Diario del apocalipsis según Santa Paciencia.
Los domingos acostumbro a que siga siendo
domingo, aunque a veces también los jueves, o algún viernes. Me desperté tarde
y encontré el zumo hecho por otras manos.
Me costó arrancar y es que el tiempo no ayuda,
las nubes y la lluvia a veces me grisean.
Venía pensando en hacer un bizcocho hace días,
traté de hacer madalenas en el microondas los primeros días en Madrid y sucumbí
a un mug cake la noche que vi El Hoyo. ¡Cuánto he echado de menos el horno!
Un yogur, tres huevos, tres medidas de harina, dos de azúcar, una de aceite, un
sobre de levadura y bien de canela. En un pequeño molde también la versión con
ralladura de chocolate negro, por probar. Ya se me ocurrió cambiar de molde,
así que tampoco iba a cuestionar la presencia de piñones sí o piñones no.
El tiempo de horneado sería el justo para
esperar la comida y acabarme el café.
Después de comer traté de resistir buceando
por internet. Me cansé pronto y leí un rato; me volví a cansar. Echaba de menos
el sofá y no por que aquí no tengan, sino “mi” sofá. Me acerqué a la
colectividad del salón con el costurero en mano para cambiar unas hebillas
escacharradas y devolver la forma original al peto.
Nos sentamos a merendar tarde, había que dar
salida al bizcocho que tan bien pega con el café.
Aproveché finalmente para pasar por la ducha y
ponerme al día con los amigos de lejos-cerca. Es raro pensar en un Skype con alguien
que podría estar a dos calles. Video-llamada de bar, de cerveza y cigarro. No
me hubieran apetecido ni patatas, tenía el bizcocho demasiado presente. Tanto,
que llegué a no cenar.
Entré en un bucle temporal extraño, remiré algunas fotos de mi yo pasado, entre
reloj y reloj habían pasado casi dos horas y estaba toda la casa en silencio. Estaba
empezando a pensar que el café tardío había sido un error, o una suerte, que
los domingos toca serie de madrugada.
Con el pijama puesto me puse en la cama para
hacer tiempo. Estuve confirmando algunas teorías que había leído por la tarde y
otras tantas que se me ocurrían sobre la marcha. La última vez que miré el reloj
sólo faltaban veinte minutos para Westworld.
Me quedé dormida.

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