Diario del apocalipsis según Santa Paciencia. 23,5
Ayer me quedé dormida en el sofá. No es la
primera vez, pero he perdido la cuenta de cuándo fue eso. Puse un despertador
que ignoré, como ayer. Volví a desayunar a la hora de comer. Un plátano y café.
Me puse la pilas con lo del deporte casero, tanto que cuando escribo esto, hoy,
domingo de retraso, tengo agujetas.
Odio que los vídeos no tengan música. Odio que Patry Jordán sepa cuando no aprieto el abdomen o me baja el culo. Un martirio cada vez más necesario.
Después de ducharme me quedé en estado levitativo,
sumida entre las llamadas y las series. Me atrevería a decir que a partir del día 20 es cuando percibí un cambio en la salud mental colectiva. Más pesadillas, asfixiantes todas ellas, en las que me incluyo. Más ganas de abrazar el prójimo. Una sensación curiosa entre el agotamiento y la resignación.
Encontré tiempo para cocinar. ¿Recordáis el
proyecto de “secretoñesa”? Acabó siendo estofado de secreto ibérico con bien
de picante, cebolla, tomate y ajo, que ahora es inofensivo.
Conseguí ampliar mi cocina a seis
personas cuadradas, todo un éxito. Aproveché el caldo sobrante para la cena.
Rick y Morty me hizo compañía hasta tarde.
Maridó muy bien con la ginebra sevillana, la tónica rosa y los arándanos. Me
quedé dormida en el sofá, otra vez. Cuando todavía no era de día, después de
siete pasos erráticos me convertí en una estrella de mar.

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