Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 042820
28 días son los que tiene habitualmente el mes
de febrero. 28 días son los que pasó Sandra Bullock en una clínica de
desintoxicación. “28 días después” es casi el ahora.
Me desperté según el plan establecido, aunque
no salí de la cama hasta después de media hora. Tenía muchas ganas de café. Desayuné
yogur de frutos rojos con plátano.
Cometí el error de dejarme embaucar por el
Congreso de los Diputados y su apestosa dialéctica.
No frenaron mi afán
por seguir haciendo cosas, lo prometido, era deuda: hacer finalmente la tarta de
queso. Me autoconvencí de hacerla de proporciones ridículas, pero como soy
animal de costumbres, sin darme cuenta la cantidad de galletas trituradas
exigían volver a la normalidad. Lo mezclé bien con la margarina y la canela y
dejé que se enfriara en la nevera. No había dejado de llover en toda la mañana.
Mientras aproveché para jugar a las pócimas con el resto de los ingredientes,
nata líquida, queso crema, azúcar y gelatina. ¡Me encanta dejar en remojo las hojas
y rescatarlas siendo ya viscosas! Es curioso como consigo mantener la atención
en ello, sube fuego, baja fuego, remueve con la lengua, sube fuego, que no
hierva, apaga fuego. Un maldito juego de seducción culinaria. Seguía lloviendo
cuando salí a por el molde. Respiré hondo antes de abocar la mezcla, y con sumo
tacto dejé que reposara y bajara de temperatura.
Después de 28 días soy consciente que los
objetivos de lectura que me marqué en un inicio optimista no son alcanzables,
por lo menos, de momento. Pero sí que me he llegado a sentir mucho más cómoda
con la series. Acabé la cuarta temporada de Rick and Morty. Más allá del título,
“Rattlestar Ricklactica” que me parece sublime lingüísticamente hablando, tiene
un montón de referencias a la ciencia ficción: Carl Sagan, Star Wars, Terminator,
Back to the Future; y de lo que nos hubiera gustado que lo fuera, como las pinturas
de Hitler. También acabé El Visitante, la serie que ya comenté, basada en el
libro homónimo de Stephen King. Cada vez que pienso en el recorrido de la serie
siento escalofríos y más después de (¡SPOILER!). Creo que
consigue vincular totalmente al espectador con la historia, y ya recordé porque
no leía a este señor. También olvidé contar mis avances con The Mandalorian. –Hola,
me llamo Gemma y me he perdido en la inmensidad del mundo de Star Wars–. Me
parece interesante y me muero por ver a Pedro Pascal, pero me pasa como cuando mis
amigos misteriólogos empiezan a referenciar un montón de casos e investigadores
con nombre y apellido y yo nada más que me quedo con datos como: el filántropo,
el que bebe whisky on the rocks, el que habla raro, el que parece
que se lo inventa. Una genio para las referencias que no tengo bien indexadas. Así
que, como serie de aventuras espaciales bien, pero me pasan por alto muchas
referencias que sé que las hay. Sigo sin haber acabado Freud, que bebe de otras
como el Alienista, Sherlock o The Knick, pero le falta algo. También tengo en
la lista de “medioveres”, The New Pope. Quieren cambiarme a Jude Law por John Malkovich
y creo que por resistencia, no acabo de entrar, pero en la estética, la música
o la fotografía me parece muy superior a su antecesora, The Young Pope. Quería
ver la última temporada de La Casa de Papel por inercia, pero me he comido tantos
spoilers en la semana que lleva, que me he planteado seriamente que la
serie acabó para mí en la tercera temporada.
También aproveché para felicitar a mi tío, que
pudo soplar velas virtuales esta mañana y que aprovechó para comprarse brunyols
en la panadería y de camino al supermercado para celebrarlo en confinamiento.
Hicimos el postre de la cena juntos y también acabamos hablando de series. Me
recomendó Caronte, en APV. Yo le recomendé Cormoran Strike, basada en los
libros de Robert Galbraith, el pseudónimo de J.K. Rowling.
Hoy llevo todo día con la sensación de que es
domingo. Antes de volver a tener ganas de sofá salí al patio de nuevo. En algún
intermedio seriéfilo puse finalmente el molde en la nevera para que acabara de
cuajar. Descubrí que las estanterías de mi nevera no son rectas o que la base de
galleta tenía una meseta que por la uniformidad de color me había pasado
inadvertida. Mal. Estaríamos hablando de una inclinación de entre 2,5 y 6
grados, suficiente para ser perceptible pero no vinculante en lo que verdaderamente
nos interesa que es el sabor. Volví a entrarlo porque quedaba la parte más
colorida e interesante: la cobertura de mermelada de frutos rojos. Dudé de si sería necesario enfriar, así que esperé unos cinco minutos más antes de volver a sentir los gotarrones en la espalda. Por precaución, dentro y fuera de la nevera, lo cubrí bien.
Después de tantas entradas y salidas, cocina,
llamadas, series, reconozco que la mentalidad de domingo me pasó factura en la
actividad física, que mañana recuperaré también acabando de pasar el aspirador
al más puro estilo Freddy Mercury.
Por si queréis saber un poco más de la receta y
creéis que fácilmente os podéis venir arriba con esto de la cocina, os recomiendo
otra nueva entrada: Confinamiento: especial Cheesecake.


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