Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. Lc 11:2-4
Me quedé dormida en el sofá, otra vez. Cuando
todavía no era de día, después de siete pasos erráticos me convertí en una
estrella de mar. (Confinamiento: DÍA 23)
Bastaron seis horas de sueño para que sin
despertador consiguiera amanecer. Me sentía descansada, pero al estirar los brazos
noté los tríceps quejarse. Déficit de magnesio y potasio. Tenía hambre. Recogí un
par de naranjas de camino y preparé el café. Dudé con el acompañamiento de la
tostada, pero al ser festivo: queso fresco y salmón.
Seguir apareciendo en el Malas Pulgas, los
fines semana, a veces conlleva recibir mensajes de madrugadores: hoy de Sabi, “alma
pater” del Moloko. Adoro cuando pincha esta canción.
Pregunté a Alexa por las precipitaciones de
hoy y, pese a decirme que podía llover al medio día, me arriesgué en esto de
las lavadoras. Aproveché el tiempo para saldar las deudas de la Verbena. Teléfono. Sonrisa.
Hoy tenía vermut intergaláctico, que ha
quedado instaurado para el resto de domingos, a las 12 hora Zulu. Volví a mis
experimentos, en lugar de una aceituna añadí una mora roja. En el durante es
totalmente indiferente, pero el último mordisco…
Sin duda, hoy iba a ser un domingo de actividad.
Ayer, después de cocinar y viendo el resultado no pude resistirme a pensar en
un arroz de domingo. Salteé el secreto ya cocido, que despacio se iba deshilachando,
con el pimiento asado y los boletus. Reservé. Aproveché para añadir el tomate
cocido, parte de tomate frito y marcar el arroz. Y en ese momento que sabes que
es el momento, pero no sabrías como explicarlo, añadí el caldo. Temporizador a 18
minutos. Poco antes de alcanzar el tiempo, añadí el resto de los ingredientes
para que acabaran de pegar. Listo.
Quedó rico y me sentí orgullosa de todas las
lecciones mediterráneas que he ido recibiendo a lo largo de la vida. “Jamás
llames paella a lo que no es paella y sólo es arroz con cosas”. “Un maestro
paellero (macho Alfa), necesita de alguien (esclavo) que critique todos sus
movimientos y le aprovisione de cerveza y tabaco durante el proceso”. “La
paella valenciana lleva garrofó, la alicantina ni de coña”. “Ten en
cuenta que el arroz del senyoret no es lo mismo que el arroz a banda”.
Y un largo etcétera de consejos y advertencias que generalmente acaba en guerra
geográfica. Me acordé de l’avi Josep, siempre tan arrocero.
Justo estos días ando pensando bastante en los
abuelos, aunque ya no me quedan. ¿Es egoísta pensar en que me alegro de que no
tengan que estar viviendo esta situación? Seguramente impere el pragmatismo. He
escrito mucho de ello, pero tampoco me pude despedir y hay días en los que
pesa. L’avi Eduard hubiera cumplido los noventa y uno ayer.
A las seis, puntuales, y salvando percances
tecnológicos, conseguimos juntar a toda la familia materna. Un triunfo. Como no
podía ser de otra manera, acabamos hablando de comida. Mi parte “gorda” nace de
ahí. ¡Qué maravilla! Hemos heredado los ataques de risa contagiosos de la
iaia Dolors, míticos, sólo ella sabía de qué o de quién se estaba riendo y
nos hacía partícipes a todos.
Fue la mejor merienda de domingo, celebrando
que ya madre está en casa.
No tenía mucho hambre, pero me apetecía cocinar,
compartir la cena con ellos. Preparé crêpes de queso, con harina de
avena y el toque secreto.
Y de postre, decidí tomarme un poco de
televisión común: Jordi Évole. Como todos, “Especial Coronavirus” y como
siempre, desde lo humano. Se han dicho cosas muy intensas, pero sonreí
especialmente con la corresponsal de El País en China, contando su primer paseo
en bicicleta, con los cascos puestos y cantando a pulmón. Me encantó también a
Millás en su cueva. Luchadoras, supervivientes. A Juan Antonio Bayona le pilló
en Nueva Zelanda rodando Lord Of The Rings; comenta que al principio de todo
esto estuvo mirando la ficha de Contagion de Steven Soderbergh y la calificaban
de ciencia ficción, hoy está reubicada en drama. Muy real, y muy dramático, sí.
Curiosamente con quien más empaticé fue con Rosalía, que hace pocas semanas en Twitter
publicaba el padrenuestro. Es una fe que no comparto, ni mucho menos, pero sí
que compartimos el recuerdo de quedarnos a dormir en casa de nuestra abuela, la
mía, l’àvia Encarna, y que me rezara un ángel de la guarda y un
padrenuestro justo antes de acostarnos.
Vuelve a ser domingo y me acostaré tarde, con
una sonrisa perenne.



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