Diario del apocalipsis según Santa Paciencia.
Es bien sabido que después del 31 viene el 32.
Seguramente sea por ser la reina del desorden o porque tengo cierta tendencia a
saltarme las normas, pero aquí después del 31 viene el 33. Cierto es que
siempre fui mucho de impares. ¿Podría ser un vacío espacio-temporal? Me aventuraría
más a llamarlo “días-que-se quedan-cortos”. Y mira que no pensé que diría esto
estando en pleno confinamiento, pero siempre hay una primera vez para todo.
Tomar ciertas decisiones a veces me cuesta,
generalmente las fáciles las hago difíciles y viceversa, porque tomo el camino recto
y a tomar por el culo. Traté de pedir consejo, haciendo una selección demasiado
sesgada. Puede que una encuesta en redes sociales hubiera resultado más satisfactoria
dada la experticia de muchos. Pero el caso es que estos últimos días, entre
arándanos, series y filosofía también ha imperado la dicotomía: irme o no irme.
Sabía que la huida me llevaba a buen puerto,
pero no podía dejar de pensar en los cabos de amarre y fondeo que tengo en Madrid.
¿Lo veis? Difícil. Además, a todo ello se sumó la responsabilidad social contra
personal. Una mierda.
Después de muchas peleas de almohadas y cigarros
a medio fumar llegó el desaparecido día 32, que empleé para poner en marcha una
lavandería en mis 36m2 de vida. Lavar acorde con las necesidades, tender,
secar, doblar, planchar. Un engranaje perfecto que me permitía ir vaciando la
nevera en tiempo muerto. Salió a pedir de boca.
Con todo curiosamente ordenado, tuve tiempo hasta
de jugar al Tetris: pantalón, camiseta, camiseta redoblada, jersey, sujetador, calcetines
en hueco, calcetines en hueco, …, y así hasta llegar al game over. Me
resultó complicado pensar en hacer una maleta para un tiempo incierto y más
pensando que Madrid dejó de tener primavera y que cualquier día llegan los 30oC.
Luego pensé que hay gente que se va a dar la vuelta al mundo con una mochila de
40L y me sentí una poor loser, igual que poniendo el despertador,
demasiado pronto, como si fuera un miércoles y me tocara trabajar. Un drama. “La
alarma sonará en 5 horas y 7 minutos”. ¡¿Qué?! Y todavía tenía que preparar el
papeleo por si me encontraba con un simpático agente del orden que hubiera
despertado con el pie izquierdo.
¡Alexa calla! Odio cuando no reconoce mi voz
de moribunda en resurrección.
Tenía el tiempo justo para desayunar, ducharme,
vestirme, tirar la basura, dejar las patatas y las cebollas a mi vecina de
puerta y fumarme un “piti” antes de que llegara el taxi. En lo de medir los tiempos,
si no es para una cita, soy un hacha. Hasta me dio tiempo a recordar que el 14
de abril de 1931 también era martes. ¡A por la tercera!
En el bolso sólo llevaba lo importante: el
billete, la carteta, pañuelos, tabaco, tres mecheros, las gafas de sol, los
auriculares, el termo de café, el alcohol de manos en cantidad bien y las
mascarilla. ¡Ay, la mascarilla! Es un tanto incompatible con fumar, beber café
y rascarse la nariz. Al taxista también le estaba costando, pero los dos
manteníamos la compostura como si fuéramos unos eruditos de la protección.
Al llegar a Manuel Becerra tuve un choque con
la realidad bastante bestia: cero bares, cero gante, cero coches y los mismos
taxis de siempre en la parada. Según avanzamos por Alcalá había algo más de
gente, sin movimiento, como si el frenetismo matutino hubiera sido hechizado
por caracoles. La Puerta de Alcalá robusta e inmóvil parecía un poco más gris. Al
bajar del taxi, alcohol; al tirar de la maleta, alcohol. Necesitaba un cigarro.
Me acordé de Pedro Sánchez hincando el dedo en la mascarilla, hasta el fondo.
El invernadero de Atocha también sonaba y lucía
distinto. No caí en preguntar a las tortugas. Me sorprendió, no sé si grata o ingratamente,
la cantidad de gente que había. Un 15% no parecía viajar por causa de fuerza mayor
o especial necesidad, percibí cierta necedad, más bien. Ocupamos el vagón por
mitades, en filas consecutivas y en ventanas opuestas. Me hubiera parecido todo
genial si no fuera por que colocar las maletas arriba del asiento, sin necesidad,
hace tapón. Un mal menor comparado con que ya llevaba una hora con la mascarilla
puesta y todavía me quedaban cuatro más.
Despedí Madrid entre nubes, pensando en los
que se quedan y me vine un poco abajo en medio de un banco de niebla. Necesitaba escribir frenéticamente. Recurrí al analógico. Empezaba igual:"Diario del Apocalipsis según Santa Paciencia". Día 33. Un paréntesis en el confinamiento. A cada minuto que pasa me siento más convencida de mi decisión, con todo lo que ello conlleva. Son muchos años fuera de casa, muchas manías coleccionadas. Ese junio fui yo la que hizo la llamada de socorro, sin pensárselo en menos de veinticuatro horas estaban aquí, en Madrid. Yo en cambio, maldita engreída, he tenido que valorar, esperar y dar tiempo. [...]
Así no, Gemma.
Poco antes de llegar a Zaragoza salió el sol y me propuse dormir, sin éxito. Dejé que mi instinto musical me sorprendiera y pusiera banda sonora a la última media hora, sola en un vagón.
***
Entré en casa casi de puntillas, con la
mascarilla aun puesta y con unas ganas terribles de abrazar. No se puede, aún
no. Pero con las manos ya limpias, y por turnos, nos estrechamos las manos muy
fuerte, entregándonos la vida como en las regeneraciones del Doctor.
Casa, ahora "vivo" aquí.

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