Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 1867 - 1919
Sigue lloviendo y por un momento de egocentrismo
he pensado que las nubes me persiguen. Vale ya, es una borrasca, joder. Me levanté con cierta resistencia y un libro
pegado a las lumbares.
Zumo indispensable y tostada otra vez con arándanos.
La compra llegó más que pronto. Salí a tomar el café a cubierto con más frío del
esperado. La nevera volvía a estar rebosante y hasta encontré un repollo en la
terraza. Cosas.
Volví a entrar a pelear con la administración
electrónica. ¡Qué engreída es! Con tanto fruncir el ceño está claro que tendré
que recurrir pronto al tinte.
Creo que la mañana me cundió menos de los esperado
porque llegó la hora de comer casi sin verla venir. Antes, pero, aproveché para
compartir una foto con un libro favorito para celebrar el día del libro en el
instituto. Dudé muchísimo. Creo que como con las películas, tengo tantos libros
favoritos como momentos memorables, para bien y para mal. ¿Momo? También
El petit príncep. Volver a casa, de Millás. Trainspotting. La canción desesperada
de los poemas de amor de Neruda. Difícil decisión. Pero también estaba El
guardián entre el centeno, de JD Salinger, muchos de Preston & Child,
la saga de Charlie Parker de John Connolly. El Impostor, de Jeffrey
Archer. Pero después de mucho pensarlo, me quedé con Rubén Darío y el volumen que
compila Azul, Cantos de Vida y Esperanza y Otros Poemas. ¡Tan subrayado!
¡Tan dibujado! ¡Tan vivido!
Y la vida es misterio, la luz ciega
y la
verdad inaccesible asombra;
la adusta perfección jamás se entrega,
y el
secreto ideal duerme en la sombra.
Por eso ser sincero es ser potente;
de desnuda
que está, brilla la estrella;
el agua dice el alma de la fuente
en la voz
de cristal que fluye de ella.
Del primer canto.
Por la tarde hice un breve amago de lectura,
pero caí en el bucle de las recetas. Esta sí. Esta meh. Esta puede. Esta no. Total, que a las siete de la tarde y en un
ataque de necesidad de anti sociedad y vino entré en la cocina para tardar un
buen rato en salir. Por la tarde habíamos dejado verduras asando en el horno.
Berenjena, pimiento rojo y cebolla. Rebusqué en los armarios de lo que algún día
fue mi cocina. Abrí una botella de MOSST. Infusioné romero de la terraza con ajo;
seguía lloviendo. Dejé enfriar el agua y proveché para mezclar la harina y la sal.
Luego de un volcán, fui añadiendo el agua sin dejar de remover hasta que quedó
una bola más o menos decente. La bajé al mármol enharinado y seguí jugando con
ella. Reposó a pequeños sorbos.
Cuando ya volvía a tolerar humanos, entró
madre y preparamos una coca para cada uno. Coca de recapte. Siendo
estrictos al significado de la palabra, sería una torta de lo recogido.
Generalmente con pimiento y berenjena, y luego las variantes de cada región en
función de mar o montaña. La nuestra, iría acompañada de anchoas. Esta frase
reconozco la he escrito un par de veces. Trataba de intentar explicar la
tradicionalidad del plato, pero viendo que podía incurrir en un jardín político-lingüístico,
os invito a buscarlo por internet, porque la excusa de la falta de tiempo no
vale.
Culinariamente soy bastante estricta. Bueno,
un poco como en todo. Siempre es mejorable. Si bien es cierto que estaba muy
rica, tengo ganas de poder repetir la creación y sacar mucho más partido al
conjunto de texturas y sabores. Los veranos trabajados cerca de los fogones, dejaron
huella.
Fui incapaz de acabarme mi parte, pero porque quería
comer la media manzana al horno que había dejado, con yogur griego y canela de
postre. Cuestión de espacio.
Por curioso que parezca empecé a tener sueño
más pronto de lo habitual. Así que cogí el libro y después de leer más de lo
previsto, me quité las gafas y dejé que las líneas se entremezclaran.


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