17 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 35.


Diario del Apocalipsis según Santa Paciencia. 240x370

Sonó el despertador pronto, pero ya no hay excusa para decir que todavía es oscuro. Con su voz robótica, “OK Google” me recordó que estaba en Figueres y que fuera había 16 grados nublados. El típico momento de “me-doy-la-vuelta-y-hasta-luego”. No.

Me levanté y busqué las zapatillas de andar por casa que siempre pierdo, sobre todo porque tengo el mal vicio de ir descalza siempre. Pero recién llegué uno de mis termos de agua, y de cristal, impactó con el suelo a modo de comité de bienvenida.

Dos naranjas, dos rebanadas de pan y dos trozos de jamón. Hubiera desayunado en la terraza, pero la vecina espera a que salga para salir y darme conversación, todavía no tenía ganas de hablar.

Me estaba haciendo de rogar al pantalón corto, a los calcetines antideslizantes y a la camiseta holgada. Ding, dong. Genial. Llegaba el pedido de la frutería a domicilio. No encontré los guantes a tiempo, pero la cantidad de botellitas de alcohol que hay en casa no los hacen necesarios: espeso, líquido, cremoso, todas las texturas posibles. Apareció un chico “cachas” con dos cajas ingentes de frutas y verduras. Llegaban los arándanos, que recientemente descubrí que se llaman nabius en catalán. Al pasar la tarjeta recordé ese momento incómodo en el estanco semanas atrás de mano, tarjeta, guante, no-guante. Esto me pareció chupado y más después de que ya no empaño las gafas.

Limpiar verduras, ¡qué cosas! Nos pusimos a preparar la comida de hoy: escalivada.

Ya con el horno en marcha y madre lejos tocaba gimnasio de salón, del bien hecho y a puerta cerrada.  Body Balance con Lee McGiffen. Ese vídeo que descubrí al principio del confinamiento y que, como buena seguidora de Les Mills, no cambiaré hasta pasados tres meses. Ding, dong. Otra vez el timbre. Me pilló en medio de un reverse warrior en el minuto ocho y me jodió todo el rollo. Mascarilla. Amazon. Por fin, Zygmunt Bauman y su Miedo Líquido entre mis manos. Tres libros en la mesilla. Mal. Pero volví donde me había quedado. Cocodrilo bajo, cobra, perro. Odio. Pero lo peor es cuando llega el Eka Pada Rajakapotasana, que corporalmente resulta tan complicado de ejecutar como el propio nombre, aunque comúnmente lo llaman paloma, pero dado el asco que les tengo, prefiero seguir dejándome la lengua en ello. Antes de llegar a la relajación hice unos quince minutos de Patry, siempre un gran y necesario error, pero decidí volver a los últimos minutos de Lee, que ayudan bien a relajar.

Comimos también filetes rusos, hecho que os confirma que mis hábitos alimenticios partían de una buena base pero que se estropearon en la senda de la independencia. Si, como auguran, viene un cambio, quien sabe.

Luego me puse a revisar mis moocs pendientes. Las ciudades me interesan, pero ahora que estoy en el pueblo, me sentí descontextualizada para continuarlo. Encontré uno bastante más interesante, peculiar y delicado: “Pedagogía de la muerte para docentes”.  Puede sonar muy creepy, lo sé, pero dados los tiempos que corren, el cómo viví la experiencia siendo estudiante y cómo la viví también en el trabajo, me pareció justificado aceptar las condiciones. Parto de generalidades, claro, pero tendemos a ser educados en la muerte como tabú, especialmente en el seno familiar. La muerte como tal está presente en el currículo educativo como contenido de examen, claro: la muerte celular, el holocausto, la deforestación, la Guerra Civil, pero ¿qué pasa cuando lo que muere no es una palabra en un libro? Como adulta a veces, creo que he sido educada en la muerte por ensayo-error. No recuerdo la edad que tenía cuando vi mi primer muerto, pero era en la cama de una casa vieja, a la antigua usanza. “Es como si durmiera contento” recuerdo, supongo que la capacidad deductiva y disociativa de los niños puede ser el mejor de los escudos. También vi morir mascotas y plantas, claro, pero tampoco lo recuerdo como nada traumático. De alguna manera también murieron los Reyes Magos o el Ratoncito Pérez, pérdidas justificadas del crecimiento. Con dieciséis años vino la hostia fuerte, el bofetón supremo de una muerte inesperada. Dejó de sentarse a mi lado, joder. Todos nos hicimos muy nuestro el duelo, queríamos ser mayores y nos dejaron serlo, con un acompañamiento incondicional desde la distancia, al otro lado de la mesa. Nos dieron un trozo de jardín para plantar una mimosa, la posibilidad de hacerle un homenaje delante de todos y también tiempo, mucho tiempo en el que los silencios pasaron de incómodos a necesarios. Fue jodido, muy jodido. Aunque de todo aquello también salieron amistades que hoy persisten. De toda esta reflexión, me pregunto: ¿qué haría yo como adulto de referencia en una situación así? ¿Qué haríais vosotros?

De haber estado en casa, yo, me hubiera tomado un chupito, sin duda. Pero las llamadas amigas, como necesidad y como alternativa, ayudan.

Después de cenar probé la nueva modalidad de arándanos recién llegados: aranyons confitats. Lo más cerca que he estado de los frutos secos en años y que con yogur natural de tarro de cristal pegan a las mil maravillas. Nueva droga.

Volví al confinamiento de casi nueve metros cuadrados escondidos entre camas y muebles para escribir, centrarme, respirar hondo y acabar así.


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