3 de abril de 2020

Confinamiento: DÍA 21.


Diario del Apocalipsis según Santa Paciencia. 3·7

Veintiún días con Gemma. Esta sería la cabecera del programa.


Sería un programa mucho más orwelliano, sin duda.

***
Me desperté a una hora prudente con un nivel de energía decente. Tome el café a trompicones mientras ordenaba por campos semánticos precisos la lista de la compra. ¿No lo hacéis así?

Bastante leche, yogures, nata, queso rallado, crema de queso. Muchas naranjas, arándanos, plátanos, fresas, frambuesas. Calabacín, berenjenas, patatas, ajetes. Zumo de piña. Aceite, salsa de tomate. Cerveza, Sprite, y seguro que cae una botella de vino. Limpieza. Caldo de pollo y pollo. Galletas, y el resto de las guarrerías mejor no apuntarlas, que ya aparecen en el carro solas. ¡Hm! Saco en claro un cheese cake y una tortilla de patatas.

Me disfracé de persona que va a la compra en chándal, como es debido. Los guantes, el Buff y las gafas de sol, perfecto look para la promoción de la ludopatía. Nota mental: noche de póker con copas en la lista de “cuando acabe todo esto”.

Hasta crucé un semáforo en rojo para hacer el camino más trepidante. De nuevo, el mismo rollo, guantes de frutería sobre guantes y desinfección de cesto.


Recto, perfecto, hay naranjas, luego las cojo. Yogures. ¡Fantasma! ¡¿Quiere dejar me manosear todos los envases y sabores?!  10 minutos atascando el pasillo, para que la empleada nos recordara mantener la distancia de seguridad. Sí, sí, yo la distancia la mantengo, pero lo de ¿pasar el menor tiempo fuera de casa rodeada de gente? En fin. Seguí en mi búsqueda de cerezas, había de todo. Parece que la gente ha aceptado que hay alternativas al papel higiénico y que no comer lentejas tampoco supondrá ningún drama. Andaba buscando el aceite, cuando de repente una señora-fantasma de trescientos años apareció a unos 2 m/s. ¡No! Maldita sea. Traté de coger la botella rápido, pero era demasiado tarde, se había plantado en la mitad del pasillo observando spaghetti, a unos escasos setenta y cinco centímetros de mí. Solté una ristra de improperios en silencio. Para esto y para coger asiento en al autobús sí corren, ¿eh? De camino a los arándanos me volví a cruzar con la señora de los yogures, que tenía otro pasillo colapsado. Intercambié una mirada de odio cómplice con el chico detrás de ella. Sólo quedaba volver a por las naranjas. En el cesto, el mismo toc que en las bolsas de la compra. Perfecto. Cuando llegó mi turno de pagar me sentí alumna aventajada: para, quita guantes de frutería con técnica magistral, saca la tarjeta, bip, recoge las bolsas con los guantes de látex y ya.
Llegué a casa terriblemente cansada e indignada. Muy ofendidita, lo reconozco. Una ducha hirviendo y una llamada reconfortante, con mejores noticias, acabarían con todo.

Tuve también un momento de indignación salarial. La incertidumbre laboral la digerí hace unos cuantos días. Estuve pensando en cuán echo de menos mover las manos, en demasiados sentidos. Puede que no haya perdido tanto la práctica, o sí.

Llamar a casa, reconectar con gente bonita, brindar con incondicionales y simplemente tratar de mantener la sonrisa. Viviendo al día. 



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