Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 30
Desayuno continental: Figueres – Lisboa – El Far/ex-Ámsterdam
– Madrid. Zumo de naranja, tostada con margarina y canela, penúltimo puñado de
arándanos y café. Lo acompañamos de una buena puesta al día personal y laboral.
Han pasado treinta días y la resignación ha
ido perdiendo terreno en pro de la aceptación, normalizando la no-rutina. Hay
días que se me antojan días, lunes que son viernes, jueves que son domingos,
sábados que parecen sábados. Me maravilla cómo nos aferramos a la libertad. Se
habla mucho de la transición a la “vida normal”, no me preocupa tanto el cuándo
si no el cómo. ¿Los viernes volverán a ser viernes?
Hoy es sábado, y en casa fem dissabte,
toca limpiar bien. Así que dejé de procrastinar y dejar lo que había dejado a
medias durante toda la semana y me puse de verdad.
Limpiar a ritmo de Journey es mucho mejor que
a ritmo de Freddy, lo siento. Terminé antes de lo previsto y me dio tiempo a
cocinar una adaptación libre de los tagliatelle alla norma.
Traté de evitar la siesta por encima de todo y
preparé un segundo café, dejé mi FOMO por las cápsulas días atrás.
Conseguí que madre se enganchara a 1Q84 de Murakami.
Con una clara referencia a Orwell, es un libro de dualidades, un hombre y una
mujer, el bien y el mal, los que perciben y los que reciben, ¿realidad o
ficción? Recuerdo que llegó a mis manos casi de casualidad y se convirtió en
una tercera extremidad a lo largo sus 744 páginas. El desenlace, el llamado
Libro 3, tardó en salir y sentí la misma impaciencia que con los de Preston &
Child. Después de un destello de motivación literaria reempecé a John A. Keel con
su Operación Caballo de Troya. Duré 30 páginas, se me hizo sesudo y lo volví a
dejar para un momento de más lucidez.
No sé en base a qué asociación de ideas me
vino a la cabeza mi primer videojuego, aunque a efectos prácticos fuera de mi
tío: la aventura de gráfica de Indiana Jones y la Última Cruzada. Me resulta
curioso pensar ahora en un videojuego metido en un disquete de 3.5, que encima
pudiera tener diferentes finales en función de las decisiones que ibas tomando,
un Heavy Rain del pasado. Sin dudar demasiado entré en Steam, me registré y
descargué el juego. ¡Qué momento! ¡Y qué complicado volver a manejar una
aventura a la antigua! Me propuse llegar hasta Venecia, pero neuronalmente tampoco acababa de estar preaparada.
¿Recordáis la tarta? Sigo merendándola y quise
que mis vecinas también lo hicieran así que hice una excursión por el rellano
repartiendo cuartos de cheesecake. Había estado leyendo un artículo de
cómo sobrellevan los astronautas el confinamiento y hacían hincapié en lo importante
que es celebrar las pequeñas cosas. Rebusqué en el cajón de las velas y me
dispuse a felicitarme mis 30 días en arresto domiciliario. Excentricidades,
supongo.
Me regalé volver un “noir”. Lorenzo Mejino, mi
gurú de las series rarunas no deja de hacer recomendaciones de cuarentena y me
sentí atraída por Treufoc, una serie mallorquina. Dado mi escepticismo ante las
producciones patrias tuve ciertas reticencias, pero después de ver el primer episodio
no podía parar.
No cené y me di el placer de la pausa para
relatar el día de hoy, que pienso como un híbrido entre sábado y domingo porque
iré a dormir demasiado tarde, seguro.


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