Llegué a casa con unas ganas terribles de escribir. Poner palabras a la propia historia a veces resulta complicado, sobre todo por el montón de ideas que colapsan en la puerta de salida. Los escritores tienden a organizarse, como decía Juan Gómez Jurado, “hincar muchos codos”, pero yo escribo por el propio placer de regocijarme en los momentos. Mis momentos.
En una fecha incierta de entre 2002 y 2003 un profesor de literatura nos animaba a escribir, bajo la premisa del “qué bien lo paso pasándolo mal”. La verdad es que nos pilló en un momento delicado, tratábamos de hacer frente a un duelo inesperado con la mejor de nuestras sonrisas, paradojas de la adolescencia tardía. Ya de adulta conocí a Sabina, y entendí sus consejos.
Ese mismo señor, de facciones marcadas y gafas de pasta negra (pensemos en aquel contexto de principios de los dos miles, llevar gafas de pasta no era lo habitual), nos mandó leer el Guardián entre el Centeno, de J.D. Salinger. Creo que en ese momento no supe agradecer el regalo que nos estaba haciendo, puesto que Holden Caulfield se convertiría para siempre en un buen compañero de viaje.
También recuerdo un examen en su clase, “no se separen”: una hoja en blanco, y La Imprenta de titular. Teníamos que desarrollar todo lo que habíamos aprendido de Gütenberg y de la revolución cultural y literaria que había supuesto, fue la primera prueba en la que gozaba demostrando mis conocimientos.
De esto hace unos cuantos años y lo sigo recordando con cariño, como cuando nos hablaba del Quijote. Salvando muchas distancias, ¿sería Holden el hidalgo rejuvenecido del siglo XX? No para todos.
Hoy, diecisiete años después tuve el placer de volverle a escuchar, de transportarme ante aquellas mesas verdes y feas. Hablaba de sus dos pasiones, El Quijote y Tintín. Porque sí, también es un apasionado (o quizás debería decir experto) de las viñetas de Hergé. Y lo hacía como antaño, sin pretensiones y desde el cariño. Me fascinó la escucha activa de todos los asistentes; capaz de embaucarnos desde el minuto uno. Habló también de Figueres, donde vive, donde nos conocimos, donde me dio la oportunidad de compartir el trabajo bien hecho con otros estudiantes.
La influencia del viento en la salud mental siempre ha estado ahí, entre nosotros, en los que hemos justificado nuestras peculiaridades por una fuerte tramuntana. Lo hicieron Josep Plà, Dalí, hasta Gabriel García Márquez. Y volvió a salir, porque Don Quijote, ataviado con esa vieja armadura parecía uno más de nosotros, de los del norte mediterráneo. Puede que así, también fuera Haddock. Joan Manuel Soldevilla dio a conocer un poco de casa a todos los asistentes, a lo mejor porque sea su tercera pasión, o la cuarta, porque le literatura siempre estará ahí.
Gracias Señor Soldevilla, “Solde”, de sonrisa tímida y mente privilegiada. Contigo aprendí a ser hidalga, a soñar, a viajar a sitios remotos como hacía el pequeño reportero del tupé (nunca en tus clases, lo prometo).
Y repleto de historias tan blancas, Tintín, para mí, fue un detonante; la pasión por la novela negra.

