Diario del apocalipsis según Santa Paciencia.
Hacía muchos años que no amanecía un 23 de
abril en casa. ¡Qué bien, Sant Jordi! Sí, confinada. Sin libros y sin rosas.
No recuerdo que desayuné esta mañana, pero no
faltaron el zumo de naranja, los arándanos confitados y el café, seguro. Salí pronto
a la terraza, por fin hacía sol de verdad, del que embelesa, del que sería
capaz de matar a un dragón, si existieran.
Pasé un tiempo incierto mirando a lo lejos y
esquivando el zumbido de los bichos. ¿Qué hacen las avispas los días de lluvia?
Trataba de aceptar el no-Sant Jordi. Cargados sustancialmente
los depósitos de vitamina D, entré sin vacilar y me enfundé las mallas que
viajaron conmigo para una buena tabla de isométricos, a los que, por cierto,
estoy encontrando cierto gusto. Después salí otra vez al sol e hice un par de Señor
de la Danza para darme por satisfecha.
Saliendo de la ducha aun tenía pendiente la
publicación del día anterior, que como era de esperar, también terminé en la
terraza. Antes, pasé por el rincón secreto a buscar el libro que recién había llegado para madre. Otra vez Murakami.
Entre una cosa y otra me dio tiempo a preparar
el flan de huevo, bien simple: un litro de leche entera (¡error!), ocho huevos,
300g de azúcar y libertad de canela. Todo bien removido y al molde para cocer
en el horno al baño maría por tiempo incierto. Digo esto porque cuando parecía
que ya estaba siempre faltaba un-poquito-más.
A la hora de comer las noticias están prohibidas,
así que pusimos nuestro musical favorito. Padres fueron a verlo en directo en
el 92. Trajeron el CD doble, algo que por aquel entonces era muy “la hostia” y
que no pude dejar de escuchar cuando lo descubrí. Cogía el libreto y me cantaba
todas las canciones una y otra vez, aunque no entendiera, todavía, qué era un transformista
o un bolxevic.
Por la tarde tomé un café virtual con
Barcelona, también añorando un día bonito. ¡Qué leches día del libro ni qué
gaitas! S-A-N-T-J-O-R-D-I. Por las calles teñidas de rojo impera un olor único,
a rosa con imprenta. Recibes y regalas. Un libro, una rosa. Nunca celebré San
Valentín porque me parece una absoluta moñada, de querer a alguien o lo quieres
todos los días o lo mandas a tomar por el culo, bueno, tampoco es tan así. Pero
¿venerar a un ser chiquitín medio desnudo que enflecha para emparejarte con
quien le da la gana? No. Pero claro, recordemos que no todo es cuestión de
demostrar el “amor” con corazones, también hay quien demuestra con un libro, quizás
una rosa o simplemente con una mirada tímida en la distancia. En fin.
No podía entender hoy el día sin una rosa, que
todavía están en capullo en el jardín. Volví a las manualidades, aquellas que
de pequeña me hacían tan feliz. Papel rojo, verde y destreza de manos; un
abrazo empapelado. Volví satisfecha, como cuando volvías a casa con una bolsa
llena de libros. Esta vez volví al salón con una rosa infantiloide y un estrepitoso
dolor de cabeza, de los de aquí, de los de viento, algo que tan poco echaba de
menos. Acabé apagando los ojos por tiempo prudencial, esperando que la pastilla
hiciera efecto. Justo, lista para cenar.
Mira que me gustan los calamares y los buñuelos
de bacalao, pero estábamos ansiosos todos, para probar el flam podrit. Flan
podrido, sí, habéis traducido bien. Tampoco es que nos gusten las cosas pochas,
ni mucho menos, pero este resulta un mote “simpático” al flan que solía hacer
mi iaia todos los sábados. Esos puntitos oscuros, sí, los típicos del
flan de huevo, y la textura tan de… flan, daban sensación de algo poco agraciado
al gusto. ¡Qué bien se lo callaban los que lo comían!
Aunque hubiera recuperado parte de mi cabeza, no
la sentía al cien por cien así que preferí acostarme pronto, que no dormirme y
hacer las paces con las series que voy dejando empezadas.
Recordes com ens duien
aquelles mans les roses
de Sant Jordi, la vella
claror d'abril? Plovia
a poc a poc. Nosaltres,
amb gran tedi, darrera
la finestra, miràvem,
potser malalts, la vida
del carrer. Aleshores
ella venia, sempre
olorosa, benigna,
amb les flors, i tancava
fora, lluny, la sofrença
del pobre drac, i deia
molt suaument els nostres
petits
noms, i ens somreia
Salvador Espriu, “Les roses recordades”



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