Diario del apocalipsis según Santa Paciencia.
¡Felicidades! Cuarenta días manteniendo la
cordura en un encierro involuntario es todo un éxito. Algunos dirán que hice
trampas, pero dadas las circunstancias, valió la pena.
Tuve un amago de pegado de sábanas que
solventé con rapidez y decisión. El zumo de naranja es ahora el factor común, a
falta de arándanos confitados que ya acabé. Desayuné con madre y el día merecía
un plato especial: yogur griego con fresas y plátano. Un otre favori.
Va a ser que el diccionario de francés también
está dando buenos resultados más allá de fortalecer mis tríceps.
Ayer seguía lloviendo, como hoy, constante e
insistentemente.
Traté de leer un poco más de la pedagogía mortuoria,
pero en días nublados no acaba de encajar. Como todo tiende más al negro, como Ed
Harris en Westworld.
Me regalé el placer de no hacer deporte y
comer un buen plato de galets farcits. ¿Os acordáis de l’escudella?
No me dio tiempo a inmortalizar el momento, el hambre apretaba y es que padre,
que sigue trabajando, lleva un poco regular esto de comer en horario madrileño.
Hoy era día 40 y martes de podcast, una rutina
que nunca dejó de serlo y que siempre vi con buenos ojos para mantener un orden
mental. No obstante, la serie, de la que infinitamente os he hablado, es una terrible
estrujadora de neuronas. Esta semana volvería el debate: ¿existe el libre
albedrío? ¿Es la venganza un motor lícito de justificación de nuestros hechos?
Porque por más que tratemos de no caer en sus redes, nos encanta un “chúpate
esa”.
En algún momento de café, no recuerdo bien si
en el primero o el segundo, también pensé en cómo serán nuestras relaciones
sociales futuras. ¿Hacer cola para tomar una cerveza? ¿No poder cenar con más
de cuatro amigos? ¿Y las citas? ¿Llevaremos un termómetro en el bolso para decidir
con quien nos abrazamos?
Todavía no he podido abrazar a mis padres. Es
raro. Nunca hemos sido muy cariñosos, y por una vez que nos apetece, nos gana
la cautela. Mal. Supongo que igual de raro que encontrarte con tu hermana y con
tu madre en el supermercado y no mostrar signo alguno de apego.
Sabía que cenaría tarde así que cogí el penúltimo
trozo de bizcocho al que decidí no acompañar con chocolate. Fuerte, Gemma.
Fuera guilty pleasures, que vicios ya tienes unos cuántos.
Cenaría a destiempo, como todos los martes. Cuando
llegara el momento lo iba a gozar, por hambre y porque hacía un montón que no
comía salmonetes enharinados. Ricos.
Como era de esperar el podcast se alargó y
cené en silencio acompañada por la lluvia incansable cayendo en la terraza, como si fuera
el crepitar de la leña. El mismo sonido que dejé me acompañara en la lectura y
me abrazara hasta caer rendida por la calles saladas de Palma.

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