Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 33
Posponer el despertador más de tres veces debería
de estar penado. Olvidé bajar la persiana y percibí una luz más alegre que
estos últimos días.
Dos naranjas para el zumo, y café. De escorbuto
no moriré. Hambre tampoco tenía mucha, pero sucumbí a una galleta de chocolate.
Después de actualizar redes sociales y acercarme
de reojo a la información diaria, decidí vestirme e ir al estanco. Conseguí
hacerme con una mascarilla de las buenas y me sentí como acabando con el coloso
final del Shadow of the Colossus. Después de tantos vídeos de cómo usar mal una
mascarilla, aprendí que puedes hacerlo todo sin tocar el interior. Manos
alcoholadas, oreja, oreja y apretar nariz. Niebla. Más niebla. O no la tenía bien
puesta o no tenía ni puta idea de respirar. Después de un par de modificaciones
y optar por las gafas de sol que ya de por sí lo hacen todo un poco más oscuro,
me dispuse a salir a la calle.
Dada la imposibilidad de encontrar tabaco
favorito en el estanco anterior, probé con otro que casualmente me permitía
andar un poco más por el sol y cargar los depósitos de vitamina D. Se me
disparó la clorofila y empecé a sonreír estúpidamente, salvada por la
mascarilla y evitando las miradas “sornosas”. La interacción con el estanquero,
blindado por su cristal de seguridad quedó reducida a: “Un Golden Virginia
Amarillo y una cajetilla de filtros”. Lo acercó con la rendija al más puro
estilo de los bancos de los noventa y acercó el datáfono al cristal. Bip. Ya.
Recogí mi botín, lo puse en el bolso y me lavé las manos con alcohol.
De vuelta a casa seguí buscando el sol. Here
comes the sun.
Pasé por la puerta con sumo cuidado y en lo
que podría haber sido un arrebato de pasión, me quité toda la ropa y entré en
la ducha. Por si acaso. Tendí la lavadora que había dejado puesta y puse a
sesenta grados la ropa recién llegada. Otro por si acaso.
Siendo una persona nueva, me disfracé de “persona-normal-que-está-en-casa-pero-quiere-seguir-manteniendo-la-dignidad-como-el-primer-día”.
Pollo a la plancha y zumo de arándanos. Listo.
Para no caer en la modorra digestiva preparé
un café con canela e hice la mierda de la declaración de la Renta. Es curioso y
miserable tributar por algo que no has percibido y encima que sigan vendiéndote
la moto. Como dicen en casa, se’ns pixen a sobre i encara diuen que plou. I
por todos ellos, brindo al aire con un café frío porque dejé de preocuparme de
más por gilipolleces.
Hem
parat el temps.
Dudé si hacer el cheesecake, pero con
la tarde que estaba por venir, no quería volver a correr el riesgo de salir con
el delantal ante la cámara.
Soy gafotas a tiempo completo, ya lo venía diciendo.
Tengo un trabajo por el que a veces me pagan, aunque es también una pasión, por
las historias, por los compañeros, por la gente maravillosa que he llegado a
conocer. Pero soy de lío fácil, culo inquieta por naturaleza y por herencia. De
mis andanzas en La Constante algún día contaré más, pero también tengo una
tarjeta con mi nombre y debajo pone “eventos”, en mayúscula. Otra pasión.
Conocí a Álex Fidalgo en octubre del 2018. Un
invitado algo peculiar de nuestro primer evento al que hoy puedo llamar amigo. Seguramente,
decir que hemos compartido cama, aunque no techo, llevaría a confusiones; sin
confesiones. “Lo Que Tu Digas” es su hijo, un podcast conversacional, por si
acaso el concepto entrevista queda muy encorsetado. Su primer invitado fue JM.
Mulet, investigador, profesor, bioquímico y divulgador, a quien sigo en redes
sociales desde hace tiempo y al que justamente hoy escuchaba.
Y Álex, en el evento virtual de hoy, también
nos contaba cómo le ha afectado el COVID-19 a la hora de plantearse el
programa. Ha hecho cinco “Especiales Coronavirus”: con Adolfo García-Sastre,
Juan Ayllón, Jaime Salvador, Carmen García Telles y Juan Gestal. Cinco puntos
de vista con un denominador común. Creo que muy recomendables todos ante la pandemia
de la desinformación de la que también
estamos siendo víctimas.
Después de todo, nos tocó correr para llegar a
tiempo a los zombis de la familia Constante. Curioso también el fenómeno de
cómo la producción de ficciones se está viendo afectada por el virus hasta el
punto de que una décima temporada se queda sin final, hasta nueva orden.
En fin. Rarezas, como todo lo que estamos viviendo.

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