Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. E2°57'41.87" N42°15'59.22"
Tomé el café leyendo una recomendación de un
buen amigo, 50 pensamientos imprescindibles del filósofo y autor polacoZygmunt Bauman.
“Hoy la mayor preocupación de nuestra
vida social e individual es cómo prevenir que las cosas se queden fijas, que
sean tan sólidas que no puedan cambiar en el futuro. No creemos que haya
soluciones definitivas y no sólo eso: no nos gustan”.
Desayuné un trozo
de la esperada tarta de queso y me dio rabia no poderla compartir. Hubo muchas
ofertas de vecindad, pero prometo que seguiré haciéndolas, sin excusas.
Curiosamente, hoy es un viernes líquido.
Después de 33 años me había acostumbrado a la
robustez de los viernes santos. Despertarme pronto oliendo a limón y a canela.
Me vestía de un salto, engullía el zumo de naranja y nos poníamos manos a la
obra: la viva representación del trabajo en equipo. Deshacer la masa madre con la
infusión de canela. La ralladura de limón y el anís. La levadura. Todo hecho
con especial cuidado, ahora con las manos grandes de padre. Antaño los amasaba l’avi,
también de manos curtidas. De hecho, la receta venía con él, de su abuela,
si mal no recuerdo, de un pequeño pueblo de l’Empordà. Con los años hemos ido
mejorando en logística, comprábamos los mas de 48 huevos a lo grande. Descubrimos
que tamizar la harina ayudaba a tener que deshacer menos grumos, y como nos
contaba mi abuela, la leche, mejor condensada para que se conservaran blandos
más tiempo. Creo que una vez llegamos a los 10 quilos de harina, como si fuéramos
una fábrica ilegal. Pero en casa sigue imperando el espíritu del “que duren”.
La receta ha sido copiada muchas veces, pero seguimos usando el papel escrito
por mi abuelo en una de sus libretas pequeñas y cuadriculadas, donde también
escribía la lista de la fruta cuando yo tenía pocos años.
Recuerdo mis primeros viernes de semana santa,
en casa de los abuelos. Cuando llegábamos estaban ya los cestos en el cuarto del
mig[1], con
la estufa eléctrica a tope y esperando a que subieran[2]
cuanto antes para ponernos manos a la obra. La cocina era cuadrada, ideal para
poner una mesa redonda en medio y que los cuatro, mi abuela, mi madre, mi padre
y yo, nos pusiéramos alrededor. Mi abuelo se tomaba la tarde descanso reviendo
Ben-hur, y mi tío o estaba en el ordenador o estaba fuera. Desde que tengo
imágenes, mi padre es el que apechuga delante del aceite caliente y los
fogones, tratando que todos tengan el mismo color perfecto. A las mujeres nos
tocaba ensuciarnos las manos de otra manera, cortar la masa, algo que no me
dejaron hacer hasta que fui bastante mayor, untarnos las manos, coger los
pequeños trozos sin apelmazar la masa, estirarlos por los cuatro lados, y dejar
reposar encima de la mesa, cubierta con viejas sábanas de algodón. Cuando ya
había una cantidad considerable, me tocaba a mi llevarle a mi abuelo uno caliente
con azúcar por encima.
Leído el relato, hoy, hubieran sido hechos de
la misma manera. Y también hubiéramos hecho una pausa para preparar anís rebajado
con agua. ¿Un “Sol y sombra” sin sombra? No consigo recordar como lo llamaba mi
abuela.
Es cierto que los companions han ido
cambiando a lo largo de los años, han ido, venido, repetido, nunca-vuelto, pero
mis primas vinieron para quedarse. Conseguimos que una tradición de la familia
paterna también se convirtiera en parte de la materna, algo que me enorgullece
especialmente.
Supongo que no sería necesario hablar del amor
líquido, hoy no.
Aunque no quiero dejar a Bauman. Que
apareciera hoy me parece hasta cierto punto, mágico. Ha dejado dichas muchas
cosas, algunas puede que las piense cogidas con pinzas, como mi padre cuando da
la vuelta a los brunyols[3].
Me parece especialmente interesante hablar del
“miedo líquido”. Siendo mi reflexión muy de filosofía de bar, concibe lo líquido
como algo cambiante e inestable, un reflejo de nuestras vidas modernas marcadas
por el compás del inconformismo. Los miedos de nuestros abuelos o nuestros padres
nada tienen que ver con los nuestros. Miedo a que nos encasillen, miedo al
compromiso, miedo a no vivir suficiente, miedo a perder la libertad, miedo a
las consecuencias de nuestros actos, miedo a lo desconocido, en definitiva,
miedo a sentirnos vulnerables.
Para ser un poco más clara, Bauman clasifica
nuestros miedos en los propios de la naturaleza, las amenazas contra los puntos
débiles de nuestro cuerpo y los peligros que emanan de otras personas.
"El miedo es más temible cuando
es difuso, disperso, poco claro; cuando flota libre, sin vínculos, sin anclas,
sin hogar ni causa nítidos; cuando nos ronda sin ton ni son; cuando la amenaza
que deberíamos temer puede ser entrevista en todas partes, pero resulta
imposible de ver en ningún lugar concreto".
Releyéndolo, sólo
puedo asentir. Porque esta situación, la que ha convertido mi viernes en algo
distinto, es nueva, desconocida, nos afecta, ¡claro que nos afecta! Física y
mentalmente, nos privan de libertad, nos roban a los seres queridos, nos ocultan
información, nos mienten, desconocemos la magnitud de todo esto, nosotros que
tan despreocupados parecemos, a veces.
Entonces, la
pregunta sería ¿Gemma, tienes miedo?
Tengo un antojo
terrible de brunyols.
[1] Sí, del medio. En todas las casas de mi familia existe un llamado “cuarto
del medio” que tiende a ser el cuarto de los trastos, de la plancha, de los
armarios extra, del piano. ¿Pasa esto en otras casas?
[2] Como también sube el pan. Necesita de un tiempo de fermentación, a más
temperatura constante, se acelera y hace crecer la masa para que quede más
esponjosa.
[3] Sí, con R.



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