Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. Mt
19, 30-20, 16
Para tres zumos de naranja, dos tipos de naranjas
distintas, esto sólo puede pasar en casa. Básicamente porque mi frutero es de
capacidad limitada y porque, después de alguna que otra conversación pre-cuarentena,
sería un absoluto sacrilegio dudar entre Tarragona o Valencia.
Padre salió pronto de casa a por el pan en el
horno de toda la vida. Aquí siempre se compra el pan los sábados, no es que sean
devotos del pan seco, sino que cuentan con buen espacio de congelación. Volvió
con el alijo y con tres cruasanes. Mal. Dijo que de haber habido hubiera traído
xuixos[1],
pero la verdad, agradecí la ausencia porque no me gustan. Caí claramente en la tentación
y acompañé el café con medio cruasán y unos pocos arándanos.
Había una vídeo-llamada ajena y tocaba ser
sigiloso, por si acaso, así que aproveché para quemar el placer culpable y
pasar por la ducha. Como hecho excepcional me disfracé de persona-que-anda-cómoda-por-casa.
En esta parte de confinamiento “dC” insisto en
lo de comer pronto porque para ello hay que empezar a cocinar todavía más pronto.
Mantuve una conversación interesante con madre acerca del tamaño de los fideos
y su indignación de por qué en los supermercados de aquí se saltan tamaños. Los
del nº0 para la sopa, los del nº2 para los fideos a la cazuela, pero ¿y los del
nº1? Fideuá, demi française.
Tenía los calamares ya listos para saltear. Para
el sofrito, concentrado de pescado también del norte de la frontera, aquí lo
hacemos todo así; el caldo también de pescado, obvio. Madre es muy buena jefa
de cocina, no grita. Se le da muy bien escuchar a los sabios de los fogones, como
fueron mis abuelas o tantos otros cocineros de renombre como Nandu Jubany,
cocinero con estrella a quien tuve el placer de conocer: los fideos hay que rossejar-los
bien antes añadir el líquido. Es la clave. Cuando tuvieran toda la gama cromática
de parduscos, ese era el momento. Caldo, chup-chup y al horno.
De postre, una buena macedonia con zumo de
naranja, piña, plátano y fresas. La pasión por las rosáceas viene de la parte
materna. Mi bisabuelo tenía campos de fresas, mi abuela contribuía en el preparado
“bonito” de las cajas y el resto de las generaciones nos hicimos especialistas
en comerlas.
Por la tarde fui yo la de la vídeo-llamada. Me
sorprendió gratamente la capacidad de adaptación de ambos, dos seres libres por
naturaleza, confinados, ahora, en casa de padres. Ya lo decía Nietzsche, “that which does not
kill us, make us stronger”.
Aprendí también un nuevo concepto: coviding.
¡Cómo no se me había ocurrido! Indagué un poco más y encontré definiciones para
covided y covidiot. Maravilloso.
Por la tarde volvimos a los juegos de
mesa no sin antes merendar y poder acabar lo que había dejado a medias y con la tripa llena, la revancha que todos deseábamos. Los
últimos serán los primeros.
Les había prometido una tortilla de patatas de
las mías. Siempre que trato de hacerla aquí es una sorpresa, distinta materia
prima, distinta sartén y distinto fuego. Aproveché para cervecear y fumar un
piti con un trozo de Acelgas[2]
mientras las patatas pochaban, nunca fritas. Podría haber sido mucho más
ambiciosa pero no quise pasar de los siete huevos. Necesité ayuda de padre para
dar la vuelta a los 32 centímetros de sartén, sólo una vuelta. Otra clave.
Después de cenar, un poco más tarde de lo
habitual, madre cayó rendida y decidí enfrascarme en la lectura de una de sus
recomendaciones: Dins el darrer blau, de Carme Riera. Llevando pocas páginas
sentí como Bauman me miraba de reojo desde la mesita de noche. Cerré el primero
y también me dejé caer a la lectura sus miedos líquidos.
[1] Dulce típico de la provincia de Girona; pasta rellena de crema pastelera
frita y azucarada. Una bomba para diabéticos.
[2] Grupo peculiar de amigas que apreciamos el buen vino, las buenas historias
y, aunque el nombre del grupo pueda confundir, la buena comida.


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