24 de agosto de 2022

Petita Gran Revolució - Capítol 39.1

 Ahir em va costar adormir-me. No pensava en res concret, segurament l’inconscient feia de les seves.  

 

Quan ha sonat el despertador ja era de dia i tenia moltes ganes d’escriure.

Segurament sigui la última vegada que escric sent un projecte de mare tot i que potser a ser-ne mai se’n aprèn del tot. Mai havia tingut un instint maternal gaire desenvolupat, però tampoc sabia que volia ser intèrpret de llengua de signes en el seu moment; suposo que sempre he funcionat per impulsos i abraçant la sorpresa.

Ha estat un embaràs bo, tant que fins passat l’equador no vam saber que era una realitat, inesperada, es clar.

Sovint s’ennuvola la maternitat després del part, o això diuen. Avui tenia moltes ganes de compartir què és això de portar vida per algú tant escèptic com jo. Em considero curiosa per naturalesa, emocionalment inestable i a estones volàtil, desordenada de portes enfora, sovint massa crítica i prou independent.

Llavors, com és això de ser responsable d’alguna cosa que encara ni coneixes? Instint.

M’agrada llegir a la gent, de fet, no ho puc evitar; sentir-la més enllà d’una aparença, palpar-la sense quasi tocar-la amb certa por que puguin saltar espurnes.

Llavors, com és això de sentir una quasi persona tractant de dir-te coses amb moviments descompassats? Màgia.

Suposo que en aquest punt és on pren força això del “sentir”. Impossible de compartir, perquè cada cap i cada cor és un món, però les emocions es senten més enllà d’un batec o d’una corrent. S’ha generat un vincle completament inevitable i em pregunto constantment què passa després, quan deixa de ser un ésser aquàtic per començar a respirar i entendre aquest entorn, a vegades hostil, on l’hem portat.

I tot això, ho escric des de la més absoluta basarda. La paradoxa de la curiositat.

Rellegeixo les meves paraules  en veu alta i ella sembla voler-hi afegir alguna cosa. M’adono que per primera vegada en molts anys escric en la meva llengua materna i no en el préstec d’adopció.

Aquesta situació a estones m’aclapara. Per bonica i per desconeguda, perquè aquest cop no puc prendre les decisions unilateralment ni tirar pel dret com he fet sempre. Perquè de cop m’adono que penso en el plural “família”. Perquè de cop em sento més dona que mai. Perquè tot això que està a punt d’arribar és una sort. I perquè aquest camí l’estic compartint amb gent meravellosa.

 

 



I demano disculpes als lectors incondicionals perquè potser aquest cop els costi una mica més entendre’m.

20 de julio de 2022

Pequeña Gran Revolucion - Capítulo 34.1

Ayer hablando con una buena amiga le insistía de mi incapaz de escribir. Terrible. Incapaz de sintetizar todo lo que siento en una hoja en blanco pensaba. Esta mañana, según me levanté noté aquel sabor a mañana de confinamiento, preparé un café y subí corriendo a la terraza. Escribir de cara al sol es de por sí poco amigable, pero las vistas y el café hacen de la experiencia vitamina.

Estos últimos días he necesitado mucha playa. Solventar los pies de hipopótamo era necesario, como también reconectar, recordar el por qué de ese primer tatuaje. Me recetaron paz.

Pienso a menudo en la cronología de los últimos meses, una vorágine de emociones descontroladas que acaban siempre en sonrisa. Hay gente mágica que aparece cuando menos lo esperabas, lista para ser cómplice de historias, de charlas interminables. Hay quien de repente aparece y te cambia la vida; y también los que fueron y pasaron de largo.

Café.

Empieza a sentirse el calor, pero me resisto al resguardo. Vitamina D.

Me cuesta seguir atenta. Desde que empecé a escribir habrán pasado unos 46 pensamientos por mi cabeza que sin querer he desechado por poco relevantes. Quizás alguno de ellos fuera revelador, pero este mi día a día. D de Dory.

M parece atenta a mis pensamientos, como si la cosa no fuera con ella, o sí, como si todo esto fuera un cuento de Roald Dahl. Fuerte y luchadora, contra cualquier adversidad, parece.

Café. Vida.

7 de junio de 2022

Pequeña Gran Revolución – Capítulo 28

Parece que empiezo a encontrar cierta regularidad, necesaria.

El mantra popular de los últimos días, “aprovecha para dormir ahora que puedes”, se ha convertido en mi peor pesadilla. No puedo prescindir de más piezas de ropa, todo molesta; no acabo de encontrar el equilibrio en la colección de almohadas que habitualmente me acompañan, cinco para ser precisos; y recordemos que los mosquitos sienten especial predilección por mis extremidades. La media de despertares nocturnos se ha consolidado en dos, tres las dos últimas noches. Dormir está sobrevalorado.

Cada día que pasa siento una fuerte desconexión de mis piernas, por hinchazón y por lejanía. He llegado a pensar en una respuesta kármica a todas las veces que puse en entredicho el moreno-bajo-tripa de los señores barrigudos. Luego recuerdo que todo esto es provisional y que pronto llegará una desconexión mundana, pero cada cosa a su tiempo.

Siempre he tenido ese don de callar por no herir de más y llorar en silencio apretando los dientes. Aunque la excusa de las hormonas respalda bastante bien la incontinencia verbal, sigo desarrollando la mordedura de lengua como animal de compañía. Pero llorar sigo llorando, lloro y lo reivindico. Más que antes, si cabe. Totalmente emocional. El otro día me pasó con un nocturno de Chopin. También por haber derramado el agua de un vaso. Y de agotamiento, el domingo por la mañana.

Pero después de esta ristra de descontentos, muy reales todos ellos, creo que es momento de sacar la sonrisa por las cosas bonitas. De revisar fotos antiguas y reconstruir recuerdos. De crear una extraña complicidad con quien jamás hubieras imaginado. De rascarse la tripa, en el sentido más literal, y disfrutar del pequeño placer. De disfrutar y hacer disfrutar. De poner las manos sobre M y compartir la vida.

Y en esta desconexión temática vivo, incapaz de hilar más de dos párrafos seguidos.


31 de mayo de 2022

Pequeña Gran Revolución - Capítulo 27

Tercer trimestre, como en cole. 

Creo que jamás había tenido una sensación tan precisa del paso del tiempo, ni con el primer reloj que me regalaron. El tiempo corre, vuela. Los vestidos cortos, son cada vez más cortos y los pantalones me aprietan cada vez más. Cuento los días para dejar de verme los pies.

Otro síntoma de velocidad es el "mañana escribo" y pasaron casi tres semanas, o ya son cuatro; esto lo atribuyo más a la procrastinación totalmente sujeta a mi persona, no a mi estado. 

Falso. Estoy más dispersa y mucho más cansada. Me sigue horrorizando lavar platos y perder calcetines en la lavadora. Y aquí es cuando entro un poco en pánico: si pierdo mis calcetines de tamaño considerable, ¿no perderé unos diminutos? Y sin pensar en la mudanza inminente, de la última nunca conseguí rescatar un tupper lleno de cubiertos y algunos vestidos negros (puede que tampoco me ayudaran mucho ahora...). Aunque llegados a este momento, deberíamos hablar un poco de mi desorden físico y mental que pocos comprenden. Estoy segura, que los acuarios lideramos alguna clasificación en la materia. 

Escribir siempre me recuerda a cigarrillo, como el café. De hecho, pensé en dejar de escribir con café, pero las palabras parecen no fluir de la misma manera. Así pues, podríamos decir que me acabo de fumar 12 cerezas. En esas ando. 

Y pese a haber admitido que no echaba de menos el alcohol, sí, echo de menos compartir momentos delante de una copa de vino, o quizás dos. Deben de quedar unos 90 días y la posible lactancia. ¡Clinc! El timbre del tabú. Entre muchas otras decisiones también está lactanciamaterna.si o lactanciamaterna.no. Pues la verdad, haré lo posible para que sea, no nos vamos a engañar, pero tampoco dejaré de añadir motivos al insomnio si por lo que sea no funciona. 

También he decidido, y en esto sí que no hay vuelta atrás que no asistiré a las clases pre-parto. A lo largo de mi vida laboral habré asistido a unos 50, y me quedo con la reflexión de una matrona de Vallecas: todo lo que os pueda decir será una aproximación a la realidad, cada parto es un mundo y lo que quiero que hagáis aquí es relajaros. Así que he optado por conectar, o desconectar, con personas apetecibles: microcosmos.  

O a la mejor sólo he recuperado viejas costumbres y por ello quiero compartir este momento. 


 

9 de mayo de 2022

Pequeña Gran Revolución - Capítulo 23.5

Recuerdo la noche que pasé en vela en Fraternitat 46 escribiendo todo lo me pasaba por la cabeza. Acabé escribiendo post-it a mis compañeras de piso y pegándolos en la puerta forrada de escay con una premisa muy clara: no me despertéis.

También en Madrid, cuando descubrí la falsa droga del Nesquik Buenas Noches (esa bomba de azúcar disfrazada de tila).

Y ahora, con un ya sinfín de noches donde aprovecho para ver series pendientes: The Newsreader, Minx, Annika; de temáticas totalmente distintas y probablemente poco proclives al sueño, pero después de una racha de cuatro horas, siempre llega ESE maravilloso momento. Una vejiga demasiado pequeña, o demasiado llena que se hace sentir.

Después de todo, la sorpresa sigue siendo MAYÚSCULA. Como mayúsculo ha sido el crecimiento de la tripa estos últimos días.

La montaña rusa emocional sigue siendo cabeza de cartel y mi paciencia decrece proporcional a mi hinchazón de pies. Nunca me llevé bien con la toxicidad y el negativismo del prójimo y esto se ha acentuado. Tampoco llevo nada bien el tratamiento de inválida ni las excusas a mi favor. Me sigue molestando igual que antes que traten de organizarme la vida y creo que haber suspendido temporalmente el consumo de tabaco no ayuda.

Llevar una personita dentro es, sin duda, lo más bizarro que me ha ocurrido, y haberme enterado TAN tarde entra en el ranking de historias célebres como que un día me casé en Las Vegas. Hecho que me recuerda que estoy descasada y que me demandaron por no dar hijos, pues ¡toma!

Dejando de lado los vómitos emocionales… llevar una personita dentro es, sin duda, lo más bonito que me ha ocurrido. Ese momento de conexión absoluta. Ese momento que perdona todos los malos ratos del día. ESE momento.

Y también ESE momento de tratar de poner todas las emociones en palabras y compartirlas con la otra mitad que a veces está lejos, lejos-cerca.

Y también ESTE momento el de escribir por placer, por tratar de entender algo mejor todo esto en la segunda lectura. Llegar a la cama despojada de tensiones absurdas y miedos invisibles, pudiendo hacer un nuevo ciclo de cuatro horas antes de ESE otro maravilloso momento.

5 de mayo de 2022

Pequeña Gran Revolución - Capítulo 23.1

Escribir es como el hambre, una necesidad volátil.

Han pasado 542 días des de la última publicación y tampoco ha llovido tanto. Le realidad de una pandemia sigue coleando y quisieron añadirle una guerra, por si no hubiera sido suficiente. Las horas de sol siguen estables y el dichoso cambio horario, no podemos decir lo mismo de la factura de la luz: cuadriplicada.

Sigo calzando un 37,5, a diferencia de la nariz y las orejas, parece que los pies no crecen. Tengo dos tatuajes más y dejé definitivamente de morderme las uñas. Sigo con el termostato corporal atrofiado y me sigue encantando el café.

Dos mil veintiuno lo definiría como la curva de una función, aunque no sé muy bien si sería logarítmica o exponencial, teniendo en cuenta que venía de un veinte-veinte sinusoidal. Era el momento de empezar una vida pensada en el AQUÍ.

La casualidad (o no) y los quesos me llevaron a conocer a alguien; las barreras idiomáticas nunca resultaron un inconveniente y empecé a descubrir rincones maravillosos del país vecino. También tuve tiempo para darme cuenta de que la distancia, para algunos, sí importa y tuvieron que seguir su camino, como sigo el mío.

También me di tiempo para emocionarme con los cielos, con las amapolas en primavera y los racimos enverados de finales de agosto; esas futilezas que pasan desapercibidas en el bullicio de la Gran Vía.

Sin darme cuenta habían pasado los 365 días de otro año impar. Me había mudado, el tamaño del coche se había multiplicado y ahora en casa crecían milagrosamente dos plantas, por primera vez tenía un sofá en propiedad y podía tomar el café con un rayo de sol molesto en la cara. Esta vez, en la mesa de fin de año éramos uno más.

Nunca hubiera pensado que la vida aquí también pasara así de rápido.

Dum vivimus, vivamus. Intensamente.

Y seguramente de esa intensidad nazcan estas letras, porque sin querer me olvidé de pensarme y de vivirme. Empecé el año terriblemente cansada, con cambios de humor que trascendían. El mundo, él y yo, parecíamos girar a velocidades distintas y por momentos me sentía como ese extraterrestre en el cruce entre Passeig de Gracia y la Diagonal, tratando de entender cuáles eran las reglas del juego.

Como decían Lori Meyers, “siempre brilla el sol” y de todo sale. Pero en lo que podría parecer la calma antes de la tempestad, un giro inesperado de guión. El próximo fin de año, seríamos uno más.

Sí, sorpresa. La mía y la suya, y puede que también la otra suya.

Vida normal, vorágine, estrés, chocolate. Pero ahí estaba, ella, TU (que ya me oyes), sigilosa y paciente, como esperando el mejor momento para decir: Bonjour.

Y ahí estaba yo, con lágrimas en los ojos siendo consciente de la nueva realidad. Sonriente y asustada. ¡Sorpresa! Los guiones están para no seguirlos, siempre fui un poco así. Improvisar es crear, y crear es arte, ¿no?

Parece que encontré a los cómplices perfectos para escribir esta historia.