabacín, champiñones y gouda curado. Condicioné la cena a los compromisos sociales, un encuentro antes de cenar, como todos los miércoles y el podcast Constante: los spin-off que nos gustaría ver. En lenguaje entendible al alcance de todos, una serie que deriva de otra, en la que uno de sus personajes es el factor común. Creo que me gustaría ver muchos de los que comentamos. Una serie contando las historias y viajes temporales de Riversong entre sus encuentros con el Doctor; un especial de Jerry, marido de Beth y padre de Summer y Morty Smith, un súper gañán cada vez més imprescindible; o una de Alfie, el asqueroso judío de Peaky Blinders, interpretado por Tom Hardy. Está claro que podríamos ser unos asesores de lujo, a imaginación no nos gana nadie.

Había sido un día sencillo. Antes de horizontalizar repasé mi lista de tareas: acabar un mooc, seguir avanzando en la aventura gráfica de Indiana Jones, pensar en un evento virtual en pro del Banco de Alimentos de Madrid, continuar con los libros empezados y dar forma virtual a un evento presencial que ya teníamos muy pensado.

Dado que todos los días son igual de laborables o festivos, tengo tiempo.

Ellos están bien.

29 de abril de 2020

Confimamiento: 46 + 47.

Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 93

Segunda infidelidad de confinamiento. Era lunes y las nubes se amontonaban en castillos. Cambió la rutina en casa y con ella mis horarios y mis motivaciones. No abandoné las buenas costumbres de zumo y café, pero decidí no pensar más allá de los siguientes diez minutos. Traté de escribir, pero estaba claro que no era ni el día ni el momento, a más de media página, pantallazo azul y destrucción absoluta. No me apetecía repensarme. No, la cuarentena no son solo panes, batidos y felicidad. Elena, mi psicóloga de referencia, lo decía:  tenemos derecho a no estar bien y a poderlo compartir. Seguro que estarán los detractores robots, pero… en fin.



El martes también empezó pronto (escribo esto ahora, lagarteando bajo el sol del miércoles). El día antes tuve algo así como un ataque de ira deportiva que acabó con resentimiento articular. Tengo que empezar a ser consciente que mis rodillas no tienen veinte años, aunque por aquél entonces rehuían el deporte, propiamente dicho, y adoraban la montaña y los conciertos.

Había cumplido a regañadientes con los deberes seriéfilos y pasé la mañana leyendo teorías alocadas y detalles imperceptibles. Todo parece tener sentido, o no. A un episodio del final, me siento más perdida que después de ver los dos primeros, aunque esto no es extraño porque siempre mis neuronas parecen trabajar por su cuenta y con poca comunicación con la razón. Algo extraño, pero después de 33 años, una se acostumbra.

Me aventuré con un risotto para padres, el único arroz con el que siempre acierto. Si tuviera que bautizarlo, sería de recapte, como la coca. Aproveché la escalivada hecha, de segunda o tercera generación, champiñones, cebolleta. Bastante repetible, creo.

Acabé ya la primera caja de arándanos y es que siempre apetecen, como la brisa que sopla ahora, haciendo más agradable, si cabe, el sol traicionero de finales de abril. Ya superé la versión fresa-nata, y sin cambiar la piel, ha vuelto el color natural de Gemma: el muy blanco.

Necesitaba reordenarme, volver a los moocs pendientes, tener la mesa despejada y lo papeles bien amontonados por temáticas. Series, eventos, asociación, trabajo (no-trabajo), relatos analógicos. Rebuscando entre cajones encontré un cuaderno del fatídico otoño de 2005.

Otoño, otoño.
Pasó el eclipse, la luna quiso observar de cerca a su querido sol,
pero después, nunca llegó la normalidad.
Viento, viento.
Y frío.
Empezaron a caer las hojas a cántaros, hojas queridas que el viento se llevó, y nunca, a pesar de los pesares, volverán.
Amores y desamores; amores y odios, y llantos.
Creo poder resistir,
recuerdo ser la fría luna que después del eclipse perdió el sol.
Recuerdo ser la fría luna que después del eclipse perdió a su vieja tierra.
No soy luna, a veces creo, aun, ser girasol.
Respiro, respiro.
La vida no me dio ningún respiro. Egoísta.
Seguro que por aferrarme tan tenuemente. Egoísta.
Yo, luna girasol o yo, luna fría.
A pesar de muchos pesares siento rabia por haber recluido en mí, en mi interior tantas buenas palabras, solo para compartir, ahora es, sólo, demasiado tarde.   


Poesía de bar con influencias de lujo, eso sí. Rubén Darío, Alejandra Pizarnik, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Sylvia Plath, Miquel Martí i Pol. Federico García Lorca llegó más tarde, como los haikus. Visto lo visto, siempre escribí en arte anárquico. Lo único que ordenaba en renglones eran las operaciones matemáticas.

Siempre tan dispersa, ilustrada moderna, luchando con el absolutismo de las normas y los convencionalismos impuestos. Habiendo vuelto donde crecí, me reafirmo en el crecimiento y mantenimiento de aquellos principios tan basados en la caída del “cenutrismo” obstinado.

Me di el tiempo de un café a sorbos para ponerme al día y volver a las andadas.





27 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 45.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 64800 minutos. 

Dicen algunos que el domingo es el día del “señor” aunque yo soy más del día del vermut.

Tengo el cuerpo extraño en lo que a horarios se refiere y me volví a despertar antes de lo esperado, que era más bien tarde. Madre ya patrullaba por casa y yo fui directa a la cocina. Zumo de naranja, arándanos y fresas. Lo que sobró, a la macedonia de postre.

Después de algo más de una semana no tengo muy pillado el punto del microondas y el café con leche tiene a abrasar. Me quedé en un estado vegetativo en el sofá tratando de buscar algo en la tele que me pudiera inducir al sueño. Vi los dos primeros episodios de The Good Wife, y reconozco que no me disgustó dado que no esperaba nada.

Pasé por la ducha y acabé el café al sol. Contra todo pronóstico seguía luciendo intenso y había hecho estragos en mi delantera, completamente sumida en el fresa-nata. Se escuchaban algunos niños a lo lejos, y divisé vecinos conocidos ya jubilados paseando niños, sin duda se estaba haciendo mal.

Un poco más tarde de lo previsto retomé la comunicación con Madrid. No recordaba que ya había pasado un año de LA boda. ¡Cómo pasa el tiempo! Y qué ganas de volverme a poner el vestido de lunares con las Converse rojas. Sí, fui a una boda con Converse rojas, a juego con los labios y con un bolso de algodón acorde: Eat, Sleep, Dominate the world and Repeat.

Esta vez vermut con mandarina. Muy repetible.

Seguimos al sol hasta que ya demasiado tarde, me llamaron a comer. Al entrar madre se asustó de la rojez, y después yo, que la padecí toda la tarde.

A las seis, todavía con café tenía una cita excepcional, invitada de lujo a un podcast peculiar para hablar de Solo en Casa 2: Perdido en Nueva York. No recuerdo la primera vez que la vi, pero me gustó mucho más que la primera, aunque analizándola un poco es un despropósito de principio a fin. Unos padres que se enorgullecen de haber perdido a su hijo y no el equipaje, unos malos muy tontos que son capaces de fugarse de la cárcel y llegar a NYC, un niño que es capaz de ir solo por toda la ciudad sin ser cuestionado, o el hecho de si ves a un mendigo lleno de palomas, seguramente sea buena gente, así que “niños, cumplid con el ejemplo”. Mal. Pero divierte, eso sí. Es un niño extremadamente listo capaz de enfrentarse a dos ladrones idiotas haciéndolas infinitas putadas dignas de Brico-manía. Mari se aventuró a decir que era la precuela de MacGyver, pues tampoco lo descarto. Visto lo visto, si Kevin tuviera que salir del confinamiento, podría perfectamente pasearse solo. 

Por la tarde llegó la tormenta para quedarse, con truenos que hacían hasta retumbar los cristales. Decidí abrigarme dignamente, aunque fuera para seguir estando por casa.

No estaba siendo un domingo productivo, o sí, quizás demasiado. Seguí sentada en la silla y me tomé un tiempo para releer mis últimos días y recordar que estaba viva, fiel a las no-rutinas.

Otro día que no hacía el deporte reglamentario.

Cené poco, aunque demasiado, dado que había comido algo más de lo debido; el rape al horno es algo siempre apetecible.

Quería arrancarme la piel. Los quilos de aftersun parecían insuficientes. A este paso, llegaría a ver Westworld, que tantas madrugadas había esperado. La semana pasada me había quedado a dieciocho tristes minutos. Esta vez llegó la hora, pero mi cabeza no estaba preparada para ninguna sesudez, al contrario, estaba gobernada por un pensamiento único de cese de calor y picor solar.


Y descubrí esta canción, que como tantas otras, declararía banda sonora oficial de las escrituras de Santa Paciencia.

26 de abril de 2020

Confinamiento: Día 44.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 3,2%

Siento que las semanas pasan muy deprisa. Vuelve a ser sábado en el calendario y me estoy haciendo sensible a los ruidos porque me desperté bastante antes de que sonara el despertador.

Con la vuelta de los arándanos era inevitable no pensar en los smoothies otra vez. Tomé el café en la terraza para medir la temperatura y confirmar que el sol seguía en su sitio. Antes de caer en la desidia y avaricia solar, invité a Patry Jordán al salón de casa y la insulté a la misma velocidad que ella cuenta los segundos. Tampoco quería dedicarle mucho tiempo así que probé un par de HIITs y me quise morir. Luego me premié con una Damm Lemon al sol, algo así como el aperitivo de los campeones.

Pensé en ESE día, en el que pudiera tomar una cerveza con sabor a sal y las olas rompiendo cerca. 


Al entrar, pedí permiso a madre para adentrarme en su templo culinario y contribuir en la comida: pastel de berenjena, patata y pisto. Fue grata la sorpresa de que las verduras tuvieran tanto éxito. De postre, fresas.

Aproveché para escribir y con el segundo café en la mano empecé a cabecear. El cuerpo me pedía siesta, y quién era yo para impedírsela. Descubrí una edición especial de RENT de 2019 emitida en FOX, y antes de llegar a Maureen, ya me había dormido. No puse despertador y me desperté cuando casi había acabado.

Luego estuve entre bambalinas mientras padres hacían su vídeo llamada de amigos y aproveché el tiempo para esto que llaman “cuidado personal” de cremas y mierdas. Siempre me planteo cuando es el momento de empezar con las antiarrugas.

Cenar pizza en fin de semana me recordó que algún día Madrid existió y me quedaron muchos planes pendientes. Volverán, sin duda. Aunque este año tampoco haya San Isidro, ni San Cayetano, ni Paloma.

Hoy justo hubieran empezado las fiestas de Figueres. “Xupinassu” en el Cafetó y primer día de Barraques. ¡Qué recuerdos! Cuántos conciertos vividos y no-vistos y cuántas madrugadas inexplicables. Padre, para sobrellevarlo mejor, plantó la bandera de la ciudad en la barandilla, porque dice que estamos en fiestas confinadas.



Por la noche, una cerveza que se fue de las manos, solo una, lo prometo. Pero siempre está el que lía y el que se deja liar, un Batman y un Robin. Y ya con el pijama me vinieron muchas ganas de gofre de feria con helado de fresa, el de pistacho nunca me gustó. De fondo creí oír la música de las fiestas.



25 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 43.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia.

Sonó el despertador muy pronto, pero había sido por elección. Zumo de naranja y café rápido.

Me deshice con el pijama con decisión me disfracé, como tantas otras veces, de persona-que-sale-a-la-calle.

Mascarilla, gafas de sol, guantes y a la calle. ¡Qué raro! Puse la directa, esquivé un par de paseantes de perros y me sorprendió tener que esperar en el paso de cebra. En la panadería no había nadie, la persiana del bar estaba muy bajada, y no había nadie en la cristalera probando guitarras. Al llegar al estanco sólo tuve que esperar a que pagara un señor. Cogí el periódico que todos los martes tiene padre encargado y caí en la tentación del couché de los misterios vaticanos. Dos Golden virginia amarillos, papel, filtros y un mechero. Festival del humor.



Luego deshice el camino y fui en busca de arándanos frescos. ¡Conseguidos! Cayeron en la cesta también algunas Moritz y los ingredientes necesarios para volver a hacer una tarta de queso sin nevera. La vuelta a casa sirvió para hacer bien de brazos y el sol empezaba a despuntar.
Flis-flis en toda la compra. Todo ordenado y un puñado aun frio de blueberries. Luego entré corriendo en la ducha y dejé que se hiciera larga.

Con otro café demasiado caliente salí a la terraza y bien virtualmente acompañada, llegó el medio día.


A la hora de comer siempre llega la marinada y tuve que recurrir a una chaquetilla para estar por casa. El melón con jamón entró de maravilla, parecía verano. Engullí el postre para llegar a tiempo a la reunión de los viernes, necesitaba otro café, esta vez corto. Más intensa de lo habitual fue productiva y volví a sentir las mariposas de la creación.

Aproveché para leer un poco de Bauman e hice tiempo hasta las ocho: el vino y las risas de siempre. Vi el cielo cambiar de color, rosa, morado anaranjado y negro noche. Entré a regañadientes para cenar.


Con la cara colorada y el inicio de un fresa-nata me tumbé en la cama a seguir leyendo, esta vez ficción. Sin mirar el reloj sentía como se iba haciendo cada vez más tarde, por el apacible silencio. Fumé el último cigarrillo aun con la ventana abierta, y sucumbí.

24 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 42.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia.

Hacía muchos años que no amanecía un 23 de abril en casa. ¡Qué bien, Sant Jordi! Sí, confinada. Sin libros y sin rosas.

No recuerdo que desayuné esta mañana, pero no faltaron el zumo de naranja, los arándanos confitados y el café, seguro. Salí pronto a la terraza, por fin hacía sol de verdad, del que embelesa, del que sería capaz de matar a un dragón, si existieran.

Pasé un tiempo incierto mirando a lo lejos y esquivando el zumbido de los bichos. ¿Qué hacen las avispas los días de lluvia?

Trataba de aceptar el no-Sant Jordi. Cargados sustancialmente los depósitos de vitamina D, entré sin vacilar y me enfundé las mallas que viajaron conmigo para una buena tabla de isométricos, a los que, por cierto, estoy encontrando cierto gusto. Después salí otra vez al sol e hice un par de Señor de la Danza para darme por satisfecha.


Saliendo de la ducha aun tenía pendiente la publicación del día anterior, que como era de esperar, también terminé en la terraza. Antes, pasé por el rincón secreto a buscar el libro que recién había llegado para madre. Otra vez Murakami. 

Entre una cosa y otra me dio tiempo a preparar el flan de huevo, bien simple: un litro de leche entera (¡error!), ocho huevos, 300g de azúcar y libertad de canela. Todo bien removido y al molde para cocer en el horno al baño maría por tiempo incierto. Digo esto porque cuando parecía que ya estaba siempre faltaba un-poquito-más.

A la hora de comer las noticias están prohibidas, así que pusimos nuestro musical favorito. Padres fueron a verlo en directo en el 92. Trajeron el CD doble, algo que por aquel entonces era muy “la hostia” y que no pude dejar de escuchar cuando lo descubrí. Cogía el libreto y me cantaba todas las canciones una y otra vez, aunque no entendiera, todavía, qué era un transformista o un bolxevic

Por la tarde tomé un café virtual con Barcelona, también añorando un día bonito. ¡Qué leches día del libro ni qué gaitas! S-A-N-T-J-O-R-D-I. Por las calles teñidas de rojo impera un olor único, a rosa con imprenta. Recibes y regalas. Un libro, una rosa. Nunca celebré San Valentín porque me parece una absoluta moñada, de querer a alguien o lo quieres todos los días o lo mandas a tomar por el culo, bueno, tampoco es tan así. Pero ¿venerar a un ser chiquitín medio desnudo que enflecha para emparejarte con quien le da la gana? No. Pero claro, recordemos que no todo es cuestión de demostrar el “amor” con corazones, también hay quien demuestra con un libro, quizás una rosa o simplemente con una mirada tímida en la distancia. En fin.

No podía entender hoy el día sin una rosa, que todavía están en capullo en el jardín. Volví a las manualidades, aquellas que de pequeña me hacían tan feliz. Papel rojo, verde y destreza de manos; un abrazo empapelado. Volví satisfecha, como cuando volvías a casa con una bolsa llena de libros. Esta vez volví al salón con una rosa infantiloide y un estrepitoso dolor de cabeza, de los de aquí, de los de viento, algo que tan poco echaba de menos. Acabé apagando los ojos por tiempo prudencial, esperando que la pastilla hiciera efecto. Justo, lista para cenar.

Mira que me gustan los calamares y los buñuelos de bacalao, pero estábamos ansiosos todos, para probar el flam podrit. Flan podrido, sí, habéis traducido bien. Tampoco es que nos gusten las cosas pochas, ni mucho menos, pero este resulta un mote “simpático” al flan que solía hacer mi iaia todos los sábados. Esos puntitos oscuros, sí, los típicos del flan de huevo, y la textura tan de… flan, daban sensación de algo poco agraciado al gusto. ¡Qué bien se lo callaban los que lo comían!


Aunque hubiera recuperado parte de mi cabeza, no la sentía al cien por cien así que preferí acostarme pronto, que no dormirme y hacer las paces con las series que voy dejando empezadas.

Recordes com ens duien
aquelles mans les roses
de Sant Jordi, la vella
claror d'abril? Plovia
a poc a poc. Nosaltres,
amb gran tedi, darrera
la finestra, miràvem,
potser malalts, la vida
del carrer. Aleshores
ella venia, sempre
olorosa, benigna,
amb les flors, i tancava
fora, lluny, la sofrença
del pobre drac, i deia
molt suaument els nostres
petits noms, i ens somreia
Salvador Espriu, “Les roses recordades”

23 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 41.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 1867 - 1919

Sigue lloviendo y por un momento de egocentrismo he pensado que las nubes me persiguen. Vale ya, es una borrasca, joder. Me levanté con cierta resistencia y un libro pegado a las lumbares.

Zumo indispensable y tostada otra vez con arándanos. La compra llegó más que pronto. Salí a tomar el café a cubierto con más frío del esperado. La nevera volvía a estar rebosante y hasta encontré un repollo en la terraza. Cosas.

Volví a entrar a pelear con la administración electrónica. ¡Qué engreída es! Con tanto fruncir el ceño está claro que tendré que recurrir pronto al tinte.

Creo que la mañana me cundió menos de los esperado porque llegó la hora de comer casi sin verla venir. Antes, pero, aproveché para compartir una foto con un libro favorito para celebrar el día del libro en el instituto. Dudé muchísimo. Creo que como con las películas, tengo tantos libros favoritos como momentos memorables, para bien y para mal. ¿Momo? También El petit príncep. Volver a casa, de Millás.  Trainspotting. La canción desesperada de los poemas de amor de Neruda. Difícil decisión. Pero también estaba El guardián entre el centeno, de JD Salinger, muchos de Preston & Child, la saga de Charlie Parker de John Connolly. El Impostor, de Jeffrey Archer. Pero después de mucho pensarlo, me quedé con Rubén Darío y el volumen que compila Azul, Cantos de Vida y Esperanza y Otros Poemas. ¡Tan subrayado! ¡Tan dibujado! ¡Tan vivido!

Y la vida es misterio, la luz ciega
y la verdad inaccesible asombra; 
la adusta perfección jamás se entrega, 
y el secreto ideal duerme en la sombra.

Por eso ser sincero es ser potente; 
de desnuda que está, brilla la estrella; 
el agua dice el alma de la fuente 
en la voz de cristal que fluye de ella.

Del primer canto.

Por la tarde hice un breve amago de lectura, pero caí en el bucle de las recetas. Esta sí. Esta meh. Esta puede. Esta no. Total, que a las siete de la tarde y en un ataque de necesidad de anti sociedad y vino entré en la cocina para tardar un buen rato en salir. Por la tarde habíamos dejado verduras asando en el horno. Berenjena, pimiento rojo y cebolla. Rebusqué en los armarios de lo que algún día fue mi cocina. Abrí una botella de MOSST. Infusioné romero de la terraza con ajo; seguía lloviendo. Dejé enfriar el agua y proveché para mezclar la harina y la sal. Luego de un volcán, fui añadiendo el agua sin dejar de remover hasta que quedó una bola más o menos decente. La bajé al mármol enharinado y seguí jugando con ella. Reposó a pequeños sorbos.

Cuando ya volvía a tolerar humanos, entró madre y preparamos una coca para cada uno. Coca de recapte. Siendo estrictos al significado de la palabra, sería una torta de lo recogido. Generalmente con pimiento y berenjena, y luego las variantes de cada región en función de mar o montaña. La nuestra, iría acompañada de anchoas. Esta frase reconozco la he escrito un par de veces. Trataba de intentar explicar la tradicionalidad del plato, pero viendo que podía incurrir en un jardín político-lingüístico, os invito a buscarlo por internet, porque la excusa de la falta de tiempo no vale.



Culinariamente soy bastante estricta. Bueno, un poco como en todo. Siempre es mejorable. Si bien es cierto que estaba muy rica, tengo ganas de poder repetir la creación y sacar mucho más partido al conjunto de texturas y sabores. Los veranos trabajados cerca de los fogones, dejaron huella.

Fui incapaz de acabarme mi parte, pero porque quería comer la media manzana al horno que había dejado, con yogur griego y canela de postre. Cuestión de espacio.

Por curioso que parezca empecé a tener sueño más pronto de lo habitual. Así que cogí el libro y después de leer más de lo previsto, me quité las gafas y dejé que las líneas se entremezclaran.

22 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 40.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 

¡Felicidades! Cuarenta días manteniendo la cordura en un encierro involuntario es todo un éxito. Algunos dirán que hice trampas, pero dadas las circunstancias, valió la pena.


Tuve un amago de pegado de sábanas que solventé con rapidez y decisión. El zumo de naranja es ahora el factor común, a falta de arándanos confitados que ya acabé. Desayuné con madre y el día merecía un plato especial: yogur griego con fresas y plátano. Un otre favori.

Va a ser que el diccionario de francés también está dando buenos resultados más allá de fortalecer mis tríceps.

Ayer seguía lloviendo, como hoy, constante e insistentemente.

Traté de leer un poco más de la pedagogía mortuoria, pero en días nublados no acaba de encajar. Como todo tiende más al negro, como Ed Harris en Westworld.

Me regalé el placer de no hacer deporte y comer un buen plato de galets farcits. ¿Os acordáis de l’escudella? No me dio tiempo a inmortalizar el momento, el hambre apretaba y es que padre, que sigue trabajando, lleva un poco regular esto de comer en horario madrileño.

Hoy era día 40 y martes de podcast, una rutina que nunca dejó de serlo y que siempre vi con buenos ojos para mantener un orden mental. No obstante, la serie, de la que infinitamente os he hablado, es una terrible estrujadora de neuronas. Esta semana volvería el debate: ¿existe el libre albedrío? ¿Es la venganza un motor lícito de justificación de nuestros hechos? Porque por más que tratemos de no caer en sus redes, nos encanta un “chúpate esa”.

En algún momento de café, no recuerdo bien si en el primero o el segundo, también pensé en cómo serán nuestras relaciones sociales futuras. ¿Hacer cola para tomar una cerveza? ¿No poder cenar con más de cuatro amigos? ¿Y las citas? ¿Llevaremos un termómetro en el bolso para decidir con quien nos abrazamos?

Todavía no he podido abrazar a mis padres. Es raro. Nunca hemos sido muy cariñosos, y por una vez que nos apetece, nos gana la cautela. Mal. Supongo que igual de raro que encontrarte con tu hermana y con tu madre en el supermercado y no mostrar signo alguno de apego.

Sabía que cenaría tarde así que cogí el penúltimo trozo de bizcocho al que decidí no acompañar con chocolate. Fuerte, Gemma. Fuera guilty pleasures, que vicios ya tienes unos cuántos.

Cenaría a destiempo, como todos los martes. Cuando llegara el momento lo iba a gozar, por hambre y porque hacía un montón que no comía salmonetes enharinados. Ricos.

Como era de esperar el podcast se alargó y cené en silencio acompañada por la lluvia incansable cayendo en la terraza, como si fuera el crepitar de la leña. El mismo sonido que dejé me acompañara en la lectura y me abrazara hasta caer rendida por la calles saladas de Palma.

21 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 39.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 78/2

Mis convicciones religiosas son discutibles, más bien nulas. Pero no hay día que no me enorgullezca de haberme encomendado a esta señora. Por otro lado, también agradezco que mis padres no fueran crueles al bautizarme. Ser paciente está muy bien, pero de aquí a llamarte Paciencia. En fin.

Creo que mi madre y yo competimos para ver quién se despierta antes, pero me gana todos los días. Encontré el zumo de naranja ya hecho, ella ya había desayunado y todo.

Cuando quedaban 18 minutos para llegar al directo de esa serie que un día fue del oeste me quedé dormida. ¡Mirando un episodio de Friends! Y qué bien la hice, porque de haber sabido la mañana que me esperaba, encima con sueño, hubiera sido de lo más catastrófico.

Usar un tazón de café de Santa Claus en abril es un poco raro, no os voy a engañar. Pero mi manía por las tazas, estando en casa ajena se suaviza.

Si llego a ser empresaria algún día me prometo estrecha comunicación con mis trabajadores, de esto no tengo dudas. Suspendieron las clases y por ende la labor de los intérpretes de lengua de signos en el aula. Tuvimos escasa comunicación de uno de estos expedientes temporales de empleo, para que luego descubrir que había sido rescindida hace no se cuántos días. Y todo esto, así contado rápido y en versión resumida, sin perder la sonrisa. ¡Bendita Paciencia!

Entre llamadas e insultos, pude acabar de ver el episodio justo para comer.

Carn d’olla sin escudella. Supongo que es raro para un catalanoparlante entender una cosa sin la otra. Los dos conceptos juntos hacen lo que la mayoría conoce como “cocido”. L’escudella es la parte húmeda, el caldo. Y la carn d’olla, como propio nombre indica, la carne, lo sólido, la gallina, el puerro, el repollo, el jamón, la zanahoria, la ternera, la patata, la manita de cerdo y como no, la pilota. De la lista, seguramente podáis adivinar fácilmente lo que nunca me comí.

Por la tarde aproveché para empezar a preparar el podcast de mañana. Pese a haberme concienciado a no tener tiempo para “deportear”, me vestí sin casi pensarlo y llegué a tiempo para poder retroceder el daily de Patry Jordan. Como la puto odio. ¡¿Qué haga planchas sonriendo y encima alternando las manos?! Mal. Cambié los diccionarios Català – Francès, Francès – Català por el tocho de Español – Inglés – Español de tapa dura. Seguro que mañana me vea muy capaz de “shit on her dead”.  

Algo que siempre echo de menos cuando no estoy en casa es comer pescado. Deduzco que por pereza y porque en la pescadería siempre te dan la bolsa húmeda sin alternativas.

Tener unos padres seriéfilos es curioso, porque después de cenar hay ritual de silencio. Y como no voy al día y tengo aversión a los spoilers, vine a la habitación a seguir “frikeando”, porque no hay otra manera de llamarlo.

A todo esto, sigue lloviendo. Y cada día publico más tarde. 



20 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 38.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia.

Los domingos acostumbro a que siga siendo domingo, aunque a veces también los jueves, o algún viernes. Me desperté tarde y encontré el zumo hecho por otras manos.

Me costó arrancar y es que el tiempo no ayuda, las nubes y la lluvia a veces me grisean.

Venía pensando en hacer un bizcocho hace días, traté de hacer madalenas en el microondas los primeros días en Madrid y sucumbí a un mug cake la noche que vi El Hoyo. ¡Cuánto he echado de menos el horno! Un yogur, tres huevos, tres medidas de harina, dos de azúcar, una de aceite, un sobre de levadura y bien de canela. En un pequeño molde también la versión con ralladura de chocolate negro, por probar. Ya se me ocurrió cambiar de molde, así que tampoco iba a cuestionar la presencia de piñones sí o piñones no.

El tiempo de horneado sería el justo para esperar la comida y acabarme el café.

Después de comer traté de resistir buceando por internet. Me cansé pronto y leí un rato; me volví a cansar. Echaba de menos el sofá y no por que aquí no tengan, sino “mi” sofá. Me acerqué a la colectividad del salón con el costurero en mano para cambiar unas hebillas escacharradas y devolver la forma original al peto.

Nos sentamos a merendar tarde, había que dar salida al bizcocho que tan bien pega con el café.
Aproveché finalmente para pasar por la ducha y ponerme al día con los amigos de lejos-cerca. Es raro pensar en un Skype con alguien que podría estar a dos calles. Video-llamada de bar, de cerveza y cigarro. No me hubieran apetecido ni patatas, tenía el bizcocho demasiado presente. Tanto, que llegué a no cenar.

Entré en un bucle temporal extraño, remiré algunas fotos de mi yo pasado, entre reloj y reloj habían pasado casi dos horas y estaba toda la casa en silencio. Estaba empezando a pensar que el café tardío había sido un error, o una suerte, que los domingos toca serie de madrugada.

Con el pijama puesto me puse en la cama para hacer tiempo. Estuve confirmando algunas teorías que había leído por la tarde y otras tantas que se me ocurrían sobre la marcha. La última vez que miré el reloj sólo faltaban veinte minutos para Westworld.


Me quedé dormida.

19 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 37.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. Mt 19, 30-20, 16

Para tres zumos de naranja, dos tipos de naranjas distintas, esto sólo puede pasar en casa. Básicamente porque mi frutero es de capacidad limitada y porque, después de alguna que otra conversación pre-cuarentena, sería un absoluto sacrilegio dudar entre Tarragona o Valencia.

Padre salió pronto de casa a por el pan en el horno de toda la vida. Aquí siempre se compra el pan los sábados, no es que sean devotos del pan seco, sino que cuentan con buen espacio de congelación. Volvió con el alijo y con tres cruasanes. Mal. Dijo que de haber habido hubiera traído xuixos[1], pero la verdad, agradecí la ausencia porque no me gustan. Caí claramente en la tentación y acompañé el café con medio cruasán y unos pocos arándanos. 


Había una vídeo-llamada ajena y tocaba ser sigiloso, por si acaso, así que aproveché para quemar el placer culpable y pasar por la ducha. Como hecho excepcional me disfracé de persona-que-anda-cómoda-por-casa.

En esta parte de confinamiento “dC” insisto en lo de comer pronto porque para ello hay que empezar a cocinar todavía más pronto. Mantuve una conversación interesante con madre acerca del tamaño de los fideos y su indignación de por qué en los supermercados de aquí se saltan tamaños. Los del nº0 para la sopa, los del nº2 para los fideos a la cazuela, pero ¿y los del nº1? Fideuá, demi française.

Tenía los calamares ya listos para saltear. Para el sofrito, concentrado de pescado también del norte de la frontera, aquí lo hacemos todo así; el caldo también de pescado, obvio. Madre es muy buena jefa de cocina, no grita. Se le da muy bien escuchar a los sabios de los fogones, como fueron mis abuelas o tantos otros cocineros de renombre como Nandu Jubany, cocinero con estrella a quien tuve el placer de conocer: los fideos hay que rossejar-los bien antes añadir el líquido. Es la clave. Cuando tuvieran  toda la gama cromática de parduscos, ese era el momento. Caldo, chup-chup y al horno.

De postre, una buena macedonia con zumo de naranja, piña, plátano y fresas. La pasión por las rosáceas viene de la parte materna. Mi bisabuelo tenía campos de fresas, mi abuela contribuía en el preparado “bonito” de las cajas y el resto de las generaciones nos hicimos especialistas en comerlas.

Por la tarde fui yo la de la vídeo-llamada. Me sorprendió gratamente la capacidad de adaptación de ambos, dos seres libres por naturaleza, confinados, ahora, en casa de padres. Ya lo decía Nietzsche, “that which does not kill us, make us stronger”.

Aprendí también un nuevo concepto: coviding. ¡Cómo no se me había ocurrido! Indagué un poco más y encontré definiciones para covided y covidiot. Maravilloso.

Por la tarde volvimos a los juegos de mesa no sin antes merendar y poder acabar lo que había dejado a medias y con la tripa llena, la revancha que todos deseábamos. Los últimos serán los primeros.  

Les había prometido una tortilla de patatas de las mías. Siempre que trato de hacerla aquí es una sorpresa, distinta materia prima, distinta sartén y distinto fuego. Aproveché para cervecear y fumar un piti con un trozo de Acelgas[2] mientras las patatas pochaban, nunca fritas. Podría haber sido mucho más ambiciosa pero no quise pasar de los siete huevos. Necesité ayuda de padre para dar la vuelta a los 32 centímetros de sartén, sólo una vuelta. Otra clave.


Después de cenar, un poco más tarde de lo habitual, madre cayó rendida y decidí enfrascarme en la lectura de una de sus recomendaciones: Dins el darrer blau, de Carme Riera. Llevando pocas páginas sentí como Bauman me miraba de reojo desde la mesita de noche. Cerré el primero y también me dejé caer a la lectura sus miedos líquidos.


[1] Dulce típico de la provincia de Girona; pasta rellena de crema pastelera frita y azucarada. Una bomba para diabéticos.
[2] Grupo peculiar de amigas que apreciamos el buen vino, las buenas historias y, aunque el nombre del grupo pueda confundir, la buena comida.

18 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 36.


Diario el apocalipsis según Santa Paciencia. 09:07:01

3,5 dC (después de casa).

Apagué el despertador y encontré una de las almohadas en el suelo y el nórdico parecía una lacito de hojaldre. El vicio del destape no ha cambiado y tampoco recuerdo haber peleado con nadie. En fin.

Al salir al pasillo asusté a madre que, dada la prontitud, sufría por haberme despertado.

Ella solo es bebedora de zumo de fines de semana, pero no pudo resistirse y preparé dos. Desayunamos en el modo “cada loco con su tema”, ella bebe no-leche con copos de avena y cosas varias, yo opté por seguir fiel al café y a las tostadas con canela arándanos.

Después de dar un par de vueltas inciertas decidí ir directamente a la ducha y salir a la terraza para acabar el café ya frío. El sol trataba de hacerse lugar entre las nubes y necesitaba mi suplemento de vitamina D. Traté de nuevo de esquivar a la vecina empeñada en que estoy en casa de vacaciones y como tendemos a ser poco alarmistas en casa, sonreí y fingí hablar otra vez por teléfono. ¡Qué manía!



Por momentos sentí el trabajo cerca, bueno, el no-trabajo. Feliz de pensar en que todavía es posible tener fe en algunos humanos y, por el contrario, ratificarme en que el que es gilipollas, engreído y egoísta lo será de por vida. Nada nuevo, sólo una pequeña necesidad de desahogo.

Comí uno de mis platos favoritos, judías verdes hervidas con patatas. Sí, siempre fui un tanto rarita, y reconozco que mejora con la presencia de zanahoria. De postre, otro café para otra reunión virtual para eventos también virtuales; reinventarse o morir.

Decidí prescindir del deporte casero en favor de los juegos de mesa. Curioso, teniendo en cuenta la presencia de protecciones y alcohol en la mesa. Mah-Jong es un juego original de China. Mis padres empezaron a jugar de jóvenes con los amigos, algo que también dejó huella. A diferencia de las muchas versiones que existen en internet, algo más parecido a un solitario, es un juego de 2 a 4 personas. Cuatro son los vientos que guían el juego, siendo el este el predominante. El objetivo es hacer combinaciones elaboradas de 14 fichas y conseguir más puntos el que resto. Tríos escalados o iguales, escaleras completas, parejas o combinaciones algo más complejas que requieren casi una ficha de cada tipo, los cuatro vientos, tres dragones, un uno y nuevo de cada uno de los palos y una repetición. No recuerdo el año que entró en casa por primera vez, una versión, ahora vintage de Educa. Años después, en 2002, después de que padre tuviera que estar un tiempo en China por trabajo, conseguimos nuestra versión “original”. Jugamos unas 8 rondas y perdí unas 7, un éxito. Padre, el más reacio al juego en general, gozó de una suerte de no principiante imposible de alcanzar.

Habíamos dejado listo el relleno para una quiche, puerro, cebolleta, calabacín, champiñones y jamón. Convencidas de estar a punto de abrir una masa brisa nos encontramos con la sorpresa de un montón de hojas de filo que nos obligaron a reinventar el plato. Milhojas de lo-dicho-antes con queso emmental y trufa. Tocará seguir investigando porque el potencial para postre lo veo.

Aquí se cena pronto, ya lo dije.

Después de todo, volvía a tener ganas de vivir en la antisocialidad nocturna a puerta cerrada.


17 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 35.


Diario del Apocalipsis según Santa Paciencia. 240x370

Sonó el despertador pronto, pero ya no hay excusa para decir que todavía es oscuro. Con su voz robótica, “OK Google” me recordó que estaba en Figueres y que fuera había 16 grados nublados. El típico momento de “me-doy-la-vuelta-y-hasta-luego”. No.

Me levanté y busqué las zapatillas de andar por casa que siempre pierdo, sobre todo porque tengo el mal vicio de ir descalza siempre. Pero recién llegué uno de mis termos de agua, y de cristal, impactó con el suelo a modo de comité de bienvenida.

Dos naranjas, dos rebanadas de pan y dos trozos de jamón. Hubiera desayunado en la terraza, pero la vecina espera a que salga para salir y darme conversación, todavía no tenía ganas de hablar.

Me estaba haciendo de rogar al pantalón corto, a los calcetines antideslizantes y a la camiseta holgada. Ding, dong. Genial. Llegaba el pedido de la frutería a domicilio. No encontré los guantes a tiempo, pero la cantidad de botellitas de alcohol que hay en casa no los hacen necesarios: espeso, líquido, cremoso, todas las texturas posibles. Apareció un chico “cachas” con dos cajas ingentes de frutas y verduras. Llegaban los arándanos, que recientemente descubrí que se llaman nabius en catalán. Al pasar la tarjeta recordé ese momento incómodo en el estanco semanas atrás de mano, tarjeta, guante, no-guante. Esto me pareció chupado y más después de que ya no empaño las gafas.

Limpiar verduras, ¡qué cosas! Nos pusimos a preparar la comida de hoy: escalivada.

Ya con el horno en marcha y madre lejos tocaba gimnasio de salón, del bien hecho y a puerta cerrada.  Body Balance con Lee McGiffen. Ese vídeo que descubrí al principio del confinamiento y que, como buena seguidora de Les Mills, no cambiaré hasta pasados tres meses. Ding, dong. Otra vez el timbre. Me pilló en medio de un reverse warrior en el minuto ocho y me jodió todo el rollo. Mascarilla. Amazon. Por fin, Zygmunt Bauman y su Miedo Líquido entre mis manos. Tres libros en la mesilla. Mal. Pero volví donde me había quedado. Cocodrilo bajo, cobra, perro. Odio. Pero lo peor es cuando llega el Eka Pada Rajakapotasana, que corporalmente resulta tan complicado de ejecutar como el propio nombre, aunque comúnmente lo llaman paloma, pero dado el asco que les tengo, prefiero seguir dejándome la lengua en ello. Antes de llegar a la relajación hice unos quince minutos de Patry, siempre un gran y necesario error, pero decidí volver a los últimos minutos de Lee, que ayudan bien a relajar.

Comimos también filetes rusos, hecho que os confirma que mis hábitos alimenticios partían de una buena base pero que se estropearon en la senda de la independencia. Si, como auguran, viene un cambio, quien sabe.

Luego me puse a revisar mis moocs pendientes. Las ciudades me interesan, pero ahora que estoy en el pueblo, me sentí descontextualizada para continuarlo. Encontré uno bastante más interesante, peculiar y delicado: “Pedagogía de la muerte para docentes”.  Puede sonar muy creepy, lo sé, pero dados los tiempos que corren, el cómo viví la experiencia siendo estudiante y cómo la viví también en el trabajo, me pareció justificado aceptar las condiciones. Parto de generalidades, claro, pero tendemos a ser educados en la muerte como tabú, especialmente en el seno familiar. La muerte como tal está presente en el currículo educativo como contenido de examen, claro: la muerte celular, el holocausto, la deforestación, la Guerra Civil, pero ¿qué pasa cuando lo que muere no es una palabra en un libro? Como adulta a veces, creo que he sido educada en la muerte por ensayo-error. No recuerdo la edad que tenía cuando vi mi primer muerto, pero era en la cama de una casa vieja, a la antigua usanza. “Es como si durmiera contento” recuerdo, supongo que la capacidad deductiva y disociativa de los niños puede ser el mejor de los escudos. También vi morir mascotas y plantas, claro, pero tampoco lo recuerdo como nada traumático. De alguna manera también murieron los Reyes Magos o el Ratoncito Pérez, pérdidas justificadas del crecimiento. Con dieciséis años vino la hostia fuerte, el bofetón supremo de una muerte inesperada. Dejó de sentarse a mi lado, joder. Todos nos hicimos muy nuestro el duelo, queríamos ser mayores y nos dejaron serlo, con un acompañamiento incondicional desde la distancia, al otro lado de la mesa. Nos dieron un trozo de jardín para plantar una mimosa, la posibilidad de hacerle un homenaje delante de todos y también tiempo, mucho tiempo en el que los silencios pasaron de incómodos a necesarios. Fue jodido, muy jodido. Aunque de todo aquello también salieron amistades que hoy persisten. De toda esta reflexión, me pregunto: ¿qué haría yo como adulto de referencia en una situación así? ¿Qué haríais vosotros?

De haber estado en casa, yo, me hubiera tomado un chupito, sin duda. Pero las llamadas amigas, como necesidad y como alternativa, ayudan.

Después de cenar probé la nueva modalidad de arándanos recién llegados: aranyons confitats. Lo más cerca que he estado de los frutos secos en años y que con yogur natural de tarro de cristal pegan a las mil maravillas. Nueva droga.

Volví al confinamiento de casi nueve metros cuadrados escondidos entre camas y muebles para escribir, centrarme, respirar hondo y acabar así.


16 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 34.


Diario del Apocalipsis según Santa Paciencia. 3:4

He vuelto a casa, como tantas veces hizo Kevin Garvey después de fumar un cigarrillo a escondidas.  
Me costó dormir y desperté en una cama orientada al oeste. ¿Mi cama? Siempre que amanezco aquí siento haber dormido mejor.

Andar hasta la cocina fue más largo y no tuve que parar a medio camino a por naranjas. Preparé el zumo para que la adaptación fuera mejor y no desayuné. Echaba de menos los arándanos.

Curioso el hecho de despertar lejos-cerca de alguien, después de tantos días. Salí a la terraza con el café que enfriaron las nubes y el tiempo parecía pasar a una velocidad distinta. Traté de engañar al reloj con deporte mal hecho, pero no surtió demasiado efecto.

Después de hablar con mi medio huevo me senté en la mesa que tantos años me vio estudiar de noche, con la música bajita. Observé los libros, una parte de tantos: Los pilares de la Tierra, The hound of the Baskerville, una antología poética de Miguel Hernández, o la Metamorfosis de Kafka. Recuerdos y retales de vida. Repudié el ordenador viejo y reordené los lapiceros. Una mesa nueva en un confinamiento nuevo.




Puse la mesa, aquí se come pronto: trinxat de la Cerdanya, comida de invierno.

De postre, una siesta de las que no se pueden ir de las manos. Tengo dos nuevos libros en la mesilla: Dins el darrer blau de Carme Riera, que habla de los judíos en Mallorca, un complemento perfecto a la segunda temporada de Treufoc, a la que sigo totalmente enganchada; y el segundo El fill de l’italià d’Emili Nadal que es toda una sorpresa. Ambas, recomendaciones de madre.

Volví a por un tercer café, esta vez descafeinado, por si acaso.

Pasé por la ducha, aquí el agua caliente no se acaba y cambié el chándal por ropa de persona, todavía tenía pendiente un podcast.

La pre-cena fue interesante, habíamos organizado para hoy un encuentro virtual acerca de cómo pueden ayudar los podcast de psicología en plena cuarentena: sobrellevar el duelo, herramientas y motivaciones para sobrevivirnos o cuán de necesarias serán las terapias del después.

Aquí se cena también pronto, pero no cogí todavía el hábito.

Rodeada de mis recuerdos de adolescencia pensé me sería fácil hablar de las series que me marcaron. Dawson’s Creek y las Chicas Gilmore eran mis favoritas, por el montón de referencias cinéfilas que contenían y porque pasaban bastante de los estereotipos de serie juvenil americana. Lorelai y Rory eran adictas al café y sería bonito decir que la adicción me viene de allí, pero no.

A ratos tengo la sensación de que socializar, aunque sea en extrañas circunstancias, me cuesta y me resulta más sencillo sentarme sola a media luz para escribir.


Sólo deseo que no me cueste dormir, cause I’m lucky I know.


15 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 33.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia.

Es bien sabido que después del 31 viene el 32. Seguramente sea por ser la reina del desorden o porque tengo cierta tendencia a saltarme las normas, pero aquí después del 31 viene el 33. Cierto es que siempre fui mucho de impares. ¿Podría ser un vacío espacio-temporal? Me aventuraría más a llamarlo “días-que-se quedan-cortos”. Y mira que no pensé que diría esto estando en pleno confinamiento, pero siempre hay una primera vez para todo.

Tomar ciertas decisiones a veces me cuesta, generalmente las fáciles las hago difíciles y viceversa, porque tomo el camino recto y a tomar por el culo. Traté de pedir consejo, haciendo una selección demasiado sesgada. Puede que una encuesta en redes sociales hubiera resultado más satisfactoria dada la experticia de muchos. Pero el caso es que estos últimos días, entre arándanos, series y filosofía también ha imperado la dicotomía: irme o no irme.

Sabía que la huida me llevaba a buen puerto, pero no podía dejar de pensar en los cabos de amarre y fondeo que tengo en Madrid. ¿Lo veis? Difícil. Además, a todo ello se sumó la responsabilidad social contra personal. Una mierda.


Después de muchas peleas de almohadas y cigarros a medio fumar llegó el desaparecido día 32, que empleé para poner en marcha una lavandería en mis 36m2 de vida. Lavar acorde con las necesidades, tender, secar, doblar, planchar. Un engranaje perfecto que me permitía ir vaciando la nevera en tiempo muerto. Salió a pedir de boca.

Con todo curiosamente ordenado, tuve tiempo hasta de jugar al Tetris: pantalón, camiseta, camiseta redoblada, jersey, sujetador, calcetines en hueco, calcetines en hueco, …, y así hasta llegar al game over. Me resultó complicado pensar en hacer una maleta para un tiempo incierto y más pensando que Madrid dejó de tener primavera y que cualquier día llegan los 30oC. Luego pensé que hay gente que se va a dar la vuelta al mundo con una mochila de 40L y me sentí una poor loser, igual que poniendo el despertador, demasiado pronto, como si fuera un miércoles y me tocara trabajar. Un drama. “La alarma sonará en 5 horas y 7 minutos”. ¡¿Qué?! Y todavía tenía que preparar el papeleo por si me encontraba con un simpático agente del orden que hubiera despertado con el pie izquierdo.

¡Alexa calla! Odio cuando no reconoce mi voz de moribunda en resurrección.

Tenía el tiempo justo para desayunar, ducharme, vestirme, tirar la basura, dejar las patatas y las cebollas a mi vecina de puerta y fumarme un “piti” antes de que llegara el taxi. En lo de medir los tiempos, si no es para una cita, soy un hacha. Hasta me dio tiempo a recordar que el 14 de abril de 1931 también era martes. ¡A por la tercera!

En el bolso sólo llevaba lo importante: el billete, la carteta, pañuelos, tabaco, tres mecheros, las gafas de sol, los auriculares, el termo de café, el alcohol de manos en cantidad bien y las mascarilla. ¡Ay, la mascarilla! Es un tanto incompatible con fumar, beber café y rascarse la nariz. Al taxista también le estaba costando, pero los dos manteníamos la compostura como si fuéramos unos eruditos de la protección.

Al llegar a Manuel Becerra tuve un choque con la realidad bastante bestia: cero bares, cero gante, cero coches y los mismos taxis de siempre en la parada. Según avanzamos por Alcalá había algo más de gente, sin movimiento, como si el frenetismo matutino hubiera sido hechizado por caracoles. La Puerta de Alcalá robusta e inmóvil parecía un poco más gris. Al bajar del taxi, alcohol; al tirar de la maleta, alcohol. Necesitaba un cigarro. Me acordé de Pedro Sánchez hincando el dedo en la mascarilla, hasta el fondo. 

El invernadero de Atocha también sonaba y lucía distinto. No caí en preguntar a las tortugas. Me sorprendió, no sé si grata o ingratamente, la cantidad de gente que había. Un 15% no parecía viajar por causa de fuerza mayor o especial necesidad, percibí cierta necedad, más bien. Ocupamos el vagón por mitades, en filas consecutivas y en ventanas opuestas. Me hubiera parecido todo genial si no fuera por que colocar las maletas arriba del asiento, sin necesidad, hace tapón. Un mal menor comparado con que ya llevaba una hora con la mascarilla puesta y todavía me quedaban cuatro más.

Despedí Madrid entre nubes, pensando en los que se quedan y me vine un poco abajo en medio de un banco de niebla. Necesitaba escribir frenéticamente. Recurrí al analógico. Empezaba igual:"Diario del Apocalipsis según Santa Paciencia". Día 33. Un paréntesis en el confinamiento. A cada minuto que pasa me siento más convencida de mi decisión, con todo lo que ello conlleva. Son muchos años fuera de casa, muchas manías coleccionadas. Ese junio fui yo la que hizo la llamada de socorro, sin pensárselo en menos de veinticuatro horas estaban aquí, en Madrid. Yo en cambio, maldita engreída, he tenido que valorar, esperar y dar tiempo. [...]

Así no, Gemma. 

Poco antes de llegar a Zaragoza salió el sol y me propuse dormir, sin éxito. Dejé que mi instinto musical me sorprendiera y pusiera banda sonora a la última media hora, sola en un vagón. 


***

Entré en casa casi de puntillas, con la mascarilla aun puesta y con unas ganas terribles de abrazar. No se puede, aún no. Pero con las manos ya limpias, y por turnos, nos estrechamos las manos muy fuerte, entregándonos la vida como en las regeneraciones del Doctor.  

Casa, ahora "vivo" aquí. 


13 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 31.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 14-10-2011

Ayer pensaba en ir a dormir tarde, y así fue. Una vez en la cama no conseguía encontrar la postura. Almohada dura con blanda, no. Almohada blanda con almohada blanda, tampoco. ¿Sólo almohada blanda? Creo que me quedé dormida en la combinación 7.

Cuando sonó el despertador, maldije el momento de haberlo puesto. Leí los mensajes pendientes, demasiados, y después de la saber de la muerte de Martina, me quedé echa bola: era mi segunda sobrina animal. ¡Tan peluda!

Café sin desayuno.

Publiqué el ayer y me quedé inmóvil en el sofá, en silencio, mirando a la nada. Es curioso el estado de desgana que provocan las hormonas: sí, tengo la regla y espero que nadie se incomode después de leerlo. Predecible sí, pero incontrolables los desbarajustes emocionales que provoca. Una mierda.

Fui a la nevera a por la sobras de ayer, que calenté en el mismo tupper y que vacié en un plato recién escurrido. Todo muy bah. Después me presté de nuevo a la horizontalidad.


Tuve que mandar la orden de levantarme unas cuantas veces, como Uma Thurman en Kill Bill, pero necesitaba urgentemente una ducha de las largas. Tuve un atisbo de Ave Fénix y aproveché para hablar con casa que siempre reconforta. Estuvimos hablando de qué día se come la mona: ¿domingo o lunes? Porque yo creía ser más de lunes, pero después de hablarlo empecé a dudar. Traté de justificar el consumo indebido de chocolate, comfort food, guilty pleasure. Chocolate, a secas. 

Llegué tarde a una llamada grupal seriéfila y al hacerse tarde, cené virtualmente con ellos y acabé con mi último puñado de arándanos.

No llegué a ver a Jordi Évole en directo. Increíblemente mordaz preguntó a Luis Enjuanes, el virólogo, por los anticuerpos españoles de Ortega Smith que tan hábilmente habían derrotado al virus chino. Os invito al onanismo televisivo porque la valió la pena. Pero mis ganas eran por Ricardo Darín, por sus ojos mar y por la serenidad de sus palabras, comprometido. Alguien que se describe a sí mismo como “melancólico”.

Después volví a caer en el silencio, turbado sólo por el ruido del ventilador del ordenador.

12 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 30.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 30

Desayuno continental: Figueres – Lisboa – El Far/ex-Ámsterdam – Madrid. Zumo de naranja, tostada con margarina y canela, penúltimo puñado de arándanos y café. Lo acompañamos de una buena puesta al día personal y laboral.

Han pasado treinta días y la resignación ha ido perdiendo terreno en pro de la aceptación, normalizando la no-rutina. Hay días que se me antojan días, lunes que son viernes, jueves que son domingos, sábados que parecen sábados. Me maravilla cómo nos aferramos a la libertad. Se habla mucho de la transición a la “vida normal”, no me preocupa tanto el cuándo si no el cómo. ¿Los viernes volverán a ser viernes?

Hoy es sábado, y en casa fem dissabte, toca limpiar bien. Así que dejé de procrastinar y dejar lo que había dejado a medias durante toda la semana y me puse de verdad.


Limpiar a ritmo de Journey es mucho mejor que a ritmo de Freddy, lo siento. Terminé antes de lo previsto y me dio tiempo a cocinar una adaptación libre de los tagliatelle alla norma.

Traté de evitar la siesta por encima de todo y preparé un segundo café, dejé mi FOMO por las cápsulas días atrás.

Conseguí que madre se enganchara a 1Q84 de Murakami. Con una clara referencia a Orwell, es un libro de dualidades, un hombre y una mujer, el bien y el mal, los que perciben y los que reciben, ¿realidad o ficción? Recuerdo que llegó a mis manos casi de casualidad y se convirtió en una tercera extremidad a lo largo sus 744 páginas. El desenlace, el llamado Libro 3, tardó en salir y sentí la misma impaciencia que con los de Preston & Child. Después de un destello de motivación literaria reempecé a John A. Keel con su Operación Caballo de Troya. Duré 30 páginas, se me hizo sesudo y lo volví a dejar para un momento de más lucidez.

No sé en base a qué asociación de ideas me vino a la cabeza mi primer videojuego, aunque a efectos prácticos fuera de mi tío: la aventura de gráfica de Indiana Jones y la Última Cruzada. Me resulta curioso pensar ahora en un videojuego metido en un disquete de 3.5, que encima pudiera tener diferentes finales en función de las decisiones que ibas tomando, un Heavy Rain del pasado. Sin dudar demasiado entré en Steam, me registré y descargué el juego. ¡Qué momento! ¡Y qué complicado volver a manejar una aventura a la antigua! Me propuse llegar hasta Venecia, pero neuronalmente tampoco acababa de estar preaparada.

¿Recordáis la tarta? Sigo merendándola y quise que mis vecinas también lo hicieran así que hice una excursión por el rellano repartiendo cuartos de cheesecake. Había estado leyendo un artículo de cómo sobrellevan los astronautas el confinamiento y hacían hincapié en lo importante que es celebrar las pequeñas cosas. Rebusqué en el cajón de las velas y me dispuse a felicitarme mis 30 días en arresto domiciliario. Excentricidades, supongo.



Me regalé volver un “noir”. Lorenzo Mejino, mi gurú de las series rarunas no deja de hacer recomendaciones de cuarentena y me sentí atraída por Treufoc, una serie mallorquina. Dado mi escepticismo ante las producciones patrias tuve ciertas reticencias, pero después de ver el primer episodio no podía parar.

No cené y me di el placer de la pausa para relatar el día de hoy, que pienso como un híbrido entre sábado y domingo porque iré a dormir demasiado tarde, seguro.