Segunda infidelidad de confinamiento. Era lunes
y las nubes se amontonaban en castillos. Cambió la rutina en casa y con ella
mis horarios y mis motivaciones. No abandoné las buenas costumbres de zumo y café,
pero decidí no pensar más allá de los siguientes diez minutos. Traté de
escribir, pero estaba claro que no era ni el día ni el momento, a más de media
página, pantallazo azul y destrucción absoluta. No me apetecía repensarme. No, la
cuarentena no son solo panes, batidos y felicidad. Elena, mi psicóloga de referencia,
lo decía: tenemos derecho a no estar
bien y a poderlo compartir. Seguro que estarán los detractores robots, pero… en
fin.
El martes también empezó pronto (escribo esto
ahora, lagarteando bajo el sol del miércoles). El día antes tuve algo así como
un ataque de ira deportiva que acabó con resentimiento articular. Tengo que
empezar a ser consciente que mis rodillas no tienen veinte años, aunque por aquél
entonces rehuían el deporte, propiamente dicho, y adoraban la montaña y los
conciertos.
Había cumplido a regañadientes con los deberes
seriéfilos y pasé la mañana leyendo teorías alocadas y detalles imperceptibles.
Todo parece tener sentido, o no. A un episodio del final, me siento más perdida
que después de ver los dos primeros, aunque esto no es extraño porque siempre
mis neuronas parecen trabajar por su cuenta y con poca comunicación con la
razón. Algo extraño, pero después de 33 años, una se acostumbra.
Me aventuré con un risotto para padres, el
único arroz con el que siempre acierto. Si tuviera que bautizarlo, sería de
recapte, como la coca. Aproveché la escalivada hecha, de segunda o
tercera generación, champiñones, cebolleta. Bastante repetible, creo.
Acabé ya la primera caja de arándanos y es que
siempre apetecen, como la brisa que sopla ahora, haciendo más agradable, si
cabe, el sol traicionero de finales de abril. Ya superé la versión fresa-nata,
y sin cambiar la piel, ha vuelto el color natural de Gemma: el muy blanco.
Necesitaba reordenarme, volver a los moocs
pendientes, tener la mesa despejada y lo papeles bien amontonados por
temáticas. Series, eventos, asociación, trabajo (no-trabajo), relatos analógicos.
Rebuscando entre cajones encontré un cuaderno del fatídico otoño de 2005.
Otoño, otoño.
Pasó el eclipse, la luna quiso observar de cerca a su querido sol,
pero después, nunca llegó la normalidad.
Viento, viento.
Y frío.
Empezaron a caer las hojas a cántaros, hojas queridas que el viento se
llevó, y nunca, a pesar de los pesares, volverán.
Amores y desamores; amores y odios, y llantos.
Creo poder resistir,
recuerdo ser la fría luna que después del eclipse perdió el sol.
Recuerdo ser la fría luna que después del eclipse perdió a su vieja
tierra.
No soy luna, a veces creo, aun, ser girasol.
Respiro, respiro.
La vida no me dio ningún respiro. Egoísta.
Seguro que por aferrarme tan tenuemente. Egoísta.
Yo, luna girasol o yo, luna fría.
A pesar de muchos pesares siento rabia por haber recluido en mí, en mi
interior tantas buenas palabras, solo para compartir, ahora es, sólo, demasiado
tarde.
Poesía de bar con influencias de lujo, eso sí. Rubén Darío, Alejandra
Pizarnik, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Sylvia Plath, Miquel Martí i Pol. Federico
García Lorca llegó más tarde, como los haikus. Visto lo visto, siempre escribí
en arte anárquico. Lo único que ordenaba en renglones eran las operaciones
matemáticas.
Siempre tan dispersa, ilustrada moderna, luchando con el absolutismo de
las normas y los convencionalismos impuestos. Habiendo vuelto donde crecí, me
reafirmo en el crecimiento y mantenimiento de aquellos principios tan basados
en la caída del “cenutrismo” obstinado.
Me di el tiempo de un café a sorbos para ponerme al día y volver a las
andadas.

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