23 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 41.


Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 1867 - 1919

Sigue lloviendo y por un momento de egocentrismo he pensado que las nubes me persiguen. Vale ya, es una borrasca, joder. Me levanté con cierta resistencia y un libro pegado a las lumbares.

Zumo indispensable y tostada otra vez con arándanos. La compra llegó más que pronto. Salí a tomar el café a cubierto con más frío del esperado. La nevera volvía a estar rebosante y hasta encontré un repollo en la terraza. Cosas.

Volví a entrar a pelear con la administración electrónica. ¡Qué engreída es! Con tanto fruncir el ceño está claro que tendré que recurrir pronto al tinte.

Creo que la mañana me cundió menos de los esperado porque llegó la hora de comer casi sin verla venir. Antes, pero, aproveché para compartir una foto con un libro favorito para celebrar el día del libro en el instituto. Dudé muchísimo. Creo que como con las películas, tengo tantos libros favoritos como momentos memorables, para bien y para mal. ¿Momo? También El petit príncep. Volver a casa, de Millás.  Trainspotting. La canción desesperada de los poemas de amor de Neruda. Difícil decisión. Pero también estaba El guardián entre el centeno, de JD Salinger, muchos de Preston & Child, la saga de Charlie Parker de John Connolly. El Impostor, de Jeffrey Archer. Pero después de mucho pensarlo, me quedé con Rubén Darío y el volumen que compila Azul, Cantos de Vida y Esperanza y Otros Poemas. ¡Tan subrayado! ¡Tan dibujado! ¡Tan vivido!

Y la vida es misterio, la luz ciega
y la verdad inaccesible asombra; 
la adusta perfección jamás se entrega, 
y el secreto ideal duerme en la sombra.

Por eso ser sincero es ser potente; 
de desnuda que está, brilla la estrella; 
el agua dice el alma de la fuente 
en la voz de cristal que fluye de ella.

Del primer canto.

Por la tarde hice un breve amago de lectura, pero caí en el bucle de las recetas. Esta sí. Esta meh. Esta puede. Esta no. Total, que a las siete de la tarde y en un ataque de necesidad de anti sociedad y vino entré en la cocina para tardar un buen rato en salir. Por la tarde habíamos dejado verduras asando en el horno. Berenjena, pimiento rojo y cebolla. Rebusqué en los armarios de lo que algún día fue mi cocina. Abrí una botella de MOSST. Infusioné romero de la terraza con ajo; seguía lloviendo. Dejé enfriar el agua y proveché para mezclar la harina y la sal. Luego de un volcán, fui añadiendo el agua sin dejar de remover hasta que quedó una bola más o menos decente. La bajé al mármol enharinado y seguí jugando con ella. Reposó a pequeños sorbos.

Cuando ya volvía a tolerar humanos, entró madre y preparamos una coca para cada uno. Coca de recapte. Siendo estrictos al significado de la palabra, sería una torta de lo recogido. Generalmente con pimiento y berenjena, y luego las variantes de cada región en función de mar o montaña. La nuestra, iría acompañada de anchoas. Esta frase reconozco la he escrito un par de veces. Trataba de intentar explicar la tradicionalidad del plato, pero viendo que podía incurrir en un jardín político-lingüístico, os invito a buscarlo por internet, porque la excusa de la falta de tiempo no vale.



Culinariamente soy bastante estricta. Bueno, un poco como en todo. Siempre es mejorable. Si bien es cierto que estaba muy rica, tengo ganas de poder repetir la creación y sacar mucho más partido al conjunto de texturas y sabores. Los veranos trabajados cerca de los fogones, dejaron huella.

Fui incapaz de acabarme mi parte, pero porque quería comer la media manzana al horno que había dejado, con yogur griego y canela de postre. Cuestión de espacio.

Por curioso que parezca empecé a tener sueño más pronto de lo habitual. Así que cogí el libro y después de leer más de lo previsto, me quité las gafas y dejé que las líneas se entremezclaran.

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