7 de junio de 2022

Pequeña Gran Revolución – Capítulo 28

Parece que empiezo a encontrar cierta regularidad, necesaria.

El mantra popular de los últimos días, “aprovecha para dormir ahora que puedes”, se ha convertido en mi peor pesadilla. No puedo prescindir de más piezas de ropa, todo molesta; no acabo de encontrar el equilibrio en la colección de almohadas que habitualmente me acompañan, cinco para ser precisos; y recordemos que los mosquitos sienten especial predilección por mis extremidades. La media de despertares nocturnos se ha consolidado en dos, tres las dos últimas noches. Dormir está sobrevalorado.

Cada día que pasa siento una fuerte desconexión de mis piernas, por hinchazón y por lejanía. He llegado a pensar en una respuesta kármica a todas las veces que puse en entredicho el moreno-bajo-tripa de los señores barrigudos. Luego recuerdo que todo esto es provisional y que pronto llegará una desconexión mundana, pero cada cosa a su tiempo.

Siempre he tenido ese don de callar por no herir de más y llorar en silencio apretando los dientes. Aunque la excusa de las hormonas respalda bastante bien la incontinencia verbal, sigo desarrollando la mordedura de lengua como animal de compañía. Pero llorar sigo llorando, lloro y lo reivindico. Más que antes, si cabe. Totalmente emocional. El otro día me pasó con un nocturno de Chopin. También por haber derramado el agua de un vaso. Y de agotamiento, el domingo por la mañana.

Pero después de esta ristra de descontentos, muy reales todos ellos, creo que es momento de sacar la sonrisa por las cosas bonitas. De revisar fotos antiguas y reconstruir recuerdos. De crear una extraña complicidad con quien jamás hubieras imaginado. De rascarse la tripa, en el sentido más literal, y disfrutar del pequeño placer. De disfrutar y hacer disfrutar. De poner las manos sobre M y compartir la vida.

Y en esta desconexión temática vivo, incapaz de hilar más de dos párrafos seguidos.