Diario del Apocalipsis según Santa Paciencia. 3:4
He vuelto a casa, como tantas veces hizo Kevin
Garvey después de fumar un cigarrillo a escondidas.
Me costó dormir y desperté en una cama
orientada al oeste. ¿Mi cama? Siempre que amanezco aquí siento haber dormido mejor.
Andar hasta la cocina fue más largo y no tuve
que parar a medio camino a por naranjas. Preparé el zumo para que la adaptación
fuera mejor y no desayuné. Echaba de menos los arándanos.
Curioso el hecho de despertar lejos-cerca de
alguien, después de tantos días. Salí a la terraza con el café que enfriaron
las nubes y el tiempo parecía pasar a una velocidad distinta. Traté de engañar
al reloj con deporte mal hecho, pero no surtió demasiado efecto.
Después de hablar con mi medio huevo me senté
en la mesa que tantos años me vio estudiar de noche, con la música bajita. Observé
los libros, una parte de tantos: Los pilares de la Tierra, The hound of
the Baskerville, una antología poética de Miguel Hernández, o la Metamorfosis
de Kafka. Recuerdos y retales de vida. Repudié el ordenador viejo y reordené los
lapiceros. Una mesa nueva en un confinamiento nuevo.
Puse la mesa, aquí se come pronto: trinxat
de la Cerdanya, comida de invierno.
De postre, una siesta de las que no se pueden
ir de las manos. Tengo dos nuevos libros en la mesilla: Dins el darrer blau
de Carme Riera, que habla de los judíos en Mallorca, un complemento perfecto a
la segunda temporada de Treufoc, a la que sigo totalmente enganchada; y el
segundo El fill de l’italià d’Emili Nadal que es toda una sorpresa. Ambas,
recomendaciones de madre.
Volví a por un tercer café, esta vez descafeinado,
por si acaso.
Pasé por la ducha, aquí el agua caliente no se
acaba y cambié el chándal por ropa de persona, todavía tenía pendiente un
podcast.
La pre-cena fue interesante, habíamos organizado
para hoy un encuentro virtual acerca de cómo pueden ayudar los podcast de
psicología en plena cuarentena: sobrellevar el duelo, herramientas y motivaciones
para sobrevivirnos o cuán de necesarias serán las terapias del después.
Aquí se cena también pronto, pero no cogí
todavía el hábito.
Rodeada de mis recuerdos de adolescencia pensé
me sería fácil hablar de las series que me marcaron. Dawson’s Creek y
las Chicas Gilmore eran mis favoritas, por el montón de referencias cinéfilas
que contenían y porque pasaban bastante de los estereotipos de serie juvenil
americana. Lorelai y Rory eran adictas al café y sería bonito decir que la adicción
me viene de allí, pero no.
A ratos tengo la sensación de que socializar,
aunque sea en extrañas circunstancias, me cuesta y me resulta más sencillo sentarme
sola a media luz para escribir.
Sólo deseo que no me cueste dormir, cause I’m
lucky I know.


No hay comentarios:
Publicar un comentario